Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 29
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Iris

Miré el teléfono, indecisa.

Yannis no tardaría en zarpar. A pesar de las advertencias de Mina, y los comentarios celosos de Teo, aquel griego desquiciado era mi única pista a seguir en aquel momento. ¿Qué era lo peor que podía pasar? Si no acudía, nunca sabría si sus afirmaciones eran ciertas.

Sin pensarlo más, respondí:

«De acuerdo. Espérame. Voy.»

El lugar indicado no se encontraba lejos. Si todo iba bien y mi GPS me había indicado el camino correcto, podría llegar en menos de veinte minutos.

Cuando llegué al muelle, encontré su barco con facilidad: era una de esas típicas naves de turistas, con una terraza en la zona superior y dos zonas de bancos abajo: una abierta y otra acristalada, para los días más fríos.

Había varios muy parecidos, pero lo reconocí de inmediato en cuanto leí el nombre del navío: Samuel - Ibiza.

«Estoy en el muelle», tecleé.

Tras unos instantes, Yannis apareció en cubierta.

El sol comenzaba a descender sobre el horizonte.

A esa hora yo debería estar regresando a San Antonio; tenía hasta medianoche para devolver el coche de alquiler.

Pero algo en mi interior me decía que aquel viaje era importante.

Pagaría las horas extra, si hacía falta.

Yannis me saludó con la mano, asomándose por la barandilla metálica.

—Sube. Te ayudaré.

Se acercó a la pasarela, que era apenas una tabla horizontal entre la embarcación y el muelle. Me tendió la mano y me ayudó a embarcar. Olfateé el aire y noté con alivio que esa noche no había bebido. Todavía .

—Bienvenida. Ponte cómoda —anunció escuetamente, y se dirigió a la cabina—. Zarparemos de inmediato

—¡Un momento, espera! ¿A dónde vamos? —pregunté, interponiéndome en su camino con los brazos cruzados, antes de que se fuese y me dejase sola en la cubierta—. No me lo has explicado todavía.

—Hay cosas que no se pueden explicar —respondió, empujándome suavemente a un lado—. Es más fácil mostrarlas. Te llevaré a donde te prometí: al lugar donde se ocultan las sirenas, las que se llevaron a tu querida Desirée.

Pronunció el nombre de Desirée con ironía, como si supiera que no era a ella a quien buscaba. Lo miré con los ojos entrecerrados.

—Entiendo, pero, ¿a dónde vamos exactamente? Como comprenderás, no puedo subirme en el barco de un desconocido, al anochecer, y sin saber siquiera a dónde me lleva…

Yannis cerró los ojos y sacudió la cabeza, frustrado, como si yo fuera una niña tozuda que se negaba a entender un concepto muy simple.

—Mar adentro —dijo, señalando indeterminadamente hacia la creciente oscuridad, más allá del puerto—.

No puedo decírtelo. No porque no quiera, sino porque no lo sé con exactitud.

—Se llevó una mano a la oreja y escuchó un momento en silencio—.

Cambian de lugar cada noche. Pero yo sé trazar su rastro… ¿las oyes?

Negué con la cabeza, y él extendió un brazo en confirmación.

—Pues ese es el problema —dijo, alzando las palmas de las manos—. Solo yo puedo oírlas. Se desplazan…  no están siempre en el mismo sitio. Pero yo las oigo. No sé dónde estarán esta noche, pero puedo seguir el sonido de sus cantos y llevarte hasta ellas. ¿Confías en mí?

No , gritaron mis entrañas.

Pero guardé silencio.

—Si no me crees, eres libre de marcharte —dijo Yannis, señalando hacia el muelle—. Pero no volveré a ofrecerme. Es tu única oportunidad. Ahora, o nunca.

Ahora o nunca.

Recordé mi conversación con Katie la noche en que la perdí, y una de las últimas cosas que me dijo:

«Héctor me espera. Es la última noche… es ahora o nunca.»

«Ahora o nunca» no había terminado demasiado bien para ella. Pero no me quedaba otra opción.

—Está bien —contesté, suspirando—. Llévame entonces. Pero necesito estar de vuelta antes de las once de la noche.

Yannis asintió, complacido.

—No te arrepentirás —dijo, señalando hacia los bancos de la cubierta—.

Puedes sentarte donde quieras. Hoy no hace frío; yo en tu lugar me quedaría aquí fuera a ver las estrellas.

Pronto anochecerá. Ahora tengo que encargarme del timón, así que tendré que dejarte sola un rato. Si necesitas algo, estaré ahí.

Señaló hacia el fondo, donde se encontraba la cabina acristalada del capitán en la proa, más allá de la zona turista con filas de bancos.

Escuché el rumor del motor, mientras los últimos coletazos del atardecer se tornaban anaranjados, y más tarde violetas. El puerto de Ibiza comenzó a volverse pequeño, y mi confianza flaqueó un instante. Desde el barco ya no se veía nada: ni una sola luz. ¿A dónde íbamos realmente?

Aquel viaje me recordaba a mi propia vida en los últimos años: una búsqueda a ciegas en la oscuridad, averiguando mi lugar en el mundo sin un solo faro que me iluminase el camino.

Mientras pensaba en todo eso, me di cuenta de que no había avisado a nadie de mi excursión improvisada, y saqué el teléfono del bolso, titubeando.

¿A quién avisar? Mi primer pensamiento fue decírselo a Arianna, pero, ¿qué podría hacer ella desde Nueva Zelanda si me ocurría algo?

Ni siquiera me echaría de menos hasta muchos días más tarde.

Además, tenía una cita con Manaaki, el chico nuevo.

Barajé la posibilidad de avisar a Clarence, mi padrastro, pero ni él ni mi madre sabían que estaba en Ibiza. ¿Quién más me quedaba?

Teo.

Solo Teo.

Resoplé, imaginando su cara cuando se enterase de que estaba sola con Yannis, en su barco.

Me encogí de hombros.

No es mi problema , me dije, y escribí un breve mensaje para mi jefe, diciéndole que cabía la posibilidad de que llegase tarde al trabajo al día siguiente.

«Mensaje no enviado», me notificó el aparato.

Miré la pantalla, confundida, y solo entonces comprendí que al alejarnos de la costa se había perdido la cobertura.

No pasa nada , me dije, guardando el teléfono e ignorando el súbito ataque de pánico que amenazaba con dejarme sin aliento. Tampoco necesita saberlo todo.

Seguro que la aventura saldrá bien , me dije, pero la sensación en mi estómago respondió lo contrario.