Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5) 1
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Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5)

Las brujas de Ibiza: La saga completa (Libros 1–5)

Por Eva Alton

© inepub.com

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Iris

Jamás pensé que aquella sería la última noche en la que vería a mi única hermana. Si lo hubiera sabido, habría tratado de ser más diplomática; más cautelosa. La habría prevenido sin volverla contra mí. Pero, por desgracia, no sabía que estaba a punto de perderla.

Mi hermana Katie y yo habíamos viajado a Europa desde Estados Unidos, y entretanto habíamos conocido a un pequeño y variopinto grupo de amigos de verano; amigos de esos que conoces en los bares, que se convierten en uña y carne durante un par de semanas y luego desaparecen para siempre, como agua entre la arena.

La mayoría ignoraban que éramos brujas, pero eso daba igual, porque todos teníamos un objetivo común: exprimir la vida al máximo en cada fiesta, y vivir cada noche como si fuera la última.

Para algunos de nosotros, lo sería.

Pronto empezaría mi primer año en la universidad, y para celebrarlo, mi hermana y yo nos habíamos embarcado en un esplendoroso viaje de casi tres meses, costeado por nuestros padres.

Ser adoptadas a los cinco años por un afluente clan de vampiros tenía bastantes ventajas: aparte de poder irnos a la cama a la hora que quisiéramos, siempre se nos concedían todos los caprichos, sin importar el coste.

Katie estaba en el tercer año de Historia del Arte, y había decidido el destino con la intención de conocer en persona todas las catedrales europeas, todo tipo de ruinas griegas y romanas, y, al parecer, también a los mismísimos habitantes de la era renacentista.

O, al menos, eso pensaba yo mientras miraba de reojo al escultural vampiro de más de quinientos años de cuyo brazo andaba colgada en ese mismo momento.

Esa noche caminábamos con nuestro grupo de amigos por el paseo marítimo.

Me alejé un poco del grupo y me desvié hacia la playa, atraída por unos extraños reflejos rojizos entre las olas.

Me quité las sandalias para sentir la arena húmeda bajo los pies.

Cerré los ojos, intentando entrever los secretos de aquellos que habían pasado por allí antes que yo.

Me pregunté quién pudo haber recorrido esa misma orilla horas antes, o incluso siglos antes, y si los espíritus tendrían algún mensaje para mí.

Escuché un rato, pero no pude descifrar nada ni sentir a nadie, a pesar de que esas playas solían estar siempre abarrotadas.

―¡Iris! ¿Qué haces?

Katie me llamó para que regresara con el grupo. La seguían tres chicas ataviadas con faldas blancas y vaporosas, a juego con el top de su bikini. Las tres iban con sus parejas recién encontradas, que eran hombres tan guapos como ellas. Hombres… o lo que fuesen.

―¡Ya voy! ―respondí, sintiendo que las olas me llamaban con su ir y venir, tratando de decirme algo.

―¡Es por aquí! ―dijo mi hermana, señalando hacia una calle lateral que se adentraba en el pueblo―. No te quedes atrás. ¡Te perderás! Y el concierto está a punto de empezar.

No me interesaba lo más mínimo aquel concierto. La música tecno le gustaba a Katie, no a mí. Pero claro, siendo la hermana pequeña y la más introvertida, siempre me tocaba ir a rastras, a los sitios que ella elegía, con la gente que a ella le caía bien.

La habría seguido, pero de pronto sentí una energía potentísima que me atraía de vuelta a la playa.

Le hice un gesto con la mano a Katie, pidiéndole que siguiera por su cuenta.

―¡Luego os alcanzo! ―grité.

Cerré los ojos y extendí los brazos. Una visión empezó a formarse en mi cerebro.

Era una imagen borrosa, como la ondulación de un reflejo en el agua.

Así solían llegarme las visiones: como reflejos borrosos, que poco a poco se volvían más nítidos cuando las interferencias se detenían.

Aunque muchas veces se quedaban solo en eso: reflejos indescifrables de los que jamás llegaba a ver la imagen completa.

Rebusqué en el bolsillo y saqué a toda prisa una vela y un mechero. La encendí y la sujeté en una mano para que iluminase la oscuridad del mundo de los espíritus. Sin velas era imposible ver más allá.

Luego intenté estirar las esquinas de la visión, hasta que algo en el centro se volvió nítido. Conté hasta tres lentamente: contar siempre ayudaba.

Y entonces la vi.

Sangre .

La visión empezó con una gota de sangre.

Ahora sí, la vi claramente: chorreaba por el borde de una copa; una copa antigua de cristal tallado que podría haber salido de un castillo medieval.

Una delicada mano femenina se llevó la copa a los labios, y sus labios quedaron manchados de sangre.

Pero ella sonreía. Estuve a punto de ver su rostro completo cuando sentí frío.

Solo los muertos podían sentir un frío tan intenso en pleno verano.

Tentáculos de escarcha subieron por el torso de la desconocida, cubriéndolo de cristales blancos…

Un grito impaciente me sacó del trance.

―¡Iris, he dicho que vengas! ―Mi hermana había venido a buscarme a la orilla y me tiraba del brazo. Abrí los ojos, y la encontré mirando mi vela con cara de disgusto―. ¿Pero qué haces ahí plantada? Los demás ya han entrado. Apaga eso, anda. Estás montando un espectáculo.

―Dame un momento…

Respiré hondo para regresar del todo al presente, contando hasta tres muy despacio.

Katie, impaciente, sopló mi vela y la apagó.

―Tú y tus manías raras ―dijo, y chasqueó la lengua.

Señaló un local con letras luminosas sobre la puerta.

Héctor, su pareja de turno, la esperaba de brazos cruzados junto al gorila de la entrada, con gesto impaciente.

Era difícil decidir cuál de los dos hombres tenía la espalda más ancha.

Katie me lanzó una mirada reprobatoria y corrió tras él como un cachorrito obediente.

Suspiré.

Recogí mis sandalias, tiradas en la arena, y eché a caminar hacia el bar.

Desde atrás, pude observar la figura perfecta de mi hermana: esa hermana mayor que siempre había sido mejor en todo, más bella, más inteligente y, por supuesto, mejor hechicera.

Mientras yo, con gran esfuerzo, recibía imágenes aleatorias que me enviaban los espíritus de los muertos cuando les venía en gana, ella podía abrir un libro de hechizos y llevar a cabo cualquier conjuro que se propusiera.

Yo jamás había podido hacer cosas así. Katie siempre había sido el orgullo de mi madre: se graduó con notas espectaculares, estaba a punto de terminar la carrera de Historia del Arte y pronto sería una eminente profesora universitaria en alguna universidad famosa de Londres o Nueva York.

Mientras tanto, yo me había acostumbrado a ser la segundona y vivir a su sombra, aunque tampoco me importaba demasiado. Era feliz con mis libros. No necesitaba más.

Seguramente, por todos esos motivos, esa noche yo caminaba sola junto al Mar Mediterráneo, y ella estaba besando a un auténtico dios griego.

Héctor.

Un nombre falso, obviamente. Como todos los vampiros, era atractivo; pero incluso entre los inmortales destacaba.

Para colmo, era culto, amante del arte y hacía gala de una ridícula caballerosidad anticuada que deslumbraba a mi hermana Katie.

El hombre perfecto, a primera vista. Sin embargo, no todo en él era lo que parecía; desde nuestro primer encuentro me había hecho sentir inquieta.

Algo en aquel hombre no acababa de convencerme, y era fascinante que Katie, con sus dotes mágicas superiores, fuera incapaz de percibirlo.

Entré en el local tras ellos. Era un atrio poco iluminado, bordeado por palmeras gigantescas, con olor a alcohol y a escasez de desodorante.

La música tronaba a un volumen ensordecedor, y nubes de confeti inundaban el aire con cañonazos intermitentes de color rosa y morado.

Aquella noche actuaba un famoso DJ, el preferido de mi hermana.

Katie y Héctor se habían instalado en un rincón, enredados el uno en el otro.

Las manos de él se movían con una rapidez sobrenatural, apenas disimulada bajo los fogonazos de luz, reptando por debajo del pareo blanco de mi hermana a través de la abertura lateral.

La música comenzó a invadir mi mente, martilleando mi cerebro.

Bien . Quizás aquellos martillazos me ayudaran a borrar la turbadora visión que me había sacudido en la playa.

Un chico me sonrió. Tenía los ojos claros; a primera vista me pareció simpático.

Al observarlo más de cerca noté sus enormes pupilas: dilatadas y redondas como las de un gato, engastadas en ojos plagados de venas enrojecidas.

Se rascó la nariz y la movió como si le picase; luego sonrió de nuevo y se tambaleó un poco.

No, gracias . Me di la vuelta sin devolverle la sonrisa y me escabullí hacia el baño para desaparecer de su campo de visión.

Había muchos de esos en Ibiza y no eran mi tipo.

La cola en el baño de mujeres era tres veces más larga, así que me metí en el baño de hombres, ante las miradas indignadas de las chicas que esperaban.

Bajé la tapa del inodoro y me senté encima con la cabeza entre las manos, sintiéndome un poco mareada.

Justo entonces regresó la visión que había llamado antes con mi ritual improvisado.

Cerré los ojos con fuerza y volví a visualizar la gota de sangre resbalando por la copa lentamente; los labios rosados y carnosos acercándose al borde con sensualidad, lamiéndolo ligeramente hasta teñirse de carmín…

Con un gran esfuerzo, traté de mirar más allá de aquellos labios; levantar la mirada para ver a la mujer. Era difícil, como en un sueño.

Volví a sentir el mismo frío mortal y me abracé a mí misma.

El frío se intensificó cuando comprendí que aquellos labios eran los de mi hermana, Katie.

Aterrada, abrí de golpe la puerta de mi cubículo en el baño de caballeros. Un chico se asustó por el golpe y me miró extrañado; yo lo ignoré y salí corriendo.

Tenía que encontrar a Katie, y rápido.

Me había confesado que esa noche planeaba quedarse a dormir en el hotel de Héctor, aunque se conocían apenas unos días. Era nuestra última noche en la isla, y Katie se moría de ganas por hacer algo divertido… y arriesgado.