Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 31
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Iris

Me agarré al borde de los bancos. La nave dio un bandazo, y me pregunté si estaría a punto de hundirse. Las olas salpicaron la madera, y mis dedos resbalaron por la superficie mojada, lanzándome sin piedad sobre el suelo de tablas.

―¡Yannis! ―grité, tratando de hacerme oír por encima el estruendo de las olas―. ¡Ayúdame, por favor! ¡Haz algo!

Yannis parecía inmune a los bruscos vaivenes del barco. Me miró con lástima y sacudió la cabeza, señalando hacia el horizonte.

―¡Ahí están! ―gritó por encima del fragor de las olas―. Las sirenas. Como te prometí. Te mando a donde están tu hermana y tu amiga… o al menos, al lugar a donde se las llevaron.

Me aferré a los asientos como pude, incapaz de ver más allá de la barandilla.

La cabeza me daba vueltas, y sentí arcadas con sabor a café edulcorado.

Sentía el cuerpo débil, como anestesiado.

Mis piernas parecían estar hechas de gelatina, incapaces de obedecer a los impulsos que enviaba mi confundido cerebro.

Gateé hasta la barandilla y trepé por ella usando los brazos, tratando de ver dónde estábamos.

A lo lejos, en medio de la inmensa oscuridad del Mediterráneo, vislumbré un fulgor blanquecino, fantasmagórico, que se acercaba hacia nosotros a una velocidad demasiado rápida un barco de ese tamaño.

Si no nos desviábamos, chocaríamos con ello.

Al acercarse pude distinguir sus contornos: era un navío antiguo, como los barcos piratas de los cuentos, hecho en apariencia de luz blanca y rodeado de un oleaje salvaje.

El barco iluminado era, en efecto, el origen de aquel súbito y mortal oleaje.

En su centro se alzaban altos mástiles con velas blancas, casi plateadas.

La embarcación antigua emergió de una niebla fantasmal, que se fue disipando hacia los lados, dejando ver claramente sus contornos.

―¿Qué… qué es eso? ―exclamé, luchando por mantenerme consciente.

―¡Las sirenas! ―exclamó Yannis con júbilo―. ¡Están aquí! ¿No es lo que querías?

La cabeza estaba a punto de explotarme, y nuestra pequeña nave no paraba de sacudirse arriba y abajo, a punto de volcar.

―¡Yannis, por favor, desvía el rumbo! ¡Vamos a chocar con ellos!

Él ignoró mis palabras y siguió mirando esa luz azulada a lo lejos, extasiado.

Traté de arrastrarme hacia la cabina de mandos, aunque no tenía ni la menor idea de cómo tripular una barca de pasajeros y llegar hasta allí habría supuesto cruzar el barco entero, pasando junto a ese griego desquiciado.

Jamás lo lograría. Me impulsé por la cubierta mojada, empujada de un lado a lado como un delfín muerto.

―Yo, en tu lugar, me quedaría quieto ―me espetó Yannis.

Un pájaro aleteó ruidosamente sobre la embarcación. Pude oír sus graznidos antes de verlo: supe de inmediato que era un cuervo.

Un instante después, un hombre apareció en cubierta. Estaba de espaldas a mí, envuelto en una nube de humo. En cuanto el recién llegado se materializó en el barco, la tormenta amainó y la rugiente tempestad se detuvo en seco.

Seguía lloviendo, pero ahora era solo una fina llovizna, y la embarcación dejó de dar sacudidas para tambalearse suavemente, como una cuna.

―Sabía que al final vendrías ―le dijo el desconocido a Yannis, y su voz me resultó más familiar de lo que hubiera querido.

―Así es ―respondió el griego―. Siempre cumplo mis promesas. Y espero que tú también cumplas las tuyas.

―Por supuesto. Vienen de camino.

No pude ver a quiénes se referían, pero escuché un chapoteo y el bramido ensordecedor de una lancha motora acercándose.

―¿Tienes la mercancía? ―preguntó el extraño―. Si no, no hay trato.

―Por supuesto. Y te encantará ―respondió Yannis―. Es perfecta. Justo lo que pediste.

Unos pasos se aproximaron a mí, y el hombre me agarró del pelo. Traté de girar la cabeza para verlo, pero él parecía mucho más interesado en manosear mis pechos y mi trasero.

―No está mal ―dictaminó―. Servirá.

El vampiro me ató las muñecas con una cuerda dura y áspera, y apreté los dientes de dolor. Cuando traté de moverme me dio una patada, sin prestarme demasiada atención, y volvió a girarse hacia Yannis.

La lancha motora se detuvo, y alguien trepó a nuestra embarcación por uno de los laterales. Se escucharon más voces, y alguien dejó caer un bulto grande y pesado sobre la cubierta, justo a mi lado, envuelto en una manta.

―Ahí lo tienes ―dijo el extraño con una risa malévola―. Que lo disfrutes, y gracias por la ofrenda. Espero que disfrutéis mucho juntos… el tiempo que le queda.

Yannis ahogó un grito, y se agachó a desenvolver el bulto.

A pocos centímetros de mi rostro había algo que solo pude definir en mi mente como un muerto viviente: una calavera pálida, con la piel tensa que dejaba entrever cada hueso de sus mejillas. Apenas tenía labios, pero sus párpados se movieron levemente.

―¡Samuel! ―gimió Yannis, espantado―. Pero, ¿qué le habéis hecho? ¡Está muerto!

―No, no está muerto, solo un poco… desgastado ―rio el otro―. Pero seguro que podrás arreglarlo. Hasta pronto. Ha sido un placer hacer negocios contigo.

El vampiro se acercó a mí entre los gritos desgarradores de Yannis, que llamaba entre sollozos a Samuel. Otro me levantó del suelo y me lanzó dentro de una pequeña lancha.

―Ten cuidado, idiota ―gritó el vampiro―. No le estropees la cara, si no, no sirve. Déjame ver, espero que no se la hayas deformado…

Mi estómago se contrajo al sentir sus dedos helados sobre mis mejillas, pero eso no fue nada comparado con el shock al reconocer el rostro del extraño, que sin embargo no pareció reconocerme a mí.

No tuve tiempo de decidir qué hacer, porque una bota se estampó contra mi nuca.

Mi último pensamiento antes de perder la conciencia fue que, por fin, había dado con Héctor Sinclair.