Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 26 #2
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—Todo esto lo sé por Desirée. Era buena chica…

compasiva, le gustaba ayudar. Una curandera, como Selena.

La atraían los hombres con problemas y, como muchas mujeres, fantaseaba con repararlos .

Oksana y Naomi la tachaban de holgazana; pensaban que hablaba con la gente solo para escaquearse del trabajo.

Pero no era eso. Quería ayudar, a su manera.

Hablaba mucho con Yannis, y también con otros como él; incluso se quedaba con él después de cerrar, y les llamaba un taxi si tenían una mala noche…

Fue ella quien me contó todo esto. Era muy dulce, sí…

pero las malas compañías fueron su perdición…

En ese momento apareció Teo, como invocado por aquella última frase.

Ahí va otra mala compañía, pensé, y algo en mi interior se derritió un poco al recordar nuestra última y catastrófica velada juntos.

Si no hubiera escapado a tiempo, seguramente habría terminado sumida en la misma danza interminable de citas y oblivium que la pobre Vanessa.

Tras él entraron Naomi y Oksana, que parecían salidas de un concurso de caras de malas pulgas.

—¡Se acabó la tertulia, señoritas! —dijo Teo, dando una palmada para llamar la atención de todo el mundo.

Observé que se había arreglado más de lo habitual, y la camisa beige le ajustaba a la perfección; sin duda, hecha a medida.

Mi cerebro reconstruyó la imagen de aquellos pectorales perfectos, tal y como los había podido apreciar esa noche bajo las estrellas, y recordé su tacto bajo las palmas de mis manos…

—Esta noche tendremos aquí a los Grimmbauer —anunció Teo, interrumpiendo mis inútiles fantasías—.

Están de camino, y lo quiero todo perfecto cuando lleguen.

Oksana, ve a buscar el Dalmore de veinticinco años.

Ni se te ocurra servirles otra cosa. Mina, ve a la floristería y consigue los mejores centros de mesa. Iris…

Se detuvo un instante, pensativo, buscándome pero evitando mis ojos.

Me puse enfrente de él, de brazos cruzados, y lo observé fijamente.

Teo me sostuvo la mirada, y permanecimos así unos segundos, en un tenso duelo que no pasó desapercibido a las demás.

Sus ojos verdes relucieron un instante, y al final fue él quien apartó la vista primero.

Uno a cero , pensé.

—Que barra el suelo —sugirió Oksana, siempre tan encantadora— Esta arena se cuela por todas partes —añadió, sacudiéndose las sandalias con un gesto de disgusto.

Quise protestar, pero Teo estuvo de acuerdo con ella y no tuve más remedio que ir a buscar la escoba y el recogedor. Me sentí como una estúpida Cenicienta, versión ibicenca.

Mientras rebuscaba por el almacén, escuché un carraspeo a mis espaldas. Me di la vuelta y encontré a Teo junto a la puerta, a tan solo dos pasos de mí.

Me detuve en seco, con la escoba en la mano.

—Tenemos que hablar —dijo con voz seca, y probablemente advirtió la sorpresa en mi cara porque añadió rápidamente, extendiendo las manos frente a sí—: no, no me refería a eso . Es sobre ese griego. Te vi hablando con él anoche, y me preocupa tu seguridad.

Me apoyé en el palo de la escoba, clavándola en el suelo como una lanza de combate, y enarqué una ceja.

—Claro. A mí también me preocupa tu seguridad. ¿No tienes miedo de que Vanessa te clave una estaca mientras duermes?

Esta vez fue él quien se quedó con cara de haber visto un espectro.

—Iris, eres una mujer adulta y puedes hacer lo que desees, pero conozco casos de mujeres que no terminaron bien después de acercarse demasiado a ese individuo.

—Claro, porque las mujeres que andan contigo siempre terminan bien, ¿verdad? —dije, lanzándole todos los dardos de rencor que había ido acumulando desde la noche anterior.

Teo apretó la mandíbula y dejó escapar el aire lentamente, tratando visiblemente de calmarse.

—Iris, escúchame —dijo con impaciencia—, mis inversores están a punto de llegar, y no tengo tiempo de discutir por bobadas.

Pero, por favor te lo pido: ese hombre te lleva diez años; no confíes en él, ni en nada de lo que te diga.

Y, hagas lo que hagas, ni se te ocurra quedarte a solas con él, ¿me entiendes?

—Ya que estamos, tú me sacas ciento cincuenta años, ¿por qué debería fiarme de ti?

Me pareció escuchar un gruñido ahogado proveniente de su garganta, pero justo entonces la voz de Naomi nos interrumpió:

—Están aquí los Grimmbauer —anunció, asomándose por detrás de Teo—. Han llegado antes de tiempo.

—Diles que voy enseguida —respondió Teo, molesto por la interrupción, y alzó el dedo índice en el aire para llamar su atención—. Naomi, el whisky… recuerda: solo les gusta el Dalmore. Nada de bourbon. ¿Oksana lo ha encontrado?

Naomi asintió y se marchó, no sin antes lanzarme una mirada cargada de curiosidad.

—Permiso —dije, introduciendo la escoba por el minúsculo espacio que quedaba entre Teo y el marco de la puerta del almacén—. Ese suelo no se va a barrer solo…

—Maldita sea, ¿es que no entiendes nada?

—murmuró Teo, sujetándome por el brazo para impedir que me marchara.

El roce de aquellas manos, grandes y fuertes, se extendió por todo mi cuerpo, desencadenando el recuerdo del tipo de milagros que eran capaces de obrar esos mismos dedos—.

Ahora tengo que marcharme y atender a mis invitados pero, por lo que más quieras, mantente alejada de Yannis Katsaros.

Por tu bien… y por el de todos nosotros.

Sí. Y sobre todo por el tuyo , pensé furiosa.

Teo se fue, con el rostro enrojecido de furia, y salió a recibir a sus distinguidos invitados.

Entretanto, yo me puse a barrer las tablas de madera con tal fuerza que las fibras de la escoba comenzaron a volar por los aires.

Descargué mi furia contra los granos de arena, golpeando la madera del suelo mientras imaginaba que azotaba el trasero de alguna persona a la que odiaba a muerte en ese momento: alguien que, casualmente, tenía el rostro pálido, el pelo claro y unos colmillos el triple de largos de lo normal.

Al levantar la vista atisbé su figura de hombros anchos riendo al otro lado del bar.

Estaba apoyado en la barandilla que daba a la playa, con su exclusiva camisa beige arremangada e inmerso en una animada conversación.

Lo acompañaban dos vampiros más altos y rubios, los mismos de la noche anterior, aunque esta vez Vanessa no estaba con ellos.

Oksana les estaba sirviendo aquel maldito whisky de cientos de años, y todos parecían encantados de la vida.

Debía de ser fabuloso: ser rico e inmortal, eternamente despreocupado y con todos los placeres del mundo carnal a tu alcance.

Mientras pensaba en ello vi entrar a Yannis y sentarse en su mesa de costumbre.

Me hizo un gesto para que me acercara, y yo negué con la cabeza: tenía que terminar de barrer el suelo primero.

Él pareció decepcionado. Colocó su teléfono móvil sobre la mesa y lo señaló con el dedo, como diciendo, « Olvidaste llamarme ».

No lo había olvidado; solo había estado muy ocupada rebuscando en su pasado y tratando de decidir si podía fiarme de él o no.

A Teo no se le escapó mi intercambio de miradas con el griego.

Lo vi apretar los puños en silencio, y la mitad más malévola de mí se alegró de verlo un poco celoso.

Pero la otra mitad se entristeció al recordar la fuerza de aquellos brazos en torno a mi cintura, y la desolación que había sentido desde el instante en que el pánico me había obligado a soltarlo.