9 #2
Alguien me tocó el hombro por detrás, y del susto di un brinco. Estaba tan absorta en la discusión que había comenzado a caminar de forma automática y me había olvidado de dónde estaba.
Me di la vuelta, con el corazón a mil por hora, y me encontré frente al mismísimo Theodore, que sujetaba su teléfono junto a la oreja con una sonrisa irónica.
—¡Qué encantadora coincidencia! —exclamó, guardándose el aparato en el bolsillo con una floritura.
En mi auricular escuché el tono intermitente de llamada terminada. Me quedé mirando la pantalla un instante, totalmente desubicada. ¿Qué narices hacía Teo ahí? Por la forma en que sonreía, como el gato de Cheshire, debía de hacer un buen rato que me había visto.
Tomé aire y me esforcé por recobrar la compostura, aunque no era fácil porque todavía sentía latir el punto exacto donde su mano había rozado mi hombro. El sobresalto había hecho que sus dedos quedaran grabados en mi piel a través del fino material del minúsculo top que llevaba puesto.
—No esperaba verte aquí —dije, confundida, mientras me frotaba el frío rastro dejado por su mano sobre mi espalda.
—Ya sé que suena sorprendente, pero el dueño del negocio a veces se pasa por el local a ver cómo va todo…
—Me lanzó una mirada sexi a propósito, a la que yo respondí con un ceño fruncido—.
Y claro, también para dialogar y resolver cualquier cuestión que incomode a mis empleadas.
Por ejemplo, hoy me llamó una porque sentía cierta…
aversión… —Sonrió, y sus colmillos relucieron por un instante bajo la luna—, aversión al ectoplasma.
—¡ Eso no era ectoplasma! —exploté, fulminándolo con la mirada—. Me engañaste. Nada de esto es lo que decía el anuncio.
Teo me miró a través de sus largas pestañas doradas, y esta vez su sorpresa pareció totalmente genuina.
—¿Te engañé? ¿Acaso no lo ponía en las condiciones de nuestro contrato? ¿De verdad te lo has leído?
Maldita sea. No, claro que no lo había leído. Oksana me lo había impedido en el momento de dármelo, y después lo olvidé en el almacén, junto con el resto de mis cosas.
—No… no me ha dado tiempo.
—Pero sí que te dio tiempo a llamar al Hotel Azure Oasis de Playa d’en Bossa, ¿no? Dicen mis contactos que fuiste muy insistente y que exigías una lista de los que trabajaron allí en el mes de agosto, hace cinco años…
El rubor me subió a las mejillas, y me pregunté cuántos tonos de rojo podía ver un vampiro en la oscuridad. A juzgar por su sonrisa satisfecha, muchos.
—¿De verdad pensabas que te darían ese tipo de información confidencial por teléfono? —dijo, y chasqueó la lengua.
Se irguió, por si no era ya bastante alto, y me miró desde arriba con las cejas enarcadas. Si no hubiera sido tan detestable, habría tenido que admitir que mi jefe tenía buena planta, y le quedaban muy bien las camisas.
—¿Cómo sabes todo eso? —pregunté, cruzándome de brazos—. Lo que yo haga en mi tiempo libre es mi problema.
—Querida… —Sacudió la cabeza, como un padre decepcionado ante las travesuras de su hija pequeña—.
Primero: no hay nada que ocurra en esta isla sin que yo lo sepa.
Si alguien está aquí, o bien lo conozco, o conozco a alguien que lo conoce, o sé de alguien que lo ha visto pasar y puede decirme a dónde ha ido.
Y segundo: lo que tú hagas mientras eres mi empleada y vives a mi costa, en un hotel que pago yo, siempre es mi problema.
Guardé silencio, con la mandíbula temblándome de furia reprimida.
—¿Alguna queja más? —preguntó él con calma, batiendo sus pestañas doradas.
—No —gruñí, fantaseando con salir de allí a zancadas y no volver a aparecer por la isla, ni menos aún por su maldito bar.
—Creo que vas a batir el récord de la empleada que menos ha durado en esta agencia —comentó con tono abatido.
—¿Menos aún que Desirée?
Lancé la pregunta a ciegas, pero el proyectil dio en el blanco. Su gesto petulante cambió por completo, y sentí que por fin le había tocado un punto sensible.
—¿Qué sabes tú de Desirée? —siseó, y sus ojos relampaguearon de color verde eléctrico en la oscuridad de la playa.
—No lo suficiente —dije, agachándome para coger una piedra y lanzarla al agua. Se escuchó un chapoteo en la oscuridad y, viendo que no iba a contarme nada por su cuenta, insistí—. ¿Qué fue de ella?
Se apartó de mí, metiendo los dedos pulgares en las trabillas del cinturón mientras se alejaba despacio, con la mirada fija en las puntas de sus elegantes zapatos.
—Eso no es cosa tuya.
—¿La mataron? —insistí, acortando la distancia entre nosotros de nuevo.
Cuanto más evitaba mis preguntas, más sentía yo que la historia de Desirée podría ayudarme a desenterrar el rastro perdido de Katie.
—No vuelvas a decir eso, ¿me oyes? Y menos en un lugar público.
Miró a un lado y a otro, casi con paranoia y me agarró del brazo tan fuerte que me hizo un poco de daño. Al darse cuenta de mi gesto de dolor, su expresión se suavizó, y pensé que estaba a punto de abrazarme.
—¡Por todos los diablos, Iris! Podría oírte alguien. ¿Sabes el lío en el que podrías meternos a todos si vas diciendo esas cosas por ahí?
—No, no lo sé —respondí, esta vez con menor agresividad. A decir verdad, no me había esperado una reacción así. Aquel hombre parecía tenerlo todo bajo control, y jamás habría soñado con encontrar un tema que lo sacara de sus casillas—. No puedo saberlo, porque nadie me lo ha explicado.
—Iris… —Teo exhaló, armándose de paciencia—.
Mira, ya sé que eres nueva. Que acabas de llegar, y tienes muchas preguntas.
Lo entiendo. Pero hablas de cosas que ni siquiera sabes.
Y, además… —Se agachó, y su aliento contra mi mejilla me cortó la respiración por un instante—.
Además, hablas a gritos , lo cual es… —Me miró con altivez—.
…inaceptable. Sé que has vivido entre algodones, que te mezclabas con esas brujas enclenques de Londres, pero no todo el mundo que frecuenta el Serenata es paz y amor como ellas, ¿sabes?
Esto es el mundo real, querida. Aquí hay gente que muerde de verdad…
y ciertas preguntas te pueden salir muy caras.
—No tengo miedo de la gente que muerde —repliqué con mayor firmeza de la que sentía, alejándome de la playa en dirección al Serenata—. He conocido a muchos, y sé cómo tratar con ellos. Y, lo creas o no, a pesar de haber vivido entre algodones , tengo buenas razones para preguntarte por Desirée.
—¿Qué tipo de razones, si no es mucho preguntar?
—¿Quién era Emmanuel, si no es mucho preguntar? —repliqué, desafiándolo con la mirada.
Hizo una leve reverencia con una capa imaginaria.
— Touché , querida.
—Bien —dije, asintiendo—. Solo quiero que me expliques lo que ocurrió con la chica francesa. A cambio, me quedaré el tiempo que haga falta. Serviré a tus malditos chupasangre VIPs hasta que encuentres a una sustituta.
Teo sopesó mi oferta un segundo. Habíamos llegado hasta la terraza, y Oksana lo saludó con la cabeza, ignorando mi presencia por completo.
—Está bien —concedió, dedicándole una sonrisa de embaucador a una clienta que entraba. Luego bajó la voz y añadió—: Pero no es algo que podamos hablar aquí, entre toda esta gente. Hablemos en privado mañana. Te veré cuando se vayan las otras.
Asentí, apretando los dientes con fuerza. Al hacerlo, la cadena de plata de Katie se balanceó y pareció calentarse. La aparté un poco de mi cuello, incómoda.
—Está bien —contesté mientras Teo desaparecía entre las mesas—. Hasta mañana.