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Iris
La última clienta abandonó la librería, haciendo tintinear la campanita de la puerta.
Allá iba otra mujer que preguntaba por su difunto marido y la supuesta herencia secreta que él podría haberle dejado.
Por desgracia, aunque yo muchas veces conseguía conectar con los difuntos, no se me daba bien sonsacarles información: solo era capaz de canalizar los mensajes que ellos elegían transmitirme, y estos no siempre eran del agrado de los vivos.
―Iris, ¿has terminado por hoy? ―dijo Arianna, la dueña de la librería.
Arianna era otra bruja sin mucho talento: en eso nos parecíamos bastante.
Había llegado a Londres a los veintitantos, mudándose de lugares más cálidos por amor.
Entretanto había perdido tanto el amor como la juventud, pero había conseguido fundar «El Portal Místico», una pequeña librería esotérica situada en uno de los callejones más recónditos de Londres, y frecuentada por los personajes más bizarros del país.
Yo la había conocido al mudarme allí desde Estados Unidos, gracias a la Newsletter del Sapo Verde , de la que era colaboradora habitual.
Nos caímos bien al instante, a pesar de nuestra diferencia de edad de varias décadas.
Fue ella quien tuvo la idea de que ofreciera mis servicios de médium en su librería, cuando acababa de llegar a Londres tras la desaparición de mi hermana.
―Sí, esta era la última clienta del día ―le dije, frotándome las sienes―. Me voy a casa, se ha hecho tarde.
Me levanté de la silla con respaldo de terciopelo rojo y la arrimé a la mesa camilla. A Arianna le encantaba decorar con piezas antiguas, para darle a todo un aire más esotérico.
―¿Cómo ha ido el día? ―preguntó Arianna, acercándose al mantel de flores. Había una bola de cristal en el centro de la mesa: un objeto completamente inservible, cuyo único fin era impresionar a la clientela.
―Bueno… ―dije poco convencida, ajustando el mantel para que las flores quedaran centradas. Si no estaban exactamente en el centro, me costaba pensar con claridad―. Ya sabes… siempre lo mismo.
―Bueno, ¡lo importante es que te paguen!
Y que vuelvan a llamarte ―contestó Arianna guiñándome el ojo―.
Esas clientas te seguirían al fin del mundo, estoy segura.
Y hablando del fin del mundo, ¿te vienes al Caldero Mohoso?
Hoy dan una charla muy interesante sobre hechizos de invisibilidad. Además, tenemos que hablar de…
Me pareció oír la puerta de la calle, y seguramente a ella también, porque se detuvo a mitad de frase. El ruido cesó, pero Arianna ya había perdido el hilo de lo que estaba diciendo.
La miré, pensativa.
Una charla sobre «hechizos de invisibilidad» sonaba de verdad interesante, pero yo ya sabía cómo iban esas cosas: alguien venía a presentar alguna técnica innovadora, pero al final lo único que presentaba eran testimonios falsos y casos de estudio extranjeros que se sacaban de la chistera.
Después te ofrecían un curso de cientos de libras en el que, supuestamente, te explicaban su técnica secreta .
Una vez pagué por uno y terminé sentada en círculo en torno a una fogata, resolviendo los traumas de la infancia de las participantes con un rebaño de ovejas como música de fondo.
Y ya me veía venir que el hechizo de invisibilidad sería lo más invisible de la charla de esa noche.
―Entonces qué… ¿te vienes? ―repitió Arianna, sonriendo con todos los dientes. Se apartó un mechón canoso de la amplia frente, dejando al descubierto sus cejas, aún negras y bien dibujadas.
―No, creo que me voy a casa. Estoy muy cansada.
En ese momento, la campanita de la puerta sonó de nuevo. Esta vez no hubo duda: acababa de entrar alguien. Ambas miramos en dirección a la entrada, que quedaba oculta tras una pesada cortina de terciopelo rojo que separaba la trastienda del negocio.
―¿Se puede? ―dijo una voz desde el otro lado.
Sonó tímida, casi susurrante.
Arianna me miró con una pregunta en los ojos, y yo asentí.
―Pase ―gritó Arianna, mirando al techo―. Aunque estábamos a punto de cerrar.
―Gracias…
Tras la cortina apareció una mujer de unos cincuenta años.
Sus rasgos eran hermosos, casi beatíficos.
Su rostro debió de haber sido muy bello una década o dos antes, pero estaba claro que el dolor y la preocupación la habían consumido en los últimos tiempos.
No necesitaba tener dotes de médium para ver eso: me bastaba con observar la mirada perdida y llorosa que empañaba sus ojos.
―¿Qué desea? ―pregunté.
Ella me miró, retorciéndose las manos.
―Verá... ―Miró hacia las esquinas del pequeño espacio de esoterismo, como buscando consuelo en las imágenes de santos y dioses de todas las culturas y religiones que adornaban las paredes―.
Vengo por alguien… por alguien que falleció.
Bueno, realmente no estoy segura de qué le pasó exactamente… es justo por eso por lo que he venido.
Esto era nuevo.
Interesante .
―Siéntese ―dije y le hice un gesto con la mano a Arianna para que nos dejara solas. Una vez salió la librera, le tendí la mano a mi recién llegada clienta―. Bienvenida. ¿Cómo se llama?
Ella dudó en darme la mano y se quedó de pie frente a la mesa camilla, como si estuviera a punto de echar a correr.
―No sé si debería haber venido. Seguramente fue una tontería ―dijo, pasando el peso de un pie a otro como si necesitara ir al baño. Rebuscó bajo la blusa a hurtadillas, y me pareció que apretaba un crucifijo―. Pensándolo bien, creo que debería irme.
―Por favor, tome asiento. Sé cómo se siente. Es normal. ¿Es la primera vez?
Asintió más veces de las necesarias, haciendo que su flequillo recto y grisáceo le cubriera la frente.
―Se trata de mi hija. Hace un año que desapareció.
La policía la da por muerta, pero yo no pierdo la esperanza.
No creo en estas cosas, pero… ―Señaló la enorme bola de cristal en medio de la mesa―.
Pero ya no se me ocurría nada más. Y necesito encontrarla, viva o muerta.
Necesito saber qué fue de ella. No hay nada más horrible que no saber dónde está tu hija, no tener ni siquiera una tumba a donde llevarle flores…
Algo en mi interior se retorció. Conocía a la perfección esa sensación. Era la misma que había luchado por ignorar y enterrar durante los últimos cinco años desde aquella fatídica noche en Ibiza.
―Entiendo ―dije, esforzándome por sonar profesional―. ¿Cómo se llamaba su hija? ―Carraspeé―. Quiero decir, ¿cómo se llama ?
―Shihan ―dijo la mujer, sonando un poco más segura de sí misma―. Mire, aquí tengo una foto.
Colocó su bolso rígido sobre la mesa redonda y lo abrió con manos temblorosas.
De él sacó una fotografía tomada con una cámara Polaroid.
En ella se veía a una joven de cabellos lisos, tan negros como debieron serlo otrora los de la madre.
Tenía su misma tez dorada y los ojos brillantes y almendrados.
―Shihan ―repetí yo, dudando sobre mi pronunciación―. ¿Cuándo la vio por última vez?
―Fue el año pasado, en mayo. Tenía dieciocho años recién cumplidos.
Se fue de viaje con sus amigas. Un último viaje juntas antes de ir a la universidad.
Se marcharon a las Islas Griegas. La última vez que supe de ella estaba en Mykonos.
Un lugar precioso, me dijo. Las fotos que mandaba desde allí eran muy bonitas. ¿Quiere verlas?
Sacudí la cabeza. Seguramente habría ayudado, pero no me sentía capaz de mirarlas. La situación se estaba volviendo cada vez más incómoda, y, sobre todo, desagradablemente familiar.
―Me basta con la foto de su hija, gracias.
Extendí la mano para ver mejor la imagen de la hija, y al hacerlo, nuestros dedos se rozaron. Sentí una descarga eléctrica recorrer todo mi cuerpo, y en un momento mi mente regresó a Ibiza, a la misma discoteca donde había visto a mi hermana por última vez.
De nuevo vi la copa de cristal, con la gota de sangre, aunque esta vez estaba completamente llena, desbordándose por todos los lados. La sangre goteaba por su mano, manchando su piel y su vestido.
Entonces la escena cambió, y regresé de nuevo al lugar donde habíamos encontrado la única pista de la desaparición de mi hermana: una playa donde recuperé su teléfono móvil, hecho pedazos sobre unas rocas, cerca de la orilla.
El mar había arrastrado hasta allí también la cadena con escamas de serpiente en la que había llevado el colgante, supuestamente de Lorenzo de Médicis, que le regaló Héctor.
Hallamos la cadena, pero no el rubí. Tampoco encontramos su cuerpo, pero al final todos asumieron que debía de estar en el fondo del mar, quizás devorado por los peces. Tampoco volvimos a saber de Héctor.
Era curioso lo poco que se esforzaban las autoridades por buscar a una joven perdida si no la encontraban a la primera. Y después de cinco años, la esperanza comenzaba a desvanecerse.
La visión se alejó, y pude escuchar la voz de Katie como un eco lejano:
«Iris, no vengas a buscarme. Te matarán.»
―¿Está usted bien? ―me preguntó la mujer, sacándome de mi trance y devolviéndome a la librería.
Tomé aire con avidez, como si hubiera pasado todo ese tiempo bajo el agua.
―Sí, sí. Disculpe. Me había desconcentrado. Estábamos hablando de Shihan… ¿Entonces, su hija desapareció en Mykonos?
―Sí, allí fue donde la vieron por última vez.
Se separó de sus amigas. Ellas estaban entretenidas, hablando con un grupo de chicos que acababan de conocer en la discoteca.
Nadie se dio cuenta de que Shihan no estaba.
Después de un rato intentaron llamarla, pero su teléfono estaba apagado.
Pensaron que había regresado al hotel sola.
Ella era así: una chica tranquila, estudiosa, le gustaba irse a la cama temprano.
Pero cuando ellas volvieron, era muy tarde y Shihan aún no estaba.
Imaginaron que se habría ido a casa de algún amigo.
Pero eso no era típico de ella. ―Sacudió la cabeza, a punto de llorar―.
¡No! Era una buena chica, ya se lo he dicho.
―La madre sollozó y apretó el crucifijo aún más fuerte―.
Tampoco regresó a la mañana siguiente. Nunca más supimos de ella.
La policía encontró su teléfono móvil y sus sandalias en la orilla.
Nada más. Después de un tiempo cerraron el caso y dejaron de investigar.
No apareció ningún rastro, ni nadie la había visto…
Tragué saliva.
La entendía, mucho mejor de lo que ella pensaba.
Tanto, que necesité unos segundos para responder.
―En fin… ―musitó la mujer―. Pensé que, a lo mejor, usted podría conectar con ella. Si es verdad que puede hablar con el Más Allá…
―No puedo conversar con ellos, pero a veces me muestran cosas.
Ella asintió y me miró, expectante.
―Está bien ―dije―. Haré lo que pueda. Deme un momento.
Me preparé para conectar con Shihan. Me gustaba seguir siempre el mismo proceso. No me lo había enseñado nadie, pero era lo único que me funcionaba, y por ello sentía la necesidad de repetirlo siempre exactamente igual.
Encendí la vela delante de mí, siempre blanca. Me servía de guía, y era como encender una luz con la que iluminar el mundo de los espíritus. Después tomé la fotografía en las manos y me concentré en los ojos de Shihan.
Aquellos ojos… parecía estar mirándome. Sacudí la cabeza, tratando de centrarme.
El siguiente paso era fácil: tres respiraciones.
Siempre tres, el número mágico.
Por último, la invocación con la que llamaba al desaparecido. Solía repetirla en mi mente, y entonces esperaba a que respondiesen.
«Shihan, por la luz de estas tres velas y el poder de las Diosas, yo te convoco. Si estás ahí, manifiéstate…»
La repetí varias veces, pero no hubo respuesta.
Tras un rato me di por vencida. Me sucedía lo mismo cuando trataba de conectar con mi hermana, y era tan frustrante como alentador.
No siempre podía controlar los mensajes que recibía, por mucho que siguiera mi ritual a rajatabla.
Lo único bueno de no recibir ninguno era que me daba esperanzas de que siguiera viva.
Sentí que los ojos de aquella madre me taladraban. Seguía sentada frente a mí, tensa y tiesa como un palo, ansiosa por cualquier indicio de su hija que yo pudiera darle.
Casi veía a mi propia madre en sus ojos: la misma desesperación, el mismo terror de que se corroboraran sus peores pesadillas.
Estaba a punto de decirle que no tenía nada que ofrecerle cuando comenzó a formarse una imagen.
Pero no era de la hija, sino de la madre.
La misma que estaba frente a mí, pero con menos arrugas en torno a los ojos.
Me pareció extraño: aunque a veces veía a los vivos, no era lo común.
La vi junto a un hombre rubio en un restaurante.
Él le sujetaba la mano. ¿Sería su marido?
Ella lloraba. Entonces el hombre se levantaba para ir a pagar la cuenta.
La visión seguía al hombre. Él parecía aliviado.
Sentí que no le gustaba Shihan y estaba contento de que no hubiera vuelto a casa.
Pero también pude sentir que no se la había llevado él, porque se le veía tan desconcertado como a la madre.
Medité un momento, preguntándome si debía decirle a la señora lo que había visto.
―¿Está usted casada? ―pregunté.
―Sí. Mi primer marido, el padre de Shihan, murió cuando ella tenía diez años. Después me casé con John, y él adoptó a Shihan como si fuera suya. Él me ha ayudado muchísimo desde que desapareció nuestra hija.
―¿Cómo se llevaba John con Shihan? ―pregunté.
Ella frunció los labios, como si le hubiera molestado la pregunta.
―Oh, se llevaban muy bien ―contestó en un tono poco convincente―. A él le encantaba esa niña. Ella a veces tenía celos de John, pero supongo que es normal. Cosas de adolescentes.
Asentí, aunque yo misma nunca había sentido celos de mi padrastro. En cambio, sí de mi hermana.
―No puedo ver nada de Shihan ―dije, devolviéndole la fotografía―.
A lo mejor es una buena señal y significa que está sana y salva, pero no lo sé todavía.
En cualquier caso, no le cobraré por esta sesión y, si lo desea, podemos seguir en contacto.
A veces, las visiones llegan mientras duermo, o unos días más tarde.
Déjeme su teléfono y si recibo algún mensaje, le avisaré.
La mujer asintió y me apuntó su número en un trozo de papel: Jingxiao Marshall , escribió con una caligrafía impoluta. Luego salió de la librería con aspecto decaído, seguramente arrepentida de haber entrado en El Portal Místico.
Arianna entró en cuanto escuchó marcharse a la madre de Shihan.
―Voy a bajar la persiana ―me dijo, poniéndose la chaqueta tejida de patchwork que había olvidado en el respaldo de la otra silla―. Entonces, no quieres venir conmigo, ¿verdad?
Arrimé la silla roja a la mesa camilla y busqué mi abrigo. Como siempre, la ciudad de Londres no se había enterado de que estábamos en plena primavera y el frío invernal aún azotaba las calles, sobre todo por las noches.
―¿Sabes qué…? ―le dije―. He cambiado de idea. Me voy contigo al Caldero Mohoso. Me vendrá bien salir un poco.