CAPÍTULO TREINTA Y NUEVE
Arin
D esperté con un sobresalto y me estrujé los ojos ante la claridad que bañaba el dormitorio.
Tomé el péndulo en mi mano; seguía intacto, mas necesitaba la energía lunar para encontrar a mis padres.
Acaricié a Lirico, el cual dormía sobre el escritorio, recibiendo un baño de sol; pocas veces se había escapado del dormitorio, pero la señorita Taresa no se había quejado.
Me aseé rápidamente y corrí escaleras abajo.
Me había perdido el desayuno con los inquilinos y la visita de Laia, pero ella me había dejado una nota con Taresa indicándome que había conseguido vender su manuscrito al señor Otxoa y que había firmado un contrato con él.
La noticia me dejó perpleja. ¿Cómo lo había logrado si él parecía tan renuente en publicar mujeres? Por otro lado, Taresa me había guardado el desayuno y lo comí a prisa porque la artista quería celebrar el triunfo de Laia.
Taresa trajo, sobre su falda, un licor de fresas del bosque; Vikrant o Ruli habían transportado las frutas, y Taresa había preparado el licor. No nos importó celebrar con alcohol en la mañana, cerca de las once.
La curiosidad desenroscó sus alas en mi interior, lo cual me impulsó la pregunta, pues era de conocimiento general que los senangs se dedicaban a la creación de licores, a pesar de que ninguna ley prohibía a los demás habitantes adultos de Torrente Azul elaborar sus propias mezclas:
—¿Cuánto se tardó en hacerlo?
—Tres meses porque debía dejar las frutas macerar por todo ese tiempo. Es una receta familiar. —Ella cubrió el fondo de dos vasos cortos de cristal.
Comenté deseosa de probarlo:
—Me encanta el colorido rojo rosado del líquido, también porque contrasta con el envase de cristal. Se ve muy bonito y elegante.
—Gracias. Lo había guardado para ocasiones especiales como esta; él éxito de Laia hay que celebrarlo —opinó ella, y yo estuve de acuerdo.
—Cuando ella regrese, volveremos a celebrar con este mismo licor hasta emborracharnos —chanceé, o tal vez no, y Taresa tosió ahogada. ¿Por qué se perturbaba con mi broma? ¿Nunca había visto a una mujer borracha?
Una vez que encontró la voz, pronunció:
—Me encanta su sentido intrépido, señorita Arin. Sin duda, festejaremos.
Tan pronto Taresa guardó la bebida, la ayudé a limpiar el recibidor y el comedor de la posada; mientras ella pasaba un paño sobre las mesas, yo barría.
Como yo no tenía inar, así pagaba el hospedaje.
Para finalizar, el joven que vigilaba la puerta le tocaría, después de concluir la cena, arrodillarse y restregar el suelo con otro paño y un cubo con agua y lejía.
Mientras barría, no podía dejar de pensar en el péndulo y si encontraría la respuesta que buscaba. Lo había reparado físicamente, pero eso no garantizaba que hallaría objetos o cosas perdidas como antes, aunque había trabajado muy bien al paralizar al conetxio.
Esta vez necesitaba localizar a mis padres para rendirles respeto, pedirles disculpas y agradecer la vida que me habían dado. Necesitaba honrarlos en ese lugar sagrado de descanso. Tal vez a sus almas les agradaría mi visita.
El ruido del sillón de ruedas me extrajo de mis pensamientos, en tanto que Taresa se me acercaba luego de terminar una mesa e informó:
—Ya sé quién es la mujer que acompañaba al doctor Toro Fuerte el otro día.
Yo no la había olvidado e inquirí:
—¿Usted la conoce? ¿Y cómo sabe que quiero saberlo?
Ella sonrió mientras danzaban sus ojos verde marrones y añadió:
—Ay, señorita Arin. Su rostro a veces parece un libro abierto —sostuvo ella, y la cara se me calentó, al encontrar que mis juicios concordaban con su observación—. Me di cuenta por la forma en que usted la miró cuando hablaba con el doctor.
Aún sonrojada, cacé las palabras adecuadas y balbuceé:
—Bueno, ¿quién es la señorita?
—No quiero pecar de murmuradora, pero después que usted se marchó a la alcaldía, escuché, mientras les servía kafea, que ella quiere que él regrese a Montefuegos. Me pareció también que ella es una novia antigua.
El espectro de la tristeza me arrancó el suelo de los pies, y trabé mis ideas a un poco de voz tenue:
—¿Cómo puede estar segura?
—Eso se sobreentiende por la forma en que ella le hablaba y le tocaba las manos.
Sí, solamente una mujer que hubiese compartido una relación con él se atrevería a tanto. No obstante, superaba en importancia para mí la reacción del señor Gizon {no quise preguntarme las razones}, e investigué:
—¿Qué le contestó el señor Toro Fuerte?
—No sé, porque él se mantuvo callado mientras estuve cerca.
La tristeza persistió en asaltarme, y confesé como un borboteo de frases marchitas:
—Yo sé que no tengo derecho de saber nada de su vida privada; aun así, le pregunté la identidad de la joven dama y me dijo que esa visita era insignificante.
Taresa apretó mi mano, y me consoló su contacto.
—Entonces, no se preocupe. Créale.
Asentí como un caracol lento y carcomida de dudas entre otras emociones antípodas, y ella se alejó a limpiar las mesas restantes.
¿Por qué me moría de celos? No debía apegarme a las personas de esta manera, pero si era sincera, temía que él regresara a Montefuegos y no verlo jamás.
Tan pronto aparecieron las lunas y alumbraban la posada, subí a mi dormitorio y me senté sobre la cama pues era el objeto más céntrico. Tomé el péndulo cálido y liviano.
—¿Dónde están mis padres enterrados? —Así la cadena para que colgara y esperé a ver si el péndulo se movía hacia alguna esquina de la habitación equivalente a los puntos cardinales de la isla. No funcionó.
¿Estaría haciendo algo mal como pasaba a menudo? Capté la negatividad del hilo mental y restringí su continuidad descarriada.
Ya sabía mi propia identidad: una joven poeta con habilidades de bruja. Asimismo, lograría mis metas porque contaba con muchos talentos.
Lo intenté de nuevo sin éxito.
Cuando realizaría el experimento por tercera vez, la puerta se abrió de súbito y la señorita Katariñe apareció con una sonrisa misteriosa, como si quisiera atraparme en su red.
Escondí el péndulo dentro de mi puño y lo pegué a mi espalda baja. Me incorporé de un salto para enfrentarla, confundida por su presencia.
¿Se habría dado cuenta de mi ritual mágico? Para despistar a la advenediza, la arrostré:
—¿Qué hace aquí? ¿Cómo sabe dónde queda mi habitación?
—Le di una caona al joven que cuida la entrada. Todo se resuelve con un buen precio.
—Es bien engreída y loca si cree eso.
Katariñe se pasó una mano por el lado de su cabello arreglado como si su vanidad fuese la mejor pócima contra los insultos de los enemigos, superando a nosotros los mortales comunes.
—¿No me vas a preguntar a qué vine? —insistió ella.
—A quién le importa; váyase de aquí o deje de tutearme porque yo no soy parte de su familia gracias a los dioses.
Me distraje con la manifestación de Zorione y Beñat cuando atravesaron la pared, atraídos, tal vez, por nuestra discusión.
Por supuesto, Katariñe no los veía. Ella continuó con la diatriba y muy segura de sus argumentos añadió:
—Pues me tomé la molestia de visitarte para que aconsejes a Laia de que no pierda el tiempo en publicar los garabatos que ella llama novela. En mi valiosa opinión literaria, ni tú ni ella son buenas escritoras.
¿Quién le habrá dicho que yo escribía? Tal vez la señora Errázuriz, pues me había llevado muchos regaños en la escuela por haber desperdiciado las horas académicas en la escritura de versos en vez de prestar atención a las clases.
Extravié los últimos retazos de mi poca paciencia por el hecho de que perdía el tiempo por culpa de ella en vez de encontrar a mis padres, y exclamé para espantar a la pendenciera:
—¡Usted es una berzotas!
Los fantasmas comenzaron a rondar alrededor de Katariñe, y ella se estremeció de frío sin imaginar la razón. De todos modos, mi esencia permanecía incólume, pese a sus intentos de horadar la confianza en mí misma.
—Más berzotas serás tú. ¿Pero qué se puede esperar?
—Ella alisó una vena que saltaba en su frente; mi enfrentamiento le agradaba tan poco como una patada en partes inmencionables—.
Si fueses una buena hermana, le evitarías las decenas de humillaciones que tendrá a causa de que las dos van a fracasar como escritoras.
En otro momento hubiese dudado debido a la seguridad de sus afirmaciones, pero Laia y yo habíamos conseguido un contrato literario, así que se había validado nuestro arte.
—Si fracasamos o triunfamos, eso no es asunto suyo. Además, yo sé quién soy, y Laia también. Por lo tanto, sus malas intenciones no sirven para nada.
Me hirvió en la punta de la lengua decirle una mentira de que otra casa publicadora había contactado a Laia, cualquiera de las famosas de Montefuegos, empero desistí de engañarla para no agravar los problemas.
Katariñe por fin pareció perder el habla, y Zorione le haló mechones del peinado, en tanto que Beñat le levantaba la orilla del vestido. Lírico había desaparecido desde el atardecer y no contaría con su colaboración.
—¡Au! —se quejó ella de dolor por los halones y agrandó los ojos tratando de espantar lo que la molestaba como si mosquitos invisibles la torturasen—. ¿Qué está pasando? ¿Tú me estas fastidiando con algún poder oculto de bruja? —demandó ella.
—Está loca si cree que voy a perder mi tiempo con usted. Y para que esté al tanto, yo no soy una bruja —mentí descaradamente. Una mentirita blanca no le hacía daño a nadie.
Derrotada por mis argumentos y las artimañas de mis amigos transparentes, Katariñe gritó de miedo y salió corriendo de la habitación.
Zorione, Beñat y yo reímos ante el espectáculo. La fantasma cerró la puerta de un portazo.
«Esa joven mujer peca de arrogante y exceso de confianza en sí misma», analizó Zorione.
«Entre otras cosas», opiné limpiándome el sudor de la frente con el pañuelo que había guardado dentro del escote de mi vestido.
¿Es que la señorita Katariñe no se daba cuenta de lo inapropiado que había sido su conducta?
Seguramente, se había escapado de su casa para torturarme.
Sus padres hubiesen impedido semejante locura a esas horas de la noche, aunque ella fuese una adulta.
Además, ¿por qué estaba obsesionada con molestar a mi hermana y a mí?
Tan pronto me calmé, levanté el péndulo y me coloqué en el centro del dormitorio. Pensé en los muchos cementerios de Montefuegos e inquirí:
—Dime dónde están los huesos de mis padres.
El péndulo tembló sin una dirección fija. Se podía interpretar como cualquiera de los puntos cardinales, mas me complació que se estaba iniciando una comunicación.
Me acerqué al escritorio y saqué un papel del cajón.
Tomé un carboncillo de los que Taresa me había regalado y dibujé un mapa donde se ubicaban los cementerios para personas pobres en la capital porque de alguna manera intuí que mis progenitores carecían de inar.
Los ricos y nobles contaban con panteones en los terrenos colindantes a sus hogares.
Coloqué el péndulo sobre el mapa y formulé la misma interrogante. Mi curioso objeto se agitó y señaló con claridad hacia el este de la ciudad.
Mis amigos fantasmas aplaudieron, y una quietud de céfiro perfumado a rosas relajó mi semblante. Afuera, un inesperado aguacero limpiaba las calles y el cristal de mi ventana con las persianas cerradas.