17
Teo
La música y la algarabía general procedentes de los locales nocturnos cercanos a Port Formentera fueron lo primero que percibí de la isla.
Aquellos gritos no eran mucho más civilizados que los aullidos de las almas en pena, o al menos eso me pareció a mí al ver cómo se arremolinaban a las puertas de los bares fumando, riendo y besándose sin pudor.
Los mortales, siempre que podían, se dejaban llevar por las facetas más básicas del ser humano y por su cerebro reptiliano.
Aunque, para ser sinceros, los vampiros que yo no conocía no eran demasiado diferentes.
La furgoneta del hotel Rincón del Mar nos esperaba cerca de la marina, con una hilera de palmeras como telón de fondo.
El hotel había enviado a su propio chófer, pero Raoul se negó a esperar en el yate y dejar que nos llevase aquel extraño.
Me pareció fabuloso: sería de mayor utilidad a nuestro lado.
Si Johannes era mi mano derecha, podía decirse que Raoul era la izquierda.
—Mejor que el chófer del hotel espere aquí, en la marina —sugirió, y luego, bajando la voz, añadió—: No me fío de él, señor. Además, no deseamos oídos indiscretos.
Asentí, y le di al empleado del hotel una buena propina para que se entretuviera en alguno de los bares, volviese a su casa, o hiciera cualquier cosa que no fuese estar sentado en el mismo vehículo que nosotros.
—¿Entonces, ahora vamos al Hotel Rincón del Mal? —dijo Naomi, y al girarme en mi asiento vi que lucía una sonrisa pícara de oreja a oreja—. ¿Qué será esta vez? ¿Fantasmas que explotan botellas de vino en la bodega? ¿Teléfonos que suenan solos?
Oksana gruñó, sin encontrar aquellos comentarios nada graciosos. A mí, para ser honesto, tampoco me lo parecieron.
—Si queréis voy creando el enlace telepático entre todo el equipo —dijo Oksana secamente.
—No, espera —la detuve, extendiendo la mano desde el asiento del copiloto—. No malgastes tu energía.
Normalmente, Oksana era capaz de mantener el enlace durante una hora o más, pero nunca se sabía cuánto podíamos tardar en deshacernos del incorpóreo de turno. No solo eso; las últimas veces, Oksana había fallado en el momento más delicado, y me preocupaba que estuviera abusando de sus capacidades.
Deseoso de cambiar de tema, rebusqué en mi carpeta, donde había guardado los documentos enviados por Johannes. Les tendí a las cinco brujas una fotografía en blanco y negro, que mostraba la silueta de una mujer flotando sobre unas escaleras.
—Margalida Tur. Hija de campesinos, nacida en la isla en 1825. Fallecida en 1845, coincidiendo con la Gran Sequía que asoló Formentera y diezmó las cosechas y la población local. Se la acusó de causar la sequía con sus brujerías.
—¿Magia negra? —preguntó Selena, abrazándose a sí misma con angustia.
—Es posible, sí —contesté, recordando mi conversación con Johannes—. Un hechizo de sangre, según se cuenta.
—¿Se sabe algo más? —preguntó Iris con súbito interés.
Miré el oscuro paisaje por la ventanilla, preguntándome cuánto podía revelarles.
—Se cuenta que Margalida selló un pacto de sangre con La Oscuridad para conseguir el amor de un hombre. Cuando este la traicionó, Margalida trató de revertir el hechizo y recuperar su alma. Pero era demasiado tarde, y la Umbrícora la hizo suya…
—Perdón, la… ¿qué? —preguntó Iris, cada vez más interesada.
—La Oscuridad Primal —dije, sin ganas de dar demasiadas explicaciones.
—Qué horror, ¿no? —Mina se estremeció y atrajo a Luminix contra sí—. Me cuesta creer que alguien en su sano juicio hiciera ese tipo de pacto, sabiendo que, una vez sellados, son de por vida, o más…
Levanté la mano para silenciarla. No creía en la mala fortuna, pero en mi opinión, nombrar a La Oscuridad justo antes de una misión era como enviarle un mensaje al mismísimo Diablo con nuestra ubicación exacta.
Además, sabía que Iris no tardaría en formular más preguntas, y necesitaba confiar en ella antes de revelar demasiado.
No llames al Diablo, solía decir mi madre. Y tenía razón; solo había que ver lo que le ocurrió a Emmanuel la única vez que jugamos a ese juego.
—En fin, nadie sabe qué le ocurrió exactamente a Margalida.
Hace mucho tiempo de eso. Por aquel entonces, el actual hotel era solo una modesta finca agrícola, propiedad de la familia Tur.
Lo poco que tenemos son testimonios de huéspedes y lugareños, y alguna cosa que Johannes ha podido raspar por su cuenta.
A lo mejor llegamos y el terrible fantasma no es más que un pobre murciélago aleteando en el sótano.
Ya sabéis cómo es la gente. Les das un mordisquito y ya te llaman vampiro…
—Ninguna se rio, así que me detuve un instante a mirar el GPS, y después me volví hacia Raoul—. Gira por el camino de piedras.
La furgoneta del hotel comenzó a traquetear al salir de la carretera principal, y yo continué con la historia:
—La casa llevaba cien años abandonada hasta que la compraron unos inversores belgas y la transformaron en un pequeño hotel rural.
Al principio les iba bien, aunque luego el marido murió, la esposa se desentendió y volvió a su país, y ahora parece ser que el vaivén de los turistas ha despertado a Margalida, y no le gusta nada que perturben su descanso.
Al parecer, no se trata de un simple fantasma travieso, de esos que cambian las cosas de sitio, sino de un espectro muy, muy resentido.
—Mis preferidos —comentó Naomi dando palmas.
—Ya veremos —repliqué, comprobando en la pantalla que faltaban tan solo diez minutos para llegar a nuestro destino.
El camino de tierra estaba completamente a oscuras, a excepción de los faros del vehículo. Por detrás se iba levantando una estela amarillenta de nubes de polvo.
Al poco rato apareció frente a nosotros una cerca pintada de blanco, sobre la cual habían instalado un cartel de madera rústica con el nombre del establecimiento: « Hotel Rincón del Mar ».
Aparcamos delante de la entrada. Aparte de nuestra furgoneta solo había dos coches más: muy pocos para un hotel, por pequeño que fuese.
Nos recibió el director, un pelirrojo de entradas pronunciadas que nos saludó en inglés con acento andaluz.
Llevaba un crucifijo enorme alrededor del cuello, y no pude evitar una mueca de disgusto.
En mis cientos de años como vampiro, había tenido más de un encuentro con estúpidos que pensaban que dos palos perpendiculares serían suficiente para amedrentarme.
Por supuesto, no lo eran, ni tampoco iban a ser útiles para atemorizar al fantasma de Margalida Tur.
—¿Y los huéspedes? —pregunté al bajar del vehículo, señalando el parking casi vacío.
—Se han marchado todos —contestó el gerente con voz trémula—. Fue un auténtico drama. Llevo veinte años en el sector, y cinco años aquí, pero nunca había visto algo así. Esta casa… —Bajó la voz, aterrado—. Esta casa está maldita.
Mina se aproximó disimuladamente al gerente del hotel, con su gato en brazos, y acercó el animal al hombre para que pudiera olisquearlo.
El minino sabía exactamente lo que se esperaba de él, y una vez terminado su examen volvió a trepar al hombro de la bruja y comenzó a maullar en su oído.
Mientras tanto, Oksana se situó tras ellos, tratando de captar algún pensamiento desprotegido por parte del recién llegado.
—Pasen, por favor —dijo el gerente, abriendo la verja metálica que daba paso a un amplio jardín mediterráneo.
Me fijé en que apretaba el crucifijo con fervor, como si le diera fuerzas.
Señaló el edificio blanco más allá del jardín—.
No se preocupen, Margalida nunca sale de esas cuatro paredes. Aquí estarán seguros… creo.
Añadió la última palabra con tono ominoso.
—Entonces, ¿a Margalida no le va mucho salir de marcha? —comenté, tratando de quitar hierro al asunto.
La verja chirrió y los dos farolillos que se alzaban a ambos lados de la entrada titilaron, como si el espectro quisiera darnos la bienvenida.
—¿Entramos ya? —preguntó Mina, ojeando la entrada a la casa con cautela.
El gato bufó en respuesta y se volvió verde por un segundo.
—Esperad —dijo Selena, plantándose frente a la puerta principal del hotel con las piernas separadas—. Voy a crear una burbuja de protección para el equipo. No os mováis.
El gerente parecía cada vez más asustado y rezaba en voz baja.
—¡Listo! —dictaminó Selena, abriendo los ojos—. Podemos entrar. ¿Algún dato más que debamos conocer antes? —preguntó, mirándome primero a mí y después al gerente.
—¿Puedo hacer una pregunta? —dijo Iris con timidez.
Enarqué las cejas, sorprendido al ver que se unía a la conversación. Observé que caminaba por el jardín de forma rítmica, como si contara los pasos en silencio: dos hacia delante, dos hacia atrás. Lo hacía a menudo cuando estaba nerviosa y, en mi opinión, era adorablemente excéntrico.
—Adelante —dije. Se me escapó una media sonrisa al mirarla—. Pregunta lo que quieras.
Iris se detuvo y miró al gerente del hotel fijamente antes de hablar, con los ojos entrecerrados.
—Si lo he entendido bien… ―dijo con cautela, mientras su mano se hundía entre aquellas ondas de cabello espesas y doradas―, Margalida falleció hace casi doscientos años, y este hotel lleva cinco funcionando.
Ha habido huéspedes entrando y saliendo durante mucho tiempo, pero algo hizo que se despertara justo ahora.
¿Por qué motivo? ¿Ocurrió algo especial durante esas semanas?
La chica no solo era guapa, sino también inteligente; eso nadie podía negarlo.
Una puerta de cristal con marcos rústicos de madera azul daba paso al vestíbulo. El gerente ya tenía la mano sobre el picaporte, y al oír la pregunta se detuvo en seco, como si no se le hubiera ocurrido pensar en ello hasta ese momento.
—La verdad, no estoy seguro —dijo, rascándose la coronilla, sobre la que ya quedaba poco pelo—.
Es cierto que, según la leyenda, Margalida vivió aquí por el 1800…
bueno, para confirmarlo, tendríais que preguntar a alguna anciana en el pueblo.
Es posible que ellas recuerden la historia completa, aunque hay mucha fantasía de por medio.
Pero sí, tienes razón: hasta ahora no habíamos tenido problemas. Déjame ver…
El hombre rebuscó en su bolsillo y sacó el teléfono. Abrió su calendario y lo estudió unos instantes. Finalmente, alzó el dedo índice, como si hubiera encontrado algo.
—¡Esperen! Hace un par de meses tuvimos un evento bastante grande…
y peculiar. Fue en primavera. Vino gente un poco…
bueno, digamos extraña . Millonarios… —Me miró de arriba abajo, quizás calculando si yo podía contarme entre ellos.
Claramente decidió que no, porque continuó—: Ya saben.
En Formentera tenemos muchos de esos: caprichos incomprensibles, antojos raros…
Este grupo reservó el hotel completo. Trajeron a su propio personal para montar un evento.
Dijeron que era algo de negocios, pero yo creo…
Se detuvo, cada vez más colorado, como si no supiera qué palabra escoger.
—¿Usted qué cree? —lo animé, casi disfrutando de su azoramiento.
—Bueno… yo creo que era algo… ya sabe… algo clandestino. Una especie de… —Se acercó a mi oído para susurrarme, evitando que lo oyeran las mujeres—, una bacanal , si usted me entiende.
—Oh, lo entiendo.
Desde luego que lo entendía.
No solo lo entendía, sino que además se me ocurrían varios nombres de personas que organizarían algo así en Formentera, sin pensar demasiado.
—¿Y qué ocurrió después?
—Se marcharon, lo dejaron todo limpio. Enviaron a un equipo de limpieza.
Buenos clientes, en suma. Pero fue por entonces cuando comenzó todo este desbarajuste.
Primero, dos turistas británicos estuvieron a punto de ser estrangulados mientras descansaban en sus camas durante su luna de miel.
Se lo contaron a todo el mundo. Lo publicaron en las redes —Tragó saliva—.
Uno pensaría que eso iba a ser bueno, y la verdad es que al principio recibíamos reservas de curiosos que buscaban el morbo; llegamos a pensar que nos beneficiaría.
Pero Margalida es astuta, y actúa de manera sibilina.
Ha estado a punto de matar a varias personas: hemos tenido electrocutamientos, caídas por las escaleras…
Parecen accidentes, pero sabemos que no porque hay muchos testigos: camareros, personal de limpieza…
¿no le parece muy raro que las lámparas siempre caigan encima de los clientes?
¿O que un suelo rugoso de ladrillo de pronto resbale como mantequilla líquida?
Y el problema es que, si permanecemos abiertos, va a meternos en líos legales…
o a matarnos a todos. No podemos seguir así.
Si este fantasma no se calma, tendremos que cerrar.
—¿Y cómo están tan seguros de que es ella? —preguntó Oksana, escéptica—. ¿Acaso va por ahí enseñando su pasaporte, o qué?
Naomi bufó, conteniendo una carcajada, y el gerente la miró, ofendido.
—Señorita —le espetó, frunciendo su frente, con arrugas que se extendieron casi hasta la coronilla—.
Lo sabemos porque se comunica, a su manera.
Yo mismo la escuché una noche. Estaba solo en mi despacho.
No sé si me paralizó de alguna forma, o me quedé dormido.
Me sentí inmovilizado, y escuché una voz de mujer que decía: «Yo soy Margalida Tur, y no cejaré hasta encontrar venganza».
Fue horrible… cuando entró mi secretaria, que casualmente es también mi prometida, volví en mí al instante.
Pero siempre me pregunto qué habría sido de mí si ella no hubiera aparecido. A lo mejor, ahora estaría muerto.
—Muy cordial por parte de Margalida —comenté—. Me encanta que los fantasmas se presenten por su nombre y apellido: es lo que yo llamo un espectro con clase. Sabe… me siento mal liquidando a alguien cuando ni siquiera sé cómo se llama.
—En fin —dijo el hombre, visiblemente molesto por el comentario. Se limpió un chorretón de sudor que le bajaba por el cuello, y abrió la puerta principal—. Entren. Me gustaría terminar con esto inmediatamente… antes de que esa condenada nos convierta también en espectros.