30
Iris
Lo único que se veía más allá de la cubierta era el mar, oscuro como una laguna de petróleo a mi alrededor. A pesar de mi inquietud, me adormecí escuchando las salpicaduras de las olas contra el casco y el suave rumor del motor.
—¿Todo bien? ¿Te traigo una manta? ¿Un café? —preguntó la voz de Yannis, acercándose entre los bancos vacíos.
Abrí un ojo y lo encontré frente a mí, llevando dos vasitos de papel humeantes.
—¿No deberías estar manejando el timón? —repliqué, sintiendo que me pesaban los párpados.
Sonrió, y en su rostro se dibujó un gesto amable, casi inocente, que disipó un poco mis malos presentimientos. Yannis Katsaros era un hombre indudablemente atractivo, particularmente cuando estaba sobrio. Aunque no tanto como Teo , añadí sin darme cuenta.
—No te preocupes, está todo bajo control —respondió, y me tendió uno de los vasos—. Toma, bebe. Te ayudará a mantenerte despierta.
Olí el líquido color crema y di un pequeño sorbo: café con leche, cargado de azúcar. Justo como me gustaba.
—Gracias. ¿Falta mucho?
Se sentó a mi lado y tamborileó distraídamente con los dedos sobre la superficie de madera blanca del banco, que relucía bajo las luces de neón de la terraza.
—No mucho —respondió crípticamente—. Esta noche las siento cerca.
Sentí un súbito escalofrío al escuchar sus palabras, y él frunció los labios. Se levantó y sacó una manta de un baúl. Me la echó por encima de los hombros y volvió a sentarse, esta vez más cerca, con su rodilla rozando la mía.
—Dime, Iris... ¿a quién buscas realmente? —me preguntó, buscando mis ojos.
Evadí su mirada. No es asunto tuyo , pensé.
—Tú no conoces a Desirée, eso está claro —continuó, jugueteando con la etiqueta deshilachada que adornaba una esquina de la manta—. No estás aquí por ella. ¿Por qué has venido…? ¿Por quién ?
Dudé antes de contestar y le di un sorbo más al café; en vez de despertarme, parecía estar teniendo el efecto contrario. Se oyó un chapoteo a lo lejos, y después volvió a hacerse el silencio. De algún modo, el mar y la soledad de la noche invitaban a las confidencias.
—Mi hermana… —dije, midiendo mis palabras—. Desapareció una noche, sin dejar rastro. Iba acompañada de gente un tanto extraña —lo miré, preguntándome cuánto podía contarle—. Aunque no creo que fueran sirenas quienes se la llevaron, sinceramente.
—Sigues sin creerme —comentó él, casi divertido—. Y, sin embargo, has venido. ¿No es chocante, las cosas que somos capaces de hacer por aquellos a quienes queremos? Cosas impensables, a veces terribles… solo por aferrarnos a su recuerdo, a la esperanza de volver a verlos…
—¿Quién era Samuel? —lo interrumpí, adivinando que aquello no eran solo divagaciones filosóficas—. ¿Qué le ocurrió realmente?
Sus dedos se retorcieron sobre la manta un instante, pero la soltó de inmediato, con un leve suspiro.
—Bebimos mucho aquella noche —confesó—. Nos desviamos del rumbo… me desvié, sí. Yo estaba al mando. Nos vimos atrapados en una tempestad, la peor en muchos años… aunque fue culpa mía. Vi una luz, viré la nave hacia allí, y…
Se calló, con la mirada perdida en el oscuro horizonte. Me quedé quieta, dejándole tiempo para procesar sus recuerdos.
—Samuel y yo… —Expiró con fuerza y cerró los ojos, negando con la cabeza. Algo dentro de él pareció romperse al pronunciar el nombre de su amigo.
—Lo entiendo —dije, animándolo a continuar—. Erais buenos amigos.
—Mucho más que eso.
Asentí.
—¿Qué te han contado? —preguntó, defensivo.
—Leí algo en el periódico. Eso es todo.
—Todo lo que leíste ahí es mentira. Tuve que mentir para no acabar encerrado en un manicomio.
Me sentí tremendamente identificada con aquella afirmación, recordando cómo había tenido que caminar de puntillas durante las entrevistas con la policía.
Los titulares locales rezaron: « Una joven estadounidense, huérfana de madre y de padre, desaparece durante unas vacaciones en Ibiza con su hermana menor… »
Mi madre vampira estaba, por supuesto, muerta a efectos legales. De Héctor Sinclair, el amante inmortal de Katie, no existía ningún registro. Katie era mayor de edad y, tras unas semanas de búsqueda, sin nadie que presionara a las autoridades, el caso se hundió en el olvido.
Yannis Katsaros no tenía ni la menor idea de cuánto entendía su desconsuelo.
—Ojalá pudiera contártelo. —Yannis sacudió la cabeza—. Pero no lo entenderías. Es difícil vivir así, cuando nadie te cree, nadie te entiende… cuando tus experiencias de vida son tan distintas de las de los demás. Cuando no puedes hablar de ellas sin que te tomen por loco.
Sus palabras rozaron el fondo de mi alma. Guardé silencio, embargada por una mezcla de sentimientos que no sabía cómo expresar.
—Yo te creo, Yannis —murmuré, apretando su mano por encima de la manta—. Yo también he visto… cosas. Cosas difíciles de explicar.
Yannis dejó de mirar al infinito y sus ojos se clavaron en los míos, llenos de interés.
—Explícate —dijo.
—Yo también he pasado por cosas que para los demás son solo noticias en el telediario: pura ficción y entretenimiento.
Cosas que escuchan mientras comen con su familia, pero después se levantan de la mesa y siguen con sus vidas.
Pero nosotros no podemos levantarnos de la mesa y seguir con nuestras vidas sin más.
Porque esas noticias son nuestro pasado; nuestra condena.
Las hemos vivido en nuestras carnes, y cambiaron nuestra existencia de manera irrevocable.
Y nos persiguen, como fantasmas agitando sus cadenas…
—Como fantasmas agitando sus cadenas… —repitió, asintiendo—. Sí. Buena descripción.
Sentí una lágrima deslizarse por mi mejilla. Yannis alargó la mano y la limpió con el dedo índice. Nuestros rostros quedaron frente a frente y me miró, casi expectante.
Por un instante, volví a sentir como si nos conociéramos de toda la vida.
Entonces, Yannis se acercó un poco más y me besó.
Me aparté un poco, confundida.
—¿Qué haces? —le espeté, y mi voz sonó como un eco lejano; como si no fuera mía.
Traté de incorporarme, pero me sentí mareada y no pude. Cada vez me costaba más recordar de quién eran esas manos que reptaban por debajo de la manta, buscando el cierre de mi sujetador. Me sentía somnolienta, flácida, como si flotara en una nube de algodón.
Las yemas de esos dedos eran ásperas, rasposas…
no, sin duda no eran las de Teo. Se deslizaron por mi espalda, provocándome un inquietante cosquilleo que me espabiló un poco, y la visión de aquel hombre moreno y atractivo, con finas arrugas en torno a los ojos, apareció clara ante mi vista.
Una voz espectral me sacudió como un relámpago, y recordé nítidamente las palabras de Shihan:
«Dile a mi madre que no venga a buscarme… que la matarán también… ni tú tampoco, no vengas… no confíes en el hombre oscuro…»
El hombre oscuro .
¿Era él?
Yannis me atrajo hacia sí, y pude sentir su excitación contra mi abdomen.
Mi cuerpo se negaba a obedecerme, y chillé, desesperada.
Ignorándome, su mano se escurrió entre mis piernas, por debajo de los pantalones.
Rebuscó bajo la tela, y yo crucé las piernas con fuerza, empujándolo con todas mis fuerzas hacia atrás.
—¡Para! —grité, encontrando de nuevo mi voz.
Me levanté de un salto, tambaleándome sin entender por qué, y me abroché apresuradamente el botón de los vaqueros que él había abierto. Luego me giré hacia la barandilla y me apoyé en ella con el pecho, a punto de vomitar.
—¿Es por tu jefe, verdad? —preguntó, caminando hacia mí con los ojos entrecerrados—. Te gusta ese tipo.
Sacudí la cabeza. ¿Era mi imaginación, o el barco estaba oscilando más de lo normal?
—¿Pero a ti qué te pasa? ¡No es asunto tuyo! Y no te he contado lo de mi hermana para…
—No eres más que una chiquilla que no sabe lo que quiere —me espetó, sorbiéndose la nariz y escupiendo en el agua con un gesto de desagrado.
Lo miré con repugnancia, sin poder creer su repentino cambio de humor. Era como si, de pronto, hubiera caído la máscara que llevaba puesta; la máscara que había empleado para seducirme, para llevarme hasta allí y sonsacarme todo sobre Katie.
—¿Pensabas llevarme de verdad a alguna parte, o era todo una excusa? —pregunté, sabiendo que, fuera como fuese, estaba atrapada en ese barco y a su merced.
Unas olas enormes, cada vez más grandes, aparecieron en el horizonte. Nos acercábamos cada vez más a ellas. En la distancia me pareció ver un acantilado, que, según mis cálculos y lo poco que recordaba haber visto en los mapas, era imposible que estuviera allí, a pocas horas de Ibiza.
Me sujeté a la barandilla, sintiendo náuseas cada vez más fuertes.
El barco se bamboleó más aún, y tuve que agarrarme con todas mis fuerzas para evitar que el imponente oleaje me lanzara al suelo.
—¿Por qué iba a mentirte, Iris? —dijo Yannis, con voz sumamente tranquila a pesar de las fuertes sacudidas que amenazaban con volcar la nave.
La marejada me lanzó al otro lado, y me golpeé la cabeza contra los bancos. Me froté la sien, cada vez más aletargada.
Entonces lo entendí: el café. Me había puesto algo en la bebida.
Yannis me observó con expresión de pena, con las piernas separadas y sujeto a la puerta que daba paso a la cubierta acristalada.
—Hemos llegado —dijo, encogiéndose de hombros—. Solo quise que tuvieras un recuerdo feliz de tus últimas horas de vida. Pero rechazaste mi regalo… allá tú. Al menos, tú tuviste elección, a diferencia de otros.