10
Iris
Teo se detuvo a hablar con dos mujeres con vestidos estrambóticos que acababan de entrar, y yo me encaminé a la barra en busca de Selena, que tenía las mejillas perladas de sudor mientras discutía en español con Garrett, el cocinero.
Garrett era medio español, medio australiano, y se dedicaba a preparar tapas y bocadillos hasta que la cocina cerraba a medianoche.
Como yo no dominaba la lengua, mi mente comenzó a divagar mientras esperaba a que terminasen su discusión.
Entretanto, mi mirada se desvió hacia Teo, que sonreía a las dos recién llegadas con la cabeza ladeada, fingiendo gran interés en lo que decían.
Una de ellas lucía una melena oscura tan larga, y con destellos plateados, que me hizo dudar que fuera humana.
Coqueteaba abiertamente con él, toqueteándole el brazo y riéndose de todo lo que él decía como si fuera el hombre más divertido del planeta.
Sentí un rechazo inexplicable hacia ambas mujeres y, si no hubiera sido completamente imposible porque Theodore era un maldito creído chupasangre, habría jurado que sentí una punzada de celos al mirarlos.
Selena me puso a trabajar tomando pedidos.
Mientras tanto, observé a Teo abandonar el bar solo y perderse en la oscuridad.
Controlando que Oksana y Naomi no me viesen, lo seguí a hurtadillas para ver a dónde iba.
Poco después, un cuervo negro salió volando de entre los arbustos del paseo.
El pájaro pasó volando como un rayo por encima de mi cabeza, en dirección al mar.
Adiviné de inmediato lo que Teo había hecho: conocía muy bien las habilidades de transformación de los inmortales, y cómo podían volar transformados en cuervo para llegar rápidamente a los sitios, incluso burlando la luz del día.
La única excepción a esta regla era mi madre, cuyas habilidades eran distintas a las de todos los demás. Pero de poco le servían ahora que vivía encerrada en su castillo como un ermitaño.
Pensar en mi madre me hizo sentir súbitamente melancólica. Miré el teléfono y comprobé cuándo me había escrito por última vez: habían pasado ya dos meses desde su último mensaje.
«Me recuerdas demasiado a tu hermana», era siempre su excusa cuando le preguntaba por qué tardaba tanto en contestarme.
Pero, si quería tanto a Katie y yo le recordaba a ella, ¿por qué me había abandonado también a mí?
Me resultaba incomprensible que el duelo por una hija la llevase a olvidar que aún le quedaba otra.
—¿ Hello? —Naomi me llamó, agitando un paño de colores en el aire—. ¡Tierra llamando a Iris! ¿Tú ves alguna mesa entre los hibiscos? ¡Porque yo no veo ninguna!
—¡Perdona! —respondí, corriendo de vuelta a la terraza—. Me pareció ver… —Me esforcé por buscar una excusa, y de pronto me acordé del gato raro que había visto el día de mi llegada—. Me pareció ver un gato… eh… un gato verde.
Oksana y Naomi se miraron con extrañeza, olvidando mi desliz.
—¿Ha vuelto Mina? —preguntó Naomi a su compañera.
Esta sacudió la cabeza con el labio torcido.
—No, que yo sepa.
—Qué raro… ¿Qué hará Luminix solo por el paseo? Mina nunca lo dejaría desatendido…
Yo me encogí de hombros, fingiendo inocencia, y me escurrí en la cocina detrás de Selena. Esta sonrió al verme, y me tendió un trozo de sepia a la plancha que acababa de robarle a Garrett.
—¿Quieres? —me dijo, sonriéndole al cocinero.
Este sacudió el dedo índice en el aire, fingiendo reprenderla, y se agachó a abrir una pequeña nevera de acero cerrada con llave bajo el mostrador.
En su interior divisé varias filas de botellas de cristal llenas de un oscuro líquido rojizo, cuyo contenido preferí no preguntar.
—No, gracias… —contesté, dando un paso atrás.
—Bueno. Pues más para mí —replicó Selena, tragándose ambos trozos de sepia de golpe.
Oksana la llamó a gritos desde fuera y Selena movió los labios en silencio, repitiendo las palabras de la rubia mientras imitaba sus gestos.
—En fin… Nos vemos luego —dijo resignada, agarrando la botella rojiza que le tendía Garrett y escondiéndola bajo el delantal—. Búscame si necesitas ayuda con cualquier cosa.
Le hice un gesto con la mano mientras salía a entregar la bebida. Sin duda, era para algún chupasangre sediento. Un segundo después, Naomi vino a buscarme, quejándose de que la habían dejado sola y no quedaban vasos limpios.
Tras una hora y media de trabajo continuo mi estómago rugía tan fuerte que me arrepentí de no haber aceptado la comida que Selena me ofrecía.
El bar estaba cada vez más lleno, y llegó un momento en que se formaron varios grupos de gente esperando en la puerta, acechando por si se liberaban las mesas junto a la arena, que eran las más demandadas.
Naomi me vio parada y se me acercó. Temí que tuviera más copas para fregar y pensé en escabullirme, pero fue más rápida que yo.
Me alcanzó antes de que pudiera escaparme y se plantó frente a mí con los brazos en las caderas.
Al mirarla me sorprendí, porque en su rostro no había crítica alguna: solo una enorme sonrisa que parecía de admiración.
—Estás haciendo un buen trabajo, novata —me dijo, apoyando su bandeja redonda en la barra.
Se dejó caer en un taburete con un fuerte suspiro, y le hizo un gesto a Oksana, quien dejó una jarra de agua y dos vasos sin siquiera detenerse—.
Anda, siéntate conmigo un momento. Creo que nos hemos ganado un descanso, ¿no te parece?
Naomi movió los dedos en el aire y ambos vasos salieron disparados hacia ella, propulsados por una fuerza invisible desde una distancia de medio metro. Me quedé mirando el espectáculo, boquiabierta. Estaba demasiado exhausta para declinar su oferta de hacer una pausa.
Tomé asiento en el taburete junto al suyo y cogí uno de los vasos, no sin antes asegurarme de que había dejado de moverse.
—Esa cadena que llevas al cuello es bastante… particular —comentó Naomi mientras exprimía medio limón dentro de su agua—. Está embrujada, ¿no? O al menos lo estuvo una vez.
Froté las escamas de serpiente de la cadena entre las puntas de los dedos y me encogí de hombros.
—¿Tú crees? No estoy segura. Era de mi hermana.
—Sin duda, y además la energía que emite no es demasiado agradable. ¿En serio no la notas?
Pensé en Héctor, el vampiro que se la había regalado a Katie. Viniendo de alguien así, era más que probable que esa joya estuviera más maldita que la Ouija de la madrastra de Blancanieves.
—Yo sería incapaz de llevar algo así —comentó Naomi con voz sorprendentemente cálida—. Solo se me ocurre un motivo por el que alguien lo haría… ¿voy bien encaminada?
Y yo que pensaba que era la mejor médium de la agencia.
—Lo siento. No me gusta hablar de eso —respondí removiéndome en el taburete.
Hice girar el vaso, y los cubitos de hielo bailaron en círculos, cada vez más rápido.
Naomi extendió el dedo índice y los cubitos se detuvieron en seco. Alcé la mirada y encontré unos ojos enormes y oscuros que me miraban con dulzura; mucha más de la que había demostrado hasta ese momento.
—No te preocupes, no eres la única. Pero te diré una cosa…
aunque ahora tengas dudas, has venido al lugar adecuado.
Toda la gente que ves aquí guarda algún secreto.
—Alargó el brazo e hizo un gesto, abarcando todas las mesas del local— La gente viene al Serenata a pasarlo bien…
y a olvidar. ¿Has hablado con Mina? ¿Con Selena?
Con Oksana ya imagino que no, pero… ¿sabes por qué están todas ellas aquí?
Sacudí la cabeza, un poco intrigada por escuchar aquella historia.
—Como comprenderás, no puedo contarte sus secretos, pero ya te lo irán diciendo ellas mismas. Yo misma encontré a Teo en el momento más bajo de mi vida. Mi familia quería obligarme a casarme con un primo lejano. ¿Te imaginas? ¡Un matrimonio concertado, a nuestra edad, y en el siglo veintiuno!
—Lo siento —musité, tomando un sorbo de agua helada—. Debió ser horrible que tu propia familia te hiciera algo así.
—No hace falta que lo sientas. Eso es agua pasada. Solo intento decirte que aquí no eres la única que trae equipaje a cuestas. Creo que te acostumbrarás y acabará gustándote. Somos como una gran familia.
—Puede ser… —dije, poco convencida—. Llegué aquí por casualidad, pero no sé si es el sitio donde debería estar. El tiempo lo dirá, supongo.
Naomi sonrió con una pizca de sarcasmo.
—Nada ocurre por casualidad. Y menos aún, cuando eres bruja.
Guardé silencio y asentí, pensativa.
Justo en ese momento hizo su entrada en el bar un hombre en la treintena, de rasgos mediterráneos.
Tenía el pelo recio y oscuro, peinado con raya al lado.
Su tez morena delataba muchas horas al sol, y la camisa medio desabrochada dejaba ver el pecho bien esculpido típico de los buenos nadadores.
Muchas mujeres lo miraron, pero él fue directamente a pedirle algo a Selena, sin fijarse en ninguna de ellas.
—Anda. El que faltaba —dijo Naomi, sacudiendo la cabeza y levantándose del taburete.
—¿Quién es? —pregunté, apurando el resto del agua antes de seguirla—. Ese no tiene pinta de chupasangre —observé, comparando mentalmente la tez tostada del extraño con la palidez casi violácea de Teo.
—Ah, no, qué va. Ese es Yannis Katsaros, El Griego . Viene casi todas las noches. No es mala persona, pero está un poco trastornado. Antes era de la guardia costera, pero ahora tiene un barco de turistas.
Se agachó para sacar más hielo del congelador, y yo me agaché un poco junto a ella, para poder escuchar mejor lo que decía.
—Bebe demasiado —continuó—, como muchos por aquí.
Si notas que empieza a decir tonterías, haz como que te olvidas de su pedido, o ponle menos alcohol sin que se dé cuenta.
—Debió de notar mi gesto escéptico, porque añadió—: Lo hacemos por su bien, porque si no, hay días que ni siquiera se acuerda de cómo volver a casa.
Por cierto, su dirección está al lado de la caja, por si hay que llamarle un taxi.
Vaya perla, pensé.
Mientras tanto, Selena recibió al griego y lo llevó hasta la mesa oculta tras las palmeras, la misma en la que Teo me había entrevistado el primer día.
Llevaba toda la noche reservada. Observé que no intercambiaron palabra alguna: el hombre se sentó, ella le preguntó algo y él asintió con la cabeza.
Después Selena desapareció en la cocina, y el recién llegado se quedó solo, mirando al mar con los ojos perdidos.
—Venga, a trabajar —me dijo Naomi, repasando algo en una libreta—. Que estas mesas no se van a servir solas.
Asentí y me di la vuelta. Al hacerlo me encontré al griego, mirándome fijamente desde la distancia, con una expresión inescrutable.
Me sentí un poco incómoda y bajé la vista, pero él no dejó de observarme.
Armándome de valor, volví a mirarlo, y esta vez atisbé una profunda tristeza en sus ojos, unida a un fuerte magnetismo que me impedía apartar mi atención de aquel atractivo desconocido.
—¡Despierta! —dijo Naomi, pasando la palma de la mano por delante de mi cara—. ¿Has visto un fantasma o qué?
—Casi —respondí con un suspiro, sacudiendo la cabeza. Ella suspiró e hizo ademán de marcharse, pero yo la detuve—. Naomi, espera, ese tal Yannis… ¿sabes si alguna vez perdió a alguien… antes de empezar a beber tanto? ¿Quizás una novia? ¿Una hermana?
Naomi frunció el rostro, reflexiva.
—Nah. No sé. Es un tío raro, ya te lo he dicho. Intento evitarlo. Ya te dijo Selena que cuanto menos hables con los clientes, mejor. La única que hablaba con él era Desirée. Se hicieron buenos amigos, y mira cómo acabó la pobre chica…
Quise preguntarle más acerca de Desirée, pero Oksana se interpuso entre nosotras, me agarró del brazo y me arrastró al almacén.
—Hay que cambiar el barril de la cerveza —me dijo, marcando las erres—. Yo sola no puedo. Venga, novata. Dale a esos bíceps, que te veo muy flaca.
Entre las dos nos esforzamos por mover el pesado barril a empujones, haciéndolo rodar sobre sí mismo.
Era un proceso lento y bastante fatigoso, en particular, porque ninguna de las dos era demasiado corpulenta.
De pronto, el barril se puso a flotar a un centímetro del suelo, y Oksana soltó un juramento en ruso.
Se incorporó y señaló a Naomi, entrecerrando los ojos.
Esta le sonrió desde lejos, divertida por su enfado.
—No debería gastar su energía en estas tonterías…—masculló Oksana en voz baja. Luego se giró hacia mí y me hizo un gesto para que me apartase—. Venga, venga, circula. Estás obstruyendo el paso.
Me aparté y me apoyé en la pared un momento. Desde allí pude espiar discretamente a Yannis Katsaros, con su perfil moreno y afilado destacando entre el de los demás clientes. Esta vez él no me vio, demasiado absorto en su vaso de vodka.
Yannis el Griego, confidente de la desaparecida Desirée Durand , pensé mientras recuperaba el aliento. Un hombre con aspecto de haber perdido algo, o a alguien, muy valioso . Tanto como para mirar al mundo con aquella angustia inconfundible, con la que me sentí horrorosamente identificada.
¿Cuál sería su secreto?
Yo aún no lo sabía, pero una cosa estaba clara: no me iría de Ibiza sin averiguarlo.