23
Iris
San Antonio de Ibiza. Miércoles.
Al día siguiente, Teo no apareció por el Serenata a la hora acostumbrada.
Mina me contó que estaba muy ocupado con unos clientes alemanes que acababan de llegar a la isla: al parecer, los famosos chupasangres VIP habían aterrizado en Ibiza al anochecer.
Teo se había comprometido a llevarlos a hacer turismo, y seguramente no aparecería por el local hasta el día siguiente.
De algún modo, sentí alivio al no tener que enfrentarme a mi jefe cara a cara tras lo ocurrido la noche anterior.
Sin embargo, el que sí hizo aparición poco después de las nueve fue Yannis Katsaros, El Griego , tan callado y misterioso como siempre.
Me aseguré de ser yo quien sirviera su mesa, la misma del rincón tras la palmera que escogía todas las noches; tenía mucho interés en hablar con él porque algo me decía que después de lo ocurrido, las promesas de Teo de ayudarme a encontrar a Katie se diluirían en el agua salada, al igual que su interés por mí.
No tuve ocasión de conversar con Yannis casi hasta la hora del cierre, porque Oksana me vigilaba como un halcón receloso, y casi podía sentir los tentáculos de su telepatía hurgando descaradamente por mi cerebro en busca de algún cotilleo jugoso con el que vengarse de mí.
Ahora al menos sabía por qué me odiaba: porque estaba perdiendo sus poderes, y temía que yo la sustituyese.
Y, quizás, por algo más. Aunque de eso no estaba segura.
Ya de madrugada, cuando Oksana salió un rato a tomar el aire, aproveché para acercarme al griego y reanudar nuestra conversación del día anterior.
—Ayer me quedé esperándote —murmuró, con la mirada ausente—. Prometiste venir al final de tu turno, pero no lo hiciste.
—Lo siento… se me complicó la noche. ¿Sigue en pie nuestro trato? —le dije, esbozando una sonrisa forzada mientras retiraba su tercer Cóctel Número 13 con cautela.
Él alzó la mirada hacia mí y su gesto se tornó más afable; por primera vez me fijé en lo atractivo que era cuando sonreía: una maraña de rizos cortos y oscuros enmarcaba su rostro moreno en todas direcciones, tal y como la brisa marina los había moldeado durante sus travesías diurnas.
Su expresión amable suavizaba los ángulos de su rostro, castigado por los años y el sol.
—Claro que sigue en pie —susurró, tirando suavemente de mi antebrazo para que me agachara. Se acercó a mi oído, de modo que nadie más pudiera oírnos—. Las sirenas. Te atraen tanto como a mí. Puedo sentirlo.
Me observó con una mirada sumamente lunática, y yo fruncí los labios.
Me pregunté hasta qué punto hablaba el alcohol por su boca, y cómo de veraces podían ser los relatos de un hombre con hábitos como los suyos.
Pero, por otra parte, cualquiera me habría tomado a mí por loca si les hubiera contado que me había criado con un clan de vampiros, o que hablaba con los muertos.
¿Quién era yo para juzgar las afirmaciones de Yannis, después de todo?
Y, para colmo, había estado muy cerca de obtener una pista certera durante mi encuentro con Margalida Tur, pero la había desperdiciado por culpa de mis rituales demasiado lentos y aparatosos.
Esta vez no iba a dejar que se me escapase la única que me quedaba, por inverosímil que pareciese.
—Sí —dije, siguiéndole la corriente con lo de las sirenas—. Necesito que me cuentes todo lo que sepas sobre esas criaturas. ¿Crees que Desirée está con ellas? —pregunté, esforzándome por ocultar la desconfianza en mi voz.
Yannis alzó un dedo, y respondió con la voz temblorosa y arrastrada.
—Nunca dije que supiera con seguridad dónde está ahora Desirée.
La pobre chica no era más que una pieza insignificante de un puzle mucho más grande.
—Soltó una risa amarga y dio una fuerte palmada en la mesa, agitando la cabeza—.
No. Lo que le ocurrió a ella tendrás que preguntárselo a otros, aunque se me ocurre quién podría saberlo.
Las respuestas que buscas están en las fuerzas oscuras, que se ocultan más allá de esas costas —extendió el brazo, señalando hacia el Mediterráneo, que era un espejo índigo de calma esa noche.
—¿A qué te refieres? —pregunté.
Al acercarme a él para apartar su vaso, noté el desagradable tufo a alcohol que lo envolvía, aunque sus ojos me parecieron extrañamente sobrios.
Sus pupilas oscuras brillaban, negras e inteligentes como las de un mirlo.
Tenía ese aire mediterráneo, ligeramente exótico con la piel tostada y el vigor saludable que otorga el trabajo al aire libre.
Su rostro se veía curtido por el mar, pero el tiempo lo había tratado bien, a pesar de sus claros excesos.
—No es algo que se pueda explicar… Sería más fácil si te lo mostrara —dijo con gesto misterioso.
Después guardó silencio, aguardando mi respuesta.
—¿Mostrármelo? —murmuré con voz temblorosa, mientras frotaba la mesa con mi bayeta bajo la mirada acerada de Naomi, que me controlaba desde lejos—. ¿Cómo?
Una repentina inquietud me invadió al ver la sonrisa complacida que se dibujó en sus labios al escuchar mi pregunta: claramente, era justo la pregunta que él había estado esperando.
—Yo podría llevarte hasta Las Diablesas del Mar.
Las que cantan y atraen a los hombres a la muerte con sus voces, como un faro en la noche.
—Gesticuló hacia el horizonte, donde el mar se juntaba con el cielo bajo la luna—.
Sí, seguramente fuesen ellas quienes se llevaron a tu amiga la francesa.
Y a muchos otros. Ellas… y ellos… me llaman cada vez que salgo a navegar, y por eso la gente piensa que estoy loco.
—Se giró hacia Naomi, que canturreaba distraídamente tras la barra mientras le sacaba brillo al grifo de la cerveza—.
¿Es cierto o no? Seguro que tus amigas te han contado cosas de mí.
Me encogí de hombros, fingiendo ignorancia.
Observé que Oksana se acercaba por la orilla, de vuelta de su paseo.
Tenía el móvil en la oreja y hablaba con alguien, ajena al entorno.
Me pregunté cuánto duraría su conversación, y cuánto tardaría en darse cuenta de que yo llevaba demasiado tiempo recogiendo un único vaso vacío.
—La gente dice que bebo demasiado —continuó Yannis—.
Dicen que por eso veo y escucho cosas que no están ahí.
Pero… déjame que te haga una pregunta, querida Iris…
¿Alguna vez te has preguntado por qué bebo?
—Carraspeó, como si tratara de encontrar las palabras correctas—.
¿Se te ha ocurrido que a lo mejor lo hago para dejar de escucharlas , para hacerlas desaparecer por un rato…
para ahogar esas voces que me llaman día y noche, y que me persiguen hasta en sueños?
Inspiré hondo, sintiendo que se me agotaba la paciencia.
Sí, había crecido entre vampiros. Sabía a ciencia cierta que había licántropos acechando en los bosques más profundos, y brujas capaces de detener tu corazón solo con la fuerza de su pensamiento.
Pero las sirenas no existían. No había constancia de ellas en ningún tratado mágico, y la única explicación lógica era que se tratara de grandes peces o cetáceos que los marinos, exiliados durante meses sin sus esposas, habían confundido entre las sombras con sus fantasías de mujeres hermosas.
En mi opinión, era bastante probable que Yannis cayese en esa categoría, aunque era lo suficientemente atractivo para no dormir solo ni una sola noche, si se hubiera relacionado menos con el vodka y más con las personas.
—Yannis, por favor, todos sabemos que las sirenas no...
—¡No!
Empujó la mesa, ofendido, volcando el cenicero y las servilletas que había encima. Naomi levantó la vista desde la barra, preguntándome con las cejas enarcadas si necesitaba ayuda. Sacudí la cabeza, dándole a entender que lo tenía todo controlado.
—Yannis, no me malinterpretes —dije, tratando de calmarlo antes de que llamase la atención de todo el mundo—. No digo que estés mintiendo, pero quizás viste algo, y no supiste interpretarlo bien…
—¡Te llevaré a verlas! Puedo demostrarlo —dijo en tono desafiante—.
Sé por qué estás aquí. Tú eras amiga de la francesa, ¿verdad?
Desirée. La que desapareció. Y quieres encontrarla.
Pues yo sé quién se la llevó. —Se puso una mano sobre el corazón—.
Te lo juro por lo que más quiero en este mundo, ¡que me muera aquí mismo si miento!
Oksana terminó su conversación telefónica y comenzó a acercarse a nosotros a grandes zancadas. Fingí limpiar la mesa con mi bayeta por quinta vez, y le contesté a Yannis en un susurro, bajando la vista.
—Tengo que irme —dije—. Pero sí, claro que me interesa saber qué fue de ella. Es muy importante para mí. Por eso vine hasta aquí desde Londres.
—Mi barco está en el puerto de Ibiza —dijo Yannis, sacando un trozo de papel arrugado del bolsillo y apuntando algo en él—.
Llámame. Te llevaré a verlas. Las sirenas…
ellas siempre están metidas en todos los asuntos turbios.
Son peligrosas, no te voy a mentir. Pero sé encontrarlas. Eso te lo garantizo.
Me tendió el trozo de papel, en el que había apuntado su número.
—Mañana por la noche —dijo.
Lo metí apresuradamente en el bolsillo del delantal, pero no respondí. En lugar de eso, me di la vuelta y corrí hacia el almacén. Necesitaba un respiro, un instante para pensar en todo aquello.
—¡Llámame! —gritó Yannis desde su mesa, y sus palabras llamaron la atención de Naomi y Oksana, que me observaron extrañadas.
Me encerré en el almacén y me senté sobre unas cajas de botellas vacías.
Al detenerme por primera vez en toda la noche, los recuerdos de Teo besándome en la terraza regresaron en tropel, y cerré los ojos para bloquearlos.
Por Hécate , qué estúpida había sido pidiéndole que me acompañara a dar un paseo.
Teo era un vampiro, igual que Héctor, y eso era lo que ellos hacían: morder a la gente, chuparles la sangre, y aprovecharse de ellos mientras se dejasen.
Había estado a punto de caer en la misma trampa que Katie. ¿Se podía ser más inepta?
Saqué el móvil para escribirle un mensaje a Arianna y contarle la oferta de Yannis.
Cuando casi había terminado de escribirlo, lo borré, comprendiendo lo absurdo que sonaba todo.
Arianna se moriría de la risa cuando leyese que un cliente guapo, moreno y musculoso acababa de ofrecerse a llevarme en su barco a ver a las sirenas.
Bien pensado, sonaba un poco a eufemismo.
Porque todos, incluidos los sobrenaturales, sabíamos que las sirenas no existían.
Me puse en pie de nuevo: faltaba aún un buen rato para que terminase mi turno. La noche anterior había dormido poco, y sentía la cabeza dar vueltas de agotamiento.
Inspiré hondo y me rehíce la coleta.
Luego asomé la cabeza por la puerta del almacén, dispuesta a enfrentarme a la hora de trabajo que me faltaba.
Al hacerlo, vi llegar a Teo con una extraña escolta.
Dos hombres rubios y altísimos, de espaldas anchas como mulos, caminaban unos pasos tras él.
Imaginé que eran aquellos dos vampiros alemanes apestosamente ricos de los que tanto se había hablado en el Serenata, pero lo que más me chocó de aquella comitiva no fueron ellos.
No, no fueron los vampiros, sino la mujer de pelo plateado y belleza ultraterrena que rodeaba a Teo amistosamente con el brazo. Para más inri, no era ninguna desconocida, sino Vanessa, la de la tienda de ropa del paseo.
Bufé, furiosa, incapaz de creer que Teo hubiera encontrado una nueva víctima tan pronto.
Vampiros , me dije. Son todos iguales.
Bueno, todos, menos mi padrastro.
Pero él vivía aislado en su cripta, y sabía muy poco del mundo moderno. Clarence era un caso aparte; un caballero de los que ya no quedaban.
Teo y sus tres acompañantes intercambiaron unas palabras con Naomi y salieron de nuevo. Ninguno de ellos me vio, y yo esperé a que se marchasen antes de salir de mi escondite.
En el fondo, me alegraba de haber visto aquello: había confirmado mi decisión de no volver a confiar nunca, jamás en ningún maldito chupasangre.