Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 5
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Iris

San Antonio, Ibiza. Viernes.

Theodore d’Alessandro.

Cocktail Bar Serenata Nocturna,

Playa de San Antonio.

Ese era el único contacto que había recibido por email, enviado puntualmente por una tal Patricia Ziegler, junto a un archivo adjunto que contenía los billetes de avión.

Imaginé que ese sería el nombre del jefe y el lugar donde me entrevistaría: seguramente un local público, para evitar compartir la ubicación exacta de su agencia súper secreta.

El vuelo fue agradable, y aterricé en Ibiza pasadas las cinco de la tarde del viernes.

En la terminal de llegadas me esperaba un hombre enorme con traje, gafas de sol y todo el aspecto de ser el guardaespaldas de un mafioso.

El tipo, más recto que un palo, sostenía un cartel con mi nombre: " Miss Andersson ".

Lo miré con desconfianza, pero lo seguí hasta el coche: estaba avisada de que me recogería un empleado de la agencia.

El hombre era parco en palabras: aparte de presentarse como Raoul, esquivó mis preguntas durante todo el trayecto.

―¿A dónde vamos exactamente? ―le pregunté, tratando de romper el hielo.

―Pronto lo verá, señorita.

―¿Theodore es el director de la agencia?

―Sus preguntas serán respondidas a su debido tiempo, señorita.

Era imposible sonsacarle nada a aquel oso cavernario, así que me limité a mirar por la ventanilla mientras recorríamos la isla por carreteras estrechas.

Tras un rato llegamos a San Antonio, una ciudad costera al noroeste de Ibiza.

El escueto chófer aparcó el Mercedes negro frente a un bar de copas.

Desde la acera se divisaba la playa, al otro lado de una terraza elevada con mesas.

Sobre la entrada del bar, formada por un arco decorado con hojas de palmera falsas, había un rótulo luminoso de color morado brillante en el que se leía: «Serenata Nocturna».

―Hemos llegado ―anunció el chófer.

Dicho esto, bajó mi maleta y desapareció como un oscuro fantasma. Abandonada frente a la puerta, no tuve más remedio que entrar en el local, que se veía desierto. Me acerqué a la barra, y desde allí pude escuchar a alguien trasteando en la cocina.

―¿Hola? ―llamé, tratando de hacer el máximo ruido posible.

Según el aviso pegado junto a la entrada, no abrían hasta las siete de la tarde. Nadie me había informado de a qué hora sería mi entrevista, pero suponía que lo habrían tenido en cuenta al reservar mi vuelo.

La zona tras la barra estaba decorada con cañas de bambú, y sobre la puerta de la cocina había por lo menos diez herraduras. «Para ahuyentar las malas energías», interpretó de inmediato mi mente de bruja.

Una joven nórdica con el pelo rubio y liso, cortado a la altura de la mandíbula, salió como un torbellino y me miró con cara de malas pulgas.

―Tú eres la nueva, ¿verdad? ―gruñó, deleitándose en cada una de las erres que pronunciaba―. Pues espero que te guste limpiar el carmín del borde de las copas…

Sin volver a mirarme, se agachó a fregar un vaso con tanta rabia que pensé que iba a romperlo. Mientras lo hacía, su generoso escote se desbordó del apretadísimo top blanco anudado al ombligo que lucía.

«¿Pero qué dice esta mujer? Yo no estoy aquí para trabajar en el bar…», me dije, mirándola en silencio con la boca abierta.

―¡Ja! Eso piensan todas al principio ―bufó la rubia, como si pudiera escuchar mis pensamientos.

Algo espantada, me aparté un poco de la barra.

―Perdona, ya sé que no habéis abierto todavía, pero he quedado con alguien aquí ―le dije, ignorando su comentario anterior―. ¿No conocerás por casualidad a un tal d’Alessandro? ¿Theodore?

La chica soltó una carcajada irónica.

―¿Teo? ―Puso el vaso a escurrir con un golpe seco―. Pues claro que lo conozco. Y por eso mismo te puedo asegurar que no vendrá hasta las nueve… por lo menos. Hasta que se ponga el sol, querida ―añadió con retintín, imitando la voz del inglés. Esta vez sí que alzó la mirada, estudiando mi reacción.

Desvié los ojos hacia la playa y me mantuve impasible a propósito: no iba a darle el placer de verme dudar. En el horizonte, el sol todavía brillaba con toda su fuerza; serían las seis de la tarde. ¿De verdad me iba a hacer esperar tres horas?

―Bueno. Gracias ―respondí con fingida indiferencia―. Le llamaré.

―Tú misma ―replicó la rubia.

Cuando marqué el número del hombre con el que había hablado, su teléfono estaba apagado. La camarera no paraba de observarme, cada vez más entretenida por el espectáculo.

―¿Sabes de algún sitio donde pueda esperarle? ―pregunté, con la esperanza de que me dejase quedarme allí.

―Pues ni idea ―contestó ella, en lo que sonó como un ladrido―. Vete a dar una vuelta, ¿no? Aquí estorbas un poco, la verdad.

―Vale, gracias ― Gracias por nada , pensé―.  Me voy a ver la playa. Si viene antes, ¿podrías decirle que he estado aquí?

La rubia ni se giró, y yo me dirigí a la salida, arrastrando mi maleta con dificultad por el suelo de tablas cubierto de arena.

―Hola ―dijo una voz dulce a mis espaldas―. Tú debes de ser Iris.

Levanté la vista para observar a la recién llegada, que entraba en el local en ese mismo momento.

Su atuendo era muy parecido al de la otra camarera, y llevaba un bolso de ganchillo y una trenza suelta, adornada con una corona de margaritas falsas alrededor de la frente.

A diferencia de la otra, su rostro, moreno y afable, mostraba una enorme sonrisa de oreja a oreja.

Un gato blanco descomunal salió de detrás de un arbusto del paseo.

La criatura saltó sobre sus hombros, acomodándose encima.

Habría jurado que se volvió verde y luminoso por un instante, pero parpadeé un par de veces y comprobé que solo había sido mi imaginación.

―¿Sabes mi nombre? ―me sorprendí.

―Teo me lo dijo. Bienvenida, soy Mina, trabajo aquí. Que no te asuste Oksana: es un poco fría con los desconocidos, pero en el fondo es buena persona. ―Señaló a la rubia, que se cruzó de brazos, desafiante.

― Muy en el fondo ―musitó Oksana, poniendo los ojos en blanco―. Tan hondo como se hunden los cadáveres en el Mar Mediterráneo.

Pensé que cada vez tenía más ganas de marcharme de ese sitio.

―No eres la única ―dijo Oksana, aunque no entendí a qué se refería.

―Ah, por cierto, no te recomiendo que pienses nada malo enfrente de ella ―explicó Mina acariciando al gato―. Es capaz de leer la mente. No siempre, pero a veces le llegan flashes, ¿sabes? Sobre todo, si no pones barreras…

El gato.

Esta vez no había duda: se había vuelto verde fluorescente. Solo por un segundo, al girarse. Como si fuera un holograma mal programado.

Las miré atónita, sin saber qué decir. ¿Telepatía? ¿Gatos que cambiaban de color?

Me apoyé sobre la barra y respiré hondo tres veces. Una, dos, tres. Aquello no podía estar ocurriendo.

―Oye, ¿estás bien? ―me preguntó la del gato, y se giró hacia la otra―. A lo mejor deberíamos llamar a Selena. Que le haga una poción sedante o algo…

―¡Estoy bien! ¡Estoy bien! ―grité. No pensaba tomar ninguna poción, ni menos aún una poción sedante .

Sí, había crecido entre vampiros, y me codeaba cada jueves con las brujas más frikis de Londres. Pero la mayoría tenían talentos totalmente inútiles. Pensé en la amiga de Arianna, la que hacía desaparecer a las lagartijas. Eso de la telepatía sonaba mucho más útil… y también peligroso .

―Ven, deja aquí tu equipaje ―me dijo Mina, ayudándome a levantar la maleta por encima de las tablas salpicadas de arena.

El gato saltó sobre la maleta como un peludo pasajero. Maulló bien alto, y ella lo miró con una sonrisa.

―Lo sé, Luminix ―le dijo―. Nosotros la ayudaremos, ¿verdad?

Los estudié en silencio. Casi todas las brujas del Caldero Mohoso hablaban con sus gatos; eso no era nada nuevo. Pero estos dos parecían diferentes: me dio la sensación de que mantenían una conversación real.

―¿Te apetece ir a dar una vuelta y así te familiarizas un poco con la zona? ―me dijo Mina, señalando hacia el paseo, que se iba llenando de viandantes―. Si quieres te guardo tus cosas en el almacén para que no lleves tanto peso. Iría contigo, pero tengo que preparar las mesas.

―Gracias ―dije, dedicándole una sonrisa sincera a la joven de la trenza.

Salí del local, sumida en mis pensamientos. De pronto, sentí la suave punzada de unas garras sobre las pantorrillas: el gato me había seguido hasta la calle, y estaba dándome suaves zarpazos para llamar mi atención. Me di la vuelta y vi a Mina, llamándome con la mano desde la terraza.

―¡Iris! ―gritó―. Intenta volver antes de las ocho… ¡te contaré un par de cosas de Teo para que te prepares!