28
Iris
San Antonio. Viernes.
Ese viernes me levanté temprano. Reiner Grimmbauer no había vuelto a molestarme durante la noche; seguramente porque Teo se lo había llevado a rastras del Serenata en cuanto llegó Vanessa.
Tenía una lista larguísima de cosas que hacer, y una excursión pendiente a la capital, de modo que le escribí un mensaje a Teo pidiéndole el día libre.
Usé un tono frío y profesional, fingiendo que la noche anterior no había ocurrido absolutamente nada.
Él contestó exactamente igual, con esa desesperante frialdad inglesa que usaba como barrera, y como si no hubiera estado a punto de despedazar a su mejor inversor por mi culpa tan solo unas horas antes.
A pesar de ser fin de semana, y de que los babosos de los Grimmbauer aún seguían por la zona, me respondió confirmando que no había ningún problema si descansaba esa noche.
Él no lo sabía, pero descansar era lo último en mi agenda.
Tras el desayuno, recogí el coche de alquiler cerca de la playa de S’Estanyol, y seguí las indicaciones del GPS hasta el hotel Azure Oasis.
La secretaria de la directora no me esperaba hasta después de comer, así que me fui a dar una vuelta por los lugares que había visitado con mi hermana durante mi viaje, cinco años atrás.
Dejé el coche en un parking, al norte de Playa d’En Bossa, y fui caminando por el paseo, deteniéndome en la zona donde se cogía el aqua-bus para Formentera. Al pensar en la isla recordé a Margalida Tur, y deseé de nuevo que Naomi no la hubiera liquidado tan deprisa.
No muy lejos de la playa d’En Bossa, en un local muy parecido al Serenata, Katie y yo habíamos conocido a Héctor.
Aquella noche, años atrás, elegimos una terraza delimitada por cañizo y palmeras en tiestos, con sillones de bambú cubiertos por mullidos almohadones de arpillera.
Nos sentamos solas a tomar algo y a disfrutar de la música.
Estábamos hablando de Roma y Florencia, las primeras paradas de nuestro viaje, cuando Héctor se nos acercó, seguido por un par de chicas extranjeras.
—Me pareció que hablabais de Florencia —dijo, sonriendo—. Casualmente, pasé mi infancia allí. Puedo contaros muchas historias de la cuna del Renacimiento…
A Katie se le iluminaron los ojos solo con oír aquello.
Yo habría preferido estar a solas con mi hermana, pero nuestro viaje estaba en la recta final, y Katie parecía desesperada por aprovecharlo al máximo.
Además, aquel extraño había pronunciado las palabras mágicas que derretirían sin remedio su corazón de historiadora del arte: Renacimiento y Florencia .
—¡No me digas! —exclamó, tendiéndole la mano para saludarlo—. Me llamo Katie, y justo estoy escribiendo una disertación sobre Lorenzo de Médicis… ¡por favor, sentaos con nosotras!
—Héctor Sinclair —se presentó él, dedicándonos una sonrisa misteriosa—. Encantado de conoceros.
Supe al instante lo que era, incluso antes de ver relucir la punta de sus colmillos entre unos labios demasiado rojos para ser humanos.
—No parece un apellido muy florentino —comenté, apartándome de él un poco—. Ni tu acento tampoco.
Él sonrió, impasible ante mi sarcasmo.
—Cierto —respondió, haciéndole un gesto a la más guapa de las camareras para que se acercase—. Y si lo deseas, te puedo explicar por qué…
A pesar de haber crecido entre vampiros, algo en él hizo sonar todas mis alarmas desde el principio. Sin embargo, mi hermana quedó cautivada al instante.
A menudo, tras su desaparición, me pregunté si Katie soñaba con un romance como el de mi madre con Clarence.
Mi madre fue abandonada por mi padre, un mortal como cualquier otro, cuando éramos aún muy pequeñas.
Por aquel entonces, ella ni siquiera sabía que era bruja.
Clarence y su clan la encontraron y le ofrecieron un hogar y un trabajo en El Claustro.
Nosotras crecimos entre criaturas sobrenaturales, escolarizadas por una niñera no-muerta en las catacumbas de un cementerio abandonado, y convencidas de que aquella vida era totalmente normal e igual a la de los otros críos.
Clarence, con su anticuada caballerosidad, le devolvió a mi madre la capacidad de amar después de haber pasado por muchas penurias.
Pero Héctor distaba mucho de ser como nuestro padrastro, y no me hizo falta intercambiar más de dos palabras con él para corroborarlo.
—¿Buscabas algo en concreto?
Sin darme cuenta, los pies me habían alejado de la playa, hacia un ultramarinos con sombreros de paja y pareos frente a la puerta. La dependienta me miraba, con una niña de unos tres años aferrada a sus piernas con una manita diminuta mientras sostenía una rosquilla chupeteada con la otra.
Miré a mi alrededor, sin recordar cómo había llegado hasta allí. Debía de haberme despistado, sumida en mis recuerdos de Katie y de Héctor.
—No. Bueno, sí, un… —Ojeé rápidamente los estantes, preguntándome si necesitaba algo.
Pedí lo primero que se me ocurrió. La madre le dio un beso a la niña y la sentó sobre el mostrador mientras me cobraba. La pequeña rio y abrazó a su madre con cariño. Esta sonrió, acariciando su pequeña cabecita cubierta de rizos sedosos.
Pagué y me fui. Aquella imagen de madre e hija permaneció conmigo mientras regresaba al paseo, de camino al hotel.
¿Me habría querido mi madre de esa forma alguna vez?
Me costaba recordarlo, y tampoco tenía fotografías como prueba.
Mi madre había sido transformada en vampiro cuando yo tenía apenas cinco años, para salvarla de una muerte segura, por lo que no existían fotos con ella desde entonces.
Nunca habíamos hecho cosas normales juntas, como ir de acampada, o a pasar el día en la playa.
Ni ella ni mi padrastro podían resistir la luz del sol durante mucho tiempo, y su presencia en mi vida había decaído exponencialmente una vez nos fuimos a vivir a una residencia de estudiantes durante la época del instituto.
Tras la desaparición de Katie, la más bella y talentosa de sus hijas, todos sus traumas del pasado resurgieron de golpe, y ni el amor de Clarence, ni el mío, fueron suficientes para devolverle la cordura a mi madre.
Me senté en una bocatería, sumida en esos recuerdos. Mientras esperaba mi sándwich probé a llamar de nuevo a Jingxiao, la madre de Shihan. Esta vez, tuve más suerte, y fue ella la que respondió al teléfono.
—Señora Jingxiao, soy Iris, la médium, ¿se acuerda de mí? —dije, tragando un sorbo de mi refresco a toda prisa.
—Espera —contestó secamente—. No cuelgues.
Hubo un silencio al otro lado. Me pareció oír pasos y una puerta cerrarse.
—Disculpa… —se excusó, esta vez con un tono mucho más amable. Su voz resonaba con eco, como si se hubiera encerrado en un baño pequeño—. Dime… ¿has descubierto algo?
—Ya sé que es una pregunta extraña, pero… ¿a su hija le gustaba el pollo Kung Pao? —pregunté, comprobando en mi cuaderno que ese era el nombre correcto del plato.
La mujer al otro lado guardó silencio durante tanto tiempo que por un momento pensé que me había colgado.
—¿Por qué me preguntas eso? —dijo al fin, con voz entrecortada.
—Creo que conecté con su hija —respondí, dando un pequeño sorbo a mi refresco—. Ya sé que es un poco raro, pero me pidió que le dijera eso, solo eso… que a ella sí que le gustaba el pollo que usted preparaba, y que se lo comía a escondidas cuando nadie podía verla.
Escuché sollozos quedos al otro lado, y una voz de hombre gritando enfurecida, a lo lejos.
—Era ella… —dijo, pronunciando las palabras con dificultad—. Y si habló contigo, entonces eso significa que…
Que está muerta , completé la frase por ella en mi mente, sin querer decirlo en voz alta.
—Lo siento —susurré—. Le prometí a Shihan que se lo diría. También quisiera preguntarle algunas cosas sobre la última vez que habló con su hija. Con quién estaba, qué hizo… y también si tenía algún tipo de poderes… no sé cómo decírselo… algún don fuera de lo normal…
Se oyeron golpes bruscos al otro lado, sobre una puerta, y la misma voz de hombre gritando cada vez más fuerte.
—Tengo que dejarte —susurró Jingxiao con tono agradecido—.
Pero, por favor, si vuelves a verla… dile…
—Se sorbió la nariz—. Dile que ya lo sabía.
Que yo dejaba el pollo en el estante más bajo de la nevera adrede, para que pudiera alcanzarlo.
Y que la quiero. Que la echo muchísimo de menos.
Que no supe ver lo de su padrastro, y debería haberlo hecho mejor como madre… —Sollozó—. Dile que nunca la olvidaré.
Y luego colgó.
La camarera apareció con mi bocadillo, pero se me había pasado el hambre por completo. Lo mordisqueé un poco y después me pedí un café, conmovida por las palabras de aquella madre desconsolada.
Tras la comida, caminé hasta el hotel Azure Oasis, donde me atendió la secretaria de la directora.
Tras pronunciar el nombre de Teo, que era como una llave mágica en aquel sitio, la empleada me prometió compilar una lista con los nombres de las personas que habían trabajado allí en el mes de agosto, cinco años atrás.
No era la misma de entonces, de modo que le expliqué lo de la desaparición de mi hermana, y cómo la policía había investigado durante algunas semanas, sin éxito.
—Lo siento, el hotel cambió de dueño hace dos años —se disculpó, muy amable—. Pero haremos todo lo posible por encontrar la información que necesita. Si me facilita su correo electrónico, se lo haremos llegar en los próximos días.
Salí de allí con los ánimos decaídos, a pesar de la promesa de la empleada.
Caminé durante un buen rato y me senté en un café cerca del puerto, planteándome regresar a San Antonio.
En la mesa de al lado, unos hinchas de fútbol con camisetas de Grecia reían animadamente, y mi mente voló hacia Yannis y su oferta de llevarme hasta esas dudosas sirenas que se habían llevado a Desirée.
La oferta era tentadora, aunque sin duda temeraria.
Pero era mi día libre, y había pagado por el rent-a-car y la gasolina. El puerto de Ibiza estaba a tan solo unos minutos caminando, y el número de Yannis seguía ahí, en mi bolso. Podía regresar a casa con las manos vacías, o hacer esa llamada que había postergado por el miedo y la duda.
«Uno siempre se arrepiente de lo que no hizo», me dije, y escribí un mensaje.
La respuesta de Yannis no se hizo esperar:
«Zarpamos en una hora. Te envío ubicación.»