Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPÍTULO TREINTA Y UNO
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CAPÍTULO TREINTA Y UNO

Arin

D entro del coche, en la estación de alquiler, esperábamos por el último pasajero. A mi derecha, se había sentado una mujer mayor y su perfume fuerte rozaba mi nariz en un cosquilleo que amenazaba con hacerme estornudar. Afuera, los cuatro caballos resoplaban o rascaban el suelo impacientes.

Frente a mí se encontraban dos hombres, quienes miraban a cada momento sus relojes colgantes de leontinas.

Yo me había ubicado pegada del cristal corredizo.

Para empeorar la disposición de mi ánimo, me ardieron los ojos, pero no estaba segura si era debido al llanto contenido que me provocaban las circunstancias de huir de Caobán o el olor de almizcle de la pasajera mezclado al de los excrementos de los zaldias.

Dentro de mi bolso, busqué un pañuelo, no obstante, me tropecé con el péndulo roto y lo recogí en la palma de mi mano. ¿Y si lo arreglaba?

Así de rota juzgaba mi vida al igual que mi relación con mi hermana. No obstante, permanecería destruida si huía y evitaba dialogar o reconciliarme con ella: sin engañar, sin escapar, ni insultar a los demás.

De un modo parecido en que podía reparar el péndulo, si lo intentaba con sinceridad, lo lograría con la relación de mi hermana.

Guardé los restos del objeto mágico en mi bolso y me levanté decidida.

—Disculpe; disculpe. —Tropecé con las piernas de los pasajeros, y ellos gruñeron de desaprobación y dolor.

Me bajé de la diligencia y le pedí al cochero que acomodara mi baúl en la acera. De mala gana, me obedeció y me devolvió la caona que me había pagado el alcalde por mi servicio de maestra.

Corrí hacia la posada donde aún se encontraban mis amigos. Mi decisión me obligaba a abrazar la verdad en todos sus matices. ¿Cómo imaginaba sobrevivir en paz si lastimaba en el intento a las personas cercanas a mí y a mis propios sentimientos?

Por lo tanto, eso incluía desenmascarar mi supuesto compromiso con el doctor Gizon… ¿Tendría el valor? Si el alcalde me amenazaba de nuevo, lo llevaría a los tribunales, aunque mi palabra no fuese tan importante como la de él.

Tomé aliento ante los rostros sorprendidos que me recibieron.

—Me quedo en Caobán. Lo pensé mucho y los extrañaré demasiado, incluso a mi hermana.

Mi resolución suena como si me hubiese dejado llevar por otro impulso, pero les aseguro que de verdad lo reflexioné y creo que es la mejor decisión.

—Inhalé para continuar, calmando mis nervios—.

No debo huir de mis problemas; la verdad me sentí muy cobarde.

Además, el pueblo me encanta e indudablemente eso incluye a su gente —anuncié.

Finalicé mi monólogo con las mejillas enrojecidas, y ellos aprobaron mi decisión.

—Señorita Arin, nosotros también sentimos afecto por usted —afirmó Taresa—.

Estábamos comentado, cuando se marchó, lo mucho que la íbamos a extrañar.

Nos complace su estadía, pero no se preocupe, no la juzgamos, usted es libre de tomar sus propias decisiones.

Aquí tiene. —Taresa me entregó mi vieja llave—. Tendrá el mismo dormitorio.

La guardé en el bolso y sonreí débilmente puesto que no me esperaba esta amabilidad.

—¡Qué alegría! —Se deleitó el señor Karrantza—. Así me puede acompañar el día que inaugure la escuela de arte y la biblioteca.

—Estaré allí sin falta.

—Bienvenida —agregó Ruli para mi sorpresa, y Vikrant asintió a modo de acogida.

Cuando me encontré con los ojos dorados del señor Toro Fuerte, mi corazón se sacudió estrujado por una añoranza inexplicable. A medias, delicada y misteriosa como un fragmento de versos extranjeros sin traducir. O la fascinación de una estrofa tierna que es imposible apartar del entendimiento.

Aspiré profundamente.

—Tengo que confesar, por último, que el señor Toro Fuerte y yo no estamos comprometidos. Les digo la verdad por el hecho de que no quiero seguir el juego de engañar a la gente. Ya comprendí que trae consecuencias desastrosas.

—Sin embargo, no fue culpa de ella —intervino el doctor como todo un caballero—. Yo lo propuse para protegerla a causa de que viajaba sola hacia nuestro pueblo, desconocido para la señorita Arin. Nunca hubo mala intención de parte de ella ni de mí.

Ellos aceptaron la explicación de forma muy educada, sin reacciones escandalosas, incluyendo a la grosera de Ruli.

Asimismo, como me armé de gallardía para ser sincera, retuve esa cualidad para abordar el siguiente tema e inquirí:

—Señor Toro Fuerte, ¿me puede acompañar a la puerta? Tengo que hablar con mi hermana, pero antes de irme, necesito comunicarle un mensaje privado.

Él accedió, y nos detuvimos fuera de la posada. El doctor cerró la puerta, asegurando mayor discreción, mientras que los transeúntes evitaron tropezar con nosotros, y la diligencia se había marchado.

Consciente de su cercanía y olor varonil, susurré intentando concentrarme en el mensaje que debía impartir:

—Es sobre su padre; por eso desistí conversar frente a los demás.

La desafortunada declaración llevó a que él tensara la frente.

—La escucho.

Pese a que quería terminar la incómoda conversación, temía ensanchar las riberas de sus heridas y encrudecer la riña entre padre e hijo.

—Es un poco desagradable… ¿De verdad le interesa saber lo que me dijo?

—Depende. ¿De qué se trata?

—Es sobre usted y él. Le aseguro que no deseo entrometerme en una relación tan delicada como son las de familia, pero usted ha sido tan amable conmigo que faltaría a la lealtad si no le prevengo.

Él empujó el sombrero sobre su cabeza como si se preparara para lo peor.

—No le temo a lo ominoso o incómodo, señorita Arin. Continúe, por favor.

—Bien. Es que su padre quería que yo lo manipulara para que se marchara de Caobán y olvidara todos sus derechos.

Él se quedó pensativo, como si juzgara los pasos siguientes en la encrucijada de una cueva misteriosa, mientras los músculos de su quijada se endurecían y se soltaban al tiempo.

Yo desconocía las leyes de herencia entre los aborígenes, así que entendía poco sobre los derechos que el doctor debía renunciar, conforme a los deseos del alcalde.

—Mi padre no ha cambiado nada. Supongo que su generosa oferta de regalarme las tierras fue una mentira para ver mi reacción. —Su voz se arrastró como un bordado con hilos de tristeza y decepción, deshilachado.

Me contagió su dolor igual que un poeta atormentado ante los sinsabores de la vida, y añadí:

—Me da mucha pena decirle esta información, pero pensé que debía estar enterado, en caso de que sucediera cualquier cosa.

—No se preocupe, señorita Arin, no me sorprende. Sé que él es un manipulador.

—¿No está enojado conmigo?

—Al contrario. Ahora le debo un favor —respondió él y me agasajó con una sonrisa tan encantadora como el anfitrión que recordaba de Montefuegos.

Sin embargo, su encanto no me embaucó, puesto que no era el hombre tan feliz que fingía ser, y reprimí el deseo de abrazarlo.

Para mi sorpresa, el doctor palideció ante una revelación misteriosa y añadió:

—¿Por eso quería marcharse de Caobán; porque mi padre la amenazó?

Admití con una breve sonrisa incierta que asemejaba una mueca:

—Sí, en parte. Yo no quería hacerle daño, doctor, se lo juro por mis poemas y, como no sabía qué hacer, preferí huir.

Él levantó una mano como para tocar mi codo, mas se detuvo a medio camino y, en su lugar, apretó los puños en los costados. Yo entreabrí los labios, deseando tener un abanico a la mano para disimular mi perturbación, y él comentó:

—La próxima vez que mi padre se atreva a insinuarle cualquier cosa, por más honesto que parezca, no dude en decírmelo que yo lo pondré en su sitio. —La voz le tembló, y yo no sabía si era por la ira de lo que el alcalde había hecho o por otras razones.

Asentí muda como si un caballero antiguo con todo y armadura hubiese jurado protegerme de un gorrotozko feroz igual a leyendas vetustas; reprimí un suspiro.

Nos despedimos, y con la caona que había ganado de mi salario reducido, alquilé un caballo, a dos majisis; por supuesto, me salía barato comparado con el viaje hacia Caobán.

Viajar sola me arrojó al recuerdo del bandido que me había atacado en Montefuegos, pero en cierta forma lo reescribí como a un espeluznante verso grosero, por el hecho de que me había dado la oportunidad de conocer al doctor Gizon; una bendición escondida en medio del pavor.

La rapidez con que corrí el zaldia se confabuló con el viento para arrancarme algunos mechones del moño. Me importó poco, intoxicada con la alegría de permanecer en Caobán, junto a mi hermana y amigos. Sabía que, si ponía de mi parte, las circunstancias de mi vida mejorarían.

Las copas de los árboles a orillas del sendero danzaron con la brisa, y como de costumbre, yo no era la única en transitar el bullicioso camino de viajeros que iban y venían hacia sus múltiples obligaciones.

Arribé a la granja de Laia y saludé al padrastro de mi hermana, quien trabajaba en los cultivos de lechugas. Él me devolvió el saludo con el gesto poco efusivo de tocar la punta de su sombrero, posiblemente porque no me perdonaba lo que había sucedido con el señor Otxoa.

¿Pero qué había que perdonar? ¿Mis deseos un poco ilegales de corregir la sociedad y, de paso, ayudar a mi hermana?

Gruñí exasperada, puesto que me afirmaba en tener la razón de rebelarme contra la injusticia que había cometido el señor Otxoa; asimismo, Laia y su padre tenían razón en enojarse conmigo debido a la singularidad de mis métodos.

La conciencia me mordió como un sabueso incansable al cazar una presa, y me encaminé hacia el señor Zenarrutza.

Este olvidó su trabajo y se incorporó, quitándose el sombrero de paja que lo protegía del sol, de alas anchas y cinco lados, muy diferente a los que utilizaban los ricos en sus viajes campestres al visitar las haciendas.

Los agricultores lo llamaban kapelastoa, me había contado Laia.

Me bajé del caballo y, temerosa de que me prohibiera la visita a su casa, platiqué presurosa:

—Bendecido por los Cuatro, señor Zenarrutza.

Por favor, le suplico que me atienda un momento.

Es para pedirle que me perdone por la irresponsabilidad de engañar al célebre de Otxoa y a ustedes.

Le juro que no volverá a suceder, y, por añadidura, le prometo que, de ahora en adelante, no seré una mala influencia para Laia —repetí como tantas veces me había gritado la sinvergüenza de Domeka cuando me había acusado de que podía descarriar a las niñas pequeñas con mis parloteos insensatos y escapadas a la biblioteca del sótano.

Él levantó una mano, y una breve sonrisa curvó sus comisuras.

—Calma, señorita Arin. Agradezco su disculpa, sé que me lo dice de todo corazón, pero ustedes son adultas y hermanas. No me corresponde entrometerme en su relación.

—Esta es su casa, señor Zenarrutza, no quiero que sienta que le estoy faltando el respeto.

—Le confieso que, como es natural, estuve enojado. Sin embargo, al igual que muchos jóvenes, estuve lleno de sueños, idealismos y rebeldía. Comprendo la injustica que sintió por Laia y las mujeres en general.

Si hubiese una muralla de flores tras de mí, me hubiese recostado sobre ella o le hubiese regalado un ramo al bondadoso campesino. Por lo tanto, la sinceridad continuó fluyendo en mis expresiones y declaré:

—Gracias. Es raro encontrar un hombre que entienda los deseos de superación de las mujeres. De que podemos hacer mucho más que criar hijos y limpiar una casa.

—Por supuesto. Para eso tienen inteligencia y, por lo tanto, el derecho de disfrutar de privilegios adicionales como la oportunidad de publicar obras literarias. Seré agricultor, pero no estoy tan atrasado en mis ideales.

Se me escapó una risa corta por la falsa idea generalizada de que los agricultores eran todos analfabetas e incultos, y después pregunté:

—¿Laia se encuentra en la granja?

—Subió a la casa tan lenta como una tortuga. Le hará bien hablar con usted. Pase.

—Gracias.

Dejé el caballo amarrado a un arbusto para que no se comiera las lechugas y me acerqué a la casa.

Laia salió por la cocina y nos detuvimos una frente a la otra. Endrique saltaba alrededor de nosotras como si percibiera nuestra alegría de vernos. Sus ladridos suaves enfatizaban el meneo rápido de sus alitas y de su cola. Acaricié tras su oreja para complacerlo.

—Estaba pensando en ti —aseguró Laia.

Yo tomé sus manos, empujando mis protestas a un lado para salvar nuestro vínculo familiar. Tragué hondo y supliqué:

—Laia, perdóname por lo que te hice. Eres mi hermana y nunca haría nada conscientemente para hacerte daño. Sé que tengo muchos defectos, tal vez supera a los de la gente normal, pero te quiero y no me gustaría perder tu estima.

Laia sonrió, y sus dulces ojos castaños se suavizaron con las lágrimas.

—Yo también te quiero, y no hay nada que perdonar. Me desconsolaría perder tu amistad. Además, estás exagerando. Tienes la misma cantidad de defectos que todo el mundo.

Nos abrazamos y reímos, mas en un murmullo confesé:

—Me iba a marchar de Caobán.

Ella se apartó para mirarme a los ojos.

—¡Arin!

—Sí, aunque me arrepentí. Acabo de conocerte y por eso no me gustaría vivir lejos de ti.

—Qué bandolera eres. Si algún día muy lejano deseas irte, pues es tu vida; yo entenderé, sin embargo, primero tienes que avisarme. Confiaré en que no vuelvas a marcharte sin despedirte.

—Espero no tener que hacerlo nunca.

—A menos que nos vayamos juntas.

Apreté su mano y confirmé:

—Es un pacto —sonreímos por nuestro secreto, y el trino de los pájaros en los limoneros lo comprobaba a mi sentir poético—. En otros temas, deseo contarte que hablé antes con tu papá y me reveló que llegaste muy mal. ¿Dónde estabas en la mañana? ¿Te pasó algo?

—Había vuelto a trabajar en la hacienda de la señorita Katariñe, y renuncié hoy mismo. Si bien, antes de irme, le dije que me pagara lo que me debía porque la primera vez me pagaron de menos. Hasta la amenacé con el alcalde.

Reí impresionada.

—¡Laia, no te reconozco! Sin embargo, hiciste muy bien. A esas arrogantes hay que ponerlas en su sitio. Yo no sabía si exagerabas ese odio que sentías hacia ella, pero la verdad, es muy antipática.

—Ven, olvídate de ella. Vamos a la cocina para que te tomes una limonada.

Ella enredó su brazo del mío, y caminamos juntas hacia la casa.