16
Teo
Maldita bruja novata.
No podía creer que me la hubiera jugado así.
Ahí estaba, de pie en medio de todo el equipo, con cara de no haber roto un plato. Las ondulantes greñas doradas que enmarcaban su rostro, unidas a las pecas difuminadas que le cubrían la nariz, la hacían parecer una niña inocente—aunque, sin duda, no era ni lo uno ni lo otro.
—Está bien —dije, aceptando mi destino—. Nos dirigimos a Formentera, Hotel Rincón del Mar. El pronóstico de la noche son fenómenos paranormales comunes, un fantasma enfurecido… lo clásico. Pero, al menos, esta vez no esperamos demonios.
—¿Rincón del Mar o Rincón del Mal? —dijo Mina entre risas, moviendo un brazo en el aire para que un par de luciérnagas bailasen a su alrededor.
—Por favor, señoritas, este es un trabajo serio —la reprendí, aunque en el fondo me complacía su sentido del humor—.
Oksana, explícale el procedimiento oficial de exorcismo a la nueva.
Selena, cuando crees el escudo de protección, dale dos pasadas por encima de Iris para que no se nos muera en la primera misión.
—Iris me lanzó una mirada entre agradecida e insolente, que yo ignoré a propósito—.
Mina, ¿puedes invocar alguna criatura protectora que la escolte?
Un murciélago, una rata de alcantarilla…
lo que tengas más a mano. Naomi… —La busqué con la mirada, pero había desaparecido—. ¿Dónde diantres está Naomi?
Miré a un lado y a otro del muelle, pero no pude encontrarla. Entretanto, observé por el rabillo del ojo cómo Selena tomaba a Iris y a Oksana del brazo, usando a hurtadillas su energía calmante para disminuir la animosidad entre ambas brujas.
Desde el primer momento había notado que la personalidad de Iris chocaba con la de Oksana, pero, como empresario, sabía que en los equipos medianos y grandes siempre existía ese riesgo.
Aquellas dos parecían muy dispares, pero en el fondo tenían más puntos en común de lo que aparentaban: empezando por sus dones paranormales, que eran hasta cierto punto similares.
Además, Oksana siempre solía sentir celos de mis empleadas nuevas, en particular desde que nuestra breve (y catastrófica) relación terminó antes de llegar a empezar del todo.
Solía verlas a todas como una amenaza, pero eso no era mi problema.
O, al menos, me esforzaba por que no lo fuese.
Raoul me hizo una señal desde el yate.
—Todo descargado, señor. Motor en marcha.
—¡Nos vamos! —grité, y de pronto me di cuenta de que Naomi seguía sin aparecer—. Un momento, ¿alguien ha visto a Naomi? ¿Dónde rayos está esa mujer?
—La señorita Naomi está aquí conmigo, señor —dijo Raoul, señalando a un bulto agachado detrás de él.
Naomi estaba ajustando la pasarela de embarque sin tocarla, usando solo sus poderes de telequinesis.
—¡Naomi Kane! —la reprendí, echándome las manos a la cabeza—. ¡Conserva la energía, maldita sea!
Naomi me sonrió, traviesa como siempre, y la purpurina que se aplicaba en los párpados relució bajo la luz amarillenta de las farolas. Aquella mujer, sin duda, procedía de una galaxia totalmente distinta, y no solo por sus estrafalarios hábitos de maquillaje.
—¡Tengo energía de sobra, Teo! Me he tomado dos cafés después de la cena. ¡Tranquilo!
Ah, los mortales modernos y su incomprensible fascinación por ese brebaje negro y amargo . ¿Por qué al menos no consumían té, como la gente civilizada?
Raoul cerró la furgoneta con el mando a distancia, pero Mina le hizo un gesto para que se detuviera.
—¡Espera! ¡Falta Luminix!
La joven corrió al interior de la furgoneta y salió de esta con el gato en brazos. Nadie se había molestado en lanzarle un hechizo de ocultación, y el pelaje de aquel ente apestoso brillaba en medio del muelle con un tono verde fluorescente.
—No me digas que has vuelto a traerte a ese maldito bicho … ¿Puedes al menos ocultar ese color verde? ¡Parece una señal de tráfico, por todos los diablos! Nos van a avistar desde Mallorca.
—¡Un poco de respeto hacia mi hermano pequeño! —protestó ella, ignorando por completo mi desagrado.
Jamás comprendí por qué se empeñaba en decir que ese animal pulgoso era su hermano, pero las brujas eran siempre raras e incomprensibles.
Me golpeé la frente con la palma de la mano, sintiéndome impotente ante el desastroso inicio de aquella misión. Ni siquiera habíamos llegado a Formentera y yo ya soñaba con estar de vuelta en el sofá de mi casa.
Resueltos todos los contratiempos, subimos a bordo y nos acomodamos en los sofás de la sala principal del yate. Me serví un whisky del minibar para calmar los nervios, a falta de otras bebidas más purpúreas y calientes.
Las chicas se sentaron en corro, todas excepto Oksana, que se plantó frente a Iris con ese aire autoritario que siempre me había atraído de ella.
—Está bien, novata —le espetó—. Tengo que explicarte un par de cosas antes de llegar a Formentera.
Escucha atentamente, si no quieres palmarla ya el primer día.
Este es el procedimiento que seguimos para los exorcismos, o, al menos, el que hemos seguido hasta ahora, antes de que tu pomposo culo americano apareciera por el Serenata.
Iris ahogó una risa incrédula ante la desfachatez de Oksana.
Me lanzó una mirada inquisitiva, como pidiendo confirmación, y yo asentí.
Sus ojos color avellana relucieron, desafiantes, mientras se cruzaba de brazos frente a su antagonista rusa, haciendo resaltar sus pequeños pero firmes pechos.
Casi me atraganté al ver eso, pero carraspeé para disimular y desvié la mirada de inmediato.
Por Zeus.
Era un fastidio, pero su atractivo era incuestionable.
—Continúa, por favor, Oksana —dije, concentrándome en el casi inaudible sonido de las olas contra el casco del yate. Cualquier pensamiento era mejor que analizar los atributos físicos de la más agraciada (y terca) de mis empleadas.
A través de la ventana de la embarcación, las luces del muelle de Ibiza comenzaron a hacerse más pequeñas. El yate, tripulado con suavidad por el infalible Raoul, se alejaba del muelle. Oksana se sirvió un vaso de limonada y tosió antes de empezar.
—Primero, hay que recopilar información sobre el fenómeno, que generalmente es un espectro, casi siempre tipo poltergeist. A veces tenemos casas embrujadas; raras veces demonios, o posesiones demoniacas —dijo Oksana, con el suave murmullo del motor como música de fondo—.
Pero de eso ya se encargan Teo y Johannes.
—Correcto, en este caso tenemos un… —empecé a hablar, pero fui interrumpido por Iris.
—¿Quién es Johannes? —preguntó, inclinándose hacia mí con interés.
Ahora sí. El valle entre sus senos era más que visible, aunque ella no parecía darse cuenta.
—Johannes es… —Sentí que perdía el hilo de la conversación, así que di un sorbo más a mi whisky. Estaba vacío —. Johannes es mi… mi socio. Vive en Suiza. Es experto en fenómenos paranormales.
Y en finanzas , pensé, aunque no lo dije, recordando cuántas veces me había salvado el pellejo con sus consejos para administrar mis bienes.
—Bien. Si te callas, podré continuar —dijo Oksana, mirando a Iris con seriedad—. En general, lo primero que hacemos al llegar es establecer un enlace mental de grupo. De eso me encargo yo —añadió sin poder disimular su orgullo.
—Justo aquí es donde creo que podría entrar Iris —comentó Naomi, causando un claro terremoto interno en Oksana, a quien por poco le sale humo de las orejas—. Su capacidad de comunicarse con los muertos podría ser muy útil en esta fase, ahora que tú…
Ahora que tú estás perdiendo la tuya , iba a decir, pero se calló a tiempo y evitó ser estrangulada.
—Cierto —dijo Mina, acariciando al maldito y gigantesco gato verde—. A veces basta con saber lo que quieren, o qué les pasa realmente, para ahorrarnos muchas peleas innecesarias.
Iris asintió, concentrada en cada palabra.
Un mechón rebelde se le soltó de la coleta dorada, y se quitó el elástico para volver a hacérsela.
La miré de reojo mientras se peinaba con las manos, fascinado por aquellas ondas de oro, preguntándome cómo sería tenerlas entre mis dedos, esparcidas sobre las almohadas de seda de mi lecho…
—Llegados a este punto, suelo entrar yo en acción —continuó Mina, sacándome de mi ilícita ensoñación—.
Utilizo mi magia para convocar espíritus animales.
Si no hay ninguno, me ayudo con los seres vivos que haya cerca de la casa.
Ratones, pájaros… hasta cucarachas a veces.
Si hay suficientes, te pueden sacar de más de un apuro.
—¿Cucarachas? —repitió Iris con cara de disgusto.
Estuve a punto de reírme, pero me contuve.
—¿No te gustan? —preguntó Oksana, y luego se llevó la mano a la boca, fingiendo comer—. Pensaba que era lo único que te daban de pequeña, cuando vivías en esa cripta…
—Mejor comérselas que ser una , desde luego —replicó Iris con los ojos entrecerrados.
—Damas… por favor, céntrense en la misión —las reprendí, dando una palmada para evitar que la discusión escalase.
Aunque tuve que admitir que, en mi fuero interno, estaba disfrutando bastante de aquella partida de ping-pong verbal entre Iris y Oksana.
Justo en ese momento, Naomi regresó de la cocina con una taza de café en la mano (¿Otra? ¿De veras?) y se unió a la conversación:
—Luego yo suelo usar mi telequinesis. Normalmente para despejar obstáculos en el camino, o creo accesos y túneles. Y si hay que hacer explotar algo… ¡soy la chica que buscas!
—¡Lo hace superbién! —corroboró Selena, aplaudiendo—. Es mi parte preferida.
—Selena se encarga de los fantoches que prefieren dialogar —dijo Naomi—. A mí se me da mejor liquidarlos… a secas.
—¡No los llames así! —se indignó Selena, empujando a Naomi, medio en broma—. Yo les ayudo a encontrar la paz. Es una labor necesaria.
—Lo que sea. Lo más efectivo es darles una patada en la retaguardia y a otra cosa, mariposa…
Selena, siempre tan dulce y comedida, sacudió la cabeza ante las palabras irreverentes de Naomi y miró el mar por la ventanilla.
—Eso es una falta de respeto a las almas que…
—Venga, no te pongas así —dijo Naomi, chasqueando los dedos para que la cucharilla removiera el café sola—. Sabes que es verdad, y que lo de la bendición final es un paripé para los clientes. La mayoría de espíritus pasan de tu rollito Zen , Selena, y yo también lo haría si la palmase, la verdad.
—¿Rollito Zen ? —bufó Selena, incrédula—. ¿Serás tonta?
—Señoritas, por favor, seriedad… —dije, aunque me costaba aguantar la risa a mí también, y luego añadí—: Lo más importante es que, para terminar, entra en escena el miembro clave del equipo, es decir…
—Espera —me interrumpió Iris, mordiéndose un labio inferior sumamente rojo y jugoso—. Me apuesto cualquier cosa a que vas a decir que eres tú, ¿verdad?
Mis labios se curvaron hacia arriba contra mi voluntad. Iris enarcó las cejas. Yo asentí, disfrutando al ver cómo ponía los ojos en blanco.
—Elemental, querida Iris. Me aseguro de que el trabajo esté bien terminado. Y exijo el pago.
—¿Eso es todo? —preguntó Iris, observándome con aquellos ojos que rezumaban inteligencia… y habría jurado que algo más.
—Sí —contesté—. ¿Lo has entendido todo?
—Eso creo —dijo, titubeando.
—Mira, en caso de duda, te lo resumo —se inmiscuyó Naomi, con más café—. Básicamente entramos en el área afectada, hacemos todo explotar y nos largamos. Es más fácil de lo que suena.
En ese momento apareció Raoul en el salón del yate.
Poco a poco, el puerto de Formentera había empezado a dibujarse en el horizonte.
Empezó siendo poco más que una línea de luces de farolas destellando sobre el agua oscura, pero ahora era ya bien visible.
Sus palmeras altas, como pautas en un cuaderno, parecían montar guardia frente a los edificios blancos de primera línea.
—Estamos a punto de llegar —anunció Raoul—. ¿Todos listos?