Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPÍTULO TREINTA Y TRES
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CAPÍTULO TREINTA Y TRES

Arin

L legué tarde para el almuerzo, pero Gizon me acompañó mientras se tomaba una taza de kafea. En otra mesa, Ruli y Vikrant hablaban en voz baja; ya Taresa les había retirado los platos.

Me despertó el hambre la mezcla de olores de la pimienta, sal y cebolla donde habían horneado el txerri, el cual contrastaba con la dulzura de los tubérculos púrpuras sobre hojas de lechuga. Admiré el plato, el juego de colores antípodas y el talento culinario de Taresa.

—¿Qué va a hacer, doctor Gizon? ¿Comprará una casa aquí en Caobán o tiene otros planes como aceptar la tierra que le quiere ceder el alcalde? —la última pregunta se me escapó en un impulso imprudente y agrandé los ojos, subyugada por el temor de haberlo molestado.

En cambio, el médico continuó bebiendo kafea con tranquilidad y luego de beber un sorbo explicó:

—Todavía no he tomado una decisión, de modo que continuaré viviendo en la posada por tiempo indefinido.

Oculté mi sonrisa con un pedazo de tubérculo, el cual mastiqué lentamente para disimular la alegría de seguir en su compañía; un regocijo que buscaba saltar de mi rostro.

Al finalizar, comenté:

—He escuchado que son pocos los que logran comprar una.

—Sí, sale muy caro y el banco es quisquilloso para prestar una suma tan grande.

Pero me eclipsó el entusiasmo de pasar tiempo adicional a su lado cuando me atravesó el recuerdo de la mujer que lo había visitado. ¿Debía tratarla como una competencia o ignorarla por completo?

—Y, si se puede saber, ¿quién era la joven que lo acompañaba el otro día?

—Nadie de importancia.

Me pareció muy improbable por la intimidad que había presenciado. Lo cual desembocó en que la incomodidad me picoteara como un pajarillo insistente. ¿Su falta de confianza y reservas se debía a un error mío?

Tampoco podía compararlo con otros hombres puesto que había conocido pocos y de forma superficial como el lechero y otros que habían suministrado víveres al orfanato. Solo habíamos intercambiado palabras corteses.

El señor Gizon, con sus evasiones acostumbradas, saltó a otro asunto:

—¿Piensa retomar su trabajo de maestra?

Yo no entendía por qué guardaba los pormenores de su vida con tanto recelo si él mismo me había llevado a conocer algunos elementos tirantes en la relación con su padre. Por lo tanto, le pagué con la misma caona, como decían los caobaneros. Así que, con mucha tranquilidad, contesté:

—No sé. —Con el tenedor y el cuchillo, corté el trozo de txerri horneado en pedazos pequeños.

El señor Gizon bebió un trago de su kafea y luego manifestó:

—Puedo hablar con mi padre para convencerlo.

Cuando el alcalde se enterara de que yo había roto el acuerdo mutuo, esperaba algún tipo de represalia.

No me iba a recompensar con un trabajo. Aun así, evitaría amargarme el día en cavilaciones nerviosas puesto que necesitaba mi estabilidad emocional e imaginativa para realizar mis tareas pendientes.

—No pierda su tiempo, señor Gizon, o… ¿Debo llamarlo nuevamente doctor? Después de todo, ya saben que no estamos comprometidos.

Él sonrió de medio lado.

—Esa es la etiqueta de nuestra sociedad.

Mis mejillas se calentaron y colorearon al recordar sus brazos mientras habíamos bailado en la fiesta, y añadí para olvidarlo:

—Por supuesto.

—Volviendo al tema de su trabajo… Si hablamos con franqueza, mi padre tal vez no se lo brinde a causa de que sigo en Caobán, ¿es así? ¿Por eso no desea intentarlo?

Me llevé un pedazo de carne a la boca para evitar contestar enseguida pues a veces pecaba por demasiada espontaneidad, aunque, en ocasiones, dejarme llevar por los impulsos alimentaba mi imaginación artística. Lo cual favorecía mi productividad poética, mas no era el momento de pensar en versos.

—Si me amparo en el reino de la verdad, no me gustó mucho. Prefiero emplearme en otra cosa, como recolectar frutos en una hacienda.

—¿Segura? —Él alzó las cejas—. Es un empleo físico muy diferente y agotador.

Yo asentí. Las experiencias de la vida nutrían mi creatividad. ¿Qué había de malo en ello? Compartí mi opinión al decir:

—Todo trabajo honrado es bueno, y si tengo que aprender las destrezas en la marcha, estoy dispuesta a hacerlo.

Él sonrió; me encantaba que estuviese de buen humor.

—Su valentía es admirable. Dígame, señorita Urtuberri, aun cuando nos indicó que le agradaba Caobán, ¿le satisface más la ciudad o el campo? Lo pregunto porque creció en Montefuegos.

Dejé de comer para hablarle.

—Me adapté al campo tan rápido que me tomó de sorpresa y puedo afirmar que el derroche de naturaleza en Caobán me complace hasta unas fronteras ilimitadas.

—La entiendo. Caobán tiene ese efecto en muchas personas.

Discúlpeme —susurró el doctor Gizon y su voz ronca conmovió algo dentro de mí cuando, para mi sorpresa, se inclinó adelante invadiendo mi espacio sin vergüenzas, y me encantó su atrevimiento, aunque me quedé tan inmóvil como un venado espantado.

Con el pulgar desnudo rozó la esquina de mi boca, su rostro muy cerca del mío. Al parecer, me había ensuciado, pero su caricia íntima volcó mi corazón. El doctor posó su mirada ardiente sobre mis labios, y creí que me iba a desmayar sin aliento. Inesperadamente, se levantó y respiró profundo.

Todavía nerviosa, alcé los ojos hacia él como un poemario fresco de páginas abiertas, frágil entre sus manos.

—Acabo de recordar que tengo un asunto pendiente —rumoró el doctor Gizon en tono rauco y se aflojó el nudo de la pajarita. Realizó una reverencia y se marchó hacia la calle.

Su abrupta partida me quitó el apetito. ¿Por qué había sido en un momento tan gentil y al final tan grosero?

Por suerte, nadie nos vio. Ruli reparaba un plato, que Taresa le había traído, con el hilo especial pegajoso que excretaba por la punta de sus dedos y presencié, por primera vez, cómo usaba su magia.

Asimismo, mi numen artístico encendió la posible idea de cómo reparar el péndulo, pero en mi caso utilizando el poder de mi propia energía.

Luego de almorzar y fregar mi plato y utensilios para ayudar a Taresa, subí a mi dormitorio.

Tan pronto había arrojado el péndulo contra la pared, me había molestado la idea de haber roto un objeto tan importante y singular; Irune ya me había advertido que era muy difícil componerlo.

En adición de que, si lo arreglaba, seguramente me revelaría dónde se encontraban mis padres enterrados {esta vez no le pediría ayuda a nadie}.

No sé cómo no había pensado en ello antes.

Me senté frente al escritorio con los pedazos del péndulo desparramados como letras desconectadas.

Me enfoqué en sacar energía de mis dedos, pero solo brotaban chispazos inútiles verdiazulado.

De todos modos, junté las piezas y traté de que mis centellas las soldaran, sin embargo, el péndulo se quebró nuevamente.

¿Y si utilizaba un hechizo lunar?

No obstante, faltaba mucho para la noche, por lo tanto, me dediqué a escribir versos y una carta de agradecimiento a la revista literaria que publicaría mi poema.

Decidí cenar en la habitación para no tropezarme con el doctor Gizon.

Su reacción extraña me preocupaba. Si mi imaginación no me engañaba, él se sentía atraído y, a la vez, luchando contra el mismo sentimiento.

No quería incomodarlo si yo tampoco entendía lo que nos sucedía y necesitaba tiempo para pensar. Seguramente, él también.

Bajé las escaleras a buscar mi plato y subirlo antes de que él me viera.

—¿Qué le pasa, señorita Arin? —Me sobresaltó la llegada silenciosa de Taresa en el comedor. Tal vez, de igual manera, yo la había asustado al haber aparecido primero que los demás inquilinos.

—Estoy muy ocupada y necesito concentrarme. —Me amparé tras la media verdad gracias a mi rápida locuacidad y tomé mi plato—. Le prometo que no ensuciaré la habitación.

Ella apretó mi antebrazo.

—Si necesita que alguien la escuche porque la agobia un problema, no dude en buscarme. Y si yo no puedo, ocupada por las cientos de tareas pendientes, Ruli es muy sincera y la ayudará sin pedir nada a cambio.

Estuve a punto de mencionarle lo que había ocurrido con el doctor Gizon, pero indispuesta para abordar el tema ni revelar mis sentimientos a otra persona, me escudé tras la cortesanía.

—Gracias.

Luego de cenar en mi dormitorio, me concentré nuevamente en el péndulo.

Las lunas llenas reinaron en el cielo despejado frente a mi ventana, y la confianza en mi talento se equilibró en mi centro pese a que dudaba si el señor Gizon, Taresa y los demás serían tan amables conmigo si supieran que yo era una bruja.

Sin embargo, ellos trataban bien a Laia…

Recogí las fluctuaciones de mi mente y me concentré en las lunas.

Ellas iluminaban el escritorio, los pedazos del péndulo sobre este y mi cuerpo de un verde oscuro azulado.

Un calor agradable se deslizó por mis brazos, y mis dedos vibraron con la recarga de energía.

Brotaron de las puntas luz verde azulada y las dirigí a los trozos.

Estos flotaron y se unieron en los lados correctos hasta reconstruirse, asimismo, un calor plateado, como la llama de una vela, zumbó frente al objeto y lo penetró.

No estaba segura de qué o quién era esa energía, ni de dónde había brotado, mas el péndulo vibró aceptándola.

El objeto mágico voló a la palma de mi mano y se mantuvo de acuerdo con su forma original, como si nunca hubiese sufrido un accidente.

Me sorprendió su calidez como una criatura de un reino desconocido, pues no sabía dónde ubicarlo ya que se sentía más vivo que una gema, pero no tanto como una planta…

Una ola de júbilo ufano y misterio se asentó en mi torso como metáforas recién hilvanadas.

Si bien no entendía lo que sucedía y, por el momento, resolverlo rozaba horizontes imposibles, el experimento me había abierto las puertas a un sinnúmero de posibilidades.

Debía averiguar cómo utilizar esta nueva destreza, aunque tal vez para escribir no me servía para nada.

¿Sería útil para reparar objetos grandes como sillas o carruajes?

¿Sanaría heridas abiertas en personas o animales?

De improviso, Beñat atravesó la pared, luciendo el sombrero de copa que había hurtado, el cual contrastaba con sus andrajos, y me saludó tocando el ala del mismo.

«¿Qué sucede?» El niño acarició a Lírico, el cual dormía sobre la cama.

Me levanté al instante, le mostré entre las manos la brillante amatista y proclamé:

—¡Lo logré! ¡Reparé el péndulo!

En contestación, el fantasmita realizó piruetas atrevidas, entretanto que yo danzaba con el péndulo como si me encontrara en el centro de un baile entre los brazos del señor Gizon.