Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 12
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Iris

Martes.

Los martes eran el día preferido por Arianna para hacer rituales de fuerza y coraje. Por la mañana solía encender un par de velas en torno a la estatuilla de la diosa Atenea, y juntas recitábamos hechizos para soportar el resto de la semana.

El día acababa de comenzar, y yo solo podía pensar en la tediosa noche que me esperaba unas horas más tarde en el Serenata. Pero Arianna y su estatuilla de Atenea se encontraban a veinte mil kilómetros de distancia cazando lagartijas, así que tendría que apañármelas sola.

Tenía mil cosas que hacer, pero había una muy importante que no estaba relacionada con mi hermana, sino con mi paz interior.

Tras comer en el restaurante de mi apartahotel paseé sin rumbo, siempre en dirección hacia mi trabajo, hasta que di con una tienda de ropa de esas que abundaban bastante más que el agua potable en Ibiza.

Necesitaba encontrar un atuendo un poco más adecuado a mi estilo para mi turno de esa noche. No pensaba volver a ponerme esa cosa horrible que Teo, o sus empleadas, habían elegido para mí. Pero era consciente de que tampoco podía presentarme con las camisetas de Metallica que llenaban mi maleta.

La tienda se abría al paseo, y tenía largos percheros con ropa colgada junto a la calle. Recorrí las prendas de estilo hippie con la mirada, en busca del conjunto perfecto. La dependienta se fijó en mí y salió de detrás del mostrador, acercándose con una sonrisa.

La reconocí de inmediato: era la mujer que había mostrado tanto interés al charlar con Teo la noche anterior.

Al mirarla más de cerca intuí que debía de llevarme quince años, por lo menos.

Sin embargo, en contra de mis hipótesis de la noche anterior, tenía un aspecto amable y algo inocente, casi aniñado.

Vestía una curiosa túnica larga de estilo hippie, de un vistoso azul turquesa, salpicada de espejitos redondos bordados por toda la falda y con los bordes cortados de manera irregular.

El pelo, negro y larguísimo con algún que otro mechón gris plata, le caía en cascada sobre la espalda, y me fijé en que se le había enredado en el lazo que le ajustaba el vestido alrededor de la cintura.

Despistada , pensé, sintiendo una súbita hermandad con la extraña.

Me sonrió, como si me hubiera reconocido también.

—Eres la camarera nueva de Teo, ¿verdad? —me preguntó con voz amable.

Cuando se acercó a mí sentí que emanaba un calor anómalo. Me pregunté si sería hija de lobos, pero en ella no había ni un solo rasgo lobuno, ni tampoco ese olor peculiar de los licántropos.

—Sí, bueno, trabajo ahí temporalmente. Veo que las noticias corren rápido por aquí —respondí, alargando la mano hacia uno de los largos percheros que invadían medio paseo.

—Las islas son comunidades pequeñas y cerradas. Sabemos poco de los que están de paso, pero no puedes mudarte aquí sin que los lugareños nos enteremos… y analicemos al dedillo tu vida. Yo soy Vanessa, por cierto.

Me tendió la mano y se la estreché: estaba mucho más caliente de lo que habría considerado normal. Me guiñó el ojo.

—¿Vas mucho por el bar de Teo? —le pregunté, sacando una percha con un foulard arcoíris y admirándolo. Volví a dejarlo: seguramente mi jefe habría sufrido un infarto si me presentaba esa noche envuelta en una prenda así.

—Voy de vez en cuando, aunque no es mi estilo, la verdad. Prefiero el ambiente de otras zonas más tranquilas de la isla. ¿Conoces Es Canar? Más relajado, más alternativo… Tengo una casita allí.

Negué con la cabeza.

—No, llegué hace poco. De momento solo he estado en San Antonio. También pasé unos días en la capital durante un verano, pero de eso hace más de cinco años. Y tampoco vi mucho más que la playa y las típicas discotecas…

—Me imagino la escena, sí —comentó Vanessa, mirándome de arriba abajo con ojo crítico—. A mi edad, una se cansa de eso. Pero supongo que, a la tuya, es como estar en el paraíso… apuesto a que fue el verano de tu vida, ¿eh? ¿Has vuelto por eso, para repetirlo?

Tragué saliva, dudando entre ser sincera o educada.

—Sí. El verano de mi vida, sin duda —respondí sin dar más explicaciones, y luego cambié de tema a propósito—. ¿Sabes? Estaba buscando algún conjunto discreto para el trabajo. Algo parecido a lo que llevan las demás, pero… a mi manera, si me entiendes.

—Hmm… sí… me parece que todas van de blanco, ¿no? Déjame ver qué puedo encontrar para ti…

Observó mis vaqueros deshilachados, que yo misma había recortado con unas tijeras poco afiladas. Luego palpó el tejido gastado de mi camiseta, que había sido mi fiel compañera desde que tenía quince años, en mi época heavy metal.

—Sí, entiendo. Creo que puedo ayudarte. ¿Qué te parecería un vestido? Algo fresco, discreto, divertido… —Señaló un perchero lleno de vestidos claros de algodón arrugado, tipo bambula—. ¿Qué te parecen estos? El estampado de salamandras, además, sirve de protección. Te vendrá bien.

Eligió uno de tirantes anchos y escote en V, con cinturilla fruncida y una ligera falda de vuelo hasta la rodilla. Era un modelo sencillo, casi de playa, de esos que se veían a menudo por Ibiza, pero con curiosos bordados de salamanquesas diminutas que trepaban por la falda.

—Me gusta —asentí con la cabeza, mirando con disimulo la etiqueta—. Tienes cosas muy originales aquí. Y no está mal de precio.

—¡Me alegro! Los diseño yo, y me los cosen en el taller de mi hermana, en Barcelona.

—¿Vaya, tan lejos? ¿Y no la echas de menos, viviendo a tantos kilómetros de aquí?

Vanessa se encogió de hombros.

—No sé… a veces nos visitamos. Pero somos muy diferentes, ¿sabes?

Yo prefiero este mundo… las cosas exóticas, alternativas…

—Abarcó con el brazo el colorido género que nos rodeaba—.

A ella, por su parte, le gusta diseñar trajes de caballero de alta costura.

Modelos serios. Aburridos… como los hombres que a ella le gustan.

—Rio y me lanzó una mirada significativa, como si esperase que le desvelara mis gustos en hombres—.

Bueno, lo importante es que ambas hemos encontrado nuestro camino.

Me basta con saber que ella está bien y es feliz. ¿No te parece?

Pensé en Katie y en mí: igual que Vanessa y su hermana, éramos diametralmente opuestas. Pero la diferencia entre Vanessa y yo era que ella tenía la certeza de que su hermana era feliz, mientras que yo seguía sin saber dónde estaba la mía, ni qué había sido de ella.

Sujeté la percha delante del pecho, calculando si era mi talla. Me gustaba el fluir del tejido: no solo era original, sino que también se veía muy cómodo.

—¿Crees que a Teo le importará que no me ponga esa ropa que me dio?

—Si le importa, que se fastidie, ¿no te parece? —respondió Vanessa con desparpajo, y ambas echamos a reír a la vez.

—Mejor será que no le conteste exactamente con esas palabras —comenté—. Es mi segundo día de trabajo…

—¡Ya! Era broma, mujer. Teo y yo tenemos mucha confianza. Somos amigos desde hace mucho tiempo… Muy buenos amigos… desde hace… mucho tiempo —añadió, como una gata marcando su territorio.

Me eché un poco hacia atrás, cautelosa .

—Lo conocí cuando aún vivía en Inglaterra —continuó—. Solía venir de vacaciones antes de… —Se detuvo y me ojeó de arriba abajo—. Antes de dedicarse a lo que se dedica ahora. ¿Te ha contado algo?

Sacudí la cabeza y comencé a caminar hacia la caja para que me cobrase.

—En fin, hace tantos años que ya ni siquiera recuerdo cuándo lo vi por primera vez. El tiempo pasa tan rápido… —Suspiró, observando sus manos llenas de manchas, la única parte de su cuerpo que delataba su edad—. El tiempo no perdona a nadie, excepto a él, ¿verdad?

Me encogí de hombros, fingiendo ignorancia, y busqué la cartera en el bolso.

—A veces me pregunto si tiene un pacto con el diablo… —dijo Vanessa, pasando el código de barras por el escáner con actitud distraída. Habría jurado que sus ojos relucieron por un instante con un fulgor sobrenatural—. Si consigues desvelar su secreto, cuéntamelo, por favor. Empieza a hacerme falta…

Rio, y yo me esforcé por mantener una expresión impasible.

—No creo que me lo cuente precisamente a mí… —respondí, y le tendí un par de billetes.

—Quién sabe… —dijo Vanessa con cierta tristeza en la voz. Me devolvió unas monedas, y metió el vestido en una bolsa de papel, plegándolo con esmero—. Siendo tan guapa, seguro que todos los hombres están deseando compartir contigo sus confidencias.

Me sentí repentinamente incómoda y con ganas de marcharme de allí.

—Bueno…  me voy, si necesito algo más ya sé a quién acudir. Nos vemos por el Serenata… ha sido un placer conocerte, Vanessa.

—Claro… pasaré un día de estos a ver cómo está el granuja de Teo. Mientras tanto, cuida de él por mí… pero con distancia, ¿eh? Que es mío… —Soltó una risita nerviosa—. ¡Es broma! Solo somos amigos. Disfruta de tu estancia en la isla.

Asentí con una sonrisa tensa y me di la vuelta para marcharme, recordando de pronto dónde había escuchado esa voz antes.

Antes del Serenata; antes de verla hablando con Teo.

Vanessa era la mujer de mi sueño, la que había susurrado en mi visión: «Aléjate de él… o te arrepentirás».