CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO
Laia
D ejé de admirar las lunas, inspirada en hablar con el célebre de Otxoa y defender mi manuscrito, pero debía ir sola y no decírselo a nadie.
Me senté frente al escritorio, la pluma con la que había comenzado a escribir la secuela de mi novela se había roto.
Mas cuando busqué en el cajón, se me habían acabado las que empleaba como repuesta.
Extendí la falda de mi camisón de dormir, y Endrique se acurrucó a mis pies.
Mis padres tampoco guardaban materiales para escribir. Me habían dejado esa tarea desde pequeña para fomentar mis hábitos de estudio y creativos.
Gracias a los dioses, había gansos en la Charca Caminante y sus plumas, con un tratamiento de magia lunar, estarían listas dentro de un minuto.
No obstante, había olvidado un detalle.
Corrí a la ventana y comprobé que las lunas danzaban llenas en el firmamento y la charca había desaparecido junto con los gansos y los animales que la poblaban.
Por supuesto, era de conocimiento general que se esfumaban en lunas llenas o nuevas; de ahí había surgido el nombre.
Con tantos problemas, había olvidado prepararme para el evento.
Me senté de nuevo con los codos sobre la mesa y me oprimí las sienes. Necesitaba escribir una portada nueva con el título del manuscrito y mi nombre a la obra que había rechazado el célebre de Otxoa.
Arin, como poeta, a lo mejor hubiese guardado plumas con las que me pudiera ayudar, pero no quise dirigirme a la posada debido a la hora poco oportuna para visitas ya que, al fin y al cabo, no debía molestar el sueño de los demás. Por consiguiente, resolvería el problema yo sola.
De alternativa, quizás algún hechizo del grimorio serviría, mas me tardaría demasiado en encontrarlo {si es que existía}, y, asimismo, en practicar la ejecución.
Le di la espalda al escritorio y me enfoqué en el paisaje del bosque tras la ventana para relajarme. En el alféizar, se había acumulado polvo lunar, lo cual me iluminó una idea.
Empero ocurría que en las lunas llenas del mes de Udazken I, Irune sufría de una aflicción extraña que nunca había querido explicarme. Me eché un abrigo largo impermeable a la lluvia sobre mi camisón de dormir, me calcé medias raídas y las botas viejas.
Bajé las escaleras tratando de no hacer ruido, y Endrique trotó a mi lado, sus alitas tensas contra los omóplatos como si percibiera peligro.
Mi corazón retumbaba temeroso de no llegar a tiempo. ¿Y si la encontraba sin vida?
Corrí a la caballeriza casi sin aire, desamarré a Luna y cabalgué hacia la casucha de Irune.
La primera vez que había sucedido yo tenía la edad decimotercera.
La había visto bailando bajo la lluvia torrencial de una tormenta, sosteniendo una botella en un mano.
Luego de unos minutos, el baile se había transformado en la búsqueda real de un equilibrio con los brazos estirados y, sin conseguirlo, se había desplomado.
Sin entender lo que sucedía, yo había corrido a socorrerla y desde ese día la vigilaba en las lunas llenas de Udazken I.
No encontré a Irune en los alrededores. Por la ventana de la casucha traspasaba la luz indicando que tal vez se encontraba adentro. Me desmonté de Luna y toqué a la puerta.
—¿Irune? ¿Estás ahí?
Solo me contestó un gemido que descendió en silencio. Endrique llegó y ladró rascando la puerta. Él percibía un problema; no era la invención de mi naturaleza pesimista.
Empujé la puerta, pero esta no abrió. Una tranca la mantenía cerrada por dentro.
Dejé la mano sobre la madera y para despertar mi poder sembré mi memoria en la humillación de los insultos de la señorita Katariñe, cuando había derramado kafea en su vestido.
La ira galopó en mis venas y un ardor sobre mi vientre irradió hasta mi mano.
La puerta comenzó a temblar junto con el palo hasta que se cayó.
Rempujé la puerta y entré.
Irune se hallaba tendida en el suelo como si se hubiese desmayado o algo peor, rodeada de tazas y vasos vacíos. El aposento apestaba a licor.
Me arrodillé junto a ella, en tanto que Endrique le lamía la cara. Le froté el esternón con los nudillos como ella misma me había enseñado la primera vez que la había encontrado en ese estado.
Ella abrió los ojos, se inclinó para el otro lado y vomitó.
Endrique saltó fuera de su alcance a tiempo.
Irune tosió y se limpió las comisuras de los labios.
— Gràcies —susurró la bruja—. No debiste molestarte. Soy más poderosa de lo que crees.
Si bien no refuté, sabía que emocionalmente se encontraba vulnerable. Rodeé sus hombros para mantenerla sentada.
—Debes tomar agua —enuncié escondiendo pobremente la preocupación atrapada en mi tono de voz.
— Està bé —aceptó ella y con un giro de la muñeca vertió agua de una jarra en un vaso que tenía sobre la mesa y finalmente lo atrajo. Lo bebió con avidez.
Tantos años que la conocía, e Irune nunca me había explicado el misterio que la aquejaba estos días. Si lo había callado porque la situación era escabrosa, yo había crecido, era una adulta y podía enfrentar cualquier situación.
—¿Por qué no te desahogas y me dices qué es lo que te pasa? ¿Por qué te emborrachas sólo para esta época?
—Deja de preocuparte —se quejó ella—. Si hubiese querido, hace tiempo que me hubiera…
—No digas eso. Estás jugando con tu salud; entiéndelo. No me interesa inmiscuirme en tu pasado, pero si me lo cuentas, tal vez te sientes mejor.
—Bebo para celebrar —su voz ronca y sus ojos llorosos desmentían la “confesión”.
—Podrás engañarme lo que quieras, Irune, mas eso no te beneficia en nada.
—Déjame terminar. Es para festejar mi triunfo y mi libertad, entre otras cosas —añadió en un tono oscuro.
Negué con la cabeza.
—Lo dices como una condena. Si no eres feliz aquí, ¿por qué no te marchas?
— Mira qui parla !
—Tú sabes que no puedo abandonar a mis padres. Ellos me necesitan.
Ella suspiró y se levantó tambaleante. La ayudé a sentarse sobre su camastro.
—Veinte años atrás, un día como hoy llegué a Caobán huyendo y me establecí en este pueblo, pese a que he querido irme a otros. —Su voz se quebró ante el peso del recuerdo—. Hace años me invitaron a una comunidad de brujos, pero no es el momento de marcharme.
Noté que no explicó la razón para que la persiguieran, mas pasé por alto el detalle. Las experiencias vividas me habían enseñado que la gente sanaba poco a poco y, asimismo, la confianza con que se abrían a los demás.
—Eso suena fascinante —comenté sin atreverme a cuestionar de qué o quién huía—. Quiero decir, la comunidad de brujos, vivir entre gente que te entiende y te valora.
—Algún día me mudaré, y si vols , puedes venir conmigo.
Luego de dejar acostada a Irune y regresar a mi cuarto de una forma tan silenciosa como un ratoncito de granero, me enfoqué en tratar de solucionar mi carencia de plumas para escribir, pese a que me preocupaba la salud de mi amiga.
Aun cuando había intentado quedarme con ella hasta el siguiente día para vigilarla, ella no había querido insistiendo en que se sentía mejor.
En el alféizar, continuaba el residuo lunar, y probé la idea que me había surgido antes de ir a rescatar a Irune de sí misma.
Endrique se acurrucó junto al escritorio.
Señalé mis dedos hacia la ventana y se levantó cada grano, acumulándose en una esfera. Moví mis manos como si estirara una masa de lodo, y las partículas se transformaron en una pluma plateada que voló hasta mi mano derecha.
La palpé y la estructura suave y firme copiaba la real como la de un ganso. Mojé la punta en el envase de tinta y ensayé al escribir una frase en un pedazo de papel a ver si podía utilizarla sin romperse.
Funcionó.
Redacté la nueva portada y la pluma desapareció, desintegrada en luz, tal vez porque entendía que ya no necesitaba usarla. Los polvos rociaron mi falda.
Protegida por el mosquitero, me acosté a dormir orgullosa y satisfecha de mí misma. Una sensación nueva que me relajaba superlativamente.
Desperté arrodillada en un valle rodeado de neblina donde la furia del viento tironeaba de mi camisón y las copas de las caobas.
El vendaval había partido ramas y hojas que se perdían en la distancia con el polvo de la tierra herida.
Así como los rosales amarillos corrían peligro, sus raíces aferradas como garras del suelo erosionado, yo enterraba los dedos en la tierra para no salir volando.
Retrocedí agachada hasta tropezar con el tronco de una caoba y abracé el árbol en un intento de salvarme. El aire húmedo se cargaba de olor a lluvia, y los truenos resonaban en el cielo oscuro como tambores furiosos que retumbaban bajo las manos de aborígenes invisibles.
Me sobrecogí.
Por encima de la tormenta, entre las nubes negras, algo oscuro se perfilaba en el firmamento. No estábamos en temporada, ¿por qué azotaba una tormenta?
El amago palpable reafirmó que contemplaba un evento sobrenatural.
La oscuridad se amontonó en una presencia y asomó el rostro: el dios Juracán me vigilaba desde el cielo; solo veía su expresión enojada y sus ojos delineados con rojas rayas gruesas sobre negras. En la frente, el dibujo de una serpiente abría la mandíbula amenazante. ¿Qué sucedía?
Me iba a atrapar.
Pero no pude soltar la caoba para correr; la fuerza del viento me azotaría contra las montañas.
Relinchos y cascos resonaron en la distancia, cuando apareció el alcalde Gergori Águila Salvaje sobre un enorme zaldia y tras él espectros de hombres y mujeres ensangrentados.
Alrededor del alcalde flotaba un espíritu oscuro, sin forma, que se acercaba a su oreja derecha y a la izquierda, a intervalos, como si le susurrara instrucciones.
Me estremecí.
Me desperté entre jadeos, e hilos de sudor humedecían mi rostro. Por los dioses, ¿qué significaba esa pesadilla? ¿Y si se trataba de un presagio? ¿Con quién debía discutirlo? ¿Él tenía algo que ver con la muerte de mis padres y a eso se debía el símbolo de la sangre en las personas?