26
Iris
Llegué pronto al bar. Estaba todavía cerrado, y yo no tenía llaves, de modo que me senté cerca de la entrada, en el paseo, y me puse a revisar una vez más las fotos viejas de mi viaje con Katie.
Héctor, el vampiro misterioso, no aparecía en ninguna, pero eso era normal en los chupasangres: que yo supiera, las cámaras ordinarias los evadían.
Traté de recordar los nombres de las otras personas que aparecían en las instantáneas: habían sido amistades esporádicas, y ni siquiera me habían dicho su apellido o su número de teléfono.
Un par de ingleses, una italiana, una chica holandesa cuyo nombre ni siquiera recordaba ya…
Busqué un rato más en internet, tratando de dar con alguno de ellos.
No era fácil, cuando lo único que tenía era una foto de grupo borrosa con la que hacer búsquedas reversas.
En cualquier caso, no era nada que la policía no hubiera investigado ya por los métodos tradicionales.
Al rato llegó Mina con las llaves, seguida por una nube de abejas que zumbaban tras ella. Me saludó sin detenerse y subió la persiana del local. Luminix apareció ―literalmente apareció de la nada―, y ella se agachó a acariciarlo entre ronroneos.
—Me encanta tu vestido, por cierto —me dijo con admiración, mientras el gato se restregaba por sus piernas— ¿Dónde lo has comprado?
Me agaché y alisé la tela de la falda, cubierta de bordados de salamandras blancas. Había conseguido lavarlo y secarlo a tiempo de puro milagro.
—En una tienda del paseo. La dueña es… —Traté de buscar una forma neutral de describir a Vanessa, que no tenía culpa alguna de que Teo fuera un imbécil—. Es una mujer peculiar, con el pelo plateado y muy largo, que se llama...
—¿Vanessa? —me interrumpió, frunciendo el ceño.
—Sí, Vanessa. ¿La conoces?
—Claro —dijo Mina mientras le daba un beso en la cabeza a Luminix—. Pobre infeliz. Está colada por Teo. Llevan años saliendo de manera intermitente. Y lo peor es que ella no lo sabe.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno… cosas de vampiros; lo típico. Lo extraño es que ella siempre vuelve a picar… no lo entiendo. Más aún, teniendo sangre demónica.
—¿Sangre demónica? —repetí, incrédula.
—Sí —respondió Mina tan tranquila, caminando hacia la cocina—. ¿No lo sabías? Un demonio abusó de su tatarabuela… por eso ella y su hermana tienen ese aspecto tan… bueno, tan peculiar . Si te dijera cuántos años tiene realmente, no te lo creerías.
—¿Quieres decir que lleva décadas… siglos… saliendo con Teo? —pregunté, con el corazón en un puño.
Mina frunció el ceño, y apartó la nube de abejas para que se quedasen fuera de la cocina.
—No, bueno, saliendo no… son más bien amigos, pero con ciertos derechos extra. A veces duermen juntos, aunque sospecho que le borra los recuerdos cada noche, antes de que amanezca.
Sentí que se me encogía el estómago. Odiaba a los vampiros que se aprovechaban del oblivium . Una cosa era usarlo para mantenerse a salvo de los mortales, y otra aprovecharse así de una pobre mujer, utilizándola durante años. Sentí un profundo desprecio por Teo, que debió de reflejarse en mi cara.
—¿Qué te pasa? —me preguntó Mina, encendiendo las luces de la cocina—.
Pensé que habías crecido con un clan de vampiros.
¿No sabías lo del oblivium ? Pero si lo hacen todos…
¿cómo sobrevivirían si no? Tendrían que matar a sus víctimas después de morderles, o de lo contrario, los mortales ya habrían acabado con su estirpe.
El oblivium es una medida de seguridad que les permite alimentarse sin que las presas recuerden lo ocurrido.
Es una forma de clemencia, en mi opinión.
—Los vampiros que yo conocí en mi infancia eran muy diferentes.
Una comunidad cerrada. Eran gente un poco anticuada, pero con principios.
Cuando salí por primera vez de allí me llevé la sorpresa de mi vida…
entendí cómo son los verdaderos no-muertos; la gente como Teo… la gentuza que frecuenta este bar…
Pensé en los Grimmbauer, aquellos invitados tan importantes que habían aparecido la noche anterior junto a Teo y Vanessa.
La manera en que miraban a las mujeres del bar, como si fueran poco más que trozos de carne, era escalofriante.
Solo con pensar que Teo se juntaba con ese tipo de gente, y, peor aún, que compartía sus inclinaciones, me provocaba náuseas.
Mina frunció los labios mientras inspeccionaba el estado de la cocina: Garrett, el cocinero, lo había dejado todo reluciente antes de marcharse.
Mi compañera me tendió la lista que había dejado el cocinero, y me pidió que comprobara que teníamos todos los ingredientes necesarios antes de que el australiano llegara. Asentí y me dirigí al almacén para comprobarlo. Estaba a punto de salir, cuando la voz de Mina me detuvo.
—Iris, aunque no lo creas, Teo es un buen hombre.
Pero, como todos los vampiros, tiene sus necesidades, y sus secretos.
¿Nunca te has preguntado por qué un hombre que se puede permitir un yate de lujo trabaja en un bar de copas?
¿Por qué insiste en mantener una agencia paranormal, cuando los gastos triplican a los ingresos?
Su familia le dejó una finca enorme en Hampshire.
¿Te has planteado alguna vez por qué sigue aquí, cuando podría vivir allí tranquilamente, con discreción, y sin el riesgo de que alguien notara su condición de vampiro?
La observé con interés desde la puerta, sujetando la lista en la mano.
—No lo sé. ¿A lo mejor le gusta más el clima de Ibiza?
Mina sacudió la cabeza, haciendo que su trenza desordenada bailase, y frunció los labios.
—Lo dudo. Demasiadas horas de sol. Pero si no lo comprendes, será porque todavía no es tu momento.
Supongo que eres más feliz viviendo en la ignorancia —Miró a un lado y a otro con preocupación—.
Si Oksana se entera de que te he dicho todo esto, me mata.
Olvídalo; a veces hablo antes de pensar.
Ya parezco Yannis Katsaros, gritando sus locuras por todo el bar…
Se metió en el almacén y yo la seguí.
—Hablando de Katsaros… —dije, deseosa de continuar con aquella conversación que parecía ya zanjada para ella.
Mina se dio la vuelta y me miró de arriba abajo.
—No me digas que ya te ha contado sus historias descabelladas.
—Guardó silencio por unos instantes—. Espera.
¡No me digas que vas a llamarle! Lo escuché ayer…
se me pusieron los pelos de punta. Es increíble, ¡y no llevas ni una semana aquí!
Ese hombre es incorregible. Iris, ve con cuidado.
Cuando empieza a hablar de las sirenas, es señal de que se le ha ido la pinza y hay que cortarle el suministro de alcohol.
—¿Las sirenas? Sí, ayer me dijo algo… ¿Entonces piensas que es todo mentira?
El rostro de Mina delató un horror absoluto. Chasqueó los dedos y una fila de hormigas, que recorrían la terraza en dirección a la barra, desvió su curso al instante.
—Puedo conectar con cualquier criatura del reino animal y te puedo asegurar que jamás he detectado ninguna sirena —afirmó—. Si existieran, yo sería la primera en saberlo.
—Bueno, eso sería si fueran peces … ¿no? Pero, ¿y si no fueran animales? Y si fueran… ¿humanas? ¿Seres sobrenaturales, como… como nosotras?
Un atisbo de ira pasó como un relámpago por su rostro, algo poco común en alguien tan tranquilo como Mina.
—Iris, tú y yo somos muy parecidas. Poseemos la misma sangre de brujas, aunque provengamos de lugares muy distintos.
Pero todo el universo sobrenatural sabe que las sirenas no existen.
Lo que pasa es que Yannis perdió a un buen amigo en el mar, y, desde entonces, como suelen hacer los marinos, culpa a las sirenas.
Pero jamás hubo sirena alguna. Está todo en su mente.
—Se dio un golpecito sobre la sien para enfatizar sus palabras—.
Si no me crees, busca en los periódicos.
Hay noticias sobre el accidente, fue hace un par de años.
Asentí.
—Sí, algo he encontrado… leí sobre su amigo. S. Hernández. ¿Sabes quién era?
—Samuel —aclaró Mina, extendiendo un dedo para ayudar a una de las hormigas a bajar de un estante alto—.
Trabajaban juntos. El otro era guardia costero.
Yannis tripulaba el barco. Hubo una tormenta, un fallo en el sistema GPS…
se estrellaron contra unas rocas. Creo que al tal Samuel lo dieron por muerto, aunque no pudieron rescatar el cadáver del fondo del mar.
Después de eso, Yannis dejó el trabajo. Desde entonces se dedica a ofrecer excursiones baratas para turistas, de esas en las que todos se emborrachan a bordo y luego se tiran a nadar desnudos en alguna cala desierta.
Tragué saliva, abatida por aquella lúgubre historia.
—Sí… —continuó Mina, leyéndome la mente—. Le afectó mucho, y probablemente sufre de estrés postraumático. Selena ha intentado ayudarle con su magia curativa, pero es imposible. Está demasiado cerrado en sí mismo. Es un caso perdido.
—Vaya. Pobre hombre. Lo siento mucho por él. Debe de ser horrible, ver morir así a un amigo…
Mina se mordió el labio, como si dudase en seguir hablando.
—No está claro qué fue de Samuel, porque nunca se encontró el cuerpo —dijo en voz baja—. Pero es posible que Yannis fuera el responsable del accidente. Los barcos modernos no naufragan así como así…
—Sabes mucho de su vida, para alguien que me recomienda no acercarme a él ni seguirle la corriente —comenté.
Mina me miró desde el umbral de la puerta, y se adivinó un velo de tristeza en sus ojos oscuros.