15
Iris
Aprovechando el caos de una acalorada discusión entre los ocupantes del vehículo, me deslicé silenciosamente dentro del maletero abierto.
El interior estaba repleto de cajas y bultos indeterminados, pero divisé una manta gruesa entre ellos.
Con la suerte de mi lado, me envolví en la tela gris y me acurruqué en el rincón más oscuro del maletero, apenas iluminado por la escasa luz de la calle, aguardando el momento en que el vehículo arrancara.
Los pasos pesados de Raoul se acercaron, y levanté una punta de la manta para ver qué hacía.
El portón trasero se cerró con un golpe sordo y suspiré aliviada al escuchar que se alejaba.
Me arrellané contra la pared de la furgoneta, y estaba a punto de sacar mi móvil para leer un rato cuando el portón volvió a abrirse.
La manta que me cubría se levantó de golpe y una luz potente me enfocó directamente a la cara. Cerré los ojos, cegada, y al abrirlos me encontré la mirada profunda y dorada de Raoul, taladrándome mientras todo tipo de emociones pasaban por su rostro.
Lo observé con una muda súplica, cubriéndome la boca con las manos.
«Por favor», traté de decirle con la mirada, « Ni siquiera os enteraréis de que estoy aquí.»
El chófer dudó un momento, paralizado en el sitio con su linterna, hasta que Teo lo llamó desde el asiento del copiloto.
—¿Todo en orden, Raoul? ¿Se nos ha olvidado algo?
Raoul tragó saliva, sin dejar de mirarme. Alzó el dedo índice, sabiendo que solo yo podía verlo, y lo agitó en el aire con un suave gruñido de advertencia. «Si haces alguna tontería, me las pagarás», decía su lenguaje corporal. Asentí con fervor, uniendo las manos en señal de agradecimiento.
Raoul volvió a cubrirme con la manta y apagó la linterna, devolviéndome a la oscuridad con un suave clic.
—Todo en orden, señor —dijo en voz alta, agarrando la manija para cerrar el portón de nuevo—. Pensaba que nos habíamos dejado los sacos de sal, pero no, falsa alarma. Lo tenemos todo.
El trayecto duró aproximadamente media hora, durante la cual comencé a replantearme mi decisión poco meditada de colarme en aquella furgoneta. ¿Qué iba a hacer exactamente cuando llegásemos a destino? ¿Salir del maletero y decirles que me había caído dentro por accidente?
No tuve mucho más tiempo para forjar un plan, porque el vehículo se detuvo en un parking bien iluminado, y esta vez fue Teo el que abrió las puertas traseras.
Habría podido ocultarme, pero me habría olido de todos modos; más aún, ahora que el resto de brujas ya había salido del vehículo. Así que permanecí ahí sentada, bajo la manta y en mi rincón, esperando a que me encontrase mientras escuchaba el tic-tac de una bomba de relojería en mi mente.
Teo dio una inspiración profunda, que duró una auténtica eternidad, y farfulló un par de palabras soeces entre dientes.
—Maldita sea, Andersson, ¿qué parte de “no hagas estupideces” fue la que no entendiste?
Lo vi apretar la mandíbula, conteniéndose, hasta que Raoul apareció a su lado, tan impasible como siempre.
—Al menos no podré derramar bebidas por encima de nadie mientras esté aquí… —musité desde debajo de la manta a modo de disculpa, pero eso no pareció mejorar su humor en lo más mínimo.
—¿Tienes idea del problema que acabas de causarme? —gritó Teo, fuera de sí—. ¿Del peligro que corres? ¡Sal de ahí ahora mismo!
Aparté la manta y traté de sonreír con inocencia.
Luego salté fuera de mi escondite, ante las miradas atónitas de las otras cuatro brujas.
Al mirar a mi alrededor vi que nos encontrábamos junto a un puerto deportivo, en el que se alineaban magníficos yates, cada cual más grande y lujoso que el anterior.
—Si lo desea puedo llamarle un taxi a la señorita Iris, señor d’Alessandro —ofreció Raoul, sacando del bolsillo su estilizado teléfono de color negro metalizado.
Teo titubeó, y después me miró con los ojos entrecerrados.
—No —declaró, dándose por vencido—. Da igual. Que venga con nosotros. El mal ya está hecho. —Luego se giró hacia mí y añadió—: pero si te mueres, no vengas después a quejarte.
En circunstancias normales, aquella frase me habría hecho reír. En la situación actual, me provocó un escalofrío.
—Tendrás que firmar una exención de responsabilidad. ¿Entendido?
Asentí, sin poder ocultar mi sonrisa.
Lo había conseguido.
—Bienvenida al equipo —murmuró Teo entre dientes, y luego expiró con resignación—. Mantente cerca de mí y, esta vez en serio: no hagas estupideces . ¿Entendido?
—Lo haré —dije, extendiendo la mano para que me la estrechara. Él suspiró y aceptó mi apretón de manos—. Gracias por confiar en mí.