Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPÍTULO TREINTA Y SIETE
89%

CAPÍTULO TREINTA Y SIETE

Laia

E nvolví el manuscrito en el papel que me había entregado el célebre de Otxoa, y me vestí con mi mejor atuendo {que en nada se asemejaba a los atavíos que utilizaban las señoritas de clase alta en las fiestas exclusivas, cenas o encuentros en clubes}.

La interpretación de la pesadilla tendría que esperar, y solo confiaba en que las brujas Irune y mi hermana me ayudaran en un día venidero.

No creí prudente hablarles anoche sobre el tema.

Ni mis padres ni mis conocidos habían mencionado nada sobre problemas con el alcalde, así que no debía preocuparme.

Brujas. Todavía me incomodaba identificarme con la palabra como si esta fuese una yunta y yo la mula que la arrastraba, incapaz de deshacerme de ella.

Empujé la sensación desagradable a una esquina empolvada de mi conciencia.

En la cocina, desayuné kafea y pan con queso, en tanto que guardaba la obra de ficción dentro de la alforja.

Titubeé en avisarle a mis padres la decisión que había tomado de insistirle al célebre de Otxoa, pero me reafirmé en que esta era mi lucha y sólo yo debía esforzarme por ello sin importar las opiniones ajenas.

Mi padre se encontraba en los cultivos, y me acerqué a las caballerizas ignorándolo para que no me preguntara nada, y me alejé montando a Luna bajo el calor del sol tropical y el cielo despejado.

El camino no estaba muy concurrido, hasta que llegué al pueblo donde tuve que esperar mi turno para avanzar.

Suspiré descontenta en virtud de que casi nunca me tropezaba con el señor Mitxel en mis viajes recurrentes; un solo día a la semana no bastaba.

¿A qué horas visitaba a sus clientes? Deseaba encontrarme de nuevo con él casualmente debido a que me parecía muy inapropiado perseguir hombres como pretendía la señorita Katariñe.

La casa publicadora tenía una recién creada escalera externa que llevaba directo al segundo piso.

La fabricación urgente se había realizado con la colaboración de un hechicero constructor.

Me lo había contado Taresa, quien conocía, a menudo, los chismes más importantes del pueblo.

Le habían realizado muchos cambios a la estructura original cuando era una simple imprenta del periódico local, pero no me embargó la nostalgia por esos viejos tiempos.

No había escrito lo que quería, sino lo que me había ordenado el dueño del periódico.

Amarré las riendas de Luna a un poste de luz y subí las escaleras, mi corazón desenfrenado.

Cuando entré, me pasmé al ver a la señorita Katariñe tras la mesa del secretario en el área de recepción.

Ella ojeaba cada papel y archivaba documentos.

Ella era uno de los secretarios porque Arin me había contado que la había atendido un joven.

¿A eso se había referido Katariñe cuando me había indicado que le habían otorgado mayores responsabilidades?

Creí que ella abogaba por la separación de los empleos entre los sexos al igual que su tío político.

Estuve a punto de escapar, mas me detuve al ella advertir mi presencia.

—¿Qué haces aquí? —demandó la señorita Katariñe con una voz estridente.

—Tengo que hablar con el célebre de Otxoa —balbuceé como una vela débil a punto de extinguirse.

—¿Para qué? —pronunció con fuerza, mientras se levantaba y rodeaba el escritorio—. Él te aclaró que no te publicará.

Comencé a flaquear, en cambio, me repetí a mí misma como un himno: no soy una poquita cosa, confío en mis talentos y voy a luchar por mis sueños sin importar la opinión de los demás.

Como un atalaya, regresó a mí el razonamiento de mamá sobre cómo los agresores buscaban sentirse superiores, explotando las debilidades de sus víctimas.

Enderecé los hombros.

—Eso no es asunto suyo. —Elevé la barbilla para retar a la bandolera.

—¡Vete de aquí, pretenciosa, maleducada! ¡Pusilánime juntaletras! Ese libro tuyo no tiene ningún mérito literario; es inservible.

Los años de soportarla se desbordaron de mi boca como un animal enjaulado que, en un arranque, rompía su cárcel.

—¡No me vuelvas a insultar! ¡Se acabó! ¡No te tengo miedo! ¡Y si te crees que yo soy pusilánime, tú eres una abusadora! —Di un paso al frente. Fue muy satisfactorio tutearla y romper la barrera de clase social que le impartía la ilusión de ser mejor que yo.

Katariñe se volvió tan pálida como una tela desteñida y abrió la boca, mas la cerró con una expresión amarga. Ella dio un paso atrás.

Me enfoqué en ella como nunca me había atrevido antes: sus pupilas dilatadas, la respiración rápida y un velo de sudor sobre la frente.

¡Ella temía un ataque de mi parte!

Quería sentirse superior a mí debido a que en realidad temía enfrentar sus propias limitaciones y asaltos, físicos o emocionales, de quien ella juzgaba inferior. Por eso ella agredía primero, ya fuera oral o corporalmente.

Por supuesto, yo no iba a golpearla ni nada por el estilo, sino comprenderla, lo cual me quitó un poco del temor que le había tenido desde los incidentes en la escuela.

Era una simple mortal con defectos palpables, miedos escondidos y virtudes secretas que yo no había vislumbrado, pero que de una manera milagrosa deberían existir en el asiento de su ánima.

En conclusión, era un ser humano igual que yo.

Mis heridas de zaldia lastimada cicatrizaron un poco.

En ese instante, la puerta de una oficina adjunta se abrió, y el célebre de Otxoa asomó la cabeza.

—¿Qué sucede, Katariñe? Hasta el despacho escuché los gritos.

—Esta… esta señorita maleducada insiste en que desea hablarle y se molestó porque le dije la verdad. Que usted no la atenderá, y que su libro es tan aburrido que no sirve ni como trapo de limpieza.

Apreté el manuscrito a mi pecho como si fuese un infante a quien yo le debía protección.

—¿Cómo se atreve? Estoy segura de que no lo ha leído para opinar así y solo se deja llevar por sus prejuicios —vituperé regresando a un formalismo velado.

—Katariñe, basta. Estás desprestigiando nuestro profesionalismo.

— El célebre de Otxoa arrancó un pañuelo del bolsillo de su chaqueta y se secó el sudor de la frente—.

Señorita Laia, disculpe los exabruptos de mi sobrina.

Es nueva en este empleo. Como recompensa al maltrato que ha sufrido, la invito a que pase.

No tengo reuniones pendientes, por ahora.

Asustada de mi desacostumbrada buena suerte, no le dirigí otra mirada a la señorita Katariñe y entré a la oficina. El célebre de Otxoa cerró la puerta y se sentó tras el escritorio de caoba. El sol traspasó por las pequeñas ventanas cuadradas, y el calor me reconfortó.

Ocupaba una pared lateral un librero tallado con aplicaciones de metal dorado, simulando el rostro de la Diosa Sorgina Ederra, patrona de las artes, donde había libros de todos los tamaños.

Perdí el aliento ante la belleza del librero.

Debía costar una fortuna. Se mezclaba el olor dulce de la madera al olor de la piel con que habían encuadernado los libros viejos.

—¿A qué debo su visita? —reclamó él, la sequedad adherida a su cortesía fría.

Coloqué mi manuscrito sobre su escritorio.

—Quiero que le dé una oportunidad. ¿Acaso lo leyó para llegar a una conclusión? Me refiero a leerlo sin pensar que fue escrito por una mujer. Quiero saber si tiene potencial.

—Si viene a sobornarme, está perdiendo el tiempo.

—No es eso. Solo quiero que sea justo y valore mi obra sin prejuicios.

—Bien, leí las primeras páginas cuando la señorita Arin me lo trajo, y admito que me interesó.

—¿Y?

Él se tapó los labios y tosió, evidentemente incómodo.

—Sí, señorita Laia, tiene talento y su obra es prometedora —confesó, pero ya me lo sospechaba en virtud de que Arin había logrado vendérselo. Sólo quería que me lo admitiera de frente.

—¿Entonces por qué no lo publica?

—Yo no hago las reglas de la sociedad, señorita Zenarrutza, usted sabe que no se ve con buenos ojos que una dama respetable se dedique a estos menesteres.

—Arin me dijo que están publicando poemas a mujeres en revistas de Montefuegos.

El hombre se ruborizó.

—Las mujeres son por naturaleza sentimentales y por eso se les permite últimamente en tratar las artes poéticas.

Jadeé y mis labios temblaron como si me hubiese arrojado lodo a la cara y luego me hubiese empujado a un pantanal.

El tío de Katariñe aclaró la garganta y nuestro largo silencio se manifestó como un frío chubasco en el mes de la diosa Udazken I, cuando las hojas de algunos árboles se volvían débiles.

El vuelo de un diminuto sortzaile de cuatro antenas llenaba el espacio de mayor sonido que nuestras respiraciones.

El cuerpecito rojo con manchas negras resaltaba cuando se paraba sobre el librero y sus cuatro ojos formaban un diamante sobre su frente que le daban un aspecto adorable.

La cultura popular asociaba al insecto con esperanza, protección y buena suerte.

Le rogué a Sorgina Ederra que así fuera.

—Es cierto, según he confirmado con mis colegas, que algunas mujeres en Montefuegos han publicado novelas bajo seudónimos masculinos o de forma anónima —aceptó él.

Yo uní las manos en mi regazo.

—¿Entonces? De mi parte, me comprometo a seguir sus reglas y recomendaciones.

Él asintió con lentitud.

—Tal vez cometí un error al no apreciar sus méritos literarios y enfocarme en que sólo es una mujer; en no darle una oportunidad —añadió él.

Las esperanzas aletearon en mi pecho.

—Gracias.

—Está bien, le publicaré su manuscrito. —El célebre de Otxoa sacó de la gaveta un papel que ya estaba escrito y sellado. Él le añadió unas oraciones que se ajustaban a mi caso particular femenino.

—¡Gracias por esta oportunidad!

—Este es el contrato. —Me lo entregó—. No le pagaré por adelantado debido a que esperaré a ver si vende. Para generar interés, podemos publicar los capítulos como series o en un libro completo. Ya veremos. Nosotros nos haremos responsable de la promoción como indica el contrato.

Aun cuando la alegría me sumergió como una riada, mi ánimo tambaleó ante el problema en que el tío de Katariñe me posicionaba. Hasta en nuestro pueblo agricultor de Caobán las cosas habían subido de precio por los últimos impuestos del virrey. ¿Cómo podía negarse a pagarme?

—La situación económica de mi familia está muy mal. Necesito un adelanto.

—Lo siento, no me alegra su infortunio, pero yo soy un hombre de negocios y no puedo tener pérdidas. Ya me estoy tomando un riesgo al publicarla.

Asentí con un leve pesar en la boca del estómago y leí el contrato el cual constataba lo que él me había explicado.

Consideré que con mi trabajo de costurera asistiría en la manutención de mi familia y no sufriríamos de tanta deudas.

Firmé el contrato. A pesar de que no recibí inar, sentía que, después de todo, había triunfado en alcanzar un pedacito de mi sueño y tenía todo el derecho de que el regocijo me entibiara el corazón.