6 #2
―¿Con un qué ? ―pregunté, desafiante.
―Sabe a lo que me refiero. No es usted el primero con el que me encuentro.
Sonreí.
Dos puntos más para la bruja.
―Noto un cierto especismo en tu voz, pero no te lo tendré en cuenta… de momento. ¿Sabes? Creo que me caes bien. Pero deja de hablarme con tanta formalidad. Esto es una empresa familiar. ―Me giré hacia Oksana―. ¿Le has servido algo a la nueva, querida?
Obviamente, no lo había hecho. Oksana era eficiente, pero no particularmente amable.
Para amabilidad ya tenía a Mina, o a Selena.
Además, Oksana nunca habría gastado el presupuesto del bar sin mi permiso.
Me miró con mala cara, y eso la hizo parecer incluso más bonita.
Con un bufido, le lanzó el menú a la recién llegada y se fue a servir otra mesa.
―Ven ―le dije a la nueva―, acompáñame ahí.
Le señalé la mesa de los tortolitos : estaba apartada de las demás, y semioculta por tiestos repletos de palmeras en miniatura.
Iris me estudió con desconfianza, como si no se atreviera a sentarse a solas conmigo.
―¿Me tienes miedo? ―pregunté divertido.
―No. Miedo, no. Pero, ¿cómo sé que puedo fiarme de ti? ―murmuró entre dientes.
La pregunta me dio risa. Estábamos rodeados de gente. ¿De verdad pensaba que iba a morderle delante de treinta personas?
―No puedes saberlo ―respondí con calma―. Pero tendrás que decidir si quieres hacerlo, y rápido, porque tengo hambre y no pienso dedicar más de diez minutos a esta entrevista. A no ser que desees ser mi cena, pero…
Ni siquiera contestó. Frunció el ceño, y no necesité ser Oksana para leer en su mente un profundo desdén por la raza vampírica.
Señaló el cóctel sin alcohol Virgin Mary, alias Número 3 – La Emperatriz, en la carta.
Después se la lanzó de vuelta a Oksana y marchó hacia la mesa a grandes zancadas, casi hombrunas.
Caminé tras ella, inhalando su aroma inconfundible a bruja. Su olor era más suave de lo habitual, casi dulce. Quizás no fuera una bruja de sangre pura. ¿Una semibruja? Advertí que tenía una bonita figura, aunque aquellos pantalones anchos la escondían demasiado bien. Un diamante en bruto.
―Así que es usted el famoso señor d’Alessandro ―me espetó, claramente decepcionada, mientras tomaba asiento con la espalda contra la pared de tablas de madera―. Pues llega usted tres horas tarde, señor.
Asentí despacio, ignorando el último comentario. Este diamante iba a necesitar muchas horas de pulido. Con una pulidora láser.
―Bienvenida al Serenata Nocturna, Iris . ¿Te gusta el local? ―le pregunté, señalando las pequeñas luces en forma de estrellas que adornaban las hojas de palma de la entrada.
―No entiendo la pregunta ―respondió sin molestarse en mirar―. ¿Qué más da si me gusta o no? Estoy aquí por la entrevista de trabajo. Y, la verdad, yo también tengo ya bastante hambre.
Por Zeus, era dura de roer.
―Por supuesto. Pero debes saber que todos mis empleados tienen que superar primero una prueba de nivel. ¿Te sientes preparada para hacerla ahora, o estás demasiado cansada?
Me sostuvo la mirada, desafiante.
―Ahora. De todos modos, estoy empezando a tener dudas sobre su… agencia .
―Está bien. ―Yo también comenzaba a albergar dudas sobre muchas de mis decisiones vitales―. Necesito que conectes con alguien. Alguien que falleció hace mucho tiempo. Si bien entiendo, tienes el don.
Tragó saliva, delatando cierta inseguridad. Me pregunté si sería otra impostora. Nueve de cada diez mujeres que se presentaban buscando trabajo en la agencia eran unas embusteras.
―Claro. ¿Cómo se llama el difunto?
―Emmanuel ―dije escuetamente.
―¿Apellido?
―Confidencial. No puedo compartir esa información. Tendrás que trabajar solo con eso.
―¿Te das cuenta de que hay millones de fallecidos en el mundo llamados Emmanuel? No puedo contactar con alguien sabiendo solo el nombre de pila. Normalmente la gente me entrega una foto, por lo menos.
―No tengo fotografías, pero puedo dejarte algo suyo. Un objeto muy querido para él.
Rebusqué en el bolsillo y le tendí el reloj de cadena de Emmanuel. Ella lo tomó con sumo cuidado. Cuando cayó entre sus dedos, se estremeció un poco, pero no dijo nada.
―Espera un momento ―dijo, depositando el reloj sobre la mesa con sumo cuidado―. Necesito una vela. Puede que tenga alguna en mi maleta. La he dejado en el almacén. Vuelvo enseguida.
Se levantó y se dio la vuelta. La observé alejarse, admirando el balanceo de sus cabellos claros y ondulados y la estela de suave perfume a champú que dejaban tras de sí.
Mientras la esperaba, acaricié el reloj con nostalgia, y los recuerdos de Emmanuel me inundaron como una avalancha.
Lo solté de golpe; era lo último que me faltaba esa noche.
La joven no tardó en regresar, con una ridícula vela diminuta, de las que usaban las chicas cuando algún cliente cumplía años.
―Es lo mejor que he encontrado, pero creo que servirá.
Volvió a sentarse y cerró los ojos. Encendió la vela y respiró hondo un par de veces, mientras sujetaba el reloj entre las manos. Poco a poco, su respiración se fue haciendo más rápida y su rostro pecoso se tornó pálido.
Murmuró algo, que sonó como una invocación. Después de unos segundos, soltó el reloj con cierta aprensión y lo dejó caer en la palma de mi mano como si le quemase.
―¿Y bien? ―pregunté con curiosidad, limpiando sus huellas con un pañuelo.
Ninguna de las brujas del Serenata Nocturna había sido capaz de desvelar el misterio de Emmanuel, y menos aún en su primera sesión. Dudaba que esta fuera diferente, y no esperaba mucho de ella.
―Asesinado. Murió asesinado ―dictaminó―. En un bosque, creo. Es todo lo que puedo decir.
La miré. Había esperado más. Muchas decían asesinado , pero eso era lo que uno esperaba normalmente de un objeto encantado. Lo del bosque… bueno. Era verdad, sí, pero no hacía falta mucha fantasía para eso. Un bosque era un buen lugar para un asesinato: discreto, aislado, oscuro…
―¿Eso es todo?
Se encogió de hombros.
―Es lo que veo. Si no te gusta, lo entiendo. No siempre recibo los mensajes que mis clientes buscan. No tengo control sobre ello.
La miré, pensativo. A lo mejor sí tenía algún talento, pero desde luego le faltaba entrenar bastante.
Pero el local estaba muy lleno, el verano estaba a la vuelta de la esquina y mis chicas necesitaban desesperadamente a alguien que les echara una mano fregando platos…
y limpiando vómito de borracho de los retretes.
―Está bien. El trabajo es tuyo. Empiezas el lunes.
―¿En serio? ―dijo, dando un respingo de sorpresa―. Pero si ni siquiera hemos discutido mis obligaciones…
―Le dejaré tu contrato a Mina. No puedo quedarme más, tengo otra reunión. Te daremos un uniforme… necesitas algo un poco más alegre. Te veo la semana que viene.
―Pero, un momento… necesito más información…
―Todo irá de maravilla, querida, no te preocupes. Ven el lunes por la noche. Ahora tengo que irme. Te mandaré la dirección de tu alojamiento por Whatsapp… Johannes te ha buscado algo cerca de aquí. Hasta entonces, ¡disfruta de la isla! Encantado, Iris.
Me levanté, pensando si decirle a Johannes que dejase los anuncios un par de semanas más. Quizás encontrásemos alguna bruja un poco mejor dotada.
Estaba a punto de marcharme cuando sentí la mano de la joven en mi hombro.
―¡Espera! Hay algo más. Acaba de llegarme otra visión.
Se oyen gritos. Gritos de dos hombres. Uno mayor, el otro es más joven.
Están buscando algo… Hacen una especie de agujero en el suelo…
¿Con una pala? El joven cae dentro y muere.
El otro… no sé. Muere también. Su corazón se para.
Pero hay alguien más… Después, el mayor vuelve a gritar.
Había muerto, pero… aun así, tras un rato, grita.
La miré, sintiendo que el universo entero se detenía. Llevaba desde 1878 tratando de descifrar lo ocurrido aquella noche, y ella acababa de describirlo.
―Interesante… ―acerté a decir, en mi repentino estupor―. ¿Algo más?
―Sí ―dijo con total seguridad―. Ese hombre era tu hermano, ¿verdad?
Tragué saliva y guardé silencio durante unos instantes, tratando de poner en orden mis pensamientos, que corrían desbocados. La brisa marina hizo susurrar las hojas de las palmeras, como si el tiempo se hubiera detenido solo para nosotros.
Cuando respondí, lo hice apenas sin mover los labios.
―No. Te equivocas ―fue todo lo que pude decir, mientras me levantaba y daba por terminada nuestra reunión―. Yo nunca tuve un hermano.