Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 21
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Teo

Inhalé el inquietante aroma a bruja de Iris mientras el taxi salía de la capital, en dirección a San Antonio.

Todavía no entendía por qué me había ofrecido a acompañarla, cuando estaba claro que la hechicera me rehuía.

Aquello había sido una idea pésima.

Primero, porque era una bruja.

Y, segundo, porque trabajaba para mí, y no necesitaba ese tipo de complicaciones extra.

El taxi dio un bandazo, lanzándonos al uno contra el otro. Nuestras rodillas chocaron y permanecí quieto, observando su reacción. No se movió ni una pulgada; casi habría jurado que se apretó un poco más contra mí. ¿Me estaba traicionando mi imaginación?

El resto del camino estaba lleno de curvas, y con cada una terminamos un poco más cerca.

Para dejar de pensar en ello, encendí la pantalla del móvil.

Consulté mis correos. Había tres de Johannes, y dos de Reiner Grimmbauer.

Me habría encantado borrar los cinco emails y bloquear a Grimmbauer, pero al día siguiente me habría arrepentido.

—Nunca contestaste a mi pregunta —dijo Iris de pronto, sacándome de mis reflexiones.

¿Pregunta? ¿Me había preguntado algo?

Traté de hacer memoria: no recordaba absolutamente nada. Por Zeus, que no me hubiera preguntado si quería subir a su habitación, mientras yo perdía el tiempo pensando en Johannes y en si debía cambiar su foto de perfil por la de un grillo.

—Lo de Desirée —aclaró, exhalando. Miró por la ventanilla, evitando mis ojos—. ¿Qué fue de ella? ¿Dónde está ahora?

Por un instante, me planteé abrir la puerta del coche y saltar fuera para evitar su pregunta.

Cuando me ofrecí a acompañarla a casa, lo último que me esperaba era una conversación extenuante acerca del paradero de mis empleadas anteriores.

Y, menos aún, de una que, probablemente, había terminado mal… o tremendamente mal.

—Dejó el empleo —contesté, mordiéndome la lengua—. No le gustaba el trabajo.

Por la forma en que me miró, a ella tampoco le fascinaba.

—Me han dicho que alguien se la llevó. Que… —Miró al chófer y bajó la voz—. Que alguien pudo secuestrarla.

—Es posible.

A decir verdad, no sabía con seguridad lo que le había ocurrido a la francesa, ni dónde se encontraba en ese momento.

Podía imaginármelo, pero no habrían sido más que conjeturas.

A fin de cuentas, en un lugar como el Serenata, las posibilidades de calamidad eran casi infinitas.

Aquella joven era mayor de edad, y había dejado una carta de despedida.

Además, nadie había preguntado por ella desde entonces.

—¿Es posible? ¿Eso es todo lo que puedes decirme? —replicó Iris, cruzándose de brazos y apartando su pierna de la mía.

Sentí un enorme vacío cuando dejó de tocarme, y mi cuerpo se enfrió de golpe por su ausencia. Habría accedido a cualquier cosa solo por que regresara a mi lado; por volver a sentir el calor de su piel contra mi ropa.

—Podría investigarlo, si lo deseas. Preguntar un poco —respondí, haciendo una lista mental de posibles culpables.

La lista se volvió muy larga, muy rápido. En ese momento, Iris se giró hacia mí, y me di cuenta de que tenía los ojos vidriosos. Se movió un par de pulgadas hacia el centro del asiento, regresando a donde estaba antes.

—Te lo agradecería mucho. Muchísimo .

—Claro —dije, asintiendo—. Lo haré. Por supuesto. Dame un par de días.

Tomé su mano entre las mías, y ella me dio un ligero apretón de agradecimiento. Su piel era dulcemente suave y cálida, tan distinta de la mía.

—¿Por qué te interesa tanto saber qué fue de esa muchacha? —pregunté, intentando no sonar entrometido—. ¿La conocías de algo?

Sacudió la cabeza y agachó la vista, ocultando la emoción que embargaba sus ojos.

—No. Pero perdí a alguien… —Carraspeó, seleccionando sus palabras con cuidado—. A alguien muy querido, en circunstancias parecidas. Salimos juntas de fiesta una noche. No volví a saber de ella.

Asentí, animándola a continuar, pero sacudió la cabeza. Entrelazó sus dedos con los míos, pensativa.

—¿Cómo se llamaba? —insistí—. Podría preguntar también por ella. Si me lo permites.

Sus ojos se abrieron de par en par.

—¿Lo harías?

—Claro. Solo dime su nombre, y me encargaré de todo.

Ladeó la cabeza, emocionada, y tragó saliva antes de contestar.

—Katie. Katherine Andersson —respondió con voz entrecortada, y después me abrazó; un abrazo torpe, con el cinturón de seguridad puesto, atados cada uno en su lado como prisioneros, por una cruel broma del destino.

Escuché el sonido del intermitente mientras el vehículo ralentizaba la marcha.

Alargué un brazo tímidamente y rodeé su espalda, dudoso. Después le di un par de palmaditas, sintiendo que el coche se detenía.

—Creo que hemos llegado —murmuré—. Es… tu parada.

Alzó la mirada, separándose de mí de golpe.

—Claro. Sí. —Se le trabó un poco la lengua, y forcejeó con el cierre del cinturón, sin conseguir abrirlo—. Ya me bajo. Seguro que tendrás cosas importantes que hacer…

Me observó, expectante, aguardando una respuesta. ¿Aquello era una despedida? ¿O una invitación?

Alargué la mano y le desabroché el cinturón de seguridad, sacándola de su sufrimiento de una vez por todas.

Frunció el ceño, pero su rostro se relajó de inmediato cuando mi mano rozó su muslo al pasar.

Mi mente divagó por un segundo, imaginando lo que podía haber debajo de aquel vestido.

Inspiré hondo y me concentré de nuevo en el momento presente.

—Te acompañaré hasta la recepción —propuse, señalando su hotel a tan solo unos pasos de allí—. Para asegurarme de que llegas sana y salva.

Ella asintió, repentinamente taciturna.

Le abrí la puerta para que bajase y la escolté al otro lado de la calle, hasta la entrada principal.

Unas escaleras anchas subían hasta la puerta, coronada por un rótulo luminoso con el nombre del complejo.

Durante el corto trayecto no dijo absolutamente nada; caminaba agarrada de mi brazo, sumida en sus pensamientos.

Llegamos bajo el porche de acceso y una vez allí me detuve al pie de las escaleras, que llevaban a la puerta giratoria frente a recepción.

—Bueno, aquí nos separamos, querida —dije, tratando de decidir entre darle la mano, darle un abrazo, o probar directamente con un beso en la mejilla, que quizás pudiera extenderse un poco hacia…

—¿Sabes…? —dijo en voz baja, señalando las luces del paseo a lo lejos—. Se me ha pasado el sueño.

—¿Te apetece ir a tomar algo? —pregunté, enarcando una ceja.

A mí, para ser sincero, sí que me apetecía tomar algo , pero seguramente no lo tenían en la mayoría de los bares que aún estaban abiertos.

Al menos, no en la carta.

—Preferiría dar un paseo ―dijo―. Caminar siempre me ayuda.

—¿Te ayuda… a qué?

—A tomar decisiones… a ver la luz al final del túnel.

Me miró con una expresión indescifrable.

―De acuerdo, entonces ―dije, dándole la vuelta como una peonza―. Paseemos y decidamos… lo que sea que te atormenta.