Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 27
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Iris

Los esperados hermanos Grimmbauer paseaban su rubio trasero por el Serenata Nocturna, comportándose como leones en celo en busca de una presa. Algo en su porte y en su actitud hacía pensar que ellos, y no Teo, eran los verdaderos dueños del local y, quizás por eso, me recordaron a Héctor Sinclair.

Rememoré la insistencia con la que aquel vampiro renacentista había cortejado a mi hermana…

pero solo tras ser rechazado por mí. Cuando se lo conté a Katie, ni siquiera me creyó: ¿su tímida hermana pequeña, la torpe, la bajita, la maniática, elegida por un hombre así?

Para Katie, era algo impensable. Y para mí también, en parte.

A menudo me preguntaba qué habría ocurrido si yo hubiera accedido a los avances del vampiro aquella primera noche.

¿Habría sido yo la desaparecida? Nunca lo sabría, porque le había dicho que no sin pensármelo, espantada por el aura de corrupción que sentí a su alrededor.

Héctor no tardó en buscarse un nuevo objetivo, y lo demás era historia… mi amarga historia familiar.

El Serenata estaba de punta en blanco, limpio hasta en los rincones más recónditos, con arreglos florales tan frescos que se podría haber celebrado la recepción de una boda. Al pasar por la barra agudicé el oído y traté de captar algo de la conversación entre Oksana y Naomi.

—Está desesperado por conseguir capital —susurró Oksana con aire de secretismo, vanidosa por estar mejor informada que las demás—. Si no encuentra a alguien dispuesto a hacerse cargo de todas las pérdidas, la agencia se irá a pique. Y el bar también.

—Pues para ser sanguijuelas, no están nada mal… —comentó Naomi, lanzándoles miradas de reojo a los dos rubios—. ¿Cuál de ellos es Reiner? Me ha dicho que ese es el mayor. El que decide… a ese hay que ponerle la alfombra roja, por lo visto.

—¿El mayor? ¡Pero si ni siquiera son hermanos de verdad!

—Oksana rio, mientras fingía limpiar unos vasos—.

Creo que Reiner es ese, el que tiene una peca rojiza en la mejilla.

El pequeño es Aksel… es más guapo que el otro, ¿no?

Aunque a mí no me van los rubios —añadió atusándose su corta melena dorada.

Antes de contestar, Naomi le lanzó una mirada cargada de significado a Oksana, y luego a Teo sin que se diera cuenta.

—Ya, bueno…

Ambas rieron por lo bajo, ocultándose tras el tirador de la cerveza, y yo me quedé pensando en el posible significado de aquellas últimas palabras.

Durante el resto de la noche, evité la mesa de los clientes VIP, por miedo a meter la pata. No quería ser la responsable si Teo perdía algún trato millonario por un error mío.

Espiaba un poco cada vez que pasaba por su lado, recordando la conversación entre Oksana y Naomi.

Los Grimmbauer aparentaban treinta, quizás cuarenta años, pero con los inmortales siempre era difícil adivinar su edad real.

Me pregunté entonces cuántos años tendría Teo, y al instante sacudí la cabeza.

¿Y a mí qué me importaba eso? Seguramente cientos, y con muchas amantes a sus espaldas.

Por suerte, me había salvado por los pelos de convertirme en otro más de sus trofeos de caza.

Vanessa hizo su aparición más tarde, vistiendo un magnífico vestido lleno de brillantes, que relucía bajo las diminutas luces LED de la entrada.

Con sus cabellos larguísimos, parecía un hada del bosque.

Me sonrió, y yo le devolví la sonrisa, porque, a fin de cuentas, ella no me había hecho nada.

Luego se dio la vuelta para abrazar a Teo, y yo aparté la mirada para ahorrarme el tormento.

La noche era tórrida, a pesar de estar todavía a finales de primavera. Sentí que me caían gotas de sudor sobre la frente, y decidí tomarme una breve pausa.

Fui al baño a salpicarme la cara con agua, y el espejo me devolvió un rostro cansado y ojeroso.

Necesitaba lavarme el pelo urgentemente.

Había dejado la puerta de los aseos entreabierta, y al alzar la mirada noté una ancha figura apoyada sobre el marco.

Era uno de los Grimmbauer, el del lunar rojo en la mejilla, observándome con un brazo a cada lado del marco de la puerta… y con aspecto hambriento.

Oh, maldita sea.

Si bien recordaba, ese debía de ser Reiner… el importante.

— Hallo , Iris —me saludó con voz seductora, dejando entrever sus colmillos—. ¿Qué haces después del trabajo?

Inspiré hondo. Quizás, si lo ignoraba durante suficiente rato, desaparecería por sí mismo. Al menos, con los granos funcionaba.

Me acerqué al dispensador de toallas de papel y me sequé las manos sin mirarlo.

—Te he hecho una pregunta —repitió, en un tono menos afable—. ¿Qué haces esta noche?

—Dormir —respondí, tomando otra respiración profunda. Inspira, expira. Inspira, expira. Siempre funcionaba. ¿Por qué no estaba funcionando? —. Por cierto, no recuerdo haberte dicho mi nombre.

El vampiro sonrió ampliamente sin apartarse de la puerta, y esta vez mostró por completo sus largos y brillantes colmillos blancos.

—Siempre me informo de cómo se llaman las chicas más guapas cuando llego a un sitio nuevo.

Seré idiota , pensé, ¿ por qué le he dado cuerda?

Para arreglarlo señalé detrás de él, hacia la terraza repleta de gente.

—Ahí fuera las tienes a puñados. Yo no estoy interesada, gracias.

Me planté enfrente de él con los brazos en jarras, dispuesta a salir de ahí de inmediato. El muy estúpido no se movió ni un centímetro, disfrutando de su superioridad física.

—Déjame salir —le ordené con voz firme—. Tengo que volver al trabajo.

—Solo si prometes acompañarnos a una fiesta esta noche. ¿Has estado alguna vez en un yate de lujo? Seguro que te encantará.

—Pues sí, ya que preguntas —contesté, recordando el yate de Teo—. Pero ya te he dicho que no me interesan tus fiestas… ni tu invitación. Y ahora, si me lo permites, voy a seguir trabajando. Apártate o invocaré a algún poltergeist del inframundo para que te ponga en tu sitio.

La sonrisa del vampiro se ensanchó, hasta convertirse en una sonora carcajada.

Me mordí el labio. Teo se pondría furioso si se enteraba de lo que estaba a punto de hacer con su invitado VIP. Pero ese maldito Reiner me estaba sacando de quicio.

Lo embestí como un toro, decidida a salir de ahí por la fuerza. Su brazo, fuerte como una garra, me sujetó por el hombro, mientras su otra mano me pellizcaba el trasero sin pudor.

—¡He dicho que me dejes en paz! —le grité a aquel desgraciado que, claramente, no entendía la palabra «no».

Me empujó sin esfuerzo hacia los cubículos de mujeres, y cerró la puerta detrás de nosotros.

Quedé atrapada con él entre la taza del váter y la puerta de madera. Conté mis respiraciones, concentrándome en calmarme. Tenía que salir de ahí. Iba a salir. Estaba segura.

—Abre esa puerta inmediatamente o usaré mis poderes —lo amenacé, sintiendo que el miedo crecía cada vez más en mi interior.

Sí, esos maravillosos poderes que me permitían hacer cosas tremendas: como, por ejemplo, escuchar historias sobre niñas que no se terminaban el pollo asado de su madre.

—No te sulfures, preciosa. No voy a hacerte nada. —replicó él, relamiéndose—. Solo he juntado un poco la puerta para poder hablar contigo en privado. Me gustan las brujas, aunque huelan raro, ¿sabes? Y no me vas a negar que yo también te gusto. No has dejado de mirarme desde que he llegado.

Idiota. Estaba mirando a Teo, no a ti.

Sentí que iba a lamentar lo que estaba a punto de hacer, y que seguramente perdería mi trabajo, pero le di un bofetón al vampiro insolente y salí en tropel del baño. En mi carrera, me topé de bruces con Teo, que iba de camino a los servicios.

—Te estaba buscando —me dijo, y sus ojos me atravesaron como dagas, comprendiendo lo ocurrido—. ¿Te ha hecho algo? —preguntó subiendo el tono.

Sus ojos brillaron, beligerantes, y me agarró de los costados con ambas manos, sujetándome con actitud posesiva. Sacudí la cabeza y miré atrás. Reiner seguía en el baño de mujeres, oculto como la rata que era en alguno de los cubículos.

—¿Ha intentado morderte? —insistió, con la mandíbula tensa.

Yo permanecí quieta, todavía en shock.

—Si te ha puesto un solo dedo encima, lo mataré —murmuró. Sus ojos centelleaban, completamente fuera de sí.

Lo miré fijamente y negué con la cabeza, aterrada por el tono de su voz. Entreabrí los labios, compilando una respuesta, y él se acercó tanto que pensé que estaba a punto de besarme.

Justo entonces, Vanessa apareció a toda prisa por detrás de Teo, mirando su reloj de pulsera.

—¿Nos vamos? Acaba de llamar mi hermana, y… —dijo, y se interrumpió de golpe al observar la extraña escena entre nosotros dos—: ¿Todo bien?

—Todo bien —respondí yo con voz lúgubre, y me separé del rígido abrazo de Teo.

Luego me escabullí en dirección a la cocina, aunque pude sentir la mirada de ambos sobre mi espalda, taladrándome.