22
Iris
Caminar cogida del brazo de Teo era sorprendentemente agradable.
Me pregunté si se había dado cuenta de que llevaba un rato colgada de su codo, o de que dábamos cada paso simultáneamente, en una pasmosa sintonía que habíamos adquirido al instante y sin darnos cuenta, como si estuviéramos hechos para caminar así desde siempre.
Teo me miró, sonriendo, y después su vista se desvió hacia unos artistas que estaban haciendo esculturas de arena. Me llamó la atención una que mostraba a una mujer con alas de mariposa, caída en los brazos de un ángel.
―Psique y Cupido ―murmuró Teo, adivinando mis pensamientos―. ¿Conoces su historia?
Sacudí la cabeza, negando, y él se detuvo junto a la escultura alada. Me atrajo hacia su lado y comenzó a hablar, con la mirada perdida.
―Cuenta la leyenda que el padre de Psique no conseguía encontrarle marido. Desesperado, consultó al oráculo, que le indicó que la abandonase en una montaña por la noche. Allí, un monstruo aparecería y se desposaría con ella.
―Qué amable, su padre… ―comenté.
―Tendrías que ver las candidatas que me proponía mi madre en mis tiempos ―soltó entre risas―. Tienes suerte de no haber nacido entonces.
―¿Estuviste casado? ―pregunté, sintiendo una súbita curiosidad por saber quién pudo haber sido su esposa.
¿Habría tenido una familia, incluso hijos y una vida normal, antes de…?
Sacudió la cabeza y su semblante se tornó sombrío al volver atrás en el tiempo.
―No. Nunca lo he estado.
Viendo que su humor decaía, decidí no hacer más preguntas sobre el tema y dejar que prosiguiera con su historia.
―Al parecer ―continuó, orgulloso de poder exhibir sus conocimientos de mitología―, el marido de Psique solo se presentaba por la noche, a oscuras, y sus hermanas la convencieron de que alguien con su aspecto solo podía haber atraído a otro monstruo deforme como ella.
―El típico amor-odio de las hermanas ―bromeé, meditando cuánto había de verdad en mi comentario.
―¿Tú crees? ―preguntó, y sus ojos me taladraron, verdes y profundos, como si estuviera intentando ver a través de mi alma.
Incómoda, fingí estudiar la estatua y cambié de tema:
―No sé, pero la mujer de la estatua es mucho más guapa de lo que cuentas ―dije, señalando a la bella joven alada.
―Cierto; y lo era ―concedió Teo, continuando el paseo―.
Era una de las mujeres más bellas de Anatolia, y su esposo secreto era el mismísimo Cupido.
Sin embargo, ella creyó a sus hermanas cuando le dijeron que era espantosa, y pensó que, si aquel hombre había accedido a casarse con ella, debía de ser también una aberración.
Es lo que pasa cuando uno está a ciegas…
que no puede ver nada. Ni siquiera su propia luz.
Guardé silencio, aún colgada de su brazo.
Seguía pensando en su historia; en la incapacidad de Psique de ver su propia belleza; todo muy bonito, aunque lo que más me atormentaba era el comentario de Teo acerca de su madre y las mujeres con las que había querido casarlo.
¿Eran celos eso que sentía?
Me dieron ganas de darme una patada en la retaguardia a mí misma. ¿Cómo podía sentir celos por esas mujeres, que ni siquiera existían ya? Estaba perdiendo la cabeza.
A lo lejos divisé el Serenata, ya cerrado y con las luces apagadas . Menos mal que Garrett salió en mi defensa , me dije, recordando de pronto mi escapada, y lo lejana que parecía.
―Si yo pudiera vivir eternamente, no regentaría un bar, de eso estoy segura ―comenté, mirando de reojo la reacción de Teo.
Él enarcó una ceja, fingiendo estar ofendido.
―El Serenata es mucho más que un bar, querida. Es mi vida entera… es mi misión en este mundo.
Lo observé con la nariz arrugada, sin comprender.
―Tu misión en la vida es… ―aventuré, haciéndole cosquillas en el costado―, ¿servir copas a turistas borrachos?
Teo bufó y puso los ojos en blanco.
―Por supuesto que no. Mi misión es luchar contra la Oscuridad, y evitar que se lleve a más víctimas inocentes.
―Noble misión, Sir Theodore ―respondí, imitando su acento.
Teo frunció los labios, pero no dijo nada.
Llegamos hasta el arco que daba acceso a la terraza del bar, y Teo se detuvo debajo, pensativo.
―Al menos tengo una ―dijo encogiéndose de hombros. Necesité un segundo para recordar a qué se refería―. ¿Y tú? ¿Tienes una misión en la vida?
Encontrar a mi hermana , quise responder, pero de algún modo, no me apetecía mencionar a Katie en ese momento.
Sabía que, si lo hacía, arruinaría la noche.
Y mi hermana ya me había arruinado bastantes noches.
Quizás, tan solo por una vez, esa noche podía ser mía, sin ser contaminada por la sombra de su fantasma.
―No lo sé ―mentí, observando con curiosidad mientras sacaba unas llaves del bolsillo―. ¿Tú qué opinas? ¿A qué podría dedicarme?
Teo abrió la verja metálica y dio la vuelta hasta la puerta trasera de la cocina.
―Podrías proponerte convertirte en la médium más poderosa de Europa ―dijo casualmente.
―Supongo que todo es mucho más fácil de lograr cuando uno tiene siglos por delante… ―protesté.
―Podríamos llegar a un acuerdo, si el tiempo es tan importante para ti ―replicó con una mueca traviesa que mostró sus colmillos.
Por un instante se me detuvo el corazón al escuchar su propuesta.
Sonrió de nuevo, y yo exhalé con alivio―.
Era broma, querida, por supuesto. Anda, pasa.
Tengo que recoger unos papeles que me olvidé en la mesa. Será solo un momento.
Abrió la puerta trasera y entró en la cocina. Yo lo seguí de puntillas, sintiéndome extraña en el bar desierto. Estaba acostumbrada a verlo bullendo de vida; hirviendo de gritos y gente. Vacío, era como una ciudad fantasma.
Teo rebuscó por la encimera. Tras unos minutos, emitió un gritito de júbilo y agitó un manojo de papeles en el aire, satisfecho. Parecía un contrato, y acerté a leer un apellido alemán rarísimo en las primeras líneas.
―Bien. Ya podemos marcharnos ―dictaminó, saliendo de nuevo.
Apagó las luces y regresó a la terraza. Sus ojos brillaban tan fuerte que podrían haber iluminado el espacio entero por sí solos.
Me sentí atraída hacia ellos de una forma inexplicable: eran como un imán luminoso.
A pesar de haber crecido entre vampiros, nunca había visto unos ojos como los suyos: tan grandes, tan seductores, tan… suyos.
―¿Qué miras? ―me preguntó, divertido, acercándose a observarme también―. ¿Tengo algo en la cara? ¿Aquí?
Tomó mis dedos y los acercó a su mejilla con gesto pícaro. Sacudí la cabeza, sintiéndome cada vez más tímida, pero no me alejé de él. Lo acaricié suavemente; luego me aparté. Me costaba admitirlo, pero disfrutaba con su cercanía.
―Cuando dije eso de convertirte en la mejor médium de Europa…
―dijo Teo en un susurro, tan cerca que pude sentir su aliento sobre mi piel―, lo decía completamente en serio.
Todavía no puedo creer que consiguieras dialogar con Margalida Tur, uno de los poltergeist más violentos y poderosos a los que nos hemos enfrentado hasta la fecha.
―Yo… ―tartamudeé, incapaz de formar una frase completa teniéndolo tan cerca. Observé sus labios, prodigiosamente carmesíes, y me pregunté cómo sería sentirlos sobre los míos.
―No, no necesito excusas ni modestia. Lo digo porque lo pienso. Pero también quiero decirte una cosa…
Esta vez fue él quien dudó.
Estaba tan cerca que, ahora sí, pensé que iba a besarme. Pero, en vez de hacerlo, dijo:
―Esta noche, cuando Margalida te alcanzó con aquella piedra, el terror me paralizó ―murmuró, acariciando un bucle de pelo que se me había soltado de mi recogido―. Habría sido insoportable perderte, Iris. No podía ni imaginarlo. Por eso me enfadé tanto después. Lo siento.
Asentí, distraída.
Acorté la minúscula distancia que quedaba entre nosotros y, esta vez sí, lo besé.
Mis dedos se enredaron en su pelo, liso y claro, tan suave que no parecía de este mundo.
Sus manos subieron por mi espalda, y una de ellas se coló entre mis pechos, acariciándome con sumo cuidado.
El mundo perdió todas sus dimensiones, hasta que solo existimos él y yo.
Él, y yo en aquella terraza bajo la luz de las estrellas.
Si no hubiéramos estado al aire libre, si no hubiera podido pasar alguien… le habría desabotonado aquella ajustada camisa a medida y lo habría dejado bucear por debajo del vuelo de mi falda.
Porque sabía, en el fondo de mi ser, que el amanecer se lo llevaría, a él y a su pasión. Y no solo por su condición de vampiro, sino por el lugar que ambos ocupábamos en el mundo: jefe y empleada. Vampiro y hechicera.
A mí no me gustaban los vampiros.
Y a muy pocos vampiros les gustaban las brujas.
Pero esa noche, nada de eso parecía importar: éramos solo dos seres sedientos el uno del otro.
Sentí su dureza contra mi piel, y un escalofrío me recorrió entera, imaginándolo dentro de mí, dándome ese placer que había soñado sin admitírmelo cada vez que escuchaba su voz de terciopelo; cada vez que se alzaba como una torre firme y protectora por encima de mi cabeza.
Deslicé mis dedos por su pecho, suave y frío, deteniéndome en la fina pelusilla dorada que cubría su pecho; la misma sobre la que había derramado una copa no mucho antes.
La misma con la que había soñado la primera noche.
Enredé mis dedos en ella, y después descendí por la línea hendida entre sus perfectos abdominales, trazándola sobre su ropa.
Sentí que su respiración, escasa normalmente, se volvía rápida y entrecortada.
Me sentí extrañamente poderosa al ver el efecto que causaba en aquel vampiro centenario.
Lo besé, con más ímpetu si cabe, mientras él me dejaba hacer.
Un suave rugido escapó de sus labios, y de pronto, algo cambió en su actitud.
El hombre correcto y gentil que había conocido hasta entonces dejó salir a la bestia que dormía en su interior. Me abrazó fuertemente, y comenzó a besarme sin control por los hombros, hasta subir por mi cuello. Sentí sus colmillos, finos y afilados, mordisqueando mi cuello suavemente.
Quedé paralizada, dividida entre el placer absoluto y el terror.
Recordé mi visión de Héctor bebiendo de mi hermana, y mi lúgubre premonición: «Mía, para siempre mía… en cuerpo y alma.»
—Espera… —murmuré, apartándolo un poco de mí con más brusquedad de la que quise.
Teo siguió, sordo a mis palabras, y sentí la punzada de sus colmillos a punto de atravesar mi piel.
—¡Teo, para! —grité, aterrada, y lo empujé a un lado.
Nos quedamos en silencio, acompañados solo por el paso esporádico de alguna motocicleta por el paseo y el romper de las olas contra la arena.
Teo se puso muy serio. Luego me dio la espalda, cruzándose de brazos de cara al mar.
—Te pido disculpas —dijo secamente—. Me dejé llevar. Fue completamente inapropiado.
—Está bien —respondí, ahora un poco más tranquila—. Me asustaste. No esperaba que…
No esperaba sentir tus colmillos sobre mi cuello, pensé.
No esperaba que me gustase, añadió la parte más oscura de mí.
¡Estúpida! Me dije.
Era un vampiro, ¿qué había esperado besándolo así?
Sacudí la cabeza.
—Perdona… —dije, tragando saliva, y tiré de él suavemente, tratando de hacerlo regresar—. Ven, por favor. Empecemos de nuevo. Me sorprendiste. No pretendía rechazarte, de verdad.
Esta vez fue él quien negó con la cabeza.
—No, creo que tienes razón —contestó, haciéndome un gesto para que saliese de la terraza, con la llave en la mano—. Esto no fue una buena idea. Olvidémoslo.
Me miró un instante, y supe exactamente en qué estaba pensando: seguramente en usar el oblivium , la capacidad vampírica de eliminar los recuerdos más inmediatos de sus víctimas.
—No. Por favor. No lo hagas.
Asintió, algo escéptico.
—Está bien. Quedará entre nosotros.
Caminamos en el más completo silencio hasta mi hotel. Mientras tanto, yo contaba cada paso, tratando de no pisar las rayas del pavimento en un vano intento de escapar a mi mala fortuna.
Esta vez, Teo no subió las escaleras conmigo, sino que se quedó abajo, en la acera.
—Nos vemos en el trabajo. Hasta mañana —dijo. Después se dio la vuelta y desapareció en la noche, dejándome sola e insomne, acompañada solo por mis frustraciones, mis manías y mis miedos.