Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 11
6%

11

Teo

San Antonio de Ibiza. Martes.

Martes, cuatro de la madrugada.

El día del dios de la guerra, y qué mejor día para discutir de nuevo con Johannes.

Los Grimmbauer eran la escoria de la tierra, o mejor dicho, de las criptas, pero Johannes tenía razón: eran la última esperanza de la agencia.

Y aquello me importunaba.

Sobremanera.

Porque, en mi situación, me quedaban dos opciones: o bien recibía a esos chupópteros con pompa y circunstancia, o recogía mis cosas y me iba a hacer sidra a Hampshire.

Y yo odiaba la sidra.

Golpeé el cuaderno con mi pluma, tratando de encontrar una solución mejor, y el ruido hizo que Vanessa se removiera en sueños. Su presencia en mi cama era prueba de que existía una tercera posibilidad: no habría sido muy difícil para un vampiro eliminar limpiamente a un mortal adinerado, y después…

Pero no.

No estaba tan desesperado.

Podía ser un maldito, pero era un caballero, y saldría de esa fosa con mis propias manos. Con mis propias garras, si hacía falta.

Me levanté de la cama, que otra vez había compartido con Vanessa. La besé en la frente, asegurándome de que las marcas de mis colmillos habían quedado borradas. Había sido una noche agradable; nada como la tataranieta de un demonio para olvidarse de la soledad hasta el alba.

Pero esta vez me prometí que sería la última.

Vanessa necesitaba a alguien de su especie; alguien que compartiese sus gustos y sus peculiaridades, y que le ofreciese el felices para siempre que se merecía .

A su edad, no era justo que un cobarde como yo le robase las pocas décadas que le quedaban, haciéndole olvidar cada cita cuando esta llegaba a su fin.

Coloqué las manos sobre sus sienes, y eliminé sus recuerdos de las últimas horas.

No podía borrar más de un día o dos, pero solía ser suficiente para evitar el compromiso.

Por último, le envié un mensaje a Raoul, sabiendo que se presentaría allí en menos de diez minutos para llevarla a su casa.

Vanessa despertaría en su propia cama, creyendo que había cenado sola y el vino la había adormecido.

La vida de un inmortal podía ser larga, pero también era solitaria.

El sonido de nudillos sobre la hoja de la puerta anunció la llegada del chófer. El olor a perro mojado también, de modo que dejé de respirar. Siempre lo hacía en su presencia. De todos modos, en mi caso era opcional.

—¿Señor? —susurró Raoul, con su característica voz ronca—. ¿Está lista la señorita Martínez?

Asentí, sintiendo una punzada de tristeza mientras él la tomaba en brazos, con una delicadeza inesperada para un hombre de sus proporciones.

—Hasta pronto, querida —murmuré mientras desaparecían de mi habitación—. Ha sido un placer, como siempre.

***

El día transcurrió frente al ordenador, esa novedad utilísima de las últimas décadas. Sobre todo, para los que no podíamos salir mucho durante el día, y éramos relativamente insomnes.

Johannes me reenvió un par de solicitudes, que revisé sin mucha esperanza.

En la mayoría de casos, los supuestos fenómenos paranormales tenían una explicación lógica: problemas mentales del dueño de la casa, fallos en la instalación eléctrica o familiares bromistas que cambiaban las cosas de sitio.

En los últimos tiempos había tenido que rechazar la mayoría de casos ubicados fuera de las islas o en las inmediaciones costeras, dado que los clientes se negaban a pagar si el fenómeno no cesaba tras nuestra visita.

Fue triste deshacerme del jet privado, pero lo hice pensando en Emmanuel.

Lo hacía todo pensando en Emmanuel.

Pero de poco me había servido en los últimos ciento cincuenta años.

El teléfono sonó al otro lado de mi escritorio, y estiré el brazo para agarrar el auricular. Me negaba a usar un teléfono móvil cuando estaba en casa, y solo una persona tenía mi número fijo, de modo que ni siquiera tuve que preguntar quién llamaba.

—Johannes —lo saludé, escrutando a través de las persianas cerradas, que oscurecían la habitación por completo hasta la puesta de sol.

—Theodore, ¿has visto lo que acabo de enviarte?

—¿Lo de la mujer que oye ruidos raros en el techo? —Bufé—. Ratones. Siempre son ratones. No pienso enviar al equipo a un pueblo perdido de Mérida solo para algo que puede hacer un exterminador de plagas…

—¡No, no! Me refería al de Formentera. ¿En serio no lo has visto?

Hice memoria. No lo recordaba. Con un par de clics accedí a la bandeja de entrada, y entonces lo vi: un mensaje nuevo de Johannes, con el asunto HOTEL DEL MAR en letras mayúsculas, seguido de varios signos de exclamación.

—“Puertas que se cierran solas…” —leí en voz alta—. Bien. ¿Se han asegurado de que no es la corriente? Las ventanas viejas…

—No es la corriente, Teddy. Le hice una entrevista exhaustiva a los empleados.

Esta alimaña lanza cosas… ¿y has leído lo de las voces?

Los amenazan de muerte. ¡Un fantasma cabreado, Theodore!

Estoy seguro de que este es auténtico. Lo de las puertas podría pasar, pero la corriente no suele decirte que va a degollarte, ¿no crees?

Me mordí el labio, pensativo. Formentera . En menos de dos horas podríamos estar allí, con un poco de suerte. Era un caso ideal, y probablemente un dinero fácil.

—Vamos, Teddy, no seas quisquilloso. Desempolva ese yate que tienes en el puerto, se te va a oxidar. La dueña es una viuda rica… una belga que vive fuera, ¿qué más quieres? Esas son las mejores. Siempre pagan.

Suspiré. Pepito Grillo volvía a la carga.

—Nos pasaremos a echar un vistazo. ¿Sabes algo de los Grimmbauer? —pregunté, abriendo mi calendario en otra pestaña del buscador.

—En principio, la visita sigue en pie como la acordamos —respondió Johannes con cautela, sabiendo que aquel apellido germánico me provocaba urticaria—. Reiner te llamará para…

El teléfono móvil vibró, y el apellido Grimmbauer apareció en la pantalla, como un buitre oliendo la carroña.

—Hablando del Rey de la Baja Sajonia… —dije antes de descolgar—. Johannes, tengo que dejarte. Me llama mi mejor amigo.