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Iris
Le di un sorbo a mi cóctel sin alcohol de limón y verbena.
Había pedido el de verbena porque, según el menú, lo servían infundido con un encantamiento que atraía el buen humor y disipaba las malas energías.
Tras mi última sesión con la madre de Shihan, habría necesitado beberme un tonel entero de aquel brebaje para clarificar la ominosa sensación que había permanecido conmigo tras su partida, sobrevolándome como un nubarrón de tormenta.
Me bebí el cóctel de un trago, a ver si funcionaba, y me acerqué a la barra a pedir otro.
Mientras esperaba a que la camarera bendijera mi cóctel con su varita, Arianna me saludó con la mano desde la otra parte del pub.
Una bruja neozelandesa con una ridícula capa verde se había subido a una mesa para dar la charla sobre invisibilidad.
Según contaba, había conseguido hacer desaparecer a una lagartija en el desierto del Kalahari.
La charla era mucho peor de lo que yo había esperado, y eso que no había tenido muchas esperanzas para empezar.
―¡Iris, ven aquí, esto está súper interesante! ―me llamó Arianna, aplaudiendo desde la otra punta del bar.
Seguramente, los tres gin tonics bendecidos que se había tomado desde nuestra llegada hacían que la desaparición de una lagartija en el Kalahari le pareciese mucho más interesante que a mí.
Yo ya había visto desaparecer muchos bichos en los años en que había vivido en El Claustro, la morada subterránea bajo el cementerio plagado de vampiros donde había crecido.
A las lagartijas, en particular, les encantaba escurrirse entre las grietas de las lápidas: para ver eso una no necesitaba gastarse mil libras en un seminario exclusivo.
Me acerqué a un grupo de conocidas, que se habían sentado alrededor de una mesa mugrienta en un rincón.
Reconocí a Maryam, quien había trabajado brevemente en la librería de Arianna hasta que se hizo bróker, porque la magia no era lo suficientemente lucrativa para su gusto en bolsos.
Desde entonces era la bruja más elegante y mejor vestida del Caldero Mohoso, y probablemente la que mejor vivía de todas nosotras.
Se decía que usaba su magia para decidir qué acciones comprar y cuándo, y todas sentíamos cierta envidia de no ser capaces de hacer lo mismo.
―¿Qué tal, Iris? ―me preguntó Maryam, haciéndose a un lado para que pudiéramos compartir la misma silla. En el Caldero Mohoso siempre faltaban sillas los jueves por la noche, y era educado compartirlas.
―Bien… un poco cansada por el trabajo, pero por lo demás, todo como de costumbre.
Maryam me miró con una sonrisa apenada.
―Sabes, creo que deberías plantearte lo de venir a trabajar conmigo en la bolsa. Podría enseñarte. Podrías usar tus conocimientos de psicología con los clientes… Algunos se suben por las paredes cuando caen sus acciones, y no sabes lo que me cuesta tranquilizarlos…
―Ah, Maryam, sabes que no tengo talento para esas cosas. Mi único talento es recibir mensajes del Más Allá, y ni siquiera son los que la gente me pide.
―Pero estabas estudiando psicología, ¿no? ―dijo Maryam, reajustándose las pulseras de oro en su muñeca. Estas tintinearon, recordándome lo vacía que estaba mi cuenta corriente.
Sacudí la cabeza: justo lo que me faltaba aquella noche. No había ido a ese pub para hablar de mis intentos fallidos de estudiar una carrera.
―Bueno, sí. Primero psicología. Luego otra cosa. Pero lo dejé, no era lo mío. Dudo que pudiera ayudarte.
―Bueno, como quieras. Ya sabes, hoy es jueves… ¡a donde la noche nos lleve! Olvídate del trabajo y relájate un poco. Estábamos hablando de pociones antes de que llegaras. ¿Conoces alguna interesante?
Estudié a Maryam y las otras brujas sentadas en círculo.
La mayoría bebía pintas de cerveza, seguramente consagradas por la camarera con algún cántico de esos que podías elegir en el menú para mejorar sus propiedades: aunque sonara un poco absurdo, podías pedir una cerveza curativa, o que atrajese el amor o el dinero.
―Estábamos planteándonos probar esta poción que encontró Margaret en un libro de su abuela ―continuó Maryam―. Dice que sirve para convertir sapos en príncipes. Viendo cómo está el mercado, podría sernos útil, ¿no?
Las demás mujeres rieron, y una de ellas me acercó el libro.
La idea sonaba absurda, pero no podía culparlas por querer intentarlo al menos: si había algo que escaseaba en el Caldero Mohoso, y en general en todos los círculos mágicos, eran los hombres de buen ver.
Había pocos brujos, y los que una encontraba solían ser barbudos, desaliñados, y con aspecto de vivir en una cabaña en el bosque sin agua corriente.
―No es mala idea, pero tengo dudas acerca de eso de hacerles beber pociones sin que se enteren… ―repliqué, ojeando el conjuro con escepticismo.
―¡Vamos, Iris, no seas sosa! Son solo hierbas y especias de cocina. Nadie se va a morir por eso.
Suspiré, preguntándome por qué no me había quedado en casa. Ah, sí. Porque incluso El Caldero Mohoso era preferible a mi húmeda habitación en Woolwich.
Un fuerte aplauso al fondo indicó el final de la charla sobre invisibilidad. Se elevó un murmullo desde la otra parte del pub y escuché el sonido de las sillas arrastrándose por el suelo mientras las brujas se levantaban y corrían hacia el baño para evitar la inevitable cola que se formaría.
Arianna pasó por mi lado con cara de malestar. La había notado preocupada durante todo el día, pero no había conseguido sonsacarle el porqué.
―¿Estás bien? ―le pregunté, tomándola del antebrazo. Al hacerlo tuve una breve visión: parecían cajas de cartón. ¿Serían paquetes de correos? ¿O cajas de mudanza? Fuera lo que fuese, Arianna lloraba, y de las cajas salían bichos… pequeñas serpientes… ¡No! ¿Lagartijas?
―Verás, hay algo que llevo varios días queriendo decirte ―murmuró―. Es un poco incómodo, pero...
¿Pero qué?
Arianna frunció los labios y señaló la salida con la barbilla.
―Ven fuera un momento y te lo explicaré. Pero acaba tu cóctel primero, no tengas prisa ―añadió, ojeando con empatía las hojas de verbena que adornaban el borde―. Mientras tanto iré al baño.
Asentí, inquieta. Terminé mi bebida en un par de sorbos y me disculpé del resto del grupo, que en aquel momento debatía si era mejor añadir la poción de amor a la comida o al champú del elegido.
Me levanté y salí a la calle a esperar a Arianna.
Hacía fresco, así que entré de nuevo y me quedé dentro, cerca de la puerta.
Justo al lado de esta estaba el tablón de anuncios; en mi opinión, uno de los más divertidos de Londres.
Los dueños se desentendían del contenido, de modo que en él podían encontrarse noticias de lo más variopinto, aunque no siempre legítimas: en mi primer vistazo rápido a aquel misterioso tablero de corcho vi anuncios de compraventa de barajas de tarot encantadas, calderos egipcios, tierra de cementerio, uñas de cadáver y todo tipo de servicios mágicos que uno pudiera imaginar, algunos de lo más dudoso.
Uno de ellos llamó mi atención en particular: era un recorte escrito a mano con tinta de color violeta, sujeto con una curiosa chincheta dorada. El texto decía:
"Se necesita médium experimentada para posición confidencial en agencia paranormal. Ofrecemos pago justo, manutención y alojamiento. Imprescindible discreción. Ubicación itinerante, con base en Ibiza, España. Interesadas contactar con Teo."
Seguía un número de teléfono con prefijo de España. Nada más.
Ibiza .
La memoria de la isla trajo de vuelta los recuerdos de la última noche con Katie.
En particular, la mañana siguiente a nuestra discusión, aquella en que no volvió al hotel.
Yo estaba convencida de que mi hermana había pasado la noche con Héctor, así que no me preocupé demasiado.
Desayuné tranquilamente y la busqué por los bares de la playa sin gran interés: me había levantado temprano y no esperaba encontrarla a esas horas.
Llegado el mediodía todavía no había regresado, y su teléfono seguía apagado.
Fue entonces cuando empecé a inquietarme.
La busqué por todas partes, preguntando en bares, restaurantes, hoteles e incluso a los chiquillos que alquilaban sombrillas y tumbonas en la playa.
Nadie la había visto ni sabía nada de ella.
Al final, en un hotel me dijeron que habían encontrado una cadena de plata junto a su teléfono hecho trizas y un pareo manchado de sangre. Las olas los habían arrastrado hasta una playa privada, pero las cámaras no captaron nada, ni se encontraron huellas de ningún tipo.
Los días que siguieron fueron una pesadilla, y lo peor fue tener que decírselo a mi madre.
El zumbido de mi teléfono en el bolso me sacó de mis pensamientos, devolviéndome al ruidoso pub.
Era mi padrastro, Clarence.
Clarence no solía llamarme, pero últimamente recibía más llamadas de él que de mi madre.
Mi padrastro era un hombre agradable, a pesar de ser un vampiro.
Igual que le ocurría a mi madre, Clarence siempre sintió cierto favoritismo por Katie: al fin y al cabo, ambos se interesaban por el arte, la pintura y el dibujo, mientras que mi talento para el arte se limitaba a hacer garabatos abstractos mientras hablaba por teléfono.
Descolgué con desgana. Había estado evitando llamarle, pero se me estaba acabando el dinero, y tendría que pagar el alquiler pronto. Por mucho que fingiera ser independiente, el trabajo en la librería me daba lo justo para cubrir el supermercado y los billetes de metro.
―Iris, querida, ¿cómo te encuentras? ―preguntó mi padrastro al otro lado.
Suspiré y me esforcé por sonar lo más alegre posible.
―¡Estoy bien, Clarence! He salido un rato a tomar algo con unas amigas.
―Espléndido, querida. Disfruta de Londres, hay tantas cosas que hacer, y más a tu edad…
―¿Y vosotros qué tal?
Nada más hacerle la pregunta me arrepentí, porque ya sabía la respuesta y no quería escucharla. Pero pedirle dinero sin siquiera preguntar cómo estaban habría sido bastante grosero.
―Bueno, tu madre... ―Clarence dejó un silencio de varios segundos que me dio toda la información que necesitaba―. Ya sabes… sigue en Noruega. Se niega a salir de casa y no quiere hablar con nadie.
Sí, lo sabía.
Mi madre, Alba, llevaba años así, pensando solo en Katie; llorando por la hija que había perdido. Clarence y el resto del clan de vampiros habían removido cielo y tierra en su busca, pero sin éxito.
Mi madre no había vuelto a ser la misma desde la desaparición de su maravillosa y perfecta hija mayor: se había exiliado a un castillo excavado en la roca en una colina noruega, y se negaba a salir.
Obviamente, la hija que le quedaba era lo mismo que nada.
Era terrible perder a una hermana, pero peor aún era perder también a tu madre a causa de ello.
―Ya, me lo imaginaba ―respondí, pasando el dedo por el borde del anuncio de empleo en Ibiza. La chincheta dorada se cayó, y el papel salió volando a paradero desconocido―. ¿Y tú qué tal?
―Estoy ahora mismo en Londres por negocios, querida. Por eso te llamaba. ¿Quieres que nos veamos? ―preguntó, esperanzado.
―No lo sé, estoy muy ocupada estos días ―mentí―. Te llamaré si tengo un hueco, ¿de acuerdo?
―Por supuesto. Esperaré tu llamada. Cuídate, querida. Y avísame si se te acaban los fondos...
Me mordí el labio, dándole las gracias mudamente por ahorrarme sacar el tema. Seguramente me había llamado para eso, pero Clarence era demasiado cortés para decírmelo directamente.
―Gracias, Clarence. Mandaré un mensaje al contable a principios de la semana que viene… dale un beso a mi madre de mi parte.
Mientras devolvía el teléfono al bolso sentí la energía de una mirada clavada en mi nuca y me di la vuelta.
Arianna estaba detrás de mí con los brazos cruzados, sujetando uno de esos folletos que había repartido la bruja que acababa de dar la charla sobre invisibilidad.
―Ven, vamos afuera… ―me dijo, con la voz temblorosa.
―¿Todo bien? ―le pregunté, tratando de leer qué ponía en el folleto.
Miró a nuestro alrededor: una callejuela empedrada, estrecha y poco iluminada, a la que solo llegaban aquellos que sabían lo que andaban buscando.
―No… hay algo que… ―Sacudió la cabeza―. Iris, tenemos que hablar.
La peor frase con la que uno podía comenzar una conversación.
―¿Qué pasa?
―Es la librería. Las ventas van mal, y no cubren el alquiler. La economía está fatal, la gente ya no compra libros… así que tendré que dejar el local a fin de mes. Lo siento muchísimo, pero tendrás que buscar otro lugar para trabajar. ¿Crees que podrías seguir atendiendo a tus clientas en tu casa?
Sí, claro. Seguro que a la casera le encantaría recibirlas y enterarse de a qué me dedicaba realmente.
―Vaya, Arianna, lo siento mucho… ―musité, tratando de ocultar mi desilusión―. No tenía ni idea. ¿Y tú qué vas a hacer?
―Pues… justo estaba hablando con Oonagh, la bruja de la invisibilidad.
―Señaló a la estrafalaria mujer de la capa verde, que seguía subida a la mesa arengando a la multitud y lanzándoles panfletos―.
Me ha ofrecido colaborar con ella en su próximo proyecto.
¡Quiere hacer desaparecer doscientas lagartijas a la vez!
¿Te imaginas? Y me ha pedido que sea su ayudante. ¡En Nueva Zelanda! ¿No es fantástico?
Le devolví una sonrisa tensa, que no llegó a alcanzar las comisuras de mis labios por mucho interés que le puse.
―Claro. Me parece fabuloso… ¡Doscientas lagartijas! Y en Nueva Zelanda, ni más ni menos. Eso no lo consigue cualquiera. Y por mí no te preocupes, Arianna, ya me las apañaré.
Arianna me abrazó, y sentí cómo sus hombros se relajaban tras haberse quitado ese peso de encima.
―Tienes mucho talento, Iris ―me dijo, con la mejilla aún sobre mi hombro―. Solo tienes que confiar un poco más en ti misma. Seguro que un día serás una bruja famosa en todo el mundo.
―Claro. Y tú también. Esto no es un final, es tan solo el principio de tiempos mejores.
Se me rompió la voz, porque sabía que aquello era un adiós. Nueva Zelanda estaba muy lejos. Y seguro que allí había suficientes lagartijas para mantener ocupada a Arianna durante décadas.
―¿Qué tienes ahí? ―dijo Arianna, hurgando entre mi pelo mientras rompía nuestro abrazo.
Me tendió una nota manuscrita, escrita con tinta violeta. La reconocí al instante, aunque no supe cómo había llegado hasta ahí.
―¡Oh, esto! Vaya, no te lo había dicho, pero… ―Ni siquiera supe por qué, pero sentí que tenía que darle una buena noticia a Arianna, aunque solo fuera para animarla un poco―, es que tengo una oferta de trabajo.
―¿En serio? ―dijo con sincero entusiasmo―. ¿Y no me lo habías dicho?
Sonreí, guardando la nota en el bolsillo trasero de mis tejanos.
―Sí, bueno… ―respondí―. ¡Me voy a Ibiza! Pero no puedo decirte nada más… Es una posición súper secreta.