Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 18
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Teo

Le hice un gesto a Raoul para que sacara la sal y las cadenas del maletero. Luego le pedí que montara guardia fuera, con el motor encendido y listo para una huida de emergencia.

La terraza del hotel era rústica y elegante, con paredes de piedra caliza vista y muebles de madera tosca pintada de blanco y azul turquesa, al más puro estilo ibicenco.

Al fondo se atisbaba una gran piscina, de esas que tanto les gustaban a ciertos inmortales dados a la buena vida.

Personalmente, jamás me habría sumergido en una de esas fosas de inmundicia.

—Muéstrenos dónde suele aparecerse —le pedí al gerente.

—Apuesto a que es el sótano —murmuró Oksana con ironía.

Contra sus pronósticos, el pelirrojo la oyó, y le contestó de mala manera:

—Pues no, se equivoca. Si me siguen por aquí, se lo mostraré.

—Se adentró en un largo pasillo, con varias puertas de suites a cada lado.

El establecimiento estaba en el más completo silencio, así que no me sorprendió cuando dijo—: No hay nadie más en el edificio, aparte de mí y el de seguridad, que estará por el jardín.

Está avisado, y no les molestará… aunque oiga gritos.

El pequeño hotel había sido completamente renovado al estilo mediterráneo. Dejamos atrás el pasillo y pasamos por las cocinas, que se encontraban en un ala más antigua, a juzgar por el material de las paredes… y el olor.

—Esta parte se conserva prácticamente en su estado original —explicó el hombre en un susurro, abriendo una portezuela al fondo, semioculta entre cajas de plástico y muebles nuevos de acero inoxidable—.

Creemos que esta estancia al fondo pudo haber sido la cocina y comedor en tiempos de Margalida; quizás también hacía las veces de dormitorio.

El gerente entró primero, y yo permanecí tras él, inspeccionando la habitación desde fuera. El espacio era relativamente grande, con el suelo de tierra compactada.

—El edificio era mucho más pequeño entonces, como podrán imaginar: una casa familiar en el campo, donde vivían varias generaciones.

Se amplió a partir de aquí, en fases sucesivas, hasta que los dueños la convirtieron en este hotel hace cinco años —explicó el pelirrojo, con un matiz de orgullo en la voz.

Las chicas fueron entrando, con pasos prudentes. Del techo colgaban viejos aperos agrícolas, y había algunos barriles y botellas vacíos apilados cerca de la puerta. Atisbé una pila de ladrillos a un lado, y algo que se asemejaba a una rueda de molino, cubierta por una lona.

—Seguramente, Margalida dormía aquí con sus hermanas; quizás también con su abuela y sus tías —continuó el hombre, permaneciendo bajo el umbral de la puerta mientras señalaba hacia un punto en el interior—.

Ahí, al fondo, estaba el horno de leña. Con las siguientes generaciones, esta habitación se quedó como almacén de trastos y aperos de labranza, porque era la más fría y oscura de la casa.

Ahora no se aprecia porque es de noche, pero da al norte. Nunca entra la luz directa.

El tímido fulgor de la luna se filtraba a través de una ventana minúscula, sin cristales. Estaba protegida por barrotes de hierro, gruesos y oxidados, que creaban sombras en forma de cruz sobre el suelo, dándole a la estancia un aire algo macabro.

—Bah. Aquí no hay nada —dijo Oksana con mal humor, extendiendo las manos y tanteando las paredes—. Aparte de polvo, claro.

—Oh, está aquí, se lo garantizo —replicó el gerente, atusándose las sienes—.

Hagan un poco de ruido y verán. Odia el ruido, las fiestas y cualquier demostración de alegría…

lo que más la altera es el amor… las parejas enamoradas…

recién casadas… ¡las odia a muerte! Suelen ser sus víctimas preferidas.

—Se encogió de hombros, como si aquello fuera inexplicable, y retrocedió hacia la cocina—.

En fin, yo me voy. Lo verán por ustedes mismos.

Hagan lo que puedan, y el guardia cerrará cuando se marchen.

Han firmado la declaración responsable, ¿verdad?

Asentí, tratando de recordar con qué nombre falso la había firmado. No me preocupaba demasiado morir durante una misión, teniendo en cuenta que llevaba ya un par de siglos muerto.

Levanté el dedo índice para hacer una pregunta, pero el gerente ya había desaparecido por el pasillo, con una velocidad envidiable, digna de un inmortal.

—En fin, mis queridas damas —dije, paseándome por el almacén abandonado con las manos en los bolsillos—. Parece que Margalida hoy nos ha dado plantón…

Me acerqué al horno de leña, del cual solo quedaba una oquedad redondeada construida en ladrillo, completamente en ruinas. Pasé la mano por los bloques rojizos de adobe, y en cuanto mis dedos rozaron la arcilla seca, el aire se volvió gélido de pronto.

Un viento frío creó un remolino en el centro de la estancia, levantando suciedad, hojas secas y papeles caídos por los rincones. La puerta se cerró de golpe, y una mano invisible echó el enorme cerrojo de hierro, con un sonido metálico.

—Vaya, vaya… así que estás aquí… —dije, extendiendo los brazos en posición de defensa.

Al parecer, la señora de la casa se había dignado a hacer acto de presencia, después de todo.

—¡Equipo, al ataque! —grité, y la voz de Margalida respondió a través de un invasivo enlace telepático que por poco me perforó el cerebro:

«Vampiro… chupasangre embustero… te esperaba…»

Era una voz joven y femenina, pero resonó claramente en mi mente como un chirrido, aguda y malévola.

—¡No capto nada! —gritó Oksana, apretándose la cabeza entre las manos—. No la oigo, ¿está ahí? ¿Alguien la ve? ¡Mina, las ratas!

Gruñí con frustración, incapaz de eliminar los alaridos de Margalida de mis pensamientos. Últimamente, Oksana era más útil tras la barra del bar que en los exorcismos.

—¿Alguien más puede verla? —pregunté, y las chicas negaron con la cabeza.

Maldición.

La única que no contestó fue Iris, que se había quedado petrificada, justo a mi lado. Temblaba como una hoja, con los ojos desorbitados, y se contaba los dedos de una mano obsesivamente.

Bien. La buena noticia era que alguien más podía escuchar a Margalida.

La mala era que estaba en estado de shock, contándose los dedos, y no iba a servirme de mucho.

Alargué el brazo y le froté la espalda: estaba tensa como una vara de acero, y al tocarla dio un salto.

«No te conozco. No sé de qué hablas. ¿Cómo podemos ayudarte?» traté de decirle a Margalida, en un intento inútil por apaciguarla.

El espectro no contestó. Nunca lo hacían; conversar con ellos era un arte complejo, muy distinto de ser torturado por sus tentáculos mentales. Eran entes de lo más descortés, al menos en lo relativo a sus dotes comunicativas. Sus siguientes palabras solo sirvieron para ratificar mi teoría:

«Vampiro… chupasangre embustero… ven… te despedazaré y arrastraré tu alma a los infiernos… ¡maldita sea tu estirpe!», gritó y me sujeté la cabeza, sintiendo que estaba a punto de explotarme.

La brisa glacial se aceleró, convirtiéndose en un tornado en miniatura que arrasó el centro de la estancia y todo lo que había en ella. En medio del remolino comenzó a dibujarse una figura huesuda vestida de negro, con el rostro semidescompuesto.

—Naomi… ¡lánzale algo, por Zeus! —grité—. Está ahí, justo debajo de la lámpara.

Una hoz se tambaleó, a punto de caer del gancho del que estaba colgada. Me eché hacia atrás de un salto, extendiendo ambos brazos para poder empujar al equipo entero a un rincón más seguro.

Naomi apretó los párpados, y una horca de hierro con cuatro dientes punzantes se desprendió de un gancho en la pared.

Voló a través del granero, atravesando al fantasma por el pecho.

Una risa aguda resonó en el almacén, y Margalida comenzó a crecer cada vez más, cubriéndonos con su sombra espectral.

Naomi cayó en cuclillas, tratando de reunir energía para un nuevo ataque.

—Es difícil, porque no puedo verla —dijo con voz entrecortada—. No sé hacia dónde dirigir los golpes.

—Yo… yo la veo… —murmuró Iris con voz entrecortada, saliendo de su trance. Estaba tan pálida que parecía a punto de desvanecerse—. Me está hablando…

Quise preguntarle qué decía, pero justo en ese momento, Mina silbó y una horda de ratas y cucarachas espectrales irrumpió en la estancia. Las criaturas, repugnantes y esqueléticas, comenzaron a trepar por las negras vestiduras de Margalida, que no dejaba de reír.

Iris gritó, atacada de nuevo por un ataque de pánico. La apreté contra mi costado, sintiendo que la situación se nos estaba yendo de las manos. ¿Por qué le había permitido venir con nosotros?

Selena, entretanto, había caído de rodillas y murmuraba plegarias de protección, que no parecían estar surtiendo demasiado efecto.

—¡Teo, dime dónde está! —gritó Oksana, haciéndose oír por encima del estruendo de objetos cortantes que volaban y golpeaban las paredes—. Si pudiera localizar su energía, podría intentar bloquearla.

—Está… revoloteando por la habitación.

Busqué a Margalida con la vista. Se movía como un pájaro negro desbandado: un segundo aquí, al siguiente allá.

Desapareció de mi vista, aunque los aperos de labranza seguían volando contra nosotros.

Esquivé una hoz afilada y semicircular dirigida directamente a mi cuello, que casi me cortó la cabeza.

—¡Maldita zorra! —aullé, frotándome el cuello. La sangre dejó de brotar de mi herida casi al instante, pero el dolor perduraría varias horas más—. ¡Ya no la veo! Ahora se ha vuelto invisible.

Permanecimos expectantes, acorralados junto a la puerta.

—¡Señoritas, nos largamos! —grité, llamándolas a todas—. Esto es un suicidio.

Batallé con el cerrojo que mantenía la puerta cerrada, pero Margalida volvió a reír desde un punto indefinido de la sala y lo mantuvo cerrado a propósito.

Las ratas de Mina se esfumaron, agotada la energía que las mantenía en el reino de los vivos.

Oksana seguía sin hacer nada, aparte de tantear el ambiente con sus hilos mentales, al parecer inservibles contra aquel poltergeist extremadamente cabreado.

—Hay que abrir esto ya —mascullé, usando toda mi fuerza para reventar la cerradura—. ¡Abortando misión! ¡Que alguien me ayude!

Iris comenzó a temblar más fuerte todavía, y comencé a temer que el fantasma estuviera intentando invadir su cuerpo.

—¡Esperad! —dijo Iris, agarrándome el brazo—. ¡No podemos irnos todavía! ¡Necesito hablar con ella!

—¿Hablar? —repliqué, lanzándome a la carga contra la robusta puerta de madera, ya que el cerrojo era impracticable—. ¿Y qué tal si le hacemos un té con galletitas también? ¡Maldita sea, Iris! ¡Esto es un código rojo!

La puerta cedió frente a mis embestidas, y todas las brujas menos una salieron en tropel, corriendo pasillo abajo hacia la seguridad del jardín.

—Velas… ¡necesito mis velas! —gritó Iris, aún de pie en el rincón.

Ante mis ojos pasmados sacó una vela blanca de su bolsa, y luego comenzó a rebuscar en sus bolsillos, mascullando algo acerca de un mechero.

No podía dar crédito a mis ojos.

Sí: puede que fuera atractiva; puede que fuera ingeniosa… pero, por desgracia, estaba completamente chiflada.

Margalida volvió al ataque, lanzándonos una enorme piedra redonda de molino de casi una tonelada, que se estrelló contra el muro y se partió en varios pedazos. Mientras tanto, un fuego sobrenatural comenzó a arder dentro del horno, amenazando con extenderse.

«¿Cómo osáis celebrar vuestra connivencia en mi presencia, y dentro de mi propia morada?»

—¡Iris! —rugí, agarrando a la joven por la cintura—. ¡ Esto no se resuelve con velitas! ¿Qué piensas hacer, cantarle cumpleaños feliz ? ¡Es un poltergeist violento, por todas las criptas!

Iris pataleó y trató de zafarse de mi abrazo.

—Necesito mis velas… ¡no lo entiendes! ¡Es parte del proceso!

—¿Pero qué proceso ni qué sandeces? —la empujé hacia la salida, harto de su terquedad.

—¡Salid de ahí! ¡Es muy peligroso! —nos llamó la voz de Selena desde el otro extremo del pasillo—. ¡No podré mantener el escudo protector durante mucho tiempo más; Margalida es demasiado fuerte!

Iris pataleaba en mis brazos, mientras yo trataba de sujetarla a ella, de mantener la puerta abierta contra las fuerzas de Margalida, y de sortear todos los objetos pesados y punzantes que el fantasma no paraba de lanzarnos.

Varios pedazos de piedra de molino se alzaron en el aire y levitaron sobre el suelo, apuntándonos.

Cada vez me costaba más sostener la puerta. Si Margalida conseguía cerrarla, quedaríamos atrapados dentro… y a su merced.

Las piedras se detuvieron en suspensión, en lo que parecieron unos segundos eternos.

Iris, mientras tanto, musitaba una invocación con los ojos cerrados, ajena a todo lo que la rodeaba.

Naomi apareció de vuelta por el corredor, con los ojos brillando de furia y los brazos extendidos.

—¡Apartaos! —gritó—. ¡Puedo sentir su presencia! ¡Apartaos, rápido!

Un fogonazo de luz salió de sus manos abiertas, mientras el poltergeist, a su vez, lanzaba los fragmentos de piedra sobre nosotros. La onda expansiva del hechizo envió a Naomi volando al otro extremo del pasillo. Un trozo de piedra de molino voló hacia Iris, y yo salté sobre ella.

Entonces vi sangre. Su sangre.

Y fue en ese instante cuando comprendí que tenía que protegerla con mi vida, porque la idea de perderla era más devastadora que la de ser tragado por la Umbrícora.