CAPÍTULO CUARENTA Y UNO
Gergori
T erminé de contar las caonas y los altxores, monedas de oro que habían traído los invasores y en forma de flores para simbolizar la agricultura, lo más importante para los hacendados.
Un solo altxor equivalía a cien caonas. Las guardé en el cofre del escritorio.
Cuando encontrara un momento libre u otro día en la semana, llevaría las monedas a mi cuenta bancaria en Montefuegos.
Tal vez personas ingenuas confiarían en su secretario, pero yo prefería hacerme cargo de la tarea.
Pese a que el señor Lebak llevaba conmigo los mismos años que yo en mi cargo de alcalde, tenía que permanecer alerta ante cualquier debilidad ya fuese de mis familiares, amigos, enemigos o empleados.
Por añadidura, si se trataba de mis bienes económicos, vigilaba con mayor intensidad.
No iba a permitir que nadie me robara los recursos por los que había luchado tanto.
Estiré el mapa de Caobán sobre el escritorio, y con un carboncillo marqué una x en los lugares necesarios. La satisfacción me invadió como el golpe cálido del licor api , una de las bebidas de mayor fuerza embriagante de la raza senang.
Sin embargo, el contentamiento se me enturbió con un recuerdo desagradable.
El día anterior había recibido la noticia de que la señorita Arin había planeado fugarse y que, a último momento, se había arrepentido.
El comportamiento impredecible de esa mujercita me exasperaba al punto de desear rendirme y permitir que Gizon permaneciera en Caobán.
De todas maneras, ella no era tan importante como para perder mi tiempo con ella.
Para colmo, había roto su promesa y había anunciado a viva voz que su compromiso con mi hijo había sido una mentira.
¿Se había confabulado con Gizon? ¿Con cuál propósito?
Pero la señorita Arin era una pobre poeta sin recursos ni contactos; muy por debajo de mis verdaderos enemigos.
Por tales razones, la olvidé inmediatamente.
Alguien tocó a la puerta y se asomó mi secretario, el señor Lebak.
Las tres protuberancias pequeñas como botones, o similares a las de los cervatillos machos, cubiertas de piel y finos vellos sobre su cabeza y el color rojo ladrillo de su piel nunca dejaban de asombrarme {su esposa y las mujeres senang eran de piel rosada con sus diferentes tonos}.
Pero ahí no terminaba la singularidad de su raza.
Los machos senangs nacían con delgados abultamientos marrones sobre los ojos anaranjados, sin la parte blanca, puesto que carecían de cejas.
Estas líneas en relieve semejante a ramas bajaban por las sienes y rodeaban la mandíbula inferior.
Tampoco tenían orejas; solo ranuras a los lados de la cabeza.
Mi secretario recogía su cabello negro en un corta cola.
Los senangs eran famosos licoreros y comerciantes, si bien se consideraba raro que alguno lo abandonara para dedicarse a otras carreras como había hecho Lebak.
A pesar del misterio, nunca me había interesado averiguar su deseo de emprender una profesión tan rutinaria como la de secretario, tomando en cuenta que su esposa era la dueña de la taberna del pueblo.
Yo tenía demasiados asuntos como para preocuparme también por su vida íntima.
—Señor Águila Salvaje, lamento interrumpirlo, pero el ilustre de Karrantza desea verlo. Le dije que tendría que coordinar una cita, y se negó porque dice que es urgente.
—Todos creen que sus problemas son urgentes. Dile que se marche.
—Ya se lo había sugerido. De todos modos, él insiste en que le interesará escuchar lo que tiene que decir.
Dudé inmediatamente. El artista había enviado una carta solicitando unas tonterías, y yo le había ordenado al secretario que le contestara con una negativa educada. El hombre era rico, mas mis planes no lo incluían por el momento.
—¿No ha llegado la joven? Ella es de suma importancia para mis proyectos.
—Lo lamento, no.
Apreté la quijada y me aflojé la lazada de la pajarita.
—Cuando quiero que ella llegue temprano, no lo hace… En ese caso, nada requiere mi atención inmediata. Hazlo pasar —ordené con desgano.
El ilustre de Karrantza llegó mejor compuesto y oloroso a limpio, muy diferente de la última vez que lo había visto, dando tumbos por la plaza.
Me levanté simulando un respeto que no sentía.
—Que le guarde Atabex. —Modelé mi tono de voz en la forma correcta.
—Reciproco.
—Siéntese, ilustre de Karrantza. ¿A qué debo su visita?
—Si recuerda mi carta, deseo abrir una biblioteca y una academia de arte, pero entendí poco sus argumentos declinando las peticiones.
—Me negué porque somos un pueblo agricultor. ¿De qué nos sirven esos artificios? El que quiera ampliar su banco de lectura, que visite los museos de Montefuegos donde hay bibliotecas.
—La gente pobre no tiene inar ni el tiempo para ir tan lejos. Si le molesta que yo me haga cargo de la biblioteca, podemos abrirla aquí mismo y le dono los libros de mi esposa. Conozco de varias alcaldías que mantienen en sus recintos una biblioteca pública.
Su postura filantrópica me hacía parecer un hombre superficial y ruin, lo cual yo no era.
Aun así, no me interesaba codearme con gentuza a la que yo no podía sacar ni una caona pues para empezar no tenían suficiente; en cambio, debía cuidarme de ellos.
Todos sabían que los pobres solo soñaban con robarle a los ricos.
Por otro lado, mis espías me habían indicado que, desde la muerte de su esposa, el ilustre de Karrantza había caído en el alcoholismo.
De seguro, por eso no le molestaba relacionarse con gente de clase baja.
—Bueno, me agrada su punto de vista. Es muy loable —comenté—. Para mí no habrá ningún inconveniente si desea abrir la biblioteca pública, pero en otra parte. Aquí las oficinas están todas ocupadas.
—Entiendo. Gracias, señor Águila Salvaje. Hablemos de la academia.
—Esa idea es poco práctica. Un pueblo rural como este no la necesita. Sin lugar a duda, solo se abren en las ciudades o capitales donde haya gente adinerada que pueda costearlo.
—Para eso existen los mecenas, sociedades de artistas, distribuidores y hasta coleccionistas de arte. De todas formas, una academia modesta atraerá la visita de artistas y, a su vez, turistas. Por ende, estoy seguro de que mejorará la economía de Caobán.
Asentí lentamente. No había considerado ese detalle. Mientras más monedas entraban a nuestro pueblo y llenaban mis arcas, mejor. Todos los comerciantes tenían que pagar un impuesto, incluyendo el artista.
—Excelente. Me ha convencido, ilustre de Karrantza. Tan pronto mi secretario tenga los permisos listos, volveré a llamarlo para que los firmemos. —Extendí la mano izquierda para cerrar el trato, y la sacudimos con entusiasmo.
Luego que se marchó el ilustre de Karrantza, el señor Lebak interrumpió mis sueños maravillosos de las grandes riquezas que el porvenir me traería gracias a mis sabias negociaciones.
—Llegó la joven que esperaba, señor Águila Salvaje.
—Hazla pasar —contesté de buen humor.
Ruli la tejedora entró a la oficina, ataviada con la vestimenta de su pueblo un tejido de hilo de seda blanca.
Usualmente, los hombres y mujeres tejedores utilizaban en el bosque pantalones largos para permitir mejor la movilidad tan ágil como los simios, pero el de las féminas era más ancho, simulando faldas divididas que amarraban a los tobillos, y solían ceñirse a las caderas pañuelos de colores.
Los hombres permanecían con el pecho desnudo {exceptuando en las temporadas de lluvia}; en cambio, las hembras, se tejían sobre el pecho un choli , una camisita corta que amarraban bajo el busto y dejaba parte del tronco descubierto, Ruli lo llevaba de mangas cortas.
Sus zapatillas también las confeccionaban con el hilo entretejido que producían de sus dedos, hasta formar una tela gruesa y acolchada que les protegía los pies.
Su piel verde se veía tan extrañamente pálida como una hoja que moría poco a poco, sumado a la expresión de sus castaños ojos agrandados y orejas puntiagudas echadas para atrás, me daba la impresión de que me temía.
Me recorrió el placer de los todo poderosos; me agradaba saber que mi presencia todavía intimidaba a los demás.
Me levanté para recibirla como se esperaba de un caballero, a pesar de que me vibraban los sentidos como un cazador a punto de lograr su cometido.
—Que le guarde Atabex. Siéntese, señorita Ruli.
—Señalé la silla frente a mi escritorio—.
Me alegra verla. —Tomé asiento con la mesa interpuesta para señalar mi posición superior—.
Como parte de la alianza entre los mákarasaas y Caobán, es una de las funciones de su trabajo como emisaria dialogar conmigo cualquier necesidad o problema que presente su pueblo.
Después de todo, los bosques de los tejedores, perdón, los mákarasaas, se encuentran en la jurisdicción de Caobán.
¿Puedo ayudarla en algo? Aunque sé que esta reunión es de mi iniciativa.
Utilicé el nombre formal de mákarasaa , como ellos se llamaban a sí mismos, para ganarme su confianza, pero ella continuó seria y ceñuda.
—Le aclaro que no he recibido el cargo propiamente, debido a que es un proceso largo de entrenamiento y no estoy segura de querer continuarlo ni de vivir aquí en el pueblo. —Su tono de voz áspero sonaba a una queja.
Apreté los dientes puesto que no esperaba de ella tanta resistencia. Fingí una sonrisa conciliadora.
—¿Cómo va a desairarme así? Me acaba de informar la señorita Taresa, por medio de mi mensajero, que usted aprendió a escribir y a leer nuestro idioma. ¡Tan rápido! En honor a su compromiso, yo estaba dispuesto a abrir una oficina aquí en la alcaldía para que trabaje con nosotros.
Y para poder vigilarla mejor.
—En ningún momento le indiqué que deseaba una oficina.
Ignoré temporalmente su impertinencia.
—¿No le parece maravilloso? ¿No es más fácil que en la incomodidad de la posada? Le proveeré lo que necesite al alcance de la mano.
Ella se levantó de un brinco como si un lobo le hubiese tarascado los pies.
—Lamento informarle que eso no sucederá. Renuncio al cargo de mediadora.
Corrió hacia la puerta y desapareció sin darme tiempo de reaccionar o decir cualquier cosa que la retuviera.
Tomé un papel sobre el escritorio y lo apreté expulsando el aire como un grito inarticulado.
—Maldita —susurré—. Debo calmarme para pensar mi próximo paso.
Tiré el papel al suelo y me recliné de la ventana detrás de mí para tomar aire fresco.
Mi oficina quedaba en la parte trasera de la alcaldía desde donde vislumbraba el camino hacia Montefuegos y la cárcel.
¿Por qué esa niña era tan huraña? En adición, me rondaban varias ideas de construcción junto a la penitenciaría, y las caonas que recibiera de los impuestos del artista me ayudaría a lograr esas metas con rapidez.
Sonó un toquecito en la puerta, y el señor Lebak entró con una bandeja que contenía una carta y en el sobre se había escrito que provenía de una oficina gubernamental en Montefuegos donde trabajaban los hechiceros.
—Perdone mi atrevimiento, pero… ¿Qué pasó con la señorita Ruli? —inquirió el señor Lebak.
—¿Por qué pregunta?
—Es que salió como si la persiguiera un asesino.
Me acordó a una araña o un mono cuando trepó por las paredes y se colgó de las esquinas, utilizando su tela de araña en la forma de una soga.
En mi opinión, temía arriesgarse a caminar igual que la gente.
Por tal razón, se encaramaba a una velocidad insospechada.
Y usted sabe que los tejedores son muy privados ya que les disgusta demostrar sus habilidades en público.
—¿Qué hizo su protector, Vikrant?
—Se marchó tras ella tan presuroso como pudo.
Mi malhumor se acrecentó.
—Esto es una contrariedad.
—¿Por qué lo dice, señor Águila Salvaje?
—Renunció al cargo de emisaria. Deduzco que temía de mi parte una penalidad o una confrontación y eso la impulsó a partir tan abruptamente...
Bueno, ya regresará o alguien la atrapará.
—Suspiré con exasperación—. En otros asuntos, supongo que, por fin, se terminaron las audiencias pautadas para hoy.
—Supone bien, señor.
—Dígales a mis mensajeros que busquen a la tejedora y la traigan de regreso. No atenderé a nadie sin cita, así que ignore cualquier excusa que le den. ¿Entendido?
—Bien, señor.
Cuando me quedé solo, abrí el sobre y leí la carta firmada por el hechicero auditor a cargo de las alcaldías, Xhab Nihura.
Me auditaría personalmente, sin embargo, no incluía una fecha específica y sus palabras galantes como “visita rutinaria” escondían la verdadera razón. Mis manos temblaron… ¿Alguno de mis empleados me había traicionado?
¿Pero quién y cómo? Los fui descartando uno a uno de tal manera que no me di cuenta del paso del tiempo ni de la posición de la luz dentro de la oficina.
Me distrajo un toque sobre la puerta, esta se abrió y el jefe de mi banda de espías se asomó.
—¿Dónde está la tejedora? —demandé.
—No la encontramos en ninguna parte, mi señor, ni siquiera en la posada. Está desaparecida. Hasta el individuo que la vigila, Vikrant, la anda buscando como un loco. Parece que el tejedor le perdió el rastro.