13
Iris
Esa noche, en el trabajo, sentí que las piernas a duras penas me sostenían, a pesar de que llevaba allí tan solo un par de horas. Mi turno duraba hasta las tres de la madrugada, y todavía no me había acostumbrado a aquel descabellado horario nocturno.
Sintiendo que el sueño me vencía, me acerqué a la barra en busca de un café.
Seguramente era una idea espantosa y terminaría con insomnio, pero no se me ocurría nada mejor para resistir hasta la hora del cierre.
Además, tenía que mantenerme alerta, porque había concertado una reunión con Teo cuando terminase mi turno.
Oksana y Naomi cuchicheaban junto a la cafetera. Mientras tanto, Oksana sostenía una tacita bajo uno de los chorros, llenándola. Justo en el momento en que yo llegué, uno de los cacillos salió volando, proyectando agua caliente y polvo de café en todas direcciones, incluyendo mi ropa.
—Creo que lo cerraste mal —comentó Naomi, dando un salto para evitar la pequeña explosión.
—¡No es cierto! —replicó Oksana, cuya camiseta blanca había quedado cubierta de manchas marrones—. ¡Has sido tú, Naomi! Cuando te pones nerviosa haces saltar todo por los aires. Ahora no te hagas la desentendida.
Naomi frunció el ceño, sin negarlo, y se agachó para limpiar el desastre.
Me puse en cuclillas a su lado, tratando de ayudar, y el gesto de Oksana fue casi de agradecimiento. No le duró mucho, por supuesto.
—¿Todo bien? —les pregunté, frotando el suelo con servilletas de papel.
—Sí —respondió Naomi, ayudándome a levantarme.
Luego rascó una mancha en mi falda hasta hacerla desaparecer—.
Es solo que Teo tiene la mala costumbre de avisarnos de las misiones con muy poca antelación.
Se supone que vienen a las diez a buscarnos, y nos lo acaba de decir ahora.
¿A ti te parece normal? Seguro que lo sabía desde la semana pasada, pero solo piensa en sí mismo…
—¿Misión sorpresa? —pregunté, incapaz de disimular mi emoción—. ¿Adónde vamos?
Las dos se miraron y dudaron un momento. Finalmente, respondió Oksana.
—Tú, a ninguna parte. Te quedas a cerrar el local. Teo no ha dicho nada de que tú vinieses.
—¿Cómo? ¡De eso nada! Que se quede Garrett.
—¿Garrett? —bufó Oksana—. Novata, ¿desde cuándo haces tú los horarios del personal? Garrett termina a las doce, y si no te parece bien, puedes hablar con el jefe.
Apreté los dientes. Si había alguien a quien detestaba incluso más que a Teo, esa persona era Oksana.
—¿A qué hora vuelve Teo? —pregunté, no dispuesta a dejarme intimidar—. Había quedado conmigo a las tres.
—Ni idea. A lo mejor viene, o a lo mejor no. Nosotras saldremos de aquí a las once, pero nos lleva Raoul al puerto.
Al puerto . Bueno, aquello era una pista.
Después de echarme la bronca, Oksana me dio la espalda, dando a entender que nuestra conversación había terminado. A lo mejor había terminado para ella, pero desde luego, no para mí.
Cuando llegase el maldito Teo se iba a enterar. ¿De verdad pretendía dejarme sirviendo copas mientras mis compañeras se iban de excursión en barco a cazar demonios?
De eso nada.
El resto de la velada, mis compañeras no hicieron absolutamente nada, aparte de cuchichear por los rincones y planear su misión secreta, acerca de la cual nadie quería contarme nada.
Entretanto, los clientes se quejaban de la espera y yo trataba de complacerlos a todos, pero lo único que conseguía era liarme con los pedidos y cometer errores.
Lo peor fue cuando le derramé un cóctel a una señora sobre su vestido de fiesta y esta me gritó, haciendo que todos los presentes se callaran de golpe para mirarme.
—¡Tendrás que pagarme la tintorería! —aulló, furiosa.
Murmuré una disculpa y me alejé de allí lo más rápido que pude.
Oksana se asomó por la puerta del almacén y me miró con los ojos entrecerrados.
Después sacudió la cabeza y se acercó a la clienta con la expresión más falsa que yo había visto jamás, tratando de aplacar a la mujer, que seguía quejándose entre dientes.
No podía más. Fui a buscar mi teléfono y me alejé de las mesas. Me apoyé en la barandilla que miraba al mar y tomé un par de respiraciones profundas.
Una, dos, tres.
Cálmate, Iris.
Marqué el número de Teo. Necesitaba hablar con él. Como de costumbre, el maldito vampiro no contestó, y volví a guardar el aparato en el bolsillo de mi delantal con un suspiro.
Me quedé allí un momento más, mirando al mar. Pensé en mi hermana Katie, desaparecida entre esas mismas olas cinco años atrás. Me pregunté dónde estaría ahora, y si mi viaje a Ibiza me ayudaría a descubrir su paradero. Me pregunté también cómo habría sido mi vida si ella no hubiera desaparecido.
Sabía la respuesta, y no me gustaba.
Tragué saliva y me recogí otra vez el pelo, apartándomelo de la cara. Ni mis compañeras despectivas, ni los clientes impacientes, ni la indiferencia de Teo podrían conmigo.
Me había prometido descubrir qué fue de Katie, e iba a hacerlo.
Noté que Yannis Katsaros, el Griego , estaba mirándome fijamente. Me hizo una señal con la mano desde su mesa en la esquina, y sentí que el corazón se me detenía en el pecho.
Mi intuición me dijo que aquella oportunidad de hablar con él a solas podía serme útil.
—¿Me traes otro? —dijo el griego, agitando el vaso vacío y sin quitarme los ojos de encima. Tenía una voz áspera, como un cantante de música country, o como las velas de un barco rasgándose en el viento. Volteó el vaso, y añadió―: Cóctel número trece: La Muerte.
Lo observé detenidamente y asentí despacio, recordando las palabras de Selena acerca de su adicción al alcohol.
Intentaba discernir si era correcto servirle otra copa o ya había tomado suficientes.
El cóctel número 13 era infame por su intensidad, y por el inquietante color negro que le daba el licor de café.
—Claro, enseguida te lo traigo —respondí tras pensármelo un poco. Llevarle la contraria habría sido empezar con mal pie, y quería ganarme su confianza.
Fui a la barra y preparé su bebida. La mezclé con esmero, cuidando la presentación y decorándola con una cereza negra en el borde y granos de café enteros. Luego, regresé hasta su mesa y la coloqué frente a él. Permanecí allí de pie, esperando a que dijese algo.
Yannis cogió el cóctel, agradeciendo el servicio con una sonrisa amable, y después sus ojos se perdieron en un punto de la playa, más allá del negro horizonte. Para él, yo ya había dejado de existir.
—Eh… —murmuré, sacándolo de su ensoñación—. Perdona… Me llamo Iris… soy nueva. Me han dicho que eres muy buen cliente. Tu nombre es Yannis, ¿verdad?
El Griego me miró con una media sonrisa. Las pequeñas arrugas alrededor de los ojos, causadas por el sol y el viento salado, le daban ese carisma propio de los hombres que pasan mucho tiempo al aire libre.
—Ya veo que soy famoso… pero dime la verdad, ¿te dijeron que era un buen cliente… o que era un borracho apestoso?
Dejó escapar una risa amarga, y yo me quedé callada, sin saber qué decir. Seguramente, mi expresión y mi silencio le dieron la respuesta que buscaba.
—Lo suponía, no te preocupes —dijo, haciendo un gesto despectivo con la mano y tomando la cereza del vaso—. Si te digo la verdad, me da absolutamente igual lo que la gente diga de mí. Es una de las ventajas de estar harto de la vida.
Quise pedirle una aclaración, pero me pareció demasiado invasivo. En lugar de eso, decidí cambiar de estrategia.
—Sabes… —susurré en tono de confesión, comprobando que las otras chicas seguían entretenidas en el almacén—, hay algo que llevo toda la noche queriendo preguntarte. Te lo digo porque tengo ciertos… talentos… y creo que podría ayudarte. Podríamos ayudarnos mutuamente, a lo mejor.
Yannis me miró con los ojos entrecerrados, con la misma desconfianza que si fuera un vendedor ambulante.
Giró la cereza entre el índice y el pulgar, receloso.
Sus muros defensivos habían vuelto a subir tras escuchar mis palabras.
Tomé aire, haciendo acopio de valor para terminar la frase.
Sabía que aquel era un momento decisivo.
Mi propuesta, y su respuesta, iban a influir en lo que pudiera sonsacarle en el futuro a aquel hombre.
—Soy médium, y creo que podría ayudarte —aventuré, recordando su expresión dolida cada vez que se sentaba solo en aquella mesa, mirando el horizonte—. A cambio, me gustaría hacerte algunas preguntas.
—Dispara —dijo, poco convencido. Luego escupió el hueso de cereza a la arena y dio un largo trago a su negra bebida—. ¿De qué va todo esto?
—Me parece que has perdido a alguien, y me gustaría ayudarte. Puedo hablar con los muertos… bueno, más bien, ellos hablan conmigo. A veces me cuentan cosas. Me llegan mensajes…
Yannis ladeó la cabeza y frunció el ceño. Después desvió la mirada, girándose de nuevo hacia el mar. Parecía molesto, aunque no supe adivinar por qué.
—Perdona… no quise ofenderte… —me disculpé, apartándome de su mesa—. Es solo que me dijeron que eras amigo de Desirée, la camarera francesa, y después de lo que pasó… pensé que quizás te gustaría averiguar qué fue de ella…
El hombre ni se inmutó. Permaneció mirando al mar, como una estatua de piedra.
En aquel momento vi aparecer a Teo por el arco que daba paso a la terraza. Llevaba unos vaqueros ajustados que le quedaban tremendamente bien, y una camisa blanca de lino de buen corte; la llevaba bastante arremangada, dejando entrever unos bíceps terriblemente perfectos.
Teo me vio hablando con Yannis y frunció el ceño. Lo vi dar un par de pasos, acercándose, y decidí zanjar la conversación por el momento.
—Bueno, tengo que seguir trabajando —le dije apresuradamente a Yannis—. Piénsalo y ya me dices algo.
Ya me había dado la vuelta cuando sentí una mano en el brazo. Yannis estaba de pie, con una profunda arruga en el entrecejo.
—De acuerdo —me susurró al oído—. Hablemos. Ven cuando termines tu turno. Puede que tengas razón y podamos ayudarnos mutuamente. Pero primero, necesito preguntarte algo. Puede que te suene raro, pero es importante para mí… me interesa conocer tu opinión.
Teo se acercaba, y me balanceé de un pie a otro, dudando.
—Está bien —respondí a toda prisa—. ¿Cuál es la pregunta?
El Griego acercó su pecho al mío, casi como si estuviera a punto de besarme. Cuando habló, lo hizo con voz ronca, inundándome con su estela de alcohol y perfume amaderado.
—Iris… —dijo, pronunciando mi nombre lentamente, como si lo saborease—. ¿Crees en las sirenas?