1 #2
Corrí por la discoteca, bordeando la gran piscina en el centro y esquivando a la multitud. Busqué el rostro de mi hermana entre todas las extrañas vestidas igual que ella, con ese curioso uniforme de fiesta ibicenca que todas lucían menos yo.
―¡Katie! ¡Katie! ―grité, sin poder disimular la histeria en mi voz.
La visión se hizo más clara e intensa; pude ver su cuerpo entero.
Katie sostenía la copa, y el brazo de un hombre rodeaba su cintura.
Ni siquiera necesitaba concentrarme más para saber de quién era aquel brazo musculoso y fornido que bajaba por su abdomen.
El brazo fantasmal bajó, llegando más allá de su ombligo, y ella se estremeció con un gemido.
«Mía. Para siempre mía, en cuerpo y alma…»
Aquella voz ronca me sobresaltó, porque raramente escuchaba voces en mis visiones.
Me apoyé en la barandilla de cristal que bordeaba la piscina, tratando de recuperar el aliento.
Al hacerlo, reconocí los rizos dorados de mi hermana entre la gente. Ondeaban y cambiaban de color bajo las luces rosadas, azules y verdes de la discoteca, dándole un aspecto sobrenatural.
Me acerqué a ella y la separé de Héctor de un tirón, ante la mirada atónita de este.
―Necesito hablar a solas con mi hermana un momento ―gruñí, arrastrándola hacia el lado opuesto de la pista.
―¿Se puede saber qué haces? ―me espetó ella, separándose de mí mientras lanzaba una mirada de disculpa a su compañero―. ¡Estábamos en medio de una conversación personal!
―Justo eso es lo que me preocupa…
Miré alrededor, calculando la distancia necesaria para que Héctor no pudiera escuchar lo que decíamos. Entre la música y la muchedumbre, probablemente fuera seguro hablar, por muy fino que fuera su oído de vampiro.
―Pero, ¿qué dices? ―se quejó Katie― Anda, ve a la barra y pídete algo.
Me tendió un billete, como si fuera su hija pequeña. Aparté el dinero de un manotazo, apretando los dientes para no soltarle un insulto.
―¡He tenido una visión, Katie! Era Héctor… ese hombre tiene algo… no me fío de él… estoy preocupada por ti.
Traté de atraerla hacia mí para hablarle al oído, pero ella se apartó hacia atrás de golpe y se cruzó de brazos.
―Soy mayorcita y puedo cuidar de mí misma. Ve a divertirte y déjame en paz, ¿vale?
Inspiré y miré el suelo, contando los azulejos para calmarme. Katie se dio cuenta, y su tono de voz se suavizó un poco.
―Héctor es un buen tipo ―dijo―, confía en mí. Ya sabemos lo que es, pero, ¿qué más da? Ambas estamos más que acostumbradas a ellos . Y mira, mañana me llevará a ver su colección privada. Tiene un Botticelli auténtico, ¿puedes creerlo?
Colección privada.
La palabra colección no me preocupaba, pero la palabra privada sí, y mucho.
―Por favor, Katie, tenemos que irnos ya ―dije con impotencia. Me di cuenta de que estaba hablando en voz demasiado alta para hacerme oír por encima del barullo, y los ojos de Héctor relampaguearon al otro lado de la terraza―. De verdad. Héctor no me gusta nada.
La voz de Katie se volvió gélida tras interceptar nuestro cruce de miradas.
―Mira, Iris, ahora tengo que irme ―dijo―. Entiendo que no has conseguido encontrar a nadie en todo el verano, que te aburres y que seguramente tienes celos, pero solo por eso no puedes esperar que…
Cerré los ojos.
Sentí la furia crecer en mis entrañas, a punto de explotar. Había tantas cosas que Katie no sabía. Cosas que no le había contado, para no herir sus sentimientos. Cosas que… Conté hasta cinco. Mientras tanto, ella siguió hablando, en un falso tono conciliador.
―Mira lo que acaba de regalarme ―dijo orgullosa, apretando un collar nuevo que adornaba su escote―.
¿Sabes que este colgante lo hizo tallar el mismísimo Lorenzo de Médicis?
Se lo regaló a su amante secreta hace más de cinco siglos…
Héctor lo ha conservado durante todo este tiempo, y esta noche me lo ha regalado a mí… precisamente a mí.
Observé la joya: a primera vista parecía un rubí rojo en forma de gota, ensartado en una cadena que recordaba a las escamas de una serpiente.
Pero al observarlo más de cerca, advertí que cada una de las facetas era de un tono rojizo ligeramente distinto, como si cada una proviniese de un lugar diferente.
La gema brilló bajo las luces de la discoteca, y habría jurado que algo en ella se movía, como si estuviera hecha de algún material líquido…
o como si estuviera llena de sangre. Aquello hizo regresar con más fuerza la terrible visión que acababa de tener.
―Devuélveselo, Katie, por favor. Parece embrujado. Dile que te encuentras mal y vámonos de aquí…
Una chica borracha pasó corriendo por nuestro lado y me empujó, interrumpiéndome.
Me agarré de Katie para no caerme, y ella se quitó mi mano de encima, mirando a Héctor por el rabillo del ojo.
Seguía solo, sosteniendo un vaso alto, aunque muchas otras mujeres lo ojeaban con interés y él les devolvía la mirada con gusto.
―No ―dijo Katie, tajante―. Yo me quedo. Vete tú si quieres. Héctor me espera, y es nuestra última noche… es ahora o nunca.
—Mejor nunca, créeme…
Katie me miró, y en sus ojos solo había rencor; ese rencor profundo que solo las hermanas son capaces de sentir la una por la otra, y que a veces aflora como un torbellino y lo arrasa todo.
—No me extraña que estés siempre sola, Iris. Eres una maniática, no te cae bien nadie, y encima vistes de una manera que…
Fijé la vista en mis shorts vaqueros y la ajada camiseta de algodón; me había puesto lo primero que había sacado de la maleta. Mi pelo, anudado en un moño desordenado con una pinza, probablemente había tenido también momentos mejores.
―Esto no va de mí, Katie ―repliqué, apartándome una greña del rostro en un fútil intento por mejorar mi aspecto―. He tenido una premonición.
―No es por ofender, pero tus premoniciones son tan fiables como el horóscopo del periódico…
Aquello fue la gota que colmó el vaso.
No había forma de llegar hasta ella; era como hablar con una pared. Estaba completamente embelesada con su vampiro renacentista, y nada que yo pudiera decirle iba a convencerla.
―Claro, tú siempre fuiste mejor adivinando el futuro, ¿verdad, Kate? ―grité furiosa―. ¡Y en todo! Pero entonces, ¿por qué no te das cuenta de una vez de que este tipo está intentando manipularte? ¿De verdad no notas sus malas intenciones?
―¡Deja de criticar a Héctor! Estás celosa, Iris. Admítelo.
―¿Celosa, yo? ―Bufé y di una patada al suelo, ya sin poder contenerme―.
¡Maldita sea, Katie, siempre has sido tan creída!
Piensas que lo sabes todo, pero no tienes ni idea.
¡Baja a la tierra, Katie! ¡Ese tío es un vampiro de quinientos años!
¿Sabes que intentó ligar conmigo primero?
¿De verdad te has tragado eso de que eres la primera a la que le regala ese colgante?
Katie dudó por un momento. Creí que había conseguido despertarla de su ensueño, pero entonces apareció Héctor por detrás y el semblante de mi hermana cambió por completo.
―Si me permites, estaba bailando con esta bellísima dama... ―dijo él cortésmente, tomándola de la cintura.
―Katie… ―la llamé una vez más, pero ella ni siquiera me miró―. ¡Escúchame, por favor!
―Lárgate de aquí ―siseó ella, furiosa. Parecía diminuta bajo la sombra del imponente vampiro―. Si no te vas tú, nos iremos nosotros. Nos vemos mañana por la mañana. Que te diviertas, Iris.
Desaparecieron entre la multitud, y yo me quedé ahí de pie, mientras los altavoces hacían vibrar mi pecho al compás de mis sollozos.
Aquella fue la última vez que vi a mi hermana, y jamás me perdoné no haberla obligado a quedarse conmigo.