Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPTULO TREINTA Y CINCO
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CAPTULO TREINTA Y CINCO

Arin

L aia e Irune me habían invitado este atardecer para un aquelarre en casa de Irune.

Laia había venido a la posada y me había contado lo que había sucedido con Irune y me había indicado su temor de que Irune muriera en uno de esos arrebatos de beber sin parar.

Tuve que posponer la utilización del péndulo para encontrar a mis padres, la vida de Irune corría peligro, aunque ella no lo aceptara.

Laia, a su vez, pospuso un proyecto, pero no quiso entrar en detalles.

Así que dediqué el día para ayudar a Taresa a limpiar el hostal y a cocinar.

Al finalizar, Taresa me prestó el caballo de su padre para que visitara a Laia. No le expliqué mi verdadero propósito y me colgué el péndulo por el cuello dentro de la ropa, porque Laia me había comentado que Irune quería que lo trajera, no sé para qué.

La fragancia del aire limpio y el atardecer en las hojas de las caobas, tanto como en el sendero, me llenaron de paz, tan diferente al del orfanato donde el crepúsculo solo resaltaba paredes descascaradas, ventanas frías y paisajes de edificios tristes.

Empero esas experiencias quedaban en el pasado y me enfoqué en el presente.

El camino se hallaba solitario. Yo había esperado a que los comerciantes y agricultores regresaran a sus hogares para que no dedujeran mi rumbo, pese a que me intimidaba el temor a los ladrones y a viajar sola, especialmente en el atardecer o la noche.

Me obligué a enfrentar mis miedos para ayudar a Laia y a Irune.

En vez de dirigirme a la granja Zenarrutza, seguí hacia el sur en dirección de la casita a la ribera del bosque.

Laia se había bajado de Luna y hablaba con Irune mientras Endrique perseguía a un lobo domesticado en un juego inocente.

Amarré las riendas del zaldia a un árbol cercano y me dirigí hacia ellas.

—Llegas a tiempo —dijo Irune.

Participar de un aquelarre era tan nuevo y misterioso que contesté risueña:

—Bendecidas por los Cuatro, y supongo que por las brujas también.

—Reciproco —contestó Laia.

—Sí, sí, tengo que enseñarles un saludo apropiado para los que seguimos el camino de los brujos. De todas maneras, yo le prometí a Laia que no volvería a beber en exceso, pero para ello debo crear una poción y me falta un ingrediente, el más importante.

Decepcionada me lamenté:

—¿Entonces se acabó la reunión?

Ella rio brevemente y aclaró:

—No, voy a aprovechar la ocasión para enseñarles a utilizar un grimorio y un caldero si quieren aprenderlo.

—Yo, encantada —respondí.

—Cuando llegaste —me comentó Laia—, le explicaba a Irune que no me interesa aprenderlo por ahora, aun así, puedo ayudar a buscar o moler los ingredientes.

—Vamos, Laia, ¿por qué? Esto debe ser muy divertido —protesté sin comprender las razones para que ella no estuviese tan entusiasmada como nosotras. ¿Tendría algo que ver con las enseñanzas de sus padres?

—Eso mismo le dije —sostuvo Irune—, pero no me escuchó.

—Sí te escuché, es que no me siento segura. Ya una vez lo intenté y fue un desastre. Hasta al pobre Endrique se le convirtió la nariz en la de un txerri, y les aseguro que el propósito del hechizo había sido... muy diferente.

Irune contestó como una maestra responsable:

—El problema puede indicar varios errores, y por eso debes iniciarte y estudiarlo conmigo.

—No tengo inar para pagarte —protestó mi hermana.

—No les cobraré nada. Es mi deber guiarlas porque tengo más experiencia, y para que puedan utilizar sus talentos de forma segura.

—Gracias —susurró Laia, trenzando la mirada al verdor de la hierba—; será en otra ocasión.

—Como quieras —respondió Irune y se encogió de hombros.

Me alegró que nuestra amiga no se molestara y proseguí a los temas que nos interesaban tratando de comprender las instrucciones:

—¿Para qué vamos a utilizar el caldero si te falta un ingrediente?

Irune sacó troncos de la pila junto a la casita y los fue colocando bajo un caldero mediano de hierro. Este ya estaba un cuarto de lleno con un líquido viscoso.

—Vamos a preparar una pócima para crear un ungüento mágico. —Irune encendió el fuego con un chasquido de los dedos—. Sucede que estamos en la temporada en que los conetxios salen de sus madrigueras y necesitamos atraer por lo menos a uno.

—¿Vamos a cocinarlo para un brebaje? —se escandalizó Laia.

—No exactamente.

Suspiré tratando de desenredar el entramado de instrucciones y confesé:

—Estoy confundida. ¿Cuántos sortilegios vamos a preparar esta noche?

—Solo dos. El primero es para atraer a los conetxios y una vez lo consigamos, crearé mi brebaje llamado “la poción de la alegría” que quitará mi apego a beber desmedidamente.

Laia comentó pinchando las cejas:

—Si es tan alegre, ¿no será igual de dañino como el alcohol?

—No, los efectos secundarios son inofensivos, aunque realmente depende de la salud de la bruja. Me limpiará el cuerpo despacio.

Añadí para cerciorar lo que había entendido:

—Por lo tanto, deduzco que esa es una de las razones para que sea un brebaje inocuo.

—Exacto. Es innn…

Con paciencia, Laia la ayudó:

—Inocuo. Quiere decir que no hace daño.

Irune se pasó una mano por la frente.

—Gracias. Parece que voy a aprender mucho vocabulario con ustedes mis amigas las escritoras.

Laia rio con una mano sobre la boca, y yo negué con la cabeza y una sonrisa humilde. ¿Cómo sabía ese detalle? Yo no le había dicho que escribía poemas.

Ella giró suavemente la muñeca y atrajo por la puerta abierta dos morteros hondos de madera al igual que dos mazas pequeñas.

Yo aplaudí entusiasmada por las proezas de la bruja, a pesar de que asemejaba una moza inculta. A continuación, exclamé:

—¡Esto es tan emociónate! ¿Cómo lo lograste?

Ella nos entregó los utensilios.

—Otro día te enseño.

Ella entró a la casa y trajo un pesado libro encuadernado en piel negra y letras doradas que decía El magno grimorio secreto . Bajo las letras se encontraba la imagen de tres lunas: la central en fase llena; a la izquierda, una luna creciente y a la derecha, una luna menguante.

La noche avanzaba creando un tono misterioso en el campo, mientras que en la distancia los conetxios salían de sus madrigueras y saltaban en sus cuatro patas cortas distancias pequeñas.

La brillantez de sus colitas en forma de hoja, amarillo en el centro y azul pálido en las orillas, les proporcionaba luz para cazar ratones, lagartijos o encontrar los vegetales que consumirían.

Sus cuatro orejas paradas sobre sus cabezas les alertaban de cualquier peligro: dos largas y dos cortas al frente, esta pareja rodeada de musgo en las orillas.

Los había visto en libros porque no habitaban en la ciudad. Quise atrapar uno, pero sólo para acariciar su suave pelaje ya que se asemejaban a bolitas de algodón.

Irune movió los dedos sobre el libro abierto, y sin tocarlo, las páginas amarillas olorosas a hierbas frescas se movieron rápidamente hasta que se detuvieron sobre una estrella dentro de un círculo dibujados en dorado.

—Arin, vas a colocar tu mano dominante sobre este dibujo para activar tu magia dormida sobre cómo utilizar grimorios.

Coloqué mi mano derecha como me dijo. Ella murmuró palabras de poder, y una efusión cálida se introdujo a mi piel junto a un polvillo dorado, el cual se desprendía del libro y se metía en mí como la cosquilla de patitas de insectos invisibles si me tomaban como su vereda.

Cuando las partículas mágicas desaparecieron, ella confirmó:

—Listo. Podrás leer, entender y pronunciar cualquier hechizo de un grimorio; por supuesto, crearás correctamente todo tipo de sortilegio cuando te bases en un libro mágico.

El pulso se me aceleró imaginando todas las cosas extraordinarias que había para investigar y practicar.

Me encontré con la mirada sorprendida de mi hermana y la exhorté:

—¿Laia? Inténtalo; no duele.

—No, gracias, otro día.

Me desconcertó su negativa, pero tenía tantas ganas de ejercitar mis talentos mágicos, que no insistí; quería comenzar de una vez. Ella se iniciaría cuando estuviese preparada.

—Bueno, muelan los ingredientes que están en el mortero para echarlos al caldero —anunció Irune.

El olor terrible que se desprendió a una mezcla de zanahoria y animal descompuesto ofendió nuestras fosas nasales.

Laia arrugó la nariz, elevando las mejillas, y yo me tapé los orificios de la mía con dos dedos y el pulgar.

Laia preguntó sin disimular su desagrado:

—¡Puaj! ¿Qué ingredientes son estos?

—Uñas de lagartijo, cola de ratón, zanahorias y hierbas del bosque. —Ella sonrió y advirtió—.Váyanse acostumbrando, señoritas. No todas las pócimas son agradables.

Miré a mi hermana, y soltamos risitas nerviosas. Retozaron en mi imaginación todas las cosas apestosas y feas que tendríamos que soportar en nombre de la magia.

Una vez terminamos, Irune me permitió vaciar los ingredientes en el caldero, me dio un cucharón viejo y abrió la página donde leí, en voz alta, el hechizo mientras mezclaba todo.

El poder se activó en el centro de mi estómago y fluyó por mi tronco, mi brazo y la mano hasta que se derramó, transparente, dentro del espeso líquido. Este brilló y mi instinto de bruja me indicó que la poción estaba lista.

Pese al olor desagradable, me pareció hermoso y comenté:

—Ya podemos usarla.

Ellas se asomaron a la sustancia, la cual hervía con burbujas resplandecientes, e Irune asintió y expresó:

—Te felicito, Arin. Lo lograste.

Laia asintió contemplando el contenido y agregó:

—De verdad que eres valiente.

Debido a los años de escuchar las quejas de la señora Errázuriz sobre mis malos comportamientos, el comentario inocente de mi hermana exacerbó la visión pesimista de mi persona y protesté:

—No, es que me motiva mi naturaleza caprichosa.

Laia oprimió un poco mi hombro como si me dijera que no me menospreciara.

Irune comenzó a llenar los morteros con la pócima.

—¿Saben? Verlas a ustedes que se quieren tanto, me hace extrañar a mi hermanita menor, Izar —reveló ella.

Levanté las cejas y presionada por mi mentalidad abierta y directa inquirí:

—¿Tienes familia? No sé por qué pensé que habían fallecido. —Por supuesto que sabía; por el hecho de que vivía sola y nadie la visitaba.

—Tengo seis hermanas, pero a quien extraño es a la menor. Cuando me fui de casa, ella solo tenía un año. —Irune nos entregó los envases—. Las otras me odiaban porque yo era diferente a ellas; “una maldita bruja”, como me llamaban. Sin embargo, Izar me quería y se reía de mis actos de magia.

—¿Por qué no la buscas? —Laia movió el recipiente de una mano a otra como si la confusión le picara la piel, aunque yo tampoco la entendía puesto que había intentado urgentemente contactar a mi familia. ¿Irune sentía que no había nada que buscar? ¿En realidad estaba huyendo de ellos?

Ella negó con la cabeza.

—Eso fue hace años y me debe haber olvidado; ya que es una adulta. En cambio, ustedes son afortunadas; las une el cariño y se apoyan una a la otra.

Extrañamente, no encontré la manera para expresar la alegría de lo que se me había ocurrido, pero con la mano libre apreté la de Laia y la uní a la de Irune. Las confidencias nos habían acercado.

—Ahora somos tres —concluí.

Irune bajó la cabeza, mas se compuso rápidamente.

—Les confesé la historia de mis hermanas … —Ella se sonrojó y se arrepintió de lo que iba a decir—. Gracias por aceptarme. Bueno, vayamos a cazar conetxios —razonó Irune.

Corrimos al área junto a la granja de Laia. Los conetxios enseguida escucharon nuestros pasos y brincaron fuera del camino. Irune atrapó a varios con la magia de atraer objetos, no obstante, en cuanto los agarraba, estos se escabullían.

Laia y yo reíamos como niñas pequeñas, a la luz de las lunas. Jamás había imaginado que un aquelarre pudiese ser tan divertido. Hasta Zorione y Beñat aparecieron y corrieron entre risas tras los saltarines, no obstante, la mayoría de los espectros nos ignoraban.

«Ustedes las brujas siempre son muy divertidas», observó Beñat, y tuve que darle la razón.

Laia extendió una mano tratando de atraer al conetxio con su poder de bruja. Este pesaba demasiado para traerlo por el aire y sólo lo arrastraba muy poco antes de que ella se cansara.

En medio de la carrera, Irune me afirmó un detalle que yo desconocía:

—Arin, usa el péndulo; sirve para más cosas de las que crees. Dale una orden mental.

Froté mis manos, mi corazón tan rápido como los saltos de los conetxios.

Saqué el péndulo y lo agarré apuntando a uno de ellos.

De improviso, el péndulo brincó fuera de mi cuello y se transformó en un báculo mágico, la amatista, en la punta superior.

Ordené al conetxio que se quedara quieto, el triángulo labrado en el círculo se encendió y del artefacto brotó un rayo violeta.

A la vez que la centella viajaba hacia el conetxio que yo había identificado, me distrajo el ruido de los galopes de un zaldia: un caballista se acercaba.

Al desviar mis ojos del animalito, mi puntería falló y se incrustó en un arbusto.

El jinete se detuvo frente a mí.