CAPÍTULO TREINTA Y DOS
Laia
D espués que mi hermana se marchó, tuvimos el almuerzo un poco tarde {Arin no había querido acompañarnos por unos asuntos pendientes con una revista literaria que publicaría su primer poema}.
Del aparador saqué el mantel, los platos hondos y los cubiertos.
Comimos sopa de gallina con trozos de papa, de jamón y calabaza. De postre, había sobre un platillo una fruta color crema que asemejaba una mano, con seis protuberancias delgadas, y la gente le había apodado “la mano de Nolako”, el Dios superlativo de la paz.
Tomé una rodaja de pan para mojarlo en la sopa y lo comí rápidamente, debido a una mezcla de emociones que me motivaban a compartir mis ideas con mis padres.
—Fue una mala decisión trabajar de nuevo con la señorita Katariñe —admití—. Quiero dedicarme a algo que me haga feliz. Por eso, y otras razones, renuncié.
Mi madre observó a mi padre, y este asintió en silencio.
—En mis tiempos de juventud —comentó mamá—, los padres esperaban que sus hijos ayudaran en las tareas del hogar, eso enseña disciplina y responsabilidad. Pero ya eres una adulta y no debimos inmiscuirnos en tus decisiones ni presionarte para que nos entregaras tu inar.
Su disculpa velada me conmovió.
—Yo quería ayudarlos; no se preocupen.
Continuamos el almuerzo callados.
Reflexioné que, si el célebre de Otxoa se había engañado con mi obra y estuvo a punto de publicarla, quería decir que tenía talento.
La confianza en mí misma y en mis habilidades literarias abrió su pequeño capullo. Por añadidura, concluí que debía hacerme responsable de mi vida y de mi futuro.
Como un verdadero adulto.
—Si no trabajarás con la señorita Katariñe, ¿qué vas a hacer, hija? —la angustia de papá me enterneció.
—Bueno, reconozco que necesitamos sobrevivir, y como no voy a recibir una adelanto por mi novela, buscaré un trabajo apropiado, diferente al de sirvienta. En un lugar donde me respeten.
Quedó implícito que Katariñe y su familia no lo hacían.
Papá asintió con gravedad.
—¿Qué pasó en la casa de los Azkarraga, Laia? —cuestionó papá.
—Cometí muchos errores y la señorita Katariñe me faltó el respeto delante de otras personas.
—Defiéndete de los abusadores —me aconsejó mamá—. No trates de justificarlos, porque, en mi experiencia, solo quieren sentirse poderosos y superiores a sus víctimas.
—Así es —confirmó papá.
—No me gusta hablar mal de mis vecinos, pero la señorita Katariñe siempre fue muy mimada y por eso cree que tiene derecho de maltratar a los demás.
Y, por supuesto, su familia sufre de los mismos defectos —explicó mamá—.
Tal vez es un problema de clases, pero hay que detener a la señorita para que no empeore la situación.
Aun así, no te preocupes. Será inasequible servir en esa familia, sin embargo, otras oportunidades aparecerán si eres persistente. ¿En qué te gustaría trabajar?
—Tal vez puedo hacer mantequilla y vendérsela al mantequero.
—No tenemos la mantequera de barril ni el hielo para conservarlo —objetó papá.
—Y el hielo que los hechiceros crean, es demasiado caro para nuestro presupuesto —añadió mamá.
—¿Qué les parece si coso chales o muñecas de trapo para vendérselos a la modista? —se me ocurrió la idea como inspiración divina.
Mamá asintió lentamente.
—Tengo varias telas sin usar que puedes emplear y retazos que serían útiles para hacer las muñecas.
—¡Gracias! —Comenzar algo nuevo me llenó de una emoción que rebosaba de expectativas el caldero de mis atribulados deseos.
Al finalizar el almuerzo, bajé al sótano para buscar las telas guardadas en un baúl grande y escogí las más bonitas de algodón de Sarobey para los chales, pedazos de flecos {que mamá había hecho para los brazos del sofá, pero después había descartado}, y retazos sencillos para las muñecas.
Luego, subí a mi habitación para escribir la secuela de mi novela.
Tal vez sería un fracaso como la primera, pero las esperanzas me motivaban a inventar mundos, personajes interesantes y crearla.
No obstante, sentada frente al escritorio y con la pluma en la mano, las palabras se quedaron estancadas como frente a un muro imposible de cruzar.
El manuscrito solo contaba con las oraciones del comienzo en el primer párrafo y, en otro papel, la lista de ideas inconexas tampoco ayudaba.
Tal vez no me dejaba escribir la preocupación de encontrar el inar necesario para sobrevivir.
Guardé mis instrumentos de creación literaria y me senté sobre la cama.
Cuando pequeña, mamá me había enseñado a coser y la muñeca de trapo había sido uno de mis primeros proyectos.
Sobre una tela corta, rápidamente coloqué los rellenos en el área de la cabeza y el cuerpo; acomodé otra tela encima y con cordeles cortos anudé la zona del cuello y las muñecas.
Con puntadas rápidas cerré las partes abiertas.
Era sencilla, pero a las niñas pobres les encantaban.
Como con el chal me tardé un poco, decidí hacer solo uno.
Alisé la tela bordada con hojas de caoba que se arrastraban por el fondo negro.
¿Por qué mamá la había guardado? No me había prohibido utilizar ninguna.
Descarté las dudas y sobre la tela rectangular cosí flecos oscuros en los lados cortos.
Acabé a las tres de la tarde. Envolví mis creaciones en una delicada tela limpia y bajé las escaleras.
Endrique junto a mí movía su cola tan esperanzado como yo.
Mi fiel Luna estaba lista para viajar, y metí mis hechuras dentro de la alforja.
Cabalgué hacia el pueblo. A la izquierda en el sendero, la ermita se llenaba de fieles que llegaban temprano para adorar a los cuatro dioses principales.
Evité encontrarme con las miradas de los campesinos, pese a que nos conocíamos de toda la vida; no quería que me bajaran los ánimos con sus juicios y reprobaciones.
No entendía la discordia de la gente contra las brujas si no le hacíamos daño a nadie. ¿Es que tendría que soportar toda mi vida este prejuicio?
Frente a la tienda de la modista, me apeé de Luna, pero en ese momento el albéitar salía de la oficina postal y se detuvo al verme.
Mi corazón se agitó como una dulce planta danzarina, y los transeúntes se disiparon en las esquinas de mis ojos igual a gotas de tinta en agua.
Sólo estaba consciente de su presencia y el placentero gorjeo de los txoria en las ramas de los zuháitzgorris de la plaza: pájaros azules un poco más largos que el dedo corazón, de tres colas azules y tres ojillos negros, solo el lomo era marrón, el piquito rosado y los machos con manchas rojas en las mejillas.
Decían que sus trinos traían buena suerte en el amor.
¿Debía tomar en cuenta esas creencias populares?
—Señorita Laia, que Atabex la guarde.
Sobre las dos trenzas se adornaba con un gorro gris ladeado, y controlé el deseo de arreglarlo.
—Reciproco.
—¿Adónde va?
—A la modista.
Él se quedó mirándome no sé por qué.
—¿Va a comprarse algo? —la sorpresa coloreó su interrogante—. Perdone mi entrometimiento…
—Descuide, además no tengo caonas para eso. —Reí y me llevé una mano a la mejilla—. Es a buscar trabajo.
—¿Por qué no me acompaña primero a la pastelería? Con mucho gusto, la invito.
—Yo…
—¿Le parece mala idea?
—¡Al contrario! Creo que es toda una aventura. Mi familia y yo casi nunca tenemos inar para derrochar en dulces.
—Eso me apena sobremanera —enunció el señor Mitxel.
—Descuide. Como alternativa, mamá los hornea en casa, al igual que el pan y aunque le queda delicioso no hay nada como saborear aperitivos nuevos…
—me detuve en seco. Por poco digo “en grata compañía” ya que descubrir esas delicias culinarias junto a él sería la experiencia superlativa de agradable.
Era la primera vez que me invitaba a cualquier cosa.
Para disimular mi turbación, amarré a Luna del poste de luz para que no me siguiera.
—Tiene razón —continuó él—; cualquier refrigerio es bienvenido. No voy a menudo a la dulcería, pero me place que me acompañe.
La sinceridad de sus palabras me conmovió tanto como si me hubiese regalado una flor. Aun cuando le agradara solo como amiga, su apoyo significaba mucho para mí. Yo imaginaba que, en vez de caminar en mis botas viejas, flotaba sobre zapatos de nubes.
—Es usted muy amable —expresé al fin.
Cruzamos la plaza en un silencio agradable y al entrar a la panadería, el olor del pan se entremezclaba con los dulces en una sinfonía perfecta que evocaba veladas románticas o acogedoras.
En el área de la pastelería, el señor Mitxel me compró un hojaldre que cabía en la palma de mi mano, con azúcar morena encima, relleno de mermelada de frutas. La explosión dulce en mi boca fue como derretirme ante la mirada del señor Mitxel. Él observó con intensidad mi reacción.
—Rico, ¿verdad? —afirmó él.
—Está delicioso —enuncié al finalizar como si hubiese probado un manjar divino, simplemente por su compañía.
El señor Mitxel comió el mismo que yo ordené, y la pastelera nos ofreció servilletas suaves de algodón, olorosas a la madera de la cajita donde las guardaba.
El señor Mitxel y yo nos limpiamos las manos y la boca y devolvimos las servilletas.
Ella las echó en la canasta de la esquina para lavarlas después.
Él me abrió la puerta como todo un caballero, y salimos de la panadería.
—No le quito más tiempo porque sé que está ocupada —declaró él, si bien no se marchó de mi lado como yo esperaba; continuamos caminando—, pero si desea, otro día la invito a almorzar.
Traté de no inflarme con las esperanzas pues conocía de su reputación.
—¿A cuántas ya ha invitado esta semana? —investigué con sensatez.
El señor Mitxel rio brevemente.
—No crea todo lo que escucha por ahí, señorita Laia. A veces, la gente exagera.
—Dispénseme si erré al valorar de forma negativa su carácter, señor albéitar. Mas, si su ofrecimiento es cierto, acepto.
Él me contestó con una mirada risueña.