20
Iris
Salí del baño con el pelo húmedo. Planeaba pasar de puntillas por el salón del yate y terminar de secarme el pelo con la brisa nocturna.
Nunca me habían interesado demasiado las fiestas; eso siempre fue cosa de Katie.
Y esa noche, más que nunca, necesitaba estar a solas para meditar sobre las últimas palabras de Margalida.
Maldije a Naomi, que con su heroica intervención se había deshecho del fantasma, pero demasiado rápido; antes de que pudiera preguntarle a Margalida qué había querido decir al nombrar al último amante conocido de mi hermana.
Sí, cierto: aquel poltergeist furibundo había estado a punto de matarnos a todos, pero nunca antes me había sentido tan cerca de obtener respuestas.
Aquel grandioso fogonazo mágico de Naomi me había devuelto, con la cabeza gacha, a la primera casilla del juego, destruyendo el único hilo del que habría podido tirar.
Al pasar por el salón principal de la embarcación fijé la vista en el suelo, tratando de pasar desapercibida.
Mis cuatro compañeras habían formado un corrillo en el centro de la sala y charlaban entre risas: ni siquiera me vieron.
Teo estaba solo en un rincón, acuclillado frente al lujoso sistema de sonido, mientras giraba ruedas y movía palancas para ajustar la música a su gusto.
Ninguno se dio cuenta de que yo pasaba por allí, y cuando llegué a la puerta de salida me sentí como si yo también fuera un fantasma.
Cuando alcancé el picaporte, una mano pesada y caliente me tocó el hombro: ya solo por su temperatura supe que no era la de Teo, lo cual me hizo sentir inesperadamente desanimada.
Al darme la vuelta me encontré a Raoul, todavía con su traje de chaqueta, aunque se había aflojado un poco la corbata en un gesto de absoluta rebeldía y libertinaje.
—Miss Andersson —me dijo, casi con timidez, pero sin perder su postura firme—. Pronto atracaremos en Ibiza. ¿Se quedará un rato más a celebrar con el resto del grupo, o preferiría desembarcar cuanto antes?
Lo miré con curiosidad, notando su fuerte, aunque no del todo desagradable, aroma a lobo. Aquel hombre debía de medir dos metros de alto, y otros tantos de ancho.
—Raoul, eres muy amable. Creo que preferiría irme a casa, sí. Entraré a despedirme de los demás en cinco minutos, gracias.
Raoul se despidió con un saludo militar y regresó al interior del yate.
Me apoyé sobre la barandilla metálica, pensativa.
La proa de la embarcación partía las negras aguas mientras las luces del puerto de Ibiza se acercaban poco a poco.
La música en el interior cambió a un ritmo más lento, de balada romántica, y un ataque de melancolía burbujeó en mi interior, amenazando con salir.
—Margalida… —susurré para mí, inhalando aquel aroma a sal mediterránea del que nunca podría cansarme—. ¿De qué conocías a Héctor Sinclair? ¿Qué querías decirme sobre él? ¿Y dónde está ahora…? ¿Dónde está, maldita sea?
—¿Dónde está quién ? —preguntó la voz de Teo a mis espaldas.
Dejé caer los hombros, dándome cuenta de cuánta tensión había acumulado en ellos en las últimas horas.
—Nada… Nadie —respondí, sacudiendo la cabeza—. Estaba hablando sola. ¿Qué tal la fiesta?
Teo me dedicó una sonrisa, sin molestarse en ocultar sus colmillos. Se le había pasado el mal humor de antes, y sonreír le favorecía. Era guapo; condenadamente guapo, pero me recordé a mí misma que era un chupasangre detestable, como Héctor.
—Una velada encantadora, pero te la estás perdiendo, querida… —susurró, acercándose cada vez más—. ¿Quieres un sorbo, por cierto? A lo mejor te ayuda con lo de hablar sola…
Teo me alargó su copa, que contenía un líquido rojizo adornado por una rodaja de naranja en el borde.
No pude reprimir una mueca de asco al ver el color de su bebida.
Recordaba perfectamente el sospechoso contenido de esa pequeña nevera que Garrett siempre cerraba con llave, y no me atraía para nada.
—Gracias, pero no me va la sangre.
Teo soltó una carcajada, divertido por mi comentario.
—Es solo un Negroni, querida. El color se lo da el vermut rojo… —Sonrió, con un gesto abiertamente sensual. ¿ Por qué me torturaba así ?—. Cóctel número quince del menú. El Diablo . ¿Recuerdas?
Extrajo la rodaja de naranja y succionó el zumo lentamente. Por un momento imaginé esos mismos labios sobre mi cuello, lamiéndolo con la misma avidez con la que disfrutaban de aquel dulce cítrico. Me pregunté si su tacto sería frío, y cómo se sentirían las puntas de sus colmillos sobre mi piel…
—¿Lo recuerdas o no? —insistió, asemejándose cada vez más al diablo personificado.
Un diablo sumamente atractivo, que se había propuesto sacarme los colores esa noche.
—Sí, sí, claro —mentí, cruzando los dedos para que no me preguntara qué llevaba la receta—. Los Cócteles del Tarot. Me lo explicó Mina. Pero no, gracias. No bebo alcohol. Además, estaba a punto de irme a casa.
—No te vayas todavía —me interrumpió Teo, con el tono de un encantador de serpientes.
Se apoyó en la barandilla, junto a mí, y señaló hacia el cielo con su copa—.
Mina va a llamar a las gaviotas: es un auténtico espectáculo.
Y luego Raoul se encargará de la discoteca.
Es muy buen DJ, aunque parezca tan serio.
Sonreí un poco, sintiendo que caían poco a poco mis defensas. Se acercó un poco más y su hombro rozó el mío. Cuando nos tocamos, di un respingo involuntario, y me aparté de golpe.
—¿Aún te duele? —preguntó, señalando el lugar donde me había golpeado la piedra lanzada por Margalida.
—¿Eh? No, no. Ya te dije que no era nada. Un rasguño, un par de moretones. Se me pasará.
Aquel brinco no había sido provocado por el dolor, sino por algo completamente inesperado y diferente. Algo preocupante, que en ese momento no podía permitirme sentir, y menos por un vampiro… que para colmo era mi jefe.
Teo se alejó y dio un par de pasos por la cubierta principal. Se detuvo junto a la cuidada área lounge , decorada con sofás y mesillas bajas en tonos gris y beige. Depositó su copa sobre una mesa, y regresó hacia mí lentamente, con agilidad felina.
Desde el salón interior resonaron las primeras notas de «Nothing else matters ».
—Es una de mis canciones preferidas —comenté, tarareando la letra.
Teo me miró con incredulidad, como si fuera imposible que aquello fuese la canción preferida de nadie en su sano juicio. Sin embargo, se recompuso rápidamente y me tendió la mano con una exagerada reverencia, atrayéndome hacia sí.
—Bailemos, entonces —me dijo—. Un último baile antes de que te marches.
Me apretó contra su pecho, pero yo permanecí tiesa como un palo.
¿Cómo iba a relajarme a tan corta distancia de aquel hombre…
de aquel vampiro ? Sus manos, agradablemente frías en la noche estival, se posaron suavemente sobre mi espalda.
Sentí que un escalofrío me recorría la columna, y rebusqué en mi mente, a la caza de algún comentario trivial con el que ocultar mi turbación.
Me habría puesto a contar de cinco en cinco para calmarme, pero eso me habría hecho parecer una lunática… todavía más.
—Dime, eso de las gaviotas… —dije, y mi voz sonó entrecortada contra mi voluntad—. ¿Cómo lo hace…? Mina, quiero decir.
—Magia, por supuesto —respondió, sin soltar mi cintura—.
En el Serenata siempre hay magia en las celebraciones…
es muy agradable; formamos un gran equipo.
—Recalcó la palabra formamos , en plural, mientras me miraba con atención depredadora desde una distancia de dos centímetros—.
Ya lo verás cuando lleves un poco más de tiempo aquí, con nosotros.
No pienso quedarme , grité para mis adentros, pero en vez de eso, la parte más irreflexiva de mi ser contestó:
—Me encantaría.
Idiota, idiota, ¿pero qué dices?
—Quiero decir… quizás otro día —me corregí inmediatamente, y para quitar importancia al asunto añadí, en tono jocoso—: Eso de hacer magia en un yate parece un poco peligroso, ¿no? ¿Y si lo convertimos por error en un barco fantasma?
Esta vez fue Teo el que se quedó completamente rígido. Reí un poco, dando a entender de la forma más miserable posible que había sido una broma. Sin embargo, él había dejado de bailar. Echó la cabeza hacia atrás, oteando el horizonte.
—¿Pasa algo? ¿He dicho algo que no debía? —pregunté confundida.
Él sacudió la cabeza y me soltó. Después tomó aire y se alejó unos pasos. Sentí la ausencia de su cuerpo junto al mío como un vacío imposible de llenar, por inexplicable que fuera.
—No, tranquila —me tranquilizó, suavizando el gesto—, no es nada que hayas dicho.
Me tomó de la mano, pidiéndome mudamente que me sentara a su lado en los sofás de la cubierta. Tomó de nuevo su cóctel carmesí de la mesilla y le dio un largo sorbo antes de seguir hablando.
—Es solo que me has recordado algo que tengo que hacer…
algo que preferiría evitar, si estuviera en mi mano.
¿Te ha pasado alguna vez? —preguntó mirando las estrellas, casi como si buscara la respuesta en ellas—.
¿Verte obligada a hacer algo contrario a tus principios…
algo desagradable y moralmente incorrecto, pero necesario para alcanzar un fin justo?
Pensé en cómo había aceptado un trabajo que odiaba solo por seguir la pista de Katie.
«Y para demostrarle a mi madre que yo soy tan valiosa como mi insuperable hermana desaparecida», añadió una vocecilla maliciosa en el fondo de mi conciencia.
—Es posible… —respondí lentamente, incapaz de decidir cuánto podía desvelarle sin parecer una aprovechada, o una desagradecida—. Sí, supongo que sí.
Teo asintió con la vista perdida, y me pregunté si estaría observando a la gente en el distante puerto de Ibiza. Quizás pudiera verlos desde allí, gracias a su prodigiosa visión vampírica.
—Es duro a veces, el día a día —dijo, aún sin mirarme—. A veces me pregunto si el fin justifica los medios… pero siempre termino por convencerme de que sí. No hay más remedio.
Lo miré sin entender. Cuando por fin se giró hacia mí, sus centelleaban con destellos verdosos y sobrenaturales; casi beligerantes.
Le habría preguntado a qué se refería con esa última frase, pero justo entonces salió a cubierta Raoul, y un minuto después, Selena, que no le quitaba ojo de encima al lobo, aunque haciéndose la distraída.
—Cinco minutos, señor —dijo Raoul—. Ya podemos amarrar el yate. ¿Seguimos con la fiesta aquí en el puerto? ¿O nos vamos a algún beach club ?
—¡Fiesta! —gritó Naomi con el brazo en alto, saliendo tras él de un salto.
—Lo que vosotros prefiráis —respondió Teo, sonriendo de nuevo—. Es vuestra noche… os lo habéis ganado.
Oksana salió también, seguida por Mina. Esta última venía flexionando los brazos, seguramente preparándose para el espectacular hechizo con el que atraería a todas las gaviotas de la zona y las haría bailar alrededor del yate.
—¿Empiezo? —preguntó Mina, con la mirada iluminada por la emoción.
—Por supuesto, querida —contestó Teo, saludándola con una inclinación de cabeza y olvidándose de nuestra conversación—. La cubierta es toda tuya.
Los demás se instalaron sobre el suelo de madera barnizada, mirando hacia el cielo con expectación.
Mientras todos estaban distraídos, esperando a que Mina comenzase, yo me escurrí hacia el pasillo en busca de Raoul.
Le pedí que colocara la pasarela nada más llegar, para poder irme a casa antes que los demás.
—Por supuesto, señorita Iris —me respondió—. Enseguida estará todo listo. Por cierto, Theodore se ha ofrecido a acompañarla hasta tierra firme, si lo desea.
¿Theodore?
¿Es que no iba a quedarse a ver el espectáculo de Mina, que tanto le gustaba?
Antes de que pudiera pedirle explicaciones a Raoul, este desapareció en el puente de mando.
Me quedé de pie frente a las grandes cristaleras que cerraban los espacios cubiertos, sin saber qué hacer.
A Teo no lo veía por ninguna parte. Mientras, a lo lejos, docenas de gaviotas blancas volaban hacia el yate desde todas las direcciones, como si transportáramos el cargamento de pescado fresco más grande de las Baleares.
Lo de Teo debía de haber sido un malentendido. Mejor así , me dije, apartando de mi mente una leve punzada de tristeza al ver que, después de todo, no iba a venir a despedirse.
Caminé hacia la salida sin decir nada a nadie; estaban todos al otro lado del barco, observando lo que quiera que Mina estuviera haciendo con los pájaros.
Crucé la pasarela y busqué en mi teléfono el número de la central de taxis para volver a casa.
Por un segundo, me arrepentí de haberme marchado tan pronto.
Otra vez iba a pasar la noche sola, en vez de aprovechar una ocasión de oro para socializar y hacer amigos. Arianna se habría tirado de los pelos.
Pero Arianna ya no estaba allí para arrastrarme al Caldero Mohoso . Nadie se daría cuenta si me pasaba el resto de la noche en compañía de mis libros, soñando con convertirme en una vieja bruja rodeada de gatos, quizás con alguna verruga, y…
—Pensaba que me esperarías.
Ni siquiera había oído llegar a Teo. Se me cortó la respiración del susto al verlo tan cerca de pronto, y me llevé una mano al corazón.
—Bueno, tampoco hace falta ponerse así —dijo, observando mi reacción con curiosidad—. Ya sé que soy guapo de infarto, pero…
—Muy gracioso —respondí, recuperando el ritmo normal de la respiración—. No puedes abordar así a una mujer sola, en medio de la noche, en un puerto vacío…
—Por supuesto. Se me olvidó que los vampiros acechan por todas partes…
¿cómo pude ser tan desconsiderado? —Sonrió, y me tomó del brazo con delicadeza—.
Ven, por aquí. Podemos compartir el taxi.
Tu casa me viene de paso. Además, conozco a alguien que puede llevarnos.
Es el mejor taxista de la isla… —dudó un momento—.
Después de Raoul, por supuesto. Y es muy discreto también.
Muy discreto.
Me pregunté por qué había sentido la necesidad de añadir esas dos palabras, y sentí cierta intriga… cierta excitación… mientras barajaba todas las posibles ramificaciones de aquella frase.
Teo envió un mensaje, y a los pocos minutos se presentó junto a la acera un vehículo negro de lujo que no se parecía en nada, ni remotamente, a un taxi público. Teo me abrió la puerta de atrás para que subiera, y luego se sentó a mi lado. El conductor se puso en marcha, sin preguntar a dónde.
—Le envié tu dirección, tranquila —aclaró Teo, guiñándome el ojo—. No pensaba raptarte.
Sonreí, casi decepcionada de que no pensara hacerlo, y miré la vida nocturna de Ibiza por la ventanilla mientras me preguntaba cómo iba a resistir media hora de viaje junto a aquel vampiro, al que mi cuerpo llamaba a gritos, mientras que mi cabeza repetía sin parar que subir a ese taxi juntos había sido una idea muy, muy mala.