24
Teo
Recogí a los Grimmbauer en el aeropuerto, al que llegaron con su flamante jet privado desde Múnich, exactamente a la hora del ocaso.
Raoul desempolvó la limusina para llevarlos, asegurándose de que hubiera bolsas de sangre, champán helado y todo tipo de chucherías en la nevera.
Antes de seguir nuestro camino, nos detuvimos en el paseo para ir a buscar a nuestra última acompañante: Vanessa, mi amiga y examante, que además era una gran experta en moda.
Su misión era poner en contacto a mis refinados visitantes con los dueños de las fábricas y boutiques textiles más exclusivas del país, para que pudieran ampliar su boyante tejeduría en Bavaria.
Después los llevaríamos al Serenata, y una vez comprendieran lo estupendo que era mi negocio, les sugeriría sutilmente la posibilidad de apoyar económicamente al único bar de la isla que ofrecía cócteles de cero negativo cien por cien ecológica.
Por desgracia, los pobres eran tan refinados como una hoja de col hervida con gachas, e ir a cualquier parte con ellos iba a ser un auténtico suplicio, pero no era cosa mía educarlos en galantería a esas alturas de su vida.
No; mi trabajo era convencerlos de que San Antonio era el paraíso, y de que su dinero no podía estar mejor invertido en ningún otro lugar que no fuera el Serenata Nocturna.
En compañía de aquellos zafios, la noche transcurrió con una lentitud extrema.
Por suerte, Vanessa estuvo espectacular, y los impresionó con sus contactos y su carisma.
Pasada la una de la madrugada, le pedí a Raoul que aparcara frente al bar y esperara con el motor en marcha.
Tenía que darle instrucciones a Oksana y a Naomi para el día siguiente, cuando llevaría, esta vez sí, a mis exigentes visitantes a nuestro local.
Era imprescindible que, a su llegada, lo encontraran todo impoluto.
Desde la calle observé dos figuras agachadas, cuchicheando tras la palmera en la mesa más apartada.
Me sorprendió ver a Iris susurrando confidencias al oído de Yannis Katsaros.
Mi mente divagó hacia la noche anterior, recordando la suavidad de su piel y el dulce aroma de su pelo.
Algo en mí se agitó al recordar el ardor de sus besos.
Pero era tan delicada, tan hermosa… Viéndola con él, sentí un rugido de celos brotando en la boca del estómago, pero lo acallé a tiempo.
Cálmate, estúpido, me dije. Anoche te rechazó abiertamente, ¿qué más necesitas saber?
Después, el griego le dio un papel y gritó a pleno pulmón que lo llamase: muy distinguido, muy refinado. Acto seguido, Iris corrió al almacén y dejó la puerta entrecerrada.
—¿Todo bien? —me preguntó Vanessa con una sonrisa, pasando su brazo alrededor de mi cintura y buscando mis ojos.
—Todo bien. —Asentí, devolviéndole el abrazo con distancia y escurriéndome como un gato de su tenaza, demasiado amistosa para mi humor de esa noche—.
Le dejo estas llaves a Naomi y nos vamos de fiesta —dije con amargura, imaginando el infierno que me esperaba en compañía de esos dos patanes—. ¿Nos acompañas, o te dejo en casa?
—Déjame en casa, por favor —dijo Vanessa, un poco triste al notar que sus avances románticos eran rechazados—. Ha sido una noche muy larga. Pero espero que tus clientes hayan quedado contentos con lo que les he enseñado hoy.
—Sin duda —contesté, mirando de reojo a Aksel y Reiner Grimmbauer, que a duras penas podían contener su entusiasmo ante la gran cantidad de sangre joven y fresca que atiborraba el local.
Les había advertido que mantuvieran sus garras apartadas de mis chicas y de Vanessa, pero lo mejor era tenerlos controlados en todo momento, porque eran capaces de montar un escándalo que luego sería difícil de borrar de la memoria colectiva.
—Raoul te acercará primero a casa. Luego seguiremos nuestra ruta —le dije a Vanessa, apretando sus manos entre las mías.
Ella me miró con anhelo, y por un instante me sentí tentado de pedirle que se quedara hasta el final y durmiese en mi casa. Pero al momento recordé la promesa que me había hecho a mí mismo respecto a ella; no, no era justo hacerle eso otra vez. Sacudí la cabeza y me centré en mis asuntos.
—¿Nos vamos, señor? —preguntó Raoul en cuanto volví de hablar con Naomi.
Asentí, haciendo un gesto a mis acompañantes para que regresaran al coche. No volví a ver a Iris, pero durante todo el camino me pregunté qué podía haberle dado Yannis Katsaros, y por qué le había pedido que lo llamase enfrente de todo el mundo.
¿Acaso tendrían una cita?
La vida sigue su curso... y los mortales no tienen tiempo que perder , me dije con amargura.
Eso ya lo había vivido antes.
Sacudí la cabeza, mirando por la ventanilla.
Tenía que dejar de pensar en ella. Iris era historia. Lo que hiciera esa mujer en sus horas libres no era mi problema y, además, algo me decía que no permanecería en el Serenata por mucho tiempo más.