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Teo
Mi móvil vibró en el bolsillo y encendí la pantalla para ver quién era: apareció el nombre de Iris, y un mensaje breve que no tuve tiempo de leer.
Aksel y Reiner estaban empezando a ponerse difíciles otra vez, y si no los mantenía bajo control, me iban a causar un escándalo de proporciones épicas en el Serenata.
Ya había tenido que enviar a casa a Vanessa, porque, mientras ella se esforzaba por exponerles el proyecto conjunto que había ideado con su hermana para expandir su marca de alta costura por Europa Central, Aksel estaba mucho más interesado en buscar una manera de sorberle la arteria aorta.
Vanessa parecía corresponderle, en su ignorancia; pero por mucho que mi interés por ella ya no fuese de tipo romántico, la quería demasiado para permitir que esos catetos le pusieran las zarpas encima.
―¡Eh, d’Alessandro! ―me gritó Aksel, el pequeño de los Grimmbauer, a sus tiernos trescientos treinta añitos―. ¿Nos vas a llevar al Velero o qué? Esta fiesta está muerta …
Arrastró la última palabra y su hermano mayor rio el chiste desde lejos.
Yo apreté la mandíbula, con la esperanza de que mis verdaderos pensamientos acerca de ellos y sus primitivas costumbres quedaran bien atrapados entre mis dientes.
Sentí la mano de Raoul sobre mi antebrazo, recordándome que estaba ahí si lo necesitaba.
Su presencia me reconfortó, aunque había sitios a los que mi fiel guardaespaldas lobo no podía acompañarme: uno de ellos eran las decadentes fiestas del Velero de los Condenados ; precisamente el lugar al que aquellos dos depravados contaban con que los llevara esa noche.
Avisté a Reiner en la barra, rociando a un grupo de mortales con la espuma de una botella de champagne recién abierta, estratégicamente colocada frente a su ingle.
Algunas chicas fingían encontrarlo gracioso, pero luego se lanzaban miradas de repulsión a sus espaldas.
Su comportamiento obsceno iba escalando y aquello no iba a terminar bien; de eso no cabía duda.
Tenía que sacar a esos dos de mi bar, y pronto.
Estaba empezando a quedarme sin ideas. Nada era suficiente; nada los entretenía por mucho tiempo.
Fantaseaba con encerrarlos en el contenedor de hierro de algún barco carguero y enviarlos lo más lejos posible; pero tener a los Grimmbauer contentos significaba que mi agencia seguiría funcionando durante una temporada y que, quizás, conseguiría vengar la memoria de Emmanuel antes de que la Oscuridad de la Umbrícora me tragara a mí también.
Aksel se subió a una mesa y comenzó a bailar junto a su hermano al estilo Elvis, con movimientos de pelvis bastante soeces, incluso para ser él.
Cerré los ojos, esforzándome por no gritarles algo de lo que después me arrepintiese.
Aquellos dos me superaban la edad en varios siglos, pero se comportaban peor que dos adolescentes en celo.
Tomé aire y miré a Raoul con desesperación.
―¡Por todos los diablos! ―mascullé, buscando el número correcto entre las profundidades más recónditas de mi lista de llamadas―. Está bien. Llevémoslos a ese maldito barco, o a donde quieran. Cualquier cosa es mejor que tenerlos aquí.
Estaba tan desesperado que ni siquiera me importaba marcar el número de mi archienemigo. Y, si había una persona en la isla a quien odiase más que a los Grimmbauer, ese era sin duda él .
Volví a ver el icono en la barra de notificaciones, y me acordé de que no había leído todavía el mensaje de Iris.
Lo abrí rápidamente; hacía varias horas que lo había enviado.
Al instante, sentí un nudo en el estómago: aquella mujer testaruda había ignorado mis advertencias y ahora estaba a solas con Yannis en su barco.
El mismísimo Yannis Katsaros, al que tendría que haber echado a patadas de mi bar muchos meses antes.
Respondí enseguida, con tanta indiferencia como pude:
«OK. ¿Todo bien?»
Mi mensaje no le llegó; debían de estar en alta mar.
Esa condenada bruja, ¿por qué me había enviado el mensaje precisamente a mí, entre toda la gente? ¿Es que no tenía padres? ¿Amigas? ¿Alguien a quien realmente le importase si aquel maldito borracho la secuestraba, violaba o tiraba al mar para que se la comieran los escualos?
Di un puñetazo a la pared de bambú para descargar mi frustración, sintiendo un ligero alivio al ver la marca de mis nudillos en las cañas.
Por todas las criptas , ¿y si le pasaba algo?
No podía soportar la idea. Solo con imaginarla a solas con Yannis me entraban ganas de destrozar todas las mesas de la terraza de un golpe.
Aksel y su hermano, todavía subidos a una mesa, comenzaron a quitarse la camiseta. Selena y Mina los miraban horrorizadas, sin atreverse a hacerlos bajar, pero preocupadas por el caos que estaban causando.
Tenía que sacar a esos dos de allí inmediatamente.
No saber si Iris estaba bien me corroía por dentro, pero era imposible localizarla en ese momento. ¿Qué otra opción me quedaba?
Encontré el número que buscaba, lo marqué y apreté los dientes, dispuesto a tragarme mi orgullo.
―Theodore… ―ronroneó la voz al otro lado del teléfono―. No me digas que me llamas por lo que yo creo…
Bufé, conteniendo mi aversión a duras penas.
Aquel vampiro florentino, cuya presencia estaba vetada en el Serenata desde tiempos inmemoriales, era la más pútrida de las ratas de puerto que habitaban las Baleares, y sabía a la perfección cuánto lo apreciaba a él y a sus servicios de esparcimiento.
―Tengo invitados ―gruñí―. ¿Tienes algo para ellos?
―Por supuesto, amigo mío, venid cuando queráis ―respondió, regocijándose en mi humillación―. El Velero de los Condenados os espera con las puertas abiertas.