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Teo
Cuando el teléfono sonó y Johannes me explicó su plan, no pude creer que me lo estuviera proponiendo en serio.
―Odio a los Grimmbauer, y lo sabes ―fue mi única respuesta.
Me aclaré la garganta, notando que mi voz había sonado más a gruñido que a conversación entre caballeros, a pesar de mis continuados esfuerzos por no rugir en voz alta.
―Theodore. Piénsalo ―insistió Johannes con absoluta tranquilidad.
Me sentí sumamente tentado de lanzar el teléfono contra la pared, pero no lo hice, porque llevaba ya cinco aparatos rotos en ese año, y las finanzas de la agencia iban de mal en peor.
Dos iPhones en el fondo del mar; dos estrellados contra muros varios y el quinto contra la cabeza de Orson Jenkins, aunque ese había valido la pena: se lo había merecido por intentar morder a una de mis camareras.
―Vamos, Theodore, no seas tan quisquilloso ―insistió Johannes al otro lado, con aquella maldita voz conciliadora que tanto me irritaba―. ¿Has visto cómo están las cuentas? O esto, o empiezas a plantearte cancelar esa estúpida búsqueda suicida de…
―Ni lo menciones ―lo interrumpí, paseando de un lado a otro por la sala de música―. No. Claro que continuaré, pero no quiero meter a esas sanguijuelas en esto. Creo que estamos a punto de dar en el clavo, Johannes… Lo presiento. Es solo que hay algo que se nos escapa, algo que…
―Llevas ciento treinta años diciendo eso, ¿te das cuenta? Y, de momento, has gastado exactamente… ¿en qué divisa quieres los informes? Si te parece bien en francos suizos, durante el último ejercicio las pérdidas han sido de…
Johannes siguió hablando, pero yo ya no lo escuchaba. Mi mente siempre empezaba a divagar cuando se ponía a hablar de números.
Bla, bla, bla… Su voz se convirtió en un murmullo distante, mezclado con el canto nocturno de los grillos.
A decir verdad, su cara siempre me había recordado un poco a la de un grillo.
Pensándolo bien, no solo su cara: tenía un alarmante parentesco con el grillo parlante de Pinocho: la levita, las extremidades largas y verdosas, y sobre todo esa desagradable costumbre de ser la voz de mi conciencia.
―¿Y bien? ―repitió Johannes, con su característico tono paciente.
―Esos dos son la mismísima escoria de la tierra ―le espeté, apoyándome adrede sobre el piano para crear un efecto tétrico de fondo.
Johannes calló, sabiendo que era verdad.
Miré por la ventana, esperando a ver qué nueva excusa se le ocurría para convencerme.
Los farolillos solares brillaban como luciérnagas en puntos estratégicos, creando un efecto mágico entre los setos y arbustos semitropicales de mi jardín mediterráneo.
Los hibiscos y palmeras me recordaron cuánto amaba aquella isla, y lo poco que deseaba venderlo todo y regresar al mohoso caserón familiar que me vio crecer.
Y menos aún, sin haber cumplido mi misión.
―Solo te digo que lo pienses, Theodore ―dijo Johannes quedamente, sabiendo que empezaba a quedarse sin argumentos―.
Los Grimmbauer podrían salvar el negocio.
Son los únicos interesados, y yo creo que es más por el resto de atracciones de la zona que por el Serenata en sí.
Cada día tienes más mortales y menos sobrenaturales en el bar, y de la agencia ni hablemos…
Si tan solo pudieras tragarte ese maldito orgullo tuyo por un par de noches y…
―Lo pensaré ―contesté abruptamente, y colgué sin esperar su respuesta.
¡Maldito Johannes! Mi socio y amigo desde tiempos inmemoriales, me había abandonado para mudarse a Lausana tras conocer a su amada Patricia.
A pesar de la distancia, seguía encargándose de la parte invisible del negocio, y su intelecto de banquero suizo jamás nos había fallado: Johannes llevaba las cuentas, pagaba impuestos y me buscaba clientes e inversores.
Se encargaba de todo lo que yo odiaba hacer, y además lo hacía con gusto.
Pero en la última década siempre que me llamaba era para darme malas noticias.
A veces me preguntaba si Patricia Ziegler, su espectacular esposa, lo había distraído del negocio; a fin de cuentas, ambos compartían una entusiasta afición por la lingerie francesa y la sangre de vírgenes.
Para colmo, hacía semanas que no me enviaba un caso, y el último, el de la monja asesina , había resultado ser un fiasco por el que ni siquiera nos habían pagado después de gastar miles de euros en un jet privado hasta un recóndito convento de Budapest.
Toqué un par de notas lúgubres al piano y cerré la tapa, todavía sin saber qué respondería en relación a los Grimmbauer.
Me dirigí al dormitorio y entré en el vestidor, en busca de unos pantalones planchados.
Estaba muerto de hambre, pero sabía que me esperaban en el bar y no había tiempo para aperitivos .
Para colmo, había quedado con la médium americana para la entrevista.
En la nevera solo había zumo de tomate; aquellas botellas llenas de engañoso líquido rojo me pusieron de un humor peor todavía.
Quizás, si terminaba pronto, me daría tiempo a pasar por casa de Vanessa…
―Astra, anota en mi calendario: “ llamar a Vanessa a las diez treinta y cinco” ―le grité a mi asistente virtual mientras me ponía una camisa blanca de lino.
―Por supuesto, cita añadida a tu calendario con éxito ―respondió la voz electrónica.
―Gracias, querida.
Consulté el calendario: Astra era de lo más eficiente y la cita ya estaba apuntada. Me pregunté cómo había podido sobrevivir doscientos años sin ella: aquella invención demoníaca era mi fiel, única y eterna compañera, tan etérea e inmortal como los fantasmas a los que perseguía por las noches.
Cogí las llaves de la mesilla junto a la puerta y me puse las gafas de sol antes de salir. Abrí un botón más de mi camisa, aunque sabía que convencería a Vanessa de todos modos.
Siempre lo hacía.
Frente a la casa, en el camino que llevaba a la verja de hierro, me esperaba Raoul.
Desde que lo había encontrado, vagando ensangrentado por las praderas de Ordesa, aquel lobo exiliado se había convertido en mi chófer, asistente, guardaespaldas y básicamente mi hombre para todo.
Y cuando decía todo, quería decir todo .
Además, Raoul era un hombre de pocas palabras, lo cual lo hacía excelente para el trabajo.
Raoul condujo suavemente por las estrechas carreteras de la isla, hasta llegar a San Antonio.
Siendo viernes por la noche, las calles estaban abarrotadas, y algunos mortales caminaban haciendo eses más pronunciadas que las de la colina que subía hasta mi villa.
Era pronto, pero la fiesta empezaba temprano en Ibiza y terminaba más tarde que en ningún lugar del sur de Europa.
Mientras Raoul aparcaba observé con agrado que el Serenata Nocturna ya estaba lleno, y Oksana se movía con eficiencia tras la barra.
Siempre admiré su capacidad para resistir la presión sin inmutarse.
Y presión había tenido bastante, particularmente si contábamos lo que había ocurrido a su llegada.
Hoy día, lo mismo servía siete mesas sin un pestañeo que acudía a una misión improvisada a las cuatro de la madrugada.
Su capacidad para leer la mente de los clientes era útil en ambos negocios, aunque últimamente había empezado a fallarle.
Divisé a la nueva candidata apoyada en la barra.
Estaba leyendo un libro, sola, y sin hablar con nadie.
Por el Serenata Nocturna pasaban todo tipo de criaturas extrañas, pero había pocas tan raras como una mujer con un libro en un bar de copas.
Me extrañó además que no se le hubiera acercado ningún hombre, teniendo en cuenta que debía de haber llegado varias horas antes.
Era joven y atractiva, aunque su estilo era claramente mejorable.
Se veía un poco descuidada, pero se lo perdoné al recordar que era americana, y para colmo afincada en el Reino Unido, que en los últimos tiempos se había convertido en la cuna de la moda estrafalaria.
En fin. Eso era fácil de resolver. Le encargaría a Naomi que le diera un par de pautas para que no desentonara tanto.
A lo mejor Vanessa podía conseguirle un atuendo más acorde.
De camino a la barra me crucé con Mina, que sujetaba una bandeja cargada de caipiriñas, perfectamente decoradas con finas rodajas de lima. Tras ella, varias gaviotas volaban en círculos, dispuestas a sacarle los ojos a cualquier idiota que se pasara de listo con ella.
―¿Qué tal, Teo? ―me saludó, guiñando el ojo―. Ha venido la chica de la entrevista. Está en la barra con Oksana. He hablado un poco con ella… parece simpática.
―Gracias, Mina. Justo iba hacia allí.
La chica nueva seguía leyendo, con el ceño fruncido.
Recordé nuestra conversación telefónica: no me había parecido especialmente simpática .
Pero era la única que había respondido a mi oferta de trabajo.
Mis contactos en Londres, París y Roma habían publicado el anuncio en todos los locales concurridos por hechiceras, pero al parecer, todas tenían trabajo de sobra y ninguna estaba interesada en disfrutar del sol ibicenco.
Me acerqué a la joven por detrás, sin hacer ruido. Siendo vampiro me era sumamente fácil caminar sigilosamente, sin ser notado. Sin embargo, ella se dio la vuelta al instante.
Un punto a favor de la bruja.
Sus dotes psíquicas parecían estar en plena forma.
La joven me miró con las cejas enarcadas, dejando ver dos enormes ojos verdosos. Tenía la nariz y las mejillas cubiertas de pecas, lo que le daba un aspecto aniñado y la hacía parecer más joven de lo que había declarado en su currículum.
―¿Iris Andersson? ―pregunté, tendiéndole la mano―. Soy Teo, de la agencia. Teníamos una cita esta tarde.
La joven me observó desconcertada. Se inclinó levemente hacia atrás, alejándose un poco de mí. Luego miró a un lado y a otro, y noté que contenía la respiración un instante.
―¿Todo bien? ―le pregunté, casi divertido por su reacción.
Entrecerró los ojos y habló en un susurro.
―No me habían dicho que fuese a tener que trabajar con un...