CAPÍTULO TREINTA Y SEIS
Arin
E l asombro me congeló con la mano apretada al palo. No podíamos escapar ante la mirada penetrante y atenta del doctor Gizon. Él había tenido tiempo de contemplar todo lo que hacíamos y concluir la naturaleza de nuestras actividades.
Irune y Laia corrieron en mi dirección, Irune con una bola de fuego verde en cada mano. No sabría explicar por qué era de ese color esmeraldino.
Me alarmó el rostro perplejo de Gizon. ¿Sería capaz de traicionarnos? En tanto que él ignoró a las otras y declaró:
—¡Señorita Arin, usted es una bruja!
Le hice una seña a Irune para que no lo atacara, así como a Zorione y Beñat que lo habían rodeado. ¿Por qué la bruja reaccionaba con tanto pavor como si él las fuera a matar? Mis amigos los fantasmas no esperaron más instrucciones y desparecieron.
—Me apena no haberle dicho antes —comenté y el temor a su rechazo se agrandó en letras mayúsculas como las caras retorcidas de mis compañeras en el orfanato. Aun así, encontré una pálida voz—. No lo creí prudente —me sinceré.
—Yo lo sospechaba porque es hermana de Laia, pero como nunca le había visto hacer magia…
Irune lo interrumpió:
—No todos los parientes de sangre desarrollan talentos mágicos.
Gizon se bajó del cuadrúpedo, e Irune tensó los brazos y abrió los dedos con actitud amenazante.
En cambio, el doctor mantuvo una postura relajada y su largo cabello negro azuloso se balanceó con la brisa nocturna.
—Tranquilas. No les haré daño. Además, presencié todo. Sé que las tres son brujas. No tiene que confundirme, señorita Irune.
Irune se aferró a su función de nuestra guardia y reiteró:
—Le dije la verdad, aunque no sé por qué pasa de esa forma tan caprichosa.
Si hubiese tenido las manos libres, hubiese secado el sudor en la falda de mi vestido, pero el báculo y el mortero me lo impedían. La humedad en mis manos subrayaba que su opinión me importaba más de lo que yo quería admitir, e inquirí con suavidad, delatándome el temblor de mi voz:
—¿Eso cambia algo?
—Descuiden. No le diré a nadie lo que he visto aquí; ni de que usted, señorita Arin, es bruja —prometió con su habitual amabilidad.
Oprimí la mano con el mortero sobre mi ombligo, dejando escapar un suspiro, e Irune respondió por las tres:
—Le agradecemos su discreción. Ahora debe marcharse.
—¿No necesitan ayuda o protección?
Irune contestó antes de que yo lo invitara, como si leyera mis intenciones:
—Nuestro poder es suficiente. Además, usted no está iniciado en la brujería y, por lo tanto, no está autorizado a participar en el aquelarre.
—Comprendo. No hay problema —acogió la orden sin molestarse—. Sin embargo, deberían darse prisa. Están en un campo abierto y cualquiera las puede descubrir.
—Lo que tenemos que hacer tardará poco tiempo —aclaró Irune.
Me extrañaron las reglas como si fuésemos una escuela de hechicería, pero me guardé el comentario. Pese a que desconocíamos la edad de Irune, le permitíamos liderar el grupo por ser nuestra maestra de magia. Empero, en un impulso, verbalicé:
—¡Espere! ¿Por qué merodeaba por estos lados? ¿Sucede algo?
Él negó con la cabeza y se subió al zaldia. Admiré la gracia con que tomaba las riendas y la elegancia con que lo montaba.
—Nada importante. Solo estaba inquieto, aburrido y decidí dar un paseo.
Agachó la cabeza a modo de despedida; a mí me dirigió una misteriosa sonrisa que me coloreó las mejillas, y se alejó tan rápido como había llegado, como un héroe indescifrable, en dirección hacia el casco del pueblo.
—Qué raro que el doctor Toro Fuerte sea tan comprensivo. —Irune cruzó los brazos sobre el pecho.
Me extrañó su desconfianza, si casi todos en Caobán lo estimaban. ¿Ella habría tenido algún problema personal con él? Decidida a desenterrar la verdad, demandé:
—¿Por qué lo dices?
Sin preámbulos, Irune comentó mientras estrechaba las cejas negras en una línea:
—Los aborígenes no han sido nuestros aliados a lo largo de la historia, mucho menos profesionales como los doctores.
No me complació su explicación, la cual rayaba en prejuicios. En estos momentos, la historia de la magia y sus detractores me importaban poco e insistí:
—¿Sufriste un disgusto con él?
—No, aun así, les recomiendo que tengan precaución. Nunca está de sobra.
En su familiar tono melodioso, Laia añadió para mi alivio:
—No conozco bien al señor Toro Fuerte, pero creo que podemos confiar en él.
—Yo también —afirmé—. Nunca me ha dicho nada negativo sobre las brujas en general, ni de ti ni de Laia. Incluso, por lo menos conmigo, evita hablar sobre la comunidad de brujos, chamanes y temas relacionados a la magia.
Irune se quedó seria como si ponderara las repercusiones de lo que había sucedido con el doctor.
—Solo el tiempo dirá. Atrapemos un conetxio —dirimió Irune—. Utiliza de nuevo el palo mágico.
La cautela de Irune debía basarse en sus experiencias desagradables, y me entristeció lo que pudo haber sufrido, lo mismo con su familia que con extraños o caobaneros. No obstante, mis emociones antípodas me avergonzaron puesto que una felicidad extraña me rondaba el alma.
Para no sentirme tan culpable, me concentré en los saltarines. El péndulo todavía vibraba en mi mano, transformado en un báculo, y la imaginación me revistió como si personificara una hechicera en prosas legendarias o versos épicos.
Los conetxios se habían reagrupado y comían tranquilamente. Cada vez que se alimentaban de la hierba o cualquier material vegetal, el rabo botaba esporas mágicas azul pálido que rápidamente penetraban la tierra y reponían lo que habían consumido. Emergían retoños al instante.
Me pareció extraordinario cómo la naturaleza compensaba la carencia y quedaban complacidos tanto los habitantes como los animales. Aunque sabía que pocos gozaban de esas habilidades.
Repetí el proceso anterior, y el rayo violeta paralizó al conetxio que elegí.
Creí que detenido sería fácil cargarlo para no ponerle la untura, pero pesaba demasiado, tal vez por culpa del rayo, y tuve que realizar la idea de Irune.
Le coloqué el linimento que dominaba las voluntades sobre la pequeña nariz sensible, en movimiento para captar los olores del ambiente.
Al animalito le agradó el del ungüento, mas continuaba inmóvil. Acaricié su suave pelaje y me preocupó que la inmovilidad le hiciera daño, así que verbalicé:
—¿Cómo le quito la parálisis?
—Señálalo de nuevo con la amatista y piensa en cualquier palabra que le permitiría moverse —explicó la bruja.
Obedecí sus instrucciones y, sin complicaciones, el conetxio nos siguió hasta la morada de Irune.
Como si tuviera vida propia, mi báculo se transformó en péndulo, se colgó de mi cuello y la amatista se acurrucó dentro del escote de mi vestido, escondido de miradas intrusas. Una risa maravillada burbujeó de mi boca.
Laia aligeró el paso para alcanzarme y comentó:
—Tu péndulo es increíble.
—Yo creía que iba a ser aburrido. —Negué con la cabeza, pero debía aclarar el punto que me inquietaba—.
Irune, ¿de dónde sacaste el péndulo? ¿Quién lo creo?
—No debía decir que me intrigaba por el hecho vergonzoso de que había roto un objeto preciado y luego lo había compuesto; tampoco quería hablar de la energía que había percibido.
Irune trajo del interior de la residencia un frasco que ya contenía una mezcla acaramelada, de aroma dulce, y contestó:
—Ha estado en mi poder por un tiempo, y si bien desconozco su origen, ya comprobaste que puede ser muy útil. No es importante saber de dónde procede.
La vaguedad de su respuesta me incomodó e inquirí:
—Eso depende. ¿Crees que es seguro?
—Sí, cuando lo tenía me parecía de una magia fuerte y, al mismo tiempo, benévola. No es un objeto de hechicería oscura. ¿Por qué?
Me encogí de hombros:
—Curiosidad… Tengo otra duda. Si es tan valioso, ¿por qué no te quedaste con él?
Ella alzó las cejas y reflexionó en voz alta:
—Esta noche sí que estás desconfiada. ¿Qué te pasó con el péndulo?
Mi hermana entrecerró el ceño, y me pasé una mano por el cuello al responder:
—Nada, es que no estoy habituada a que me regalen cosas finas, mucho menos mágicas, porque… —Porque no estaba acostumbrada a codearme con gente generosa. Un instinto sobreprotector me obligó a guardar el detalle—. Eso es irrelevante ahora.
—Está bien. Para contestar tu pregunta, admito que intenté utilizarlo, pero no logré que el tallado cobrara vida.
No reconoció mi voz. Aparte de eso, tú lo necesitarás más que yo, por indicios que he visto del futuro, y me parece que estará mejor en tus manos en vez de dejarlo como una cosa inútil en mi baúl.
¿Y por qué había funcionado con mi voz? ¿Dónde podía obtener información del péndulo?
—Bueno, a trabajar. —Irune levitó dos recipientes vacíos y nos lo entregó.
Me olvidé de mis dudas y me enfoqué en el presente. No quería discutir con ella por el péndulo y enemistarla sin una razón justificada.
Frente al conetxio, sacó de una canasta voladora trocitos de lechuga, porciones de lagartijos y hierbas. El saltarín comenzó a comer, y las esporas volaron fuera de su cola.
—Atrapen las esporas dentro de los tarros antes de que caigan en la tierra. Así no tenemos que hacer esto en buen tiempo —ordenó Irune.
Seguimos su recomendación, y la diversión se multiplicó como tratar de atrapar pétalos que flotaban al viento.
De igual manera, la indiferencia del conetxio nos facilitó el trabajo, aunque ellos eran seres pacíficos la mayoría de las veces.
Solo si el temor los inundaba, se volvían algo agresivos y cuando se antojaban de comer lagartijos o roedores pequeños.
Laia entregó su envase primero que yo, e Irune vertió un poco dentro de su recipiente. Lo mezcló con una cuchara larga y estrecha.
—Por un mejor futuro —declaró Irune al levantar la poción y luego se la bebió de un sorbo. Arrugó los labios por el mal sabor.
Laia asintió, entretanto que yo afirmaba:
—Para el mayor bien.