Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPÍTULO TREINTA Y OCHO
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CAPÍTULO TREINTA Y OCHO

Katariñe

E speré a que la juntaletras se marchara y lo supe por el sonido de la puerta al abrirse y cerrarse.

No nos miramos, pese a que ella tenía razón y yo le debía una disculpa.

Yo no había leído el manuscrito y había mentido sobre su calidad simplemente porque se me antojaba hacerla sufrir.

Sus pasos suaves y pusilánimes se alejaron por la escalera lateral.

No sé cómo se atrevió a venir y mucho menos con el horripilante atuendo que vestía.

Una selección insípida donde intercalaba tonos de cremas, blancos y azules poco favorecedores.

Si fuese mi amiga, ya la hubiese aconsejado para que imitara mis colores llamativos como el rojo o el amarillo.

Pero no me concernía ayudarla, así que perdió la gran oportunidad de vestir mejor.

¿Cómo se atrevía a insultarme y llamarme abusadora? Después de todo, si ella tenía razón… ¿Y por qué yo le daría la razón?

Dejé mi trabajo a mitad. Toqué a la puerta y entré a la oficina de mi tío. No me interesó si lo interrumpía. Mi valiosa opinión era más importante que lo que estuviese realizando, en este caso, leyendo un manuscrito.

La oficina sin ningún tipo de adorno me estremeció. Necesitaba mi toque femenino. Y me acaloró desagradablemente el resplandor del sol por las ventanas. Mañana mismo traería unas cortinas de la colección de mi madre.

—Le devolvió el escrito a Laia, ¿verdad? —Me acomodé en un asiento.

—Le ofrecí un contrato.

—¿Con todos los problemas que ha causado?

—La problemática fue su hermana Arin. Usted, jovencita, le faltó el respeto.

Moví un hombro indiferente.

—Ella se lo buscó. Me insultó en casa. Además, usted me había comentado que publicarle a una mujer corría el riesgo de desprestigiar la Casa Publicadora.

—Es un experimento. Ya veremos cómo reacciona el público.

—Las mujeres no deben estar escribiendo —insistí para congraciarme con él—. Deberían quedarse en su casa atendiendo a su marido y a sus hijos.

Él levantó una ceja.

—Ella no tiene ni marido ni hijos.

—No, pero pronto los tendrá como la mayoría de las mujeres.

Él rio, seguramente por mi postura hipócrita debido a que yo no quería casarme y había insistido en que me empleara escandalosamente en el trabajo de secretario con la excusa de poder darle unos días libres al joven que lo asistía, según le había enumerado las conveniencias de contratarme, incluyendo la rebaja en el salario que yo recibiría.

Les había suplicado y los había mortificado tanto que mis padres y mis tíos se habían cansado y habían aceptado emplearme en la empresa.

Por añadidura, mis ambiciones como mujer de negocios eran bastante diferentes a la norma, igual que mi tía Domeka.

Aunque él no estaba enterado de esta última meta, una de las superiores en mi lista de ambiciones a largo plazo.

Ser la dueña de la Casa Publicadora Otxoa.

Por supuesto, habría que cambiarle el nombre a Casa Publicadora Otxoa y Compañía o cualquier otro nombre interesante.

Nadie sabía mi secreto, entre otros, tan guardado como una perla negra, y sería mía de alguna forma u otra a causa de que mi tía estaba demasiado vieja para quedar encinta.

Para mi ventaja, no existían familiares masculinos a quien dejarle el negocio, y a papá solo le interesaba la hacienda.

—Por ahora, ella tiene tiempo de escribir —comentó él—, así que le daré una oportunidad. De todas formas, no es profesional anular el contrato por un capricho no estipulado en la lista de razones y romper la promesa que le hice.

No había considerado esa postura, así que asentí, aburrida de hablar tanto de Laia, y me marché de la oficina.

Me entretuve organizando los manuscritos en orden de importancia para que los leyera tío Todor.

Debía añadir a Laia y a otros escritores nuevos en los libros de la empresa donde se llevaba el registro de los contratos y el pago acordado, pero lo aplacé para después dado que pasos se acercaban sobre la escalera externa y me preparé para recibirlos.

¿Serían escritores guapos e interesantes?

Me arreglé un bucle que se había escapado de mi peinado.

La puerta se abrió, y dos jóvenes risueñas se acercaron a mi escritorio; mis amigas de la infancia: Begoña y Julene, hermosas y ricamente ataviadas como marcaba el buen gusto de su clase noble. Ellas se inclinaron sobre el escritorio.

—¿Qué hacen aquí? —demandé.

Ellas volvieron a reír.

—Vinimos a rescatarte —respondió Begoña.

—Vamos a dar un paseo —añadió Julene.

—¿Te volviste loca? ¿Por qué estás trabajando? No necesitas el inar; y para colmo, un trabajo masculino —opinó Begoña.

—Déjala tranquila —dijo Julene—. Yo creo que su atrevimiento es admirable.

Me recosté de la silla con una sonrisa de satisfacción, tanto por la admiración de mi amiga como por sus deseos de acompañarme.

—Ya ven. Ahora soy una profesional.

—Eso qué importa —se quejó Begoña—. Vamos a divertirnos.

Tamborileé mis dedos sobre el escritorio, considerando las opciones. Me merecía un descanso después de haber laborado unas cuantas horas, ¿no?

—Creo que tienes razón, Begoña —acogí su idea—; estoy cansada de estar aquí. No saben con la gentuza que he tenido que codearme.

Pensé en advertirle a mi tío de mis intenciones, pero me imaginé su negativa. Así que recogí mi parasol y mi bolso, y corrimos entre risas por la escalera lateral, los tacones de nuestras botas, resonando como granizo en Lurragerrari cuando había ido de vacaciones allá.

—Vamos a comprar dulces —sugerí, y ellas estuvieron de acuerdo—. Yo las invito.

Cuando salía con mis amigas, me encantaba derrochar el inar frente a ellas para impresionarlas y ser la dama popular.

Abrimos nuestros parasoles, en adición también saqué mi fino abanico, cruzamos lentamente la plaza para que los caballeros nos admiraran, y busqué entre los transeúntes al señor Mitxel.

No se hallaba en los alrededores. Aun cuando su trabajo le impedía visitar a menudo el casco del pueblo, me había esperanzado con tropezarme con él.

Me molestaba tener que buscarlo constantemente; no me extrañaba, y yo no entendía por qué él se preocupaba poco en halagarme.

A pesar de que sus desplantes me humillaban, me envolví en la confianza de saberme hermosa.

—Estás muy callada —observó Julene a mi derecha.

—Es que no logro conquistar al señor Mitxel y eso me pone de malhumor.

—Sin embargo, se rumora que el señorito está interesado en una joven —replicó Begoña a mi izquierda—, pero nadie sabe quién es.

—Qué raro. Él nunca me habló de otra, aunque había escuchado que tiene fama de mujeriego. —Me abaniqué para disimular mi rubor.

—¡Tengo una idea! —Begoña apretó mi antebrazo—. Escríbele una carta de amor y persíguelo hasta que se canse.

—Eso es indigno, Begoña —se quejó Julene—. Lo sensato, Katy, es que lo olvides y continúes con tu vida. Yo en tu lugar haría eso. Hay muchísimos hombres solteros de donde escoger.

Fruncí los labios mientras subía a la acera al otro lado de la plaza, y ellas me seguían.

—Tengo que pensarlo —concluí.

—Señorita Katariñe, bendecida por los Cuatro —dijo un hombre joven de aspecto desagradable que caminaba en nuestra dirección. Pese a que su ropa se encontraba limpia, juzgué de muy mal gusto el aspecto raído, la gorra de tela y las botas viejas—. Hace tiempo que no la veía por el pueblo.

Me pareció horroroso que un desconocido pobretón se atreviera a dirigirse a mi persona cuando el señor Mitxel me ignoraba como a una infeliz. El veterinario hacía más caso a las vacas que a mí.

La rabia se trepó en mi brazo como un rayo caliente, y lo fustigué con mi abanico como si se tratara de un caballo salvaje.

—¡Atrevido, sinvergüenza!

Él se cubrió la cabeza con los brazos.

—¡Katy, no! —Julene intentó detenerme.

El joven logró zafarse y huyó de mi ataque.

Mi pecho subía y bajaba por la actividad febril, sin embargo, no me sentí mejor a pesar de que el impulso me había arrastrado como un golpe de agua. Aún la frustración me apretaba la garganta.

—¿Qué se cree ese desconocido? —me defendí.

—No es un desconocido —añadió Begoña pálida como el algodón—. Es el aprendiz del barbero.

—Él siempre es muy amable y te saluda cuando te ve —lo defendió Julene sin yo entender por qué—. Yo creo que le interesas.

—Pero a mí no —concluí con sequedad. Jamás me fijaría en un pobretón como él—. Así que olvídense de él, y vayamos a la panadería.

La panadería se ubicaba en la esquina, a la izquierda de la calle de entrada desde Montefuegos, y a su derecha, la mantequería, entre otros establecimientos.

Cuando entramos, el olor dulce nos acarició como bienvenida.

El panadero había demostrado su astucia cuando había abierto la tienda muchos años atrás.

Había dividido el local en dos partes: él horneaba el pan y supervisaba su venta, mientras su esposa, la pastelera, se encargaba de confeccionar y vender los dulces.

El local era grande y supuse que los hornos se encontraban en la parte trasera, lejos de miradas entrometidas.

Los dulces nos atrajeron como la avispa a la miel. Había una variedad impresionante de platillos: tartas grandes y pequeñas, galletas, bollos azucarados elaborados con frutos secos y nueces y, por último, dos tarros grandes llenos de confites coloridos.

Compré distraída lo que había prometido y regresamos para cruzar la plaza; mis amigas querían entrar a la tienda de la modista.

Esta se encontraba al lado de la empresa de mi tío.

Pero nos sentamos en la banqueta de la plaza para ingerir nuestros dulces, en tanto que los zuháitzgorris nos cubrían con su sombra.

Terminamos de comer, el veterinario no se vislumbraba por ninguna parte, y nos marchamos.

Adentro de la tienda, me fijé muy poco en la modista y la sombrerera, puesto que estaba pendiente de la mercancía que se apreciaba en los anaqueles.

Estos se habían llenado de hermosos sombreros y telas preciosas, y las vitrinas pequeñas de mostrador donde podía admirar todo tipo de adornos: horquillas, peinetas, chales y cintas para el pelo.

Le compré a mis amigas todos sus antojos, aunque ellas provenían de familias acaudaladas yo quería complacerlas, y ellas, de todos modos, no habían traído inar. Dejamos las direcciones para que los enviaran a nuestros hogares.

Sin embargo, un pensamiento extraño ensombreció mi alegría de rodearme de cosas bellas y de comprar a mano suelta. Ellas, desde que estudiábamos en la escuela, se comportaban de esa manera, esperando que yo cumpliera sus caprichos sin que ellas me retribuyeran los regalos ni me devolvieran el inar.

Esto me llevó a dudar si eran mis amigas por mí misma o porque amaban mis altxores de oro y mi derroche.