Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPÍTULO CUARENTA Y TRES
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CAPÍTULO CUARENTA Y TRES

Arin

L a barriada se esparcía alrededor de la loma de Montefuegos como una sopa desbordada en un laberinto de callejones estrechos.

Escasos árboles daban sombra a las casuchas de pintura vieja y descascarada.

La carreta de Laia subió por la empedrada calle ancha principal; la seguían los demás vehículos de trasportación y de otros que bajaban por el lado contrario.

Por el calor, saqué mi abanico del bolso y me abaniqué buscando aliviar mi incomodidad pues mis músculos se contraían con la familiaridad del exceso de población, la pluralidad de edificios, la escasez de áreas verdes, ruidos y recuerdos dolorosos en el orfanato.

No obstante, la tablita en mis manos me devolvió el propósito de mi visita y me tranquilicé.

Por añadidura, Laia me sacó de mis pensamientos:

—Arin, había querido preguntarte algo, pero nunca encontraba el mejor momento. ¿Qué ocurre entre tú y el señor Gizon?

Me abaniqué con mayor fuerza.

—Nada, solo somos amigos.

Ella levantó las cejas.

—¿Y el compromiso? ¡No me digas que la señora Errázuriz suponía bien en sospechar!

Plegué los labios en una mueca; odiaba admitir mis errores frente a ella, quien reaccionaba casi como una santa de los cuatro dioses o la encarnación de un libro de virtudes.

—Deploro tenerte que manifestar que fue una mentirita. —Uní el índice al pulgar para enfatizar el tamaño minúsculo. Laia agrandó los ojos—. Descuida, que ya lo aclaré en la posada y sé que de ahí volará a todo el pueblo.

—Ay, hermana, sí que eres arriesgada. Espero que esto no te traiga problemas en el futuro.

—De todas maneras, soy una huérfana pobretona y nunca tuve esperanzas de casarme.

—¿Te atienes a la certeza de esas palabras?

—Me dedicaré a luchar por mi carrera de poeta y me olvidaré de los hombres para siempre.

Laia sonrió como si dudara de mis promesas impulsivas y comentó:

—No te obligaré a desistir de tan desacordado empeño, pero el tiempo dirá.

Cerré y guardé de golpe mi abanico en el bolso.

—Preciso es que cambiemos de tema porque estamos prestos por llegar y debo concentrarme.

Asimismo, casi enseguida localicé el edificio que buscábamos.

Le indiqué a Laia que se acercara a un pequeño templo de madera justo en la entrada al este de Montefuegos.

Adjunto había una casita donde imaginé que vivía el Erudito Sacro junto a su esposa, encargado de guiar a los fieles {se había nombrado uno para cada templo}.

La construcción sagrada se había erigido en una estructura cuadrada, conveniente por su simpleza y bajo costo.

De las esquinas del techo, sobresalían cuatro cuernos en espiral que simbolizaban a los cuatro dioses cuando habían arribado al planeta y habían avisado la llegada al sonar cuatro cuernos de antílopes.

La historia narraba que la belleza de la música había atraído, por igual, a sus primeros seguidores, quienes se habían convertido, a su vez, en los primeros hechiceros.

Pese a que la ciudad contaba con templos adicionales para pobres, junto con sus cementerios, el péndulo me había mostrado ese lugar.

¿O se trataba del asilo de al lado? Esperé que no se hubiese equivocado, puesto que había olvidado confirmar la información.

Anteanoche me había dejado arrastrar por la alegría de encontrar a mis padres y solo le había pedido una vez la ubicación.

Como los ricos habían erigido capillas en sus mansiones {los pudientes, como el virrey y la alta nobleza lurragerrarí, poseían sus propios templos}, las estructuras sagradas se habían construido como un lugar para los pobres adorar, contactar a los dioses y ofrendarlos.

Eventualmente, habían utilizado los patios traseros como cementerios {los Eruditos Sacros habían suplicado al gobierno y este había concedido los permisos}.

Los que se habían llenado a capacidad habían empleado los laterales o al frente con una estrecha entrada entre las lápidas.

Laia detuvo al zaldia frente al humilde templo de estilo sobrio, no había donde dejarlo, y nos bajamos de la carreta.

La puerta se hallaba cerrada y sobre esta se había tallado el símbolo de la religión sustraiquista: un círculo que representaba a la Madre Universal, madre de los cuatro; dentro, un cuadrado como símbolo de sus cuádruples hijos divinos y, en el centro, la flor danzarina, recuerdo de la iluminación como meta existencial de los humanos.

Me alegró haber leído los libros de historia teológica para entender los detalles. Pero la avidez de lectura religiosa me había durado muy poco, inclinada mayormente a novelas de aventuras, poemas heroicos y escándalos sociales en los periódicos.

Rodeamos el templo para el acceso fácil al cementerio, y dije:

—Laia, busca por este lado. Yo iré por el otro.

Ella asintió, y me dirigí a mi izquierda. Había tanto que leer que no sabía si me daría el tiempo.

No había sarcófagos como en otros cementerios que habíamos pasado, sino múltiples lápidas de diferentes tamaños, supuse que, según los ingresos de la persona, algunos con ramos de flores silvestres dentro de vasos o jarrones de barro o madera barata.

La puerta de la casita se abrió y se asomó el Erudito Sacro; un hombre de mediana edad vestía el acostumbrado uniforme: pantalón, camisa y chaleco blancos, y el xal crema o una banda de tela que cruzaba desde su hombro derecho, rodeaba las caderas y finalmente se amarraba.

Sobre el lado izquierdo del chaleco, se había bordado la insignia que designaba su cargo sagrado {réplica de la que se encontraba sobre la puerta}. Portaba incluso una gorra de paja.

—Bendecida por los Cuatro. ¿En qué puedo ayudarle?

Laia se encaminó hacia nosotros, mas me concentré en el Erudito Sacro y comuniqué con la velocidad de las aves y la brisa, tan cerca de saber la verdad:

—Reciproco. Mi hermana y yo estamos buscando la tumba de nuestros padres.

—¿Sabe la fecha de su muerte?

Laia arribó y contestó:

—Hace veinte años. Los esposos Urtuberri.

Él sacó un pañuelo de su chaleco y se limpió el sudor sobre los labios. ¿Qué le pasaba? Yo no sentía tanto calor.

—Los recuerdo muy bien: un hombre negro y una mujer blanca. Yo acababa de llegar para asumir mi cargo de Erudito Sacro. Llevaba apenas un mes.

Levanté las cejas. Jamás había conocido a una persona con una memoria tan exquisita e inquirí:

—¿Por qué los recuerda después de tanto tiempo?

El hombre se aclaró la garganta.

—Me impresionó el accidente; fue aquí mismo, delante del templo. Vengan conmigo.

Caminamos hacia la parte remota del terreno, e interpelé sin despegar los ojos del suelo:

—¿Por qué está tan lejos?

—Comenzamos a enterrar de atrás hacia adelante. Por eso los viejos se encuentran en la parte trasera.

—¿Qué fue lo que pasó ese día? —expresó Laia con un ligero temblor.

—Da la casualidad de que yo hablaba con un fiel en la puerta del templo y vi cuando…

—Cuando qué —demandé inquieta por pisar el suelo junto a las lápidas, temerosa de enojar a los fantasmas.

Laia tocó mi brazo para que no hostigara al hombre.

Él tosió incómodo, empero mantuvo la calma.

—Ya llegamos —anunció el Erudito Sacro y señaló una lápida desgastada frente a un árbol.

La impaciencia me quemaba los costados, y lo arrostré:

—No dude en decirnos la verdad. Le aseguro que podemos enfrentarla.

—Como ustedes quieran. Un hombre borracho provocó el accidente. Él guiaba un carruaje para salir de Montefuegos y sus caballos se descontrolaron, e impactó al carruaje de sus padres, quienes venían entrando a la ciudad.

Perdí un latido como si hubiesen lanzado mi corazón a las aguas turbulentas de un mar en tormenta. Demandé por la vaguedad de su descripción:

—¿Quién era ese hombre?

—No es por venganza —aclaró Laia, aunque yo no estaba tan segura de la invalidez del sentimiento—; es solo para entender.

—Lo lamento. No me informó su nombre y yo no lo conocía.

De todos modos, intentó enmendar su error y él mismo pagó por la sepultura y me prometió que las llevaría a un orfanato.

No sé si era pobre o rico, de todas maneras, les ruego que lo perdonen.

Me parecía un hombre ciego por el dolor y el licor.

Laia comentó con la voz gruesa de llanto:

—No se preocupe, Erudito Sacro, le aseguro que no le guardamos rencor.

Ignoré las lápidas que la rodeaban como un mar de rostros pálidos. A pesar de que apenas se podía leer las primeras palabras del epitafio, se veía claramente el apellido Urtuberri y la fecha concordaba. Mi péndulo había acertado la ubicación, pero no podía celebrarlo.

Con los ojos ardientes coloqué mi pedazo de madera, el cual contenía unos versos en un papel que había pegado. Un regalo para ellos en agradecimiento por habernos dado la vida. La rabia se había esfumado desde que había conocido a Laia y, por lo tanto, no tenía nada que perdonarles.

Laia lloraba en silencio, y nos tomamos de la mano. Ambas las apretamos con el calor de la amistad y la compañía que nos arropaba en el consuelo, de frente de la lápida, en tanto que el Erudito Sacro se alejaba para darnos privacidad.

Consolé a mi hermana:

—No llores, Laia. Ellos deben estar contentos por el hecho de que nos encontramos al fin y porque crecimos hasta convertirnos en mujeres de bien.

Ella se secó las lágrimas.

—Tienes razón —afirmó Laia convencida—. Debemos agradecer a la Diosa Laborantza Amari que descubrimos la verdad sobre nuestra familia y que tenemos la oportunidad de honrarlos.

—Aunque no lo hubiésemos descubierto, nos tenemos una a la otra.

—Y eso nos basta —concluyó ella.

Asentí a la vez que la paz me recorría como un suave perfume a rosas, y la aceptación restauraba mi confianza en quién yo era; en mi propósito positivo de existir para capturar la belleza del mundo en mis poemas.

Pájaros trinaron sobre los árboles como si estuviesen de acuerdo, y otros volaban de regreso a sus nidos en el atardecer.

Apreté la pequeña mano de mi hermana y con esperanzas miré al cielo, puesto que se iniciaba un capítulo nuevo en nuestras vidas y deseaba zambullirme en las flamantes aventuras que nos aguardaban.