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Iris
Un fuerte ruido me despertó de golpe.
Al abrir los ojos comprobé que solo había sido un ronquido de la casera, filtrándose a través de las paredes de papel de mi habitación.
El suave rechinar del cubo metálico que recogía las goteras en un rincón me informó de que otra vez llovía en Londres y sonreí, medio en sueños: poder dormir acunada por el murmullo de la lluvia era uno de los pequeños placeres de haberme mudado a la capital inglesa.
Tras la velada en el Caldero Mohoso, la noticia de Arianna acerca del cierre de la librería y la larga tarde canalizando difuntos para mis clientas, había caído rendida en la cama.
El rítmico goteo me ayudó a caer dormida de nuevo, pero la paz duró poco.
Me desperté de nuevo, esta vez gritando, atormentada por una pesadilla en la que Shihan, tal y como aparecía en la foto de su madre, se transformaba en mi hermana y luego, cubierta de sangre, se hundía entre las olas del mar sin que yo pudiera ayudarla.
Tomé aire y me arrebujé entre las sábanas, temblando de frío: aquel dormitorio era más húmedo que la cripta vampírica en la que había pasado mi infancia.
Me levanté, con el edredón sobre los hombros, y giré la rueda del radiador al máximo: estaba frío.
La casera opinaba que no tenía sentido dejar la caldera encendida más allá del veintiuno de marzo; si el calendario decía que ya era primavera, todos teníamos que fingir que lo era.
También había que admitir que mi habitación se encontraba en el piso superior de la casa, justo debajo del tejado, lo que la hacía más fría que las demás.
En el pequeño rincón donde vivía desde mi mudanza a Inglaterra solo tenía una cama de ochenta y un escritorio de contrachapado que hacía las veces de oficina, tocador y mesa de comedor improvisada.
Aparte de eso, me habían prestado un armario con más polillas que ropa, que seguía la forma del techo abuhardillado, y un baúl tan grande que habría podido servir de ataúd a algún vampiro huyendo de la luz solar.
Tras la pesadilla no conseguí dormirme de nuevo, así que me puse a navegar un rato por las redes sociales para matar el tiempo.
Se me ocurrió buscar la temperatura en Ibiza: se esperaban veintiséis grados al día siguiente.
A pesar de mi gusto por los aguaceros nocturnos, sentí un cierto gusanillo de envidia al comparar el verano anticipado del Mediterráneo con la eterna humedad de Londres, que incluso en mayo te calaba hasta los huesos si el día salía nublado.
Recordé la nota escrita que había encontrado en el pub: la que anunciaba una oferta de empleo en las Islas Baleares. Me planteé llamar, pero eran las dos de la madrugada: demasiado tarde para una llamada de trabajo. En vez de eso escribí un mensaje, y ya me contestarían cuando quisieran.
«Hola, me llamo Iris Andersson. Estoy interesada en el trabajo. Tengo experiencia.»
Un segundo más tarde, el mensaje apareció como leído. Miré la pantalla, espantada. ¿Qué clase de empresa trabajaba a las dos de la madrugada?
Una agencia paranormal, obviamente.
De pronto, un presentimiento me hizo estremecer.
Aquella situación me daba mala espina. ¿Cómo se me había ocurrido enviar una solicitud de empleo de madrugada, y encima para un puesto en el extranjero?
Y, lo peor de todo, para un anuncio encontrado en uno de los lugares menos fiables del país.
Me había precipitado, sin duda, y eso no era propio de mí.
Ese tipo de decisiones debían ser estudiadas con la cabeza fría.
Necesitaba más planificación. Tendría que crear varias hojas de cálculo, comprobar quién era el dueño del negocio y su vida laboral, investigar las finanzas de la empresa y a qué actividad en concreto se dedicaban…
Dejé el teléfono sobre el escritorio, lo suficientemente lejos de la cama para no poder alcanzarlo.
Cerré los ojos y traté de conciliar el sueño de nuevo. Di vueltas en la cama, pensando en Ibiza. Volver allí era una locura: aquel lugar estaba plagado de recuerdos oscuros que nadie en su sano juicio querría revivir voluntariamente.
Pero, ¿y si el caso de mi hermana y el de Shihan estuvieran relacionados? Habían desaparecido a cientos de kilómetros de distancia la una de la otra, y en años diferentes, pero las circunstancias eran muy parecidas.
¿Y si hubiera otras chicas como ellas?
¿Y si Shihan y mi hermana no fueran dos casos aislados, sino dos víctimas de entre docenas, o incluso cientos?
Mi mente corría desbocada, inventando nuevas hipótesis. Ahora sí que iba a ser imposible dormir.
Llevaba tanto rato despierta que comencé a sentir hambre; me levanté y fui de puntillas a la cocina a prepararme un sándwich.
Una vez allí, encontré un poco de pan de molde en la nevera y lo unté con mantequilla de cacahuete.
Luego añadí mermelada de albaricoque, mi preferida.
Mientras mordía el pan, La Llamada de Ktulu , de Metallica, resonó en el silencio de la noche.
―¿Y ahora qué? ―mascullé con la boca llena.
Me había dejado el móvil a todo volumen.
Escuché a la casera removerse en su cama, y corrí escaleras arriba para apagarlo antes de que se despertara y me montase una escena.
Cuando llegué al dormitorio, el móvil todavía estaba sonando: quienquiera que fuese, no era de los que se daban por vencidos.
Descolgué por pura desesperación, para que dejase de sonar, sin mirar quién llamaba.
―¿Diga? ―pregunté, jadeando, con la boca llena todavía.
―¿Haciendo jogging a estas horas de la madrugada? ―contestó una voz de hombre, cálida y aterciopelada, al otro lado. Había un cierto tono de ironía en su voz, que traté de ignorar.
―Muy gracioso. ¿Quién eres? ¿Te parece normal llamar a estas horas?
―Disculpa, querida, ¿acaso te pusieron una pistola en la sien para que contestaras?
Alejé el aparato de la oreja, y solo entonces me di cuenta de que el número, desconocido, tenía un prefijo de España. Mierda, requetemierda . ¡Era el de la agencia! Maldito pirado, ¿cómo se le ocurría llamarme a las dos de la mañana?
―Para estar tan interesada en el empleo, no pareces muy entusiasmada de recibir mi llamada ―dijo el hombre con sarcasmo―. Aunque, por otra parte, dicen las malas lenguas que en las escuelas americanas ya no enseñan buenas maneras como antes.
Gilipollas inglés , pensé, notando su acento de pijo británico igual que él, claramente, había advertido el mío.
―Disculpe ―contesté, esforzándome por controlar mis ganas de soltarle un improperio―. No esperaba una llamada a estas horas.
―Pero el anuncio era claro, querida: Agencia paranormal.
Sabes lo que es eso, ¿verdad? ―Guardé silencio, porque no era cortés empezar la conversación diciéndole que se fuera a hacer gárgaras―.
Trabajamos con espíritus, demonios, almas condenadas…
Si de verdad tienes la experiencia que afirmas tener, sabrás que las criaturas sobrenaturales suelen estar más activas por la noche.
Es nuestro horario normal de trabajo. Este no es sitio para princesas que necesitan ocho horas de sueño reparador. ¿Algún problema con eso?
Guardé silencio. Estaba aún medio dormida, y no tenía la lucidez suficiente para contestar a todas las pullas que aquel extraño de voz profunda me lanzaba sin parar.
―Ya veo ―continuó, malinterpretando mis dudas―.
Bueno, no pasa nada. No te lo tomes a mal: es la forma más fácil de cribar a los candidatos.
Si no responden correctamente a una llamada de madrugada, los eliminamos inmediatamente.
Así que… Iris… ¿era Iris? Siento haberte importunado. Que tengas una buena…
―¡No! ¡Espere! No, no hay ningún problema con el horario. Sigo interesada. Explíqueme de qué va el trabajo.
―Te he explicado todo lo que te puedo contar por teléfono. Si de verdad estás interesada, tendrás que presentarte aquí en San Antonio para ser entrevistada. No más tarde del viernes.
―¿San Antonio…?
―San Antonio, Ibiza.
España .
Guardé silencio. Tomar un avión hasta España solo para una entrevista de trabajo sonaba descabellado. Sí, podía pedirle el dinero a mi padrastro, pero…
―¿No podríamos hacer la entrevista por videoconferencia?
Como la gente normal , dije para mis adentros.
―Entiende que los viajes espontáneos serán frecuentes en este puesto. Además, necesito verte en persona. Digamos que soy… de la vieja escuela. ¿Tienes algún inconveniente?
―No, no es eso, pero…
―No te preocupes, el billete corre por nuestra cuenta. Hazme llegar tus datos y mi secretario te lo enviará mañana por la mañana.
Accedí a su propuesta, vacilante, y colgué con una sensación ambigua en el estómago. Oscilaba entre el terror más absoluto y una creciente euforia, análoga a la que habría sentido de haber ganado la lotería.
Unas vacaciones pagadas en Ibiza.
Habría sido maravilloso, de no ser por…
Mientras el sueño por fin me vencía, me di cuenta de que ni siquiera había preguntado el nombre de aquel extraño de voz sensual. Menudo creído. Ojalá que la entrevista no fuera con él, porque en tal caso, había pocas posibilidades de que aceptara el puesto. O de que él me eligiera a mí.
Mis párpados se cerraron contra mi voluntad, mientras me convencía a mí misma de que aquello sería una oportunidad única de pasarlo bien, tomar el sol y, con un poco de suerte, averiguar algo más sobre el paradero de mi hermana.