CAPÍTULO CUARENTA
Arin
A la mañana siguiente, mis ánimos se remontaron por las cumbres de la alegría. Me vestí a prisa deseosa de contarle a Laia las buenas nuevas. Cuando me observé rápidamente en el espejo de pie, mi cabello rojo no me pareció tan espantoso como antes.
Bajé a desayunar y decidí acompañar al señor Karrantza. Desde que permanecía sobrio, disfrutaba de su compañía agradable con mayor frecuencia. Ahora me sentía segura a su lado como junto a un padre o un tío venerable.
Solicité con el plato de revoltillo y pan en una mano y una taza de kafea en la otra:
—¿Me permite?
Él soltó el periódico {una suscripción de la ciudad que recibía la posada}, y se levantó como un caballero.
—Es un honor para mí, señorita Arin.
—Gracias. Hoy el cielo está tan hermoso, ¿no le parece? —Tomé asiento frente a él—. Despejado y brillante como una joya fina. No es que yo posea ninguna de calidad para poder comparar, pero las he visto en las joyerías de Montefuegos en las pocas veces que transité sus calles.
Él se sentó y tomó un sorbo de su taza de kafea y en sus ojos brilló algo divertido.
—Comprendo. Esperemos que la semana continúe de la manera que ha explicado tan poéticamente.
Sonreí halagada, de acuerdo con él. Sin embargo, su expresión cambió en un segundo, simulando una tenue luz del cabo de una vela, lo cual podía ser peligroso y empujarlo a recaer en el alcohol.
Tal vez, su salud y su vida dependían de mantenerse sobrio, como había sucedido con Irune. Me despertó el deseo de confortarlo, pero como no debía confiarle sobre la existencia del brebaje que había creado mi amiga, le brindé un apoyo amigable:
—Anímese. ¿Sucede algo?
Él se movió en la silla, como si dudara de revelar sus preocupaciones.
—Lo que le voy a contar, por favor, no se lo diga a nadie, ¿está bien?
Llevé una mano a mi corazón y expresé:
—Si eso le complace, puedo ser tan callada como una vaporosa nube viajera.
El artista dejó aflorar una corta sonrisa y luego confesó:
—Bien, gracias. En resumen, sucede que el alcalde no quiere darme los permisos para abrir la academia ni la biblioteca.
—¿Por qué?
Él realizó una mueca que traducía su malestar y explicó:
—Me escribió una carta dándome excusas baratas.
—Insista. Vaya y hable con él en persona. No es que sea de los caobaneros más agradables que he conocido, aun así, debe haber alguna forma de ganárselo.
—Si le demuestro las ganancias personales que puede tener, me imagino que lo lograría. —El señor Karrantza asintió de mejor humor, y reí por la descripción tan acertada del carácter del alcalde.
No obstante, la alegría nos duró poco. Cuando la puerta de la calle se abrió, el ambiente se tensó como el silencio siniestro de las aves antes de una tormenta, el señor Otxoa entró a la posada {con el rostro igual a una máscara seria}, y se dirigió a nuestra mesa.
Empuñé mi tenedor de latón con el que comía el revoltillo.
—Bendecidos por los Cuatro, señorita Arin e ilustre de Karrantza.
—Reciproco. Qué sorpresa verle de nuevo, célebre de Otxoa. —Lo recibió el señor Karrantza con una amabilidad que discrepaba del hilo de sus cejas juntas en tanto que palpaba su cadera, pero esta vez no traía consigo la pistola.
—Me enteré, de muy buena tinta, que usted piensa abrir una escuela y una biblioteca a nombre de mi hermana —comentó el recién llegado.
—¿Y viene a discutir por eso? —demandó el señor Karrantza.
—Todo lo contrario… cuñado. ¿Cuándo es la fecha de apertura?
—Todavía no sé.
—Tan pronto se entere, avíseme para visitarlo. Mi hermana estaría muy orgullosa de esas empresas. Por lo tanto, yo también. —El señor Otxoa estiró la firme mano izquierda.
Yo no podía creer lo que había escuchado. ¿Por qué ya no odiaba al artista? Me pareció confuso y extraño, pero si abogaba por la paz, debíamos aceptarlo, ¿no? Si bien estuve a punto de exigirle qué lo había motivado a cambiar, se me adelantó el artista.
—¿Por qué ahora después de tantos años?
—Es mejor tarde, que nunca —explicó Otxoa—. Por otra parte, no quiero que nuestra enemistad afecte ni tu empresa ni la mía ya que vamos a trabajar en el mismo pueblo.
El señor Karrantza recibió el símbolo de ese gesto como una bandera de tregua y apretó la mano extendida. Por el momento, confiaba en las palabras de su cuñado.
Fueran sinceras o no, y aunque el súbito cambio del señor Otxoa me dejaba perpleja, debíamos fomentar la paz, y solté el tenedor.
Como no tenía inar y para no abusar de la bondad de Taresa, me monté en la carreta de un grajero anciano muy amable que regresaba a su casa y fuimos hablando todo el trayecto.
Pese a mi desconfianza con los extraños, concluí que yo era más fuerte que un pobre viejo y no pasaría nada.
Llevé mi bolso y bajo el brazo un pedazo de madera, que utilizaría en el momento necesario, envuelto en papel para que no se ensuciara por el camino.
El afable campesino me dejó en la granja de Laia y siguió su camino.
Mi hermana ya se encontraba vestida con su ropa de pasear y un lindo bonete cuando salió por la cocina. Un sencillo vestido blanco con escote de barco y mangas cortas resaltaba la hermosura de su piel. Llevaba en el brazo un bolso bordado con rosas rosadas en una tela de fondo blanco.
Endrique corría junto a ella, ladrando su bienvenida.
La abracé mientras unas lloviznas pasajeras revoloteaban sobre nosotras.
—¿Vas para algún lado? —Me afligió que su paseo me dejara poco tiempo para hablarle.
Laia contestó:
—Contigo. Percibí que íbamos para un lugar importante, así que me llevaré la carreta. Ya hablé con papá.
Con frecuencia, me maravillaba nuestra conexión tanto que el entusiasmo se rebasaba por mi cuerpo como un arbusto repleto de sol, y confesé:
—Eso de ser gemelas es ventajoso a veces.
Ella rio, supuse que de alegría.
Laia siguió hacia la caballeriza al sur de la propiedad. Con caricias y susurros sacó a uno de los zaldia , a Luna. Salimos por la parte de atrás hacia el cobertizo donde se guardaba la carreta. Allí ajustó con destreza el atalaje de varas al animal tranquilo.
Montamos la carreta y cruzamos por el sendero de tierra y viramos hacia el norte, a la calle principal.
—¿Qué era eso tan importante que tenías que decirme? —indagó ella.
Sin poder contenerme, comenté:
—Encontré el cementerio donde están nuestros padres enterrados. Debes seguir hacia el este de Montefuegos.
Ella se sobresaltó.
—¿Cómo? ¿La excelsa de Errázuriz por fin te lo dijo?
—No, utilicé por primera vez el péndulo para rastrearlos.
—Si Irune confía en ese objeto, la información debe ser cierta —comentó ella.
—Así lo percibí. Además, tracé un mapa para que me señalara la localización exacta.
—Eso fue una buena idea.
—Gracias. —Dudé si contarle el mal rato que había pasado con la señorita Katariñe en la posada, empero desistí para no lastimar innecesariamente sus sentimientos—. Leí tu nota así que Taresa y yo celebramos tu contrato con el célebre de Otxoa. Debes venir otro día para festejarlo contigo.
Ella rio, mientras pasábamos por la hermosa calle Atabex.
Me encantaba admirar la estatua de la Diosa y los zuháitzgorris floreados en la plaza, pues le daba un aire tanto romántico como misterioso al ambiente.
Me remontaba a soñar despierta en ilustres pasados, reales o inventados, llenos de heroísmo y gloria.
Salimos de Caobán. Por alguna razón, hoy había menos tránsito en las calles, y Luna cruzó con rapidez.
Mi hermana agregó:
—Me encantará celebrarlo con ustedes.
¿Por qué Laia no hablaba del evento tan importante de su contrato? A veces era demasiado callada, pese a que no me molestaba, por el hecho de que yo podía hablar por dos en muchas ocasiones. Interesada en saber los detalles, inquirí:
—¿Qué hiciste para lograrlo?
Ella se encogió de hombros.
—Dialogamos, y él admitió que yo tenía talento, aunque me dio trabajo convencerlo para que me publicara.
De algún modo calmó mi culpabilidad la satisfacción de que mi locura de hacerme pasar por un escritor la hubiese exhortado de manera indirecta para luchar por su creación. Ni siquiera la triste presencia de la cárcel, a nuestra izquierda, empañó mis ánimos.
—Qué bueno que el señor Otxoa recapacitó. —Pero mis pensamientos inquietos saltaron a otro tema—. Me da curiosidad. ¿Todavía sueñas conmigo?
—No.
—Yo tampoco... ¿Por qué crees que ahora es diferente?
—Supongo que ya no es necesario —propuso Laia.
—O porque estamos juntas en la vida, felices de habernos encontrado —concluí, y ella asintió.
Yo todavía me maravillaba por la forma en que nuestras mentes se habían llamado en la distancia y me cuestioné si la causa tenía que ver con que éramos gemelas o brujas.
Cualquiera que fuese la razón, me llenaba de asombro por la vida.
Y pensando en la existencia, una idea loca cabalgó por los campos de mi mente:
—¿Habremos cambiado la vida del conetxio al que le puse el ungüento? ¿Se cuestionará quiénes somos y por qué nos entrometimos en sus hábitos nocturnos?
Laia rio un poco y después arguyó:
—Eso es imposible. No tienen una conciencia tan evolucionada como los humanos.
—Pero los chamanes se comunican con los animales y los reinos vegetales.
—Es diferente, aunque los conceptos se me escapan, no sé explicarlo bien, ellos tienen sus métodos. Además, ¿por qué te preocupa eso ahora?
—Sería muy original escribir una historia o versos desde el punto de vista de un animal.
Tras un callado análisis rápido, mi hermana sentenció:
—Creo que vendería muy poco.
Aventurando la imaginación como si trepara las ramas de una árbol, añadí:
—Tal vez tengas razón o, tal vez, impactaríamos a un grupo lector que fuese capaz de entender y apreciar esa obra tan singular.
Laia asintió lentamente y añadió luego de un corto silencio:
—Esto no tiene nada que ver con el asunto anterior, mas… Quería contarte algo que me viene sucediendo hace tiempo.
Me encantaban los misterios, muchísimo mejor si podía resolverlos, y la animé a que compartiera su experiencia:
—¿De qué se trata?
—Primero prométeme que no se lo dirás a nadie; ni siquiera a Taresa. Ella es mi amiga desde que estábamos en la escuela, pero no es bruja y me incomoda hablarle de estos temas.
Coloqué una mano sobre mi corazón y juré solemnemente:
—Te lo prometo por nuestros escritos.
Ella sonrió.
—Es que me visita un búho curioso y, en sueños, una mujer con careta de búho. El ave me ayudó a tomar una decisión importante, y, a veces, me inquieta si la mujer se transforma en búho para guiarme. Y por qué lo hace; cuál es su propósito.
—¿Es amable o aterradora?
—Me infunde respeto y admiración, pero me asusta un poco que no sé nada de ella. No me ha dicho quién es.
—Que interesante. En el orfanato, leí en libros de historia, religión y mitología sobre dioses que cambian de forma, incluso las kachinas de los guaitikas. No obstante, con toda probabilidad es que sea una diosa como Sorgina, quien es la divinidad encargada de la hechicería entre otras cosas.
—Tendré que esperar e interrogarla cuando la vea en sueños si quiere revelar su identidad —concluyó ella.
La emoción de que una diosa frecuentara a mi hermana me aligeró mi corazón imaginativo. ¿Por qué la visitaba? ¿Revelaba aventuras intrigantes o peligros inminentes?