7
Iris
Estaba claro que Theodore d’Alessandro me ocultaba algo, y ni siquiera necesitaba ser bruja o poseer los poderes telepáticos de Oksana para adivinarlo.
Cuando Teo se marchó del bar, intenté hablar con Mina. Al llegar me había prometido compartir algún que otro secreto relacionado con mi nuevo jefe, pero al final no lo había hecho: había estado demasiado ocupada tomando pedidos y sirviendo copas a los clientes.
―¿Tienes un momento para hablar? ―le pregunté con avidez, estirándole de la cortísima camiseta para que me hiciera caso.
—Uff… ¿es urgente? —me preguntó sin detenerse, repartiendo cubatas a diestro y siniestro.
—Bueno, urgente, urgente… tampoco…
—¿Te ha contratado? —dijo por encima del hombro, corriendo con varios vasos vacíos hacia la barra.
—Creo que sí. Empiezo el lunes. Por eso quería hablar contigo…
—Vale. ¿Por qué no vuelves el lunes antes de abrir y hablamos con tranquilidad?
Los viernes por la noche esto se pone a tope…
ya lo ves. —Hizo un gesto, abarcando las mesas llenas con el brazo, y una gaviota planeó sobre su cabeza con un graznido protector—.
Y mañana sábado va a estar igual. Sí: ven el lunes. Será lo mejor.
Desapareció en el almacén; mientras tanto, tres gaviotas se sentaron sobre el alero a esperarla, montando guardia en su ausencia.
Oksana me lanzó una mirada gélida desde la distancia, dejando claro que no tenía la más mínima intención de ayudarme.
Consulté mis mensajes y, tal y como Teo me había prometido, encontré entre ellos uno de su secretario, que contenía la ubicación de mi alojamiento para las próximas noches. Me habían reservado una habitación en un enorme complejo hotelero con piscina, con aspecto anticuado de estilo años noventa.
Estaba cerca, así que fui paseando hasta allí con mi maleta. Pedí la llave en recepción y subí a dejar el equipaje. La habitación se veía un poco anticuada, pero no vi pulgas ni chinches, y el balcón tenía vistas del mar a lo lejos, tras varias filas de edificios similares.
Esa noche hablé un rato por teléfono con Arianna, que había empezado a vaciar la librería para poder marcharse a Nueva Zelanda cuanto antes.
—¿Qué tal tu empleo súper secreto? —me preguntó, casi chillando de emoción.
—Ah… bueno, empiezo la semana que viene…
—¿Tan pronto? ¡Madre mía! ¡Promete que me lo contarás todo!
—Claro… por supuesto.
—¿Te vas de fiesta esta noche? ¡I-bi-zaa! —canturreó.
—Eh… bueno, no sé… a lo mejor salgo un rato después de cenar…
Lancé una mirada furtiva a mi libro, cerrado sobre la mesilla de noche.
—No me digas que estás pensando quedarte en la habitación leyendo —gritó Arianna, leyendo mis pensamientos —. ¡Ni se te ocurra! ¡Seguro que hay algún guaperas ahí fuera esperándote!
Solté una risita forzada y colgué tras prometerle que saldría, aunque fuera solo a la cafetería del hotel.
Sin embargo, no lo hice. La música, el ruido, la gente… todo en aquel lugar me transportaba de vuelta a la noche en que había perdido a mi hermana.
No me sentía preparada para afrontar la vida nocturna en solitario. Al menos todavía no.
Me acosté pronto y me dormí inmediatamente, hasta que me despertaron unos ruidos extraños al otro lado del tabique.
Cerré los ojos y me pareció oír la voz de Teo, llamándome. Su voz sonaba suave y sensual, muy diferente del tono distante que había empleado durante nuestra entrevista.
—Te necesito, Iris —murmuró.
Extendí el brazo en la oscuridad y, al hacerlo, sentí la firmeza de su pecho esculpido. Estaba tendido junto a mí, en la cama del hotel.
—Esto es un sueño —repliqué—. No es real.
—Encuentra a Emmanuel, Iris. Te mentí… te necesito —repitió la voz en la penumbra.
—¿Por qué me mentiste? —pregunté, sintiendo una inevitable languidez que me atraía él como un imán.
—Porque hay cosas que no deberías saber… porque sería peligroso que las supieras…
Las persianas estaban bajadas, y en el dormitorio reinaba la oscuridad más completa.
Sentí que unas manos me recorrían, acariciándome, comenzando por el cuello y bajando hasta mi cintura.
Después sus brazos me rodearon. Sentí su respiración entrecortada contra mi mejilla, y su pelvis contra mis muslos.
Me retorcí bajo el peso del extraño, sorprendida, pero a la vez disfrutando de aquel inesperado encuentro en la oscuridad.
Entreabrí los labios, dispuesta a recibir sus besos, pero en ese mismo instante una puerta se cerró bruscamente fuera de la habitación, en el pasillo, y la voz de una mujer gritó en mi cabeza: «Aléjate de él, o te arrepentirás. »
Desperté de golpe. Me incorporé en la cama y encendí la luz, con el corazón acelerado.
Lo revisé todo, pero no había nadie más en la habitación.
Sin embargo, no recordaba haber dejado la ventana abierta de par en par, con las cortinas ondeando.
Seguramente, la tela me había rozado mientras dormía, creando aquellas inesperadas fantasías, nada menos que con mi futuro jefe…
¿cómo podía haber soñado algo así? ¿Cómo había podido mi cerebro traicionarme de aquella manera, haciéndome soñar con un vampiro, después de lo que le pasó a Katie? Sentí un escalofrío solo con pensarlo.
Cerré la ventana y volví a dormirme, no sin antes asegurarme de que el cerrojo estaba echado y las cortinas corridas.
***
Al día siguiente, tras el desayuno, me fui a la playa, dispuesta a recargar mis baterías solares, sedientas de esa luz radiante que tanto escaseaba en Londres.
Acomodada en una tumbona, saqué mi cuaderno y, por enésima vez, traté de reconstruir lo ocurrido cinco años atrás, durante mi visita a Ibiza con mi hermana.
Llamé al Hotel Azure Oasis de Playa d’en Bossa, el mismo en el que nos alojamos durante aquel fatídico verano.
Pedí que me pasaran a la directora; quería concertar una visita para discutir qué más se podía hacer.
Me dijeron que la directora estaba ausente; aunque me sonó a excusa, la recepcionista se mostró impasible y no hubo manera de convencerla.
Seguramente, lo único que podía hacer era alquilar un coche y presentarme allí en persona algún día entre semana.
El siguiente punto de mi lista era Shihan.
Necesitaba hablar con su madre y preguntarle, con la mayor delicadeza posible, si existía la posibilidad de que su hija hubiera entablado amistad con algún vampiro antes de desaparecer. Todavía no había decidido cómo hacerlo, pero me dije que ya pensaría algo sobre la marcha.
Llamé y, en vez de la madre, contestó al teléfono una voz de hombre. Conjeturé que debía de ser John, el padrastro de Shihan.
—Jingxiao no está. ¿Y usted quién es? —me preguntó el hombre, con tono malhumorado.
Al fondo se escuchaba un partido de fútbol, posible causa de su impaciencia.
—Soy… —dudé. ¿Era buena idea contarle que su mujer había acudido a una vidente? Algo en mi fuero interno me dijo que no—. Soy… era… una amiga de Shihan. Íbamos juntas a clase. Quería hablar con su madre.
—Shihan está muerta —me espetó el hombre con voz cortante—. Dejad en paz a mi esposa. Ya le cuesta bastante pasar página.
—Pero… pero hay algo importante que necesito preguntarle… si pudiera decirle que me llamase…
—No vuelvas a llamar, ¿me oyes? —gritó.
Y después me colgó sin más miramientos.