14
Iris
Recogí mi bandeja, repleta de copas vacías, y abandoné apresuradamente la mesa de Yannis, El Griego. ¿Las sirenas? ¿Qué clase de pregunta era esa? Ese tío estaba más chiflado de lo que había imaginado.
Al pasar por el lado de Teo miré fijamente al suelo, fingiendo no haberlo visto entrar.
Sin embargo, las tablas irregulares del pavimento de la terraza me jugaron una mala pasada y mi técnica de distracción no funcionó según lo previsto.
Se me enganchó la punta del pie en una tabla suelta, la bandeja llena se me escapó de las manos y acto seguido salió volando, directa a la cabeza de mi jefe y seguida por mí.
Por suerte, todos los vampiros, incluido Teo, poseían reflejos lo suficientemente rápidos como para cazar al vuelo tanto la bandeja como a cualquier empleada que le cayese encima de la nada.
Por desgracia, a ningún vampiro le atraía verse obligado a exhibir sus talentos sobrenaturales en lugares abarrotados de mortales, y después de aquello, mucha gente se nos quedó mirando con la boca abierta.
El tropezón me lanzó como un misil a los brazos de mi jefe, con la punta de la nariz enterrada en su suave camisa de lino. Cuando tomé aire de nuevo, me inundó el aroma de su perfume, entre oriental y amaderado, con esa pizca característica de óxido que dejan los residuos de sangre.
Alcé la vista lentamente, conjurando una mueca de disculpa mientras me preparaba para la reprimenda.
—Esto… —balbuceé, escurriéndome de la tenaza de acero que eran aquellos brazos firmes y bien formados. Por motivos incomprensibles se resistió a soltarme, aunque ya no había peligro alguno de accidente—. Lo siento, yo… iba con prisa. Hay mucha gente esta noche, y las otras…
Maldición . No había empezado con buen pie… nunca mejor dicho.
Llevaba toda la noche planeando cómo ponerlo en su sitio por el trato que había recibido desde mi llegada a la agencia.
Y, sobre todo, por no haberme invitado a su misión súper secreta.
Derramarle un granizado de vodka con frambuesa por la camisa no había sido, al menos en mi opinión, la manera más profesional de abordar el tema.
Observé la tela de la prenda, que presentaba puntitos diminutos de color fucsia por las solapas del cuello.
Un par de gotitas esféricas brillaban sobre la pelusilla dorada de su pecho, manchando los breves centímetros que asomaban, provocadores, por encima del último botón abrochado.
Probablemente me quedé mirándolas un segundo más de lo necesario, porque Teo me dio un golpecito en el hombro para sacarme de mi estupor.
—¿Iris? ¿Estás bien? —me preguntó, con sincera preocupación en sus ojos.
Aparté la vista, azorada, y asentí con la cabeza. Al instante, el vampiro jactancioso que yo conocía entró de nuevo en escena. Teo me soltó, alisándose la ropa con desprecio, y puso los brazos en jarras con gesto severo.
—Descontaré la tintorería de tu sueldo.
—Mejor me saco la tarifa plana, porque ya sois dos esta noche —murmuré, aunque enseguida me arrepentí de haberle contado lo de la clienta ofendida.
—¿A qué te refieres? —preguntó extrañado.
—Ah, nada, nada… —respondí, escabulléndome tan rápido como pude.
Teo se quedó paralizado por un instante y con cara de no entender nada.
Después se encogió de hombros y se marchó hacia el almacén a grandes zancadas, frotándose las manchas con los dedos.
Recordé que necesitaba hablar con él antes de que desapareciese y me di la vuelta, agitando la bandeja vacía en el aire para llamar su atención.
—¡Espera! Necesito hablar contigo.
Robé una servilleta de una mesa, ignorando la extrañeza de los clientes ahí sentados, y se la alargué para que se limpiase. Me miró, escéptico, como si no supiera qué hacer con ella.
—Déjame. Yo lo haré —bufé y me puse a frotar las manchas de su camisa—. ¿Lo ves? No necesitas llevarla a la tintorería. Estas manchas salen con jabón normal, pero hay que quitarlas con agua fría antes de que se sequen…
Froté la tela con vigor, hasta llegar al borde de la prenda.
Mi mano levitó sobre aquellos centímetros de pecho desnudo y cubiertos de zumo de frambuesa, dudando.
Teo enarcó las cejas y sentí cómo el calor me subía por las mejillas.
Con un suspiro, pasé la servilleta sobre la pelusilla de sus pectorales, a toda velocidad.
Por Dios, ese hombre era una estatua griega.
Tuve que detenerme un momento y tomar aire. Me di la vuelta, tratando de sacarme de la mente aquellos pectorales esculpidos, que tenían exactamente el mismo tacto que los del desconocido de mi sueño, y…
Teo me arrebató la servilleta y la lanzó en la papelera, mirando su lujoso reloj de acero.
—¿Qué querías decirme? No tengo mucho tiempo. Tengo un compromiso esta noche.
—Lo sé, y justamente de eso quería hablar. —Miré hacia el almacén, donde todas mis compañeras cuchicheaban. Se habían quitado el ridículo uniforme del bar y esperaban a Teo con sus bolsos al hombro—. He escuchado que tenéis una misión esta noche y quiero ir con vosotros.
Teo me miró con los ojos entrecerrados y negó lentamente con la cabeza.
—Imposible. Alguien tiene que servir las mesas.
—Estará Garrett. Se lo he preguntado. Ya ha cerrado la cocina y me ha dicho que no hay problema.
—De eso nada. No puedes venir. No me ha dado tiempo a explicarte el proceso y, por descabellado que parezca, prefiero a mis empleadas vivas y sin sufrir brotes de posesión demoníaca.
—Puedo hacerlo —le aseguré, esforzándome por sonar más segura de lo que lo estaba—. Llevo años comunicándome con fantasmas. Conozco a esas criaturas, lo haré bien. Ninguna de ellas tiene mi talento.
—Oksana tiene telepatía. Será suficiente.
—¿Oksana puede usar su telepatía con los muertos? —aventuré, tanteando el terreno.
Teo guardó silencio, dejando claro que había acertado. Sabía que tenía que existir un motivo por el que me había contratado, y acababa de descubrirlo.
—Iris, la respuesta es no —repitió Teo con firmeza—.
Es mi decisión final, y no se hable más.
Es demasiado arriesgado. Vendrás la próxima vez…
—Me miró de arriba abajo, dudando. De pronto, su rostro se contrajo en una punzada de dolor, y sacudió la cabeza—.
No quiero ponerte en peligro. Tu seguridad es importante para mí.
Desde la calle se escuchó el claxon de un vehículo grande.
Me asomé por encima de las cabezas de los clientes y vi una furgoneta negra con cristales oscuros aparcada junto a nuestra terraza.
La puerta del conductor se abrió, y de ella salió Raoul, el chofer que me había recogido en el aeropuerto, vestido con el mismo traje negro, corbata y gafas de sol, a pesar de la hora.
Las otras chicas salieron de su escondrijo y se acercaron a nosotros dos, interrumpiendo mi discusión con Teo.
—¿Nos vamos? —dijo Oksana, tan elegante como si la hubieran invitado a un bautizo—. Raoul está esperando.
Mina, que se había recuperado de su breve enfermedad, me dedicó una sonrisa de disculpa, sin dejar de abrazar a su gigantesco gato blanco.
—En marcha —ordenó Teo, y me lanzó una mirada de advertencia antes de darse la vuelta.
Me pareció que miraba también a Yannis, pero el movimiento fue demasiado fugaz para estar segura.
Su voz se volvió algo más dulce, y añadió—: Pórtate bien, querida.
No hagas estupideces, te lo ruego. Y, sobre todo, no tires más bebidas por encima de los clientes, ¿podrás?
Asentí, agradecida en silencio de que Oksana estuviera lejos y nadie pudiera leer mis malhumorados pensamientos.
Los observé salir del bar y subir a la furgoneta.
Una vez todos adentro, con el cinturón puesto, Raoul se excusó para ir al baño.
Pasó por mi lado y lo vi desaparecer en los servicios de caballeros.
Entonces, una idea descabellada cruzó mi mente.
Espantosa, pero a la vez, irresistible.
Me acerqué sigilosamente a la furgoneta desde atrás.
Había prometido a Theodore d’Alessandro que me portaría bien, pero portarse " bien " era un concepto con múltiples interpretaciones.
En ese momento, solo me importaba descubrir el secreto del Serenata, y me daba absolutamente igual si mi arrogante jefe vampiro decidía despedirme en cuanto me pillase.