Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPÍTULO TREINTA Y DOS #2
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CAPÍTULO TREINTA Y DOS #2

Mientras atravesábamos la plaza concurrida rumbo a la tienda de la modista, en nuestra dirección se acercaba la señora Corral acompañada de otra campesina.

Cuchicheaban y me dirigían miradas oscuras.

Había escuchado que la señora Corral y su hijo Jon trabajaban en la hacienda de la señorita Katariñe.

Cuando la señora Corral pasó a mi lado, su hombro chocó con el mío con tanta fuerza que tropecé. Gracias a que el señor Mitxel presenció la mala intención de la mujer, me atrapó por el brazo a tiempo.

—¿Se encuentra bien? —interpeló él, y asentí soltándome, turbada por la calidez de su tacto—. ¡Señora Corral! —demandó él, y ella se detuvo—. Le debe una disculpa a la señorita Laia.

La humillación me aturdió y, como una tonta, bajé la cabeza. No me hubiese importado tanto si hubiese estado sola, pero frente a él la vergüenza era peor que si me hubiese descubierto en mi corsé y mis enaguas.

—Las brujas deberían mantenerse lejos de la sociedad y no codearse con la gente decente —refutó ella.

Recibí la ofensa como una cachetada, asimismo, cambié el rostro para no mirarla. Sus agravios rebatieron mi vergüenza y me hicieron dudar y cuestionarme si ella tenía razón.

—Mida sus palabras. Todos merecemos respeto —añadió él.

—Y usted cuide su reputación. Si insiste en codearse con ella, manchará su honra más de lo que está.

Él rio de forma tan fría como los hielos de los hechiceros.

—¿Usted cree que eso me importa? La habladuría de la gente se queda corta ante mis lacras y mis goces de noches licenciosas en los burdeles de Montefuegos. Dígame si eso es mejor o peor que ser una bruja.

Las mujeres se llevaron una mano a la boca.

Yo me sonrojé y me oprimió la urgencia de concluir la discusión para evitar una lista de insultos. Me costaba mucho creer en la confesión del señor Mitxel. ¿Es que a él le fascinaba escandalizar a la gente? ¿Cuánto era verdad y cuánto era mentira?

Pese a que odiaba discutir, y el joven Mitxel me honró con su defensa, sería cómplice en la injusticia si dejaba pasar la injuria de la mujer.

—Señora Corral —enuncié con calma—, usted, como mucha gente, le teme a lo desconocido y por eso me ataca. Si intentara ser mi amiga, vería que tengo los sentimientos comunes a cualquier otra persona.

Ella resopló, tomó la mano de su acompañante, y se marcharon como si yo padeciera de tantas dolencias morales que no merecía la pena detenerse a pensar o dialogar conmigo.

Si bien su proceder lastimó mis sentimientos, su rechazo no me afectó con la fuerza avasalladora de antes. Al contrario, haberme defendido a mí misma sin perder mi auto control me infundía de mayor confianza para enfrentar mis problemas, que últimamente eran demasiados.

—No le haga caso a esa urraca —sugirió Mitxel, y sonreí ante su vocabulario desafiante.

—Gracias por ayudarme.

—Tan pronto termine con unos casos que tengo pendiente en diferentes haciendas, la invitaré a salir. —Subió y bajó su gorro con una sonrisa pícara y se dirigió a la carreta que había dejado a un lado de la calle.

Yo seguí mi rumbo. De verdad, la señora Corral se excedió en su atropello. ¿Qué podíamos hacer Irune, Arin y yo como grupo para romper la discriminación social? Me desalentó la pregunta retórica.

Caminé hacia Luna para sacar mis creaciones de la alforja. No conocía a la modista; nunca había comprado en la tienda. En cambio, mamá había venido varias veces para adquirir las telas una vez al año o menos y cosía toda nuestra ropa.

En la tienda, apenas tomé en cuenta los anaqueles llenos de sombreros y telas coloridas, y di un vistazo general a las vitrinas pequeñas del mostrador.

Me intimidó un poco la clientela elegante.

Algunas señoras ojeaban las telas, en tanto que la sombrerera probaba unos de sus diseños sobre una dama que se observaba en un espejito donde solo veía desde el cuello hacia arriba.

En una esquina, la modista ajustaba un vestido sobre un maniquí femenino sin cabeza, de tamaño natural.

Alcancé a la modista.

—Bendecida por los Cuatro. Perdone que la interrumpa, señora Madari—expresé contenta de que mamá me hubiese dicho su nombre antes de venir para acá—. ¿Puedo hablar en privado con usted?

Ella se enderezó. Era una hermosa mujer de edad indeterminada y piel cobriza, con el cabello negro recogido en lo alto de la cabeza, aunque ojerosa, su delgadez rebasaba los límites de lo normal.

El exceso de trabajo la exprimía y la dejaba extenuada.

Mi madre me había contado que la modista, en temporadas de alta demanda, pasaba horas hasta la medianoche perfeccionando pedidos de último momento de señoras de alta cuna.

La señora Madari se distinguía por la excelencia de manera que lo exigía de sus empleados y en ella misma, sin importar que lastimara su salud en el proceso.

—¿En qué puedo ayudarla, señorita?

—Me llamo Laia Zenarrutza.

—¿Por casualidad usted es la hija de Lutxi Zenarrutza?

—La misma.

—Oh, que alegría. ¿Su mamá necesita alguna tela, vestido o sombrero?

—No, gracias, pero me gustaría hablar con usted en privado.

—Sí, pase por mi oficina.

Caminamos al fondo de la tienda. En el pasillo había una puerta cerrada donde supuse trabajarían las asistentes y nos dirigimos hacia otra que se encontraba retirada.

La señora Madari abrió la puerta y me dejó pasar. Era una habitación sencilla con un escritorio y tres sillas. En las estanterías de las paredes había rótulos con los meses y los años donde se acumulaban libretas, supuse que con los registros de ventas y compradores.

Nos acomodamos en las sillas. Mamá me había dicho que la señora Madari era la verdadera dueña del establecimiento, a pesar de que compartía la tienda con la sombrerera. Por lo tanto, se encargaba de contratar a cualquier empleado.

Para mi desdicha, me sacudieron las pretensiones de mis tonterías y la audacia de creerme con talento de zurcidora. Aun así, saqué mis creaciones y se las mostré.

—Quería solicitar trabajo con usted como una costurera independiente.

Ella ojeó el chal y la muñeca.

—Sé que es de una tela barata —expliqué—, de cualquier manera, la gente pobre querrá adquirirlo para una época especial como un cumpleaños.

—O primero los hacen en casa. ¿Cuándo cosió esto?

Me incomodó su percepción; había olvidado ese detalle.

—Hoy.

—Es rápida. Verá, tiene talento, pero en estos momentos no necesitamos otra costurera. Sin embargo, una de las asistentes de la sombrerera se marchará porque va a dar a luz pronto y no creemos que vuelva una vez nazca su hijo. ¿Le interesa la posición?

Una sonrisa tentativa curvó mis labios {ni por el firmamento de mi imaginación creí que alabara mi trabajo}, no obstante, me paralizó mi ignorancia sobre el puesto que me ofrecía.

—No sé hacer sombreros.

—Descuide. ¿Sabe bordar?

—Sí.

—Entonces, solo coserá o bordará adornos; los que pida la compradora o sus esposos —aclaró y luego sonrió—.

Le advierto que el trabajo requiere muchas horas aquí en la tienda.

Comenzaría en la mañana hasta las cinco de la tarde.

Por añadidura, si hay muchos pedidos, la faena puede extenderse y continuar en la noche.

Tantas horas aquí, tarde o temprano descubriría mis talentos mágicos. Me preocupó que la sorprendieran puesto que mis habilidades se descontrolaban de vez en cuando y preferí ser sincera, antes de que me despidiera.

—¿Usted está al tanto de que soy bruja?

Ella asintió y un extraño velo de tristeza ensombreció su gesto.

—Todo el mundo en Caobán lo sabe.

Hice una mueca de vergüenza, pero no esperaba su compasión, sino el rechazo altivo como tantos otros habían reaccionado a mis talentos inusuales.

—No entiendo. ¿Por qué me ofrece trabajo?

—La verdad, su vida privada no me importa, señorita Laia. Solo me fijo en que sea responsable. De todas maneras, nuestras empleadas entran por la puerta trasera de la tienda y trabajan en una habitación donde no tienen contacto con los visitantes. No habrá problemas.

Contuve un suspiro de alivio, y las esperanzas suavizaron la dureza de mis hombros.

—¿Cómo es el sueldo?

—Le pagaré semanalmente, una caona por cada día de trabajo y luego de un año podemos negociar un aumento de salario.

Los cuatro dioses me bendecían. Era mejor de lo que me habían pagado en la hacienda de la señorita Katariñe.

—Acepto.