25
Iris
San Antonio. Jueves.
Me desperté bien entrada la mañana, sacudida por una visión.
Shihan .
Esta vez, pude verla claramente. Era ella, sin duda. Exactamente como en la fotografía, pero mucho más delgada y demacrada. Alargó el brazo hacia mí, llamándome.
«Mi padrastro…», susurró. «Me dijo que no regresara jamás. Que no quería volver a verme por esa casa. Por eso me fui. No pensaba volver… y luego lo conocí a él… me prometió una vida mejor, y le creí…»
—¿A quién conociste, Shihan? —pregunté, aún a sabiendas de que era imposible preguntar a los muertos; solo nos era dado canalizar sus mensajes. Sin embargo, ante mi sorpresa, ella pareció entenderme y respondió.
«Él… el hombre misterioso… el del barco…»
Me había respondido.
Incrédula, tiré de la sábana, sintiendo un frío súbito y anormal, y me esforcé por salir de mi estupor.
—¿Qué barco? —pregunté, cada vez más agitada, pero la visión comenzó a desaparecer. Agité las manos, tratando de retenerla—. ¿Qué barco, Shihan? ¿Dónde estás ahora? ¡No te veo!
«Dile a mi madre que no venga a buscarme…
que la matarán también… ni tú tampoco, no vengas…
no confíes en el hombre oscuro. Dile a mi madre, dile…
» La voz borboteó, disolviéndose en la nada.
«Dile que sí que me gustaba el pollo Kung Pao que preparaba.
Que me lo dejaba para llamar su atención, porque solo le hacía caso a mi padrastro, pero luego me lo comía de la nevera a escondidas… ¡díselo!»
Abrí los ojos de golpe.
Desperté con la respiración entrecortada y los dedos crispados sobre el borde de la sábana.
En cuanto el ritmo de mi corazón se calmó, cogí el cuaderno de la mesilla y apunté todo lo que había visto.
Me sentía agotada. Primero, la noche en el Hotel Rincón del Mar y la incómoda situación con Teo; después, la intensa jornada de trabajo del día siguiente.
Los días de trabajo en el Serenata me estaban pasando factura.
Los días de trabajo… y a lo mejor también el haber visto a Vanessa colgada del brazo de Teo.
Ni siquiera había dejado pasar veinticuatro horas, el muy desgraciado.
Salta de una mujer a otra como un maldito orangután en celo, y ni siquiera se molesta en ocultarlo, pensé rabiosa.
El odio subió por mi pecho como espuma caliente y apreté la mandíbula.
Me cubrí con la sábana hasta la cabeza, barajando la posibilidad de quedarme bajo la manta el resto del día.
Me pasé la mañana en la cama, cambiando canales en la televisión y comiendo gominolas, bolsas de chips y galletas.
A las doce del mediodía recibí un mensaje de Arianna desde Nueva Zelanda, dándome las buenas noches y preguntándome qué tal todo.
«Buenas noches, amiga», contesté sin muchas ganas. «Mejor no preguntes. ¿Crees que podría seguir el horario neozelandés y acostarme ya?»
En vez de escribirme en respuesta, me llamó de inmediato, adivinando que me pasaba algo.
Estuvimos hablando de su trabajo con la bruja de las lagartijas.
Su ilusión comenzaba a desinflarse, porque Oonagh solo hacía desaparecer su dinero con ideas estrambóticas, mientras las lagartijas de Nueva Zelanda seguían felices y totalmente visibles.
Por otra parte, había conocido a un chico de ascendencia maorí, de nombre Manaaki, y habían quedado al día siguiente para tomar un café.
A cambio le hablé un poco de Teo, y casi pude ver su expresión cuando le confesé que era un vampiro.
―No le intereso demasiado ―murmuré, fingiendo indiferencia.
―Mejor así ―fue su única respuesta―. Esas criaturas no son de fiar, y lo sabes mejor que nadie.
Quise abrir la boca para excusarme y no quedar como una estúpida; quizás decirle que mi padrastro era buena persona a pesar de ser vampiro, pero me interrumpió antes de que pudiera hacerlo:
― Sé lo que vas a decir y la respuesta es NO.
Tu padrastro y su clan son un caso aparte.
Los vampiros modernos son criaturas horribles, ¿me oyes?
Hazte una limpieza energética y olvídate de ese Teo para siempre.
Y luego sal y despéjate un poco. Pregunta por tu hermana, o lígate a algún tío normal en la playa.
Para eso estás ahí, ¿recuerdas? Para cazar fantasmas, los de esa agencia… y los tuyos, Iris.
No quiso colgar hasta que le prometí, a regañadientes, que haría todo lo que me había pedido.
Aunque iba a ser difícil olvidarme de Teo, cuando tenía que ver sus malditos bíceps musculosos levantando cajas cada día en el trabajo.
A no ser que fingiera estar enferma por el resto de la eternidad, o…
Podría dejar el trabajo y volver a casa , me dije, pero aquel pensamiento de pronto ya no sonaba tan atractivo como un par de días antes.
Quizás fuese por la adrenalina de la experiencia con Margalida Tur, que me había dejado con ganas de más, o porque sabía que Londres no sería el mismo ahora que Arianna ya no estaba. O quizás fuera porque, en el fondo…
No.
Ni lo pienses.
Sacudí la cabeza y me levanté a buscar un palito de incienso para hacerme una buena limpieza del aura, que buena falta me hacía.
Comí, como siempre, en el restaurante del apartahotel donde me alojaba. Teo d’Alessandro podía ser un maldito vampiro abyecto y sinvergüenza, pero al menos me había proporcionado un alojamiento con vistas al Mediterráneo y todas las comidas gratis.
La mayoría de los huéspedes del complejo eran belgas, alemanes y británicos; los de mediana edad estaban ya con el almuerzo, mientras que los más jóvenes tenían aún peor cara que yo.
Un chico ojeroso me miró con cara de comprensión y nos sonreímos.
Me planteé entablar conversación con él, siguiendo el consejo de Arianna, pero no pude.
En vez de eso, fui directa a la máquina de café y apreté el botón varias veces, hasta llenar el tazón más grande que encontré.
Luego me serví huevos revueltos con jamón y busqué una mesa apartada donde poder comer mi almuerzo en paz.
Saqué la tablet y el cuaderno de mi mochila y lo abrí por la última página escrita, donde había apuntado mi sueño, junto a los nombres de mi hermana y Shihan.
Anoté debajo el nombre de Margalida Tur, pero luego lo taché.
No . Margalida era un callejón sin salida.
Naomi la había enviado al Más Allá, y su historia se remontaba a siglos atrás, cuando mi hermana ni siquiera había nacido.
Habría sido maravilloso poder hablar con ella y preguntarle qué sabía de Héctor.
Sentí que habría podido hacerlo, pero había sido demasiado lenta en reaccionar.
Malditas velas, y malditos rituales interminables.
En fin. ¿Quién más me quedaba?
Yannis.
Yannis Katsaros . ¿Katsaros? ¿Cómo se escribía eso? Lo escribí lo mejor que supe, y debajo anoté: Desirée Durand.
Abrí un buscador de internet y traté de encontrar información sobre ambos.
Desirée tenía un perfil público en las redes, en el que publicaba fotografías esporádicamente.
Su último post mostraba una vista de la playa de San Antonio, tomada el verano anterior.
Parecía muy guapa, sofisticada y pecosa: la típica francesa chic de aspecto frágil y cabellos finos castaños.
Por desgracia, usaba con profusión los filtros fotográficos, así que no estaba garantizado que su aspecto en la vida real fuera tal y como mostraba en las redes.
Había poco más sobre Desirée. No encontré noticias que hicieran referencia a su desaparición, ni información sobre su trabajo o estudios. Nadie comentaba en sus fotos, así que ahí tampoco había mucho de donde tirar.
Después me centré en Yannis. El apellido Katsaros devolvió una decena de resultados, en su mayoría relacionados con una localidad griega homónima.
Traté de ajustar la búsqueda y eliminé los resultados en griego.
No aparecía nada en inglés que apuntara al hombre que había conocido en el bar.
Por último, hice un último intento en español y di con lo que buscaba: una breve nota en un periódico local balear, sin fotografías y fechada ocho años atrás:
“Un agente de la guardia costera dado por muerto y un empleado de la tripulación malherido en un accidente cerca de las costas de Sicilia. La embarcación se desvió de su rumbo durante la tormenta Dyanne. Las investigaciones apuntan a un fallo del sistema de localización GPS que arrastró a la embarcación contra las rocas de la costa. El fallecido es S. Hernández, de treinta y dos años de edad y residente en Ibiza. Su compañero, Y. Katsaros, se encuentra ingresado en el Hospital Clínico de Ibiza, en estado grave.”
Apunté también aquel nombre: S. Hernández, mientras recordaba la promesa de Yannis:
«Te lo juro por lo que más quiero en este mundo, ¡que me muera aquí mismo si miento!»
¿Quién eres, S. Hernández? ¿Eres eso que Yannis más quería en este mundo?, pregunté al aire, con la esperanza de que me contestase alguna voz de ultratumba. Ningún fantasma respondió, así que seguí escribiendo mis conjeturas.
El texto daba a entender que S. era un hombre, de modo que su desaparición seguramente no estaba relacionada con mi hermana, Desirée o Shihan.
También existía la posibilidad de que el periodista desconociese el nombre completo y hubiera usado el género masculino por defecto.
Por otra parte, aunque por el momento lo descarté, podía ser que las desapariciones afectaran tanto a hombres como a mujeres.
Por otra parte, las tres chicas de mi lista habían desaparecido , mientras que el tal S. Hernández había muerto.
Hasta el momento tenía tres chicas desaparecidas en circunstancias similares y un hombre muerto en un naufragio, en aguas normalmente tranquilas. Las tres jóvenes eran extranjeras y habían desaparecido durante sus vacaciones y por la noche: dos en Ibiza, y la tercera en Mykonos.
¿Era posible que Desirée hubiera estado con un vampiro en su última noche, al igual que mi hermana?
Al fin y al cabo, el Serenata era un punto de encuentro para los chupasangres de toda Europa.
Sobre Shihan sabía demasiado poco, y dudaba que su madre tuviera esa información, pero seguiría intentando preguntárselo.
Hice una nueva anotación en el cuaderno:
«Llamar otra vez a la madre de Shihan.»
Contemplé pedirle dinero a mi padrastro para viajar a las Islas Griegas e investigar más a fondo lo de Mykonos, pero lo descarté por el momento.
Había evitado decirles dónde estaba, para no preocuparlos.
Ellos pensaban que seguía en Londres. Y, de todas formas, todavía tenía muchos sitios que investigar en Ibiza.
Comprobé con alivio que el contable de mis padres había ingresado el dinero del alquiler en mi cuenta, y suspiré.
Había de sobra para pagar mis gastos corrientes durante semanas, sin tener que dar explicaciones a mi madre o mi padrastro.
Si mi madre se enteraba de que había vuelto sola a Ibiza, y más aún a ese bar plagado de vampiros, iba a perder la poca cordura que le quedaba.
La camarera se acercó a retirar mi taza vacía de café, y yo le di las gracias con una inclinación de cabeza.
De pronto, valoraba mucho más los esfuerzos del personal de hostelería.
Nada como vivir en tus carnes la indiferencia de los clientes y las respuestas maleducadas de algunas personas para cambiar por completo tu actitud hacia los camareros.
Miré por última vez los tres nombres: Katherine, Shihan y Desirée . Los uní con un círculo, repasándolo una y otra vez con el bolígrafo.
¿Qué tenían en común? Aparte de ser jóvenes, guapas y en la veintena.
“A lo mejor, nada,” dijo la voz en mi cabeza . “A lo mejor deberías aceptar que tu hermana no volverá nunca, y punto.”
Abandoné el restaurante y comencé a vagar sin rumbo por el paseo, contando cada paso.
Me planteé llamar de nuevo al hotel Azure Oasis , en el que nos habíamos alojado Katie y yo cinco años atrás.
Quizás esta vez tuviera más suerte y consiguiera hablar con la gerente.
La primera vez había sido un fracaso, y encima alguien se lo había contado a Teo.
Si pasan tres matrículas pares es señal de que debo llamar , me dije.
Al momento, tres coches exactamente iguales, del mismo color, pasaron por mi lado, con matrículas terminadas en dos, cuatro y seis.
Más claro, agua.
Busqué un banco en la sombra y marqué el número del hotel Azure Oasis. Cerca de allí habíamos encontrado el teléfono de Katie y la cadena de plata que yo aún llevaba alrededor del cuello, aunque sin el medallón de rubí.
Me contestó un recepcionista y traté de convencerlo de que me dejase hablar con alguien de dirección. Se negó repetidas veces, hasta que tuve una idea desesperada.
—Trabajo para Theodore d’Alessandro —dije, esforzándome por sonar tan pedante como él—. Se va a disgustar mucho cuando se entere de que se niegan a cooperar con nosotros.
Se hizo silencio al otro lado de la línea, y escuché al recepcionista cuchicheando en voz baja con alguien.
—Disculpe, señorita, ¿me puede repetir su nombre?
—Andersson.
—Por supuesto, señorita Andersson, manténgase a la espera.
Mientras escuchaba el tedioso hilo musical, recordé las palabras de Teo durante uno de nuestros primeros encuentros: «No hay nada que ocurra en esta isla que yo no sepa. Si alguien está aquí, yo lo conozco, o conozco a alguien que lo conoce, y a alguien que lo ha visto pasar o sabe a dónde ha ido.»
Al parecer, era cierto.
—Bien, Miss Andersson, disculpe la espera —dijo el recepcionista al otro lado—. Por desgracia, nuestra directora, la señora Bowman, no está hoy. Pero su secretaria podría atenderle mañana por la tarde, si lo desea.
Colgué, sintiendo la excitación de haber encontrado un nuevo cabo del que tirar. Reservé el coche de alquiler más barato que pude encontrar para el día siguiente y apagué la tablet .
Luego subí a mi habitación a cambiarme para el trabajo y volví a la calle, recordando el lema de El Caldero Mohoso, el preferido de Maryam: « El jueves, hasta donde la noche te lleve.»
Bien. Veamos hasta dónde nos lleva todo esto , me dije, y comencé a caminar paseo abajo, contenta con los avances en mis averiguaciones.