Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPÍTULO CUARENTA Y DOS
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CAPÍTULO CUARENTA Y DOS

Arin

E l atardecer nos encontró en el camino, y nos asustaron los ojos brillosos de las gárgolas y otros animales impredecibles tras los arbustos esporádicos de la planicie.

La extensa hierba cubría como una alfombra verde, y algunos hospedajes salpicaban a orillas del sendero como los oasis seguros del desierto.

Nos detuvimos frente a la posada que se veía en mejores condiciones y no había multitud de gente borracha, mujeres con escotes escandalosos, ni hombres peleándose o maldiciendo en la calle.

De todas maneras, la posada era sencilla de una sola planta y no tan ostentosa como la siguiente de dos niveles, imposible para nuestros presupuestos.

El palafrenero, un hombre joven, se llevó la carreta para la parte de atrás donde se guardaban los caballos y demás transportes de los visitantes, y entramos.

La puerta de entrada daba hacia la calle y el sendero principal.

No había vestíbulo y de frente había dos salones: el más pequeño de la izquierda funcionaba como una oficina y el de la derecha, una larga mesa en el centro anunciaba el comedor.

Una mujer regordeta llenaba la mesa rectangular de platos, donde algunos comensales se habían sentado y entablaban pláticas corteses.

El dueño vestido con pantalones, chaleco y chaqué azul oscuro, abotonado en la cintura, camisa y pajarita blanca, nos hizo pasar a un despacho sencillo. Lo decoraba con un cuadro de zaldias en la pared posterior, una mesa y dos butacas.

Tan pronto el posadero anunció los precios de las habitaciones, me acordé de mi bolso vacío, aunque la suerte se mantuvo de mi lado.

Laia había tomado la precaución de traer inar en su monedero para pagar nuestra estadía.

Yo no había pensado en ello porque solo habían acaparado mi interés la emoción de haber encontrado el cementerio correcto y la diversión de mi primer viaje junto a mi hermana.

En un murmullo, ella me preguntó:

—¿Trajiste majisis o caonas?

Cuando negué con la cabeza, ella cerró brevemente los ojos, pero luego sacó monedas adicionales de su bolso.

—Bienvenidas. —Nos acogió el señor Ríos después de presentarse mientras guardaba el inar en un cajón del escritorio y lo cerró con llave—. Si gustan, pueden pasar a lavarse las manos en la cocina y luego sentarse a la mesa. Llegaron a tiempo para la cena.

—Se lo agradecemos —comentó Laia, pero me dirigió una mirada enojada. No se alegraba de haber pagado mi parte, y yo ignoré su molestia. ¿Es que mi hermana sufría de tacañería? Evité el rumbo de los juicios oscuros y la seguí.

A la derecha del comedor, por un laberinto de corredores, el posadero nos llevó a la cocina donde nos lavamos las manos en la pileta y luego regresamos al comedor.

Yo quedé sentada a la izquierda de un hombre uniformado, y Laia, a la derecha.

Me impresionaron sus grandes ojos azules y cabello rubio, como pintaban a algunos seres alados, descendientes de los dioses.

Aparte de su uniforme de protector civil, su rostro apacible me inspiró seguridad.

—Buenas tardes, señoritas —su marcado acento al pronunciar las erres delató su procedencia nativa de Lurragerrari; el caballero era forastero—. Soy el inspector civil, el señor Arotza.

Mi hermana y yo murmuramos la bendición de costumbre.

Antes de que probáramos algún bocado, el extranjero prosiguió:

—Dispensen mi interrupción de su cena, ya importuné a los aquí presentes. Es que estoy buscando a una persona en específico y quería saber si ustedes conocían a este individuo. —El inspector sacó un papel doblado del bolsillo interior de la chaqueta.

Lo tomé para verlo mejor. Era el dibujo de un humano joven con una marca en la frente, ojos y pelo claros.

Negué con la cabeza y verbalicé:

—No lo conozco. ¿Qué sucedió con él? —Le devolví el papel, y él se lo pasó a Laia, quien a su vez movió la cabeza de forma negativa.

—Los protectores civiles de Lurragerrari lo buscan por muchos delitos, pero por razones de la investigación, no puedo abundar en detalles —contestó él y sacó otro dibujo—. Este es él como creemos que se ve ahora. Sus crímenes son de hace veinte años atrás.

Los cinco comensales que nos acompañaban ignoraron las explicaciones del extranjero, atentos a sus asuntos, si bien Laia concluyó:

—Lamentamos no poder ayudarlo, inspector.

El señor Arotza insistió:

—Cualquier cosa que se enteren, por favor, dejen la información con los protectores civiles de Montefuegos. Ellos nos contactarán.

Mi hermana y yo asentimos. Luego de la cena, nos retiramos al pasillo al fondo que nos llevaba a las alcobas: los varones dormirían en las de la derecha, y las féminas, en las de la izquierda. Los demás huéspedes pasaron a un saloncito tras el comedor para jugar cartas, leer o conversar.

La habitación que nos tocó contaba con una sola cama, una silla coja y un ropero viejo. Reposé la tablita, el regalo para mis padres, sobre la silla. Pese a la austeridad, olía a limpio y me despertó el cansancio.

Dije mientras me quitaba las botas, el vestido y el corsé:

—Ese criminal debe ser importante para que lo vengan persiguiendo desde hace tanto tiempo y de tan lejos. —Coloqué la ropa sobre la silla y me tumbé en la cama en ropa interior.

Ella se quedó en ropas menores igual que yo, se acostó de lado junto a mí y con las cejas apretadas cuestionó:

—Sí, ¿qué crees que habrá hecho?

—No leí mucho sobre leyes de criminales en el orfanato porque me interesaban los temas sobre huérfanos, pero seguramente fueron cosas terribles.

La noche se asomó por la pequeña ventana abierta, con la desgastada cortina descorrida, y la brisa otoñal refrescó el ambiente. Laia se acostó bocarriba y planteó al cerrar los ojos:

—Bueno, debe estar muy lejos de aquí, y saber que no lo vamos a conocer me tranquiliza. Así que, mi verdadera preocupación, es que con la prisa no trajimos otra ropa para cambiarnos en la mañana.

Sonreí con los brazos tras la cabeza; no necesitaba la luz de una vela para imaginar su rostro exasperado, y opiné:

—No vamos para un baile; en verdad, no importa.

Tras una corta pausa, ella buscó mi rostro con una mirada tan suave como un verso nostálgico y expresó inesperadamente:

—¿No te emociona que dormimos en el mismo cuarto como la familia que somos? Es la primera vez que duermo acompañada.

Recosté mi cabeza en su hombro por un momento breve y confesé:

—Sí, jamás pensé que esto pudiera pasar, aunque en el orfanato nunca tuvimos mucha privacidad. —La alegría de compartir la habitación con ella saltó en cada sílaba pronunciada.

—Deberías vivir con nosotros en la granja y, por añadidura, así economizarías inar. Hablaré con papá.

Un temor sin fundamento se enroscó en mi garganta. Apreté su muñeca y me refugié en el espíritu de la sinceridad para evitar equívocos:

—No, Laia, no quiero imponerme. Además, prefiero la libertad de vivir por mi cuenta.

Ella suspiró como pétalos desfallecidos en un estanque.

—Sí, me imagino todos los beneficios que debe tener. Es costumbre que las mujeres solteras vivan con sus padres hasta el matrimonio. A pesar de que a mí también me gustaría gozar de mayor libertad, no me atrevo a darles un disgusto tan grande y marcharme. Así que, está bien, no le diré nada a papá.

Hablamos otro poco sobre nuestras aspiraciones profesionales en el campo de la literatura, deseando vivir de nuestro arte.

Sin embargo, el duermevela acunó mis párpados y me dormí primero que Laia en un mar de sueños inquietos.

Mas a la media noche, según el reloj sobre el ropero, el grito profundo de un hombre me despertó.

¿Había escuchado bien o había confundido una pesadilla por realidad?

Caí sentada en la cama y sin querer le di un codazo a Laia. Esta se frotó los ojos.

—¿Qué pasa? —murmuró Laia con voz lenta y ronca.

Salté de la cama, corrí acostumbrada a las emergencias nocturnas que había vivido en el orfanato {niñas que se escapaban o aceptaban invitados inapropiados}, y abrí la puerta.

De la habitación de al frente, salía un hombre con un cuchillo ensangrentado en la mano, y el terror constriñó mi corazón, demasiado tarde para regresar a la seguridad de las mantas.

Algunos huéspedes se asomaron al pasillo, pero como yo quedaba más cerca, el desconocido me atrapó y me acercó el cuchillo a la garganta, a la vez que Laia de igual modo aparecía en el marco de la puerta.

El susto la paralizó tanto como a mí, pese a que el hombre era de mi mismo tamaño y yo tal vez pudiese desprenderme de su captura.

El criminal vociferó:

—¡Nadie trate de detenerme o la mato!

Yo me dejé arrastrar frente a él como un escudo, mientras él caminaba de espalda, dando vistazos sobre el hombro hasta que alcanzó la puerta de salida, me empujó al suelo junto a la mesa del comedor y escapó.

Mi mente seguía en una telaraña de incertidumbre y miedo, amarrándome de manos y piernas; solo podía recordar al ladrón de Montefuegos y, en segundo plano, los castigos que había sufrido en el orfanato.

A pesar de las golpizas que había recibido de la señora Errázuriz, nunca me había sobrecogido el temor de esa manera.

El posadero entró desde la cocina en un camisón largo y gorro de dormir y se arrodilló a mi lado.

—¿Se siente bien, señorita? —La angustia se resbalaba por su semblante.

Laia trajo una manta y me la colocó sobre los hombros, asimismo ella seguía en ropa interior, arropada con la cortina del cuarto.

Aturdida, empuñé la manta y susurré:

—Sí, gracias.

Laia me ayudó a levantarme y me sentó en una silla.

—Arin, no hice ningún tipo de magia para que el bandido no te lastimara. Aunque, la verdad, no sé hacerlo. Nunca la he utilizado de forma violenta.

Yo arrugué las cejas y palpé mi cuello.

—Descuida, no te culpo. Y a mí se me quedó el péndulo en Caobán.

Al poco tiempo, los inquilinos rodearon al hospedero, y uno de ellos dijo, su voz una cuerda temblorosa:

—Señor Ríos, el malhechor asesinó al inspector.

El dueño de la posada prensó los labios y con la manga del camisón secó el sudor de la frente.

—Esto es grave... Dejen al muerto donde está —ordenó el señor Ríos—. Nadie puede alterar la escena del crimen ni marcharse hasta que los protectores civiles tomen sus declaraciones. Lamento interrumpir sus viajes y compromisos, no obstante, la ley nos obliga a cooperar con las autoridades.

Miré a Laia con tristeza, y nos marchamos a la habitación para descansar un poco.

Temí encontrarme con el fantasma del difunto, sin embargo, no sucedió.

El espíritu había traspasado el velo de la muerte más rápido de lo que yo había imaginado.

Pero su homicidio no quedaría impune; había demasiados testigos y tarde o temprano atraparían al asesino, aunque este era un desconocido.

No había participado de la cena y luego descubrimos que nadie lo conocía.

Se había colado en el hospedaje, seguramente mientras dormíamos, sin que los dueños se dieran cuenta de su presencia.

Cuando nos avisaron, desayunamos, y a media mañana llegaron los protectores civiles.

Laia y yo nos pudimos marchar luego de dar nuestros testimonios además de confirmar el dibujo del asesino y, con pesar en el corazón, emprendimos el viaje a Montefuegos.

¿El muerto tendría familia o hijos? Sin saber la contestación, empujamos el evento al cajón de los malos recuerdos.