33
Iris
Cuando desperté, el mundo entero se balanceaba. Primero pensé que era el mareo, pero pronto comprendí que me encontraba en otro barco. En las bodegas de un velero antiguo de madera, a juzgar por mis alrededores.
Probablemente se tratase del mismo navío fantasma que había visto emerger de la niebla, y en el que probablemente no hubiera ni una sola sirena, a pesar de las muchas y teatrales promesas del astuto Yannis Katsaros.
Me habían encadenado a una de las paredes, y me incorporé como pude, agarrándome de un barrote oxidado y cubierto de mugre.
Al hacerlo confirmé que me encontraba en una celda inmunda, rodeada de otras jaulas llenas de mujeres.
A diferencia de la mayoría de mis compañeras, que yacían hacinadas en grupos de cuatro o cinco, a mí me habían concedido una celda individual.
Quise pensar que aquello era una buena señal, pero tenía serias dudas.
El suelo era de tablones, sucios y resbaladizos.
Estaba ligeramente encharcado con una mezcla apestosa de agua salada y orines.
El tufo, unido al olor a sudor y heces que flotaba en el aire, era prácticamente insoportable.
A uno y otro lado, barrotes verticales separaban mi celda de las contiguas, y una robusta puerta de hierro daba a un estrecho pasillo iluminado por lámparas de aceite.
No recordaba haber llegado hasta allí; mis recuerdos se detenían en el momento en que el esbirro de Héctor me había lanzado en la pequeña lancha motora.
Un guardia se paseaba con parsimonia de un lado a otro del pasillo.
Lo vi pasar varias veces y luego desaparecer tras la esquina, lo cual sugería que las celdas continuaban más allá de mi limitado ángulo de visión.
Esperé a que el hombre desapareciera y me giré hacia cuatro chicas demacradas que dormitaban en la celda contigua, con la esperanza de que me ayudaran a entender dónde estaba.
―¿Hola? ―susurré, estirando el brazo a través de los barrotes para sacudir a una de ellas, que tenía los ojos entreabiertos.
La joven gimió y apretó los labios en una mueca de dolor, pero siguió tumbada sobre el costado, con la mirada perdida en el techo.
―Por favor, ¿alguien puede ayudarme? ―les supliqué, girándome a uno y otro lado.
Todas me ignoraron. Noté que eran muy distintas entre sí, pero tenían algo en común: eran todas jóvenes y probablemente guapas; o, al menos, lo hubieran sido si no hubieran estado tan sucias, enfermas y delgadas.
Aquellas mujeres tenían un aspecto demacrado y anémico, rozando la delgadez esquelética, y ninguna se movía más allá de pestañear o respirar con dificultad.
―Shh ―me dijo una chica morena con el pelo negro y grasiento, incorporándose a duras penas mientras se ponía un dedo en los labios y miraba a un lado y a otro con preocupación―. No les gusta que hablemos.
―¿A quiénes? ―pregunté, desesperada por comunicarme con alguien, fuera quien fuese―. ¿Dónde estamos?
―No sé dónde estamos ni qué son esas criaturas, pero te puedo asegurar que no son humanos ―susurró la chica quedamente.
Se frotó los brazos como si tuviera frío, y noté que los llevaba llenos de moretones…
y algo que, si la memoria no me fallaba, solo podían ser marcas de colmillos.
Mordeduras salvajes, que en algunos puntos habían incluso desgarrado la carne.
¿Qué clase de monstruo haría eso? Los vampiros como mi padrastro se esforzaban por causar el mínimo daño posible, y siempre borraban las marcas antes del amanecer.
Quienquiera que le hubiera hecho eso a esa mujer no era un vampiro; era un demonio perverso.
Los pasos del guardia resonaron en la distancia y la joven se escondió en un rincón, pegando la espalda contra la pared para pasar desapercibida. La chica me lanzó una mirada, indicándome que hiciera lo mismo, y obedecí.
El guardia pasó junto a mi celda y echó un vistazo dentro. Me mantuve quieta, con los ojos entrecerrados como si durmiese. Tras unos segundos, pasó de largo. Mi vecina de celda esperó a que el sonido de sus botas desapareciese de nuevo en la distancia y volvió a hablar.
―En la otra zona están los hombres. A ellos los tratan aún peor ―dijo, abrazándose los costados.
―¿Qué hombres? ¿Quién es esta gente? ¿Por qué nos han metido aquí? ―pregunté, señalando con la barbilla a las chicas semiinconscientes que nos rodeaban.
―Hombres, mujeres… aquí hay de todo. Todos teníamos vidas normales antes de llegar aquí.
Pero todos terminan convertidos en muertos vivientes.
Tú eres nueva aquí, se te nota ―continuó, mientras el aire silbaba en su irritada garganta―.
Pues prepárate, porque pronto vendrán a por ti…
les encanta el género fresco. Así lo llaman.
Tragó saliva, y observé que sus labios estaban cuarteados y resecos, como si llevara mucho tiempo sin beber.
―¿Quién vendrá? ¿Qué quieren de nosotros? ―la apremié, temiendo que regresara el guardia.
La chica cerró los ojos, como si cada palabra que pronunciaba requiriera más energía de la que le quedaba.
―Vendrá una de ellos… la pelirroja con el pelo corto.
Mildred, se llama. ―Tosió―. Es una de las peores.
Quizás no tanto como la reina, porque esa es el mismísimo Satán personificado.
Luego te llevarán arriba, al salón… ―Tosió de nuevo, y en la palma de su mano brillaron unas gotas de sangre.
La restregó contra el suelo, como si tuviera miedo de que el aroma a sangre atrajese a las bestias hambrientas―.
Si no mueres enseguida, te devolverán aquí.
Una noche tras otra. Así, hasta que ya no les sirvas.
Entonces llegarán otros, y serán ellos los que suban primero al salón.
Prefieren a los más nuevos… estarás más segura cuando ya no seas tan guapa… cuando te vuelvas como yo.
Un escalofrío me recorrió la médula. Si las cadenas no me lo hubieran impedido, habría extendido los brazos a través de los barrotes para rodear con ellos a aquella joven macilenta, cuyo nombre ni siquiera conocía.
―Tienes suerte de haberme encontrado ―continuó ella―. Ojalá alguien me hubiera contado todo esto cuando llegué. Si lo hubiera sabido, los habría provocado para que me mataran cuanto antes. Si lo haces, te ahorrarás mucho sufrimiento. Hazme caso. Si no lo haces, recordarás mis palabras, ya verás.
A lo lejos se escucharon los pasos pesados del guardia, a los que se sumó un ágil taconeo.
Tal y como había predicho la otra prisionera, esta vez el guardia venía acompañado de una mujer pelirroja.
―Suerte ―me dijo la joven, acurrucándose de nuevo para hacerse lo más pequeña e invisible que pudo.
―¡Espera! ―susurré, viendo que regresaba a su letargo―. ¿No conocerás por casualidad a una chica llamada Katie? ¿Katherine? De nuestra edad, parecida a mí, pero un poco más rubia, más alta. ¿Te suena?
La vecina de celda sacudió la cabeza, negando. Luego me miró con lástima y señaló las figuras que se acercaban, con un movimiento leve de la barbilla.
―Esa es Mildred ―musitó la joven con voz casi inaudible, antes de convertirse de nuevo en una estatua―. Ha venido a buscarte.