Las brujas de Caobán (Las brujas de Caobán 1) CAPÍTULO TREINTA
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CAPÍTULO TREINTA

Laia

S entada frente a mi escritorio me di cuenta de que debí confiar más en mí misma en vez de entregarle mi manuscrito a Arin. Pese a que una segunda opinión o un editor me ayudaría a mejorar o pulir mi obra, mi motivación real había sido en virtud de que desconfiaba de mi propio juicio.

Por otro lado, debí haber luchado con ahínco por mi manuscrito cuando el célebre de Otxoa se había encontrado en casa. Por supuesto, de una forma correcta, sin engaños ni discusiones.

No obstante, ya era tarde para salvar mi obra.

La mejor alternativa, la responsable, sería abandonar mi sueño de escritora, pedir perdón a la señorita Katariñe y volver a trabajar en su casa.

Pese al dolor de renunciar a una parte de mi identidad, nadie se alimentaba de los sueños. Yo necesitaba un trabajo práctico.

Busqué en el ropero el vestido de salir y me cambié para ir a la hacienda de mi vecina con premura.

Durante los minutos en que me vestía, tuve la terrible sensación de que me preparaba para una prueba muy difícil, como cuando las ideas se desmayaban, atrapadas en el mundo de la imaginación, y el papel en blanco se mofaba en mi cara, provocándome un dolor espeluznante de cabeza.

No obstante, la prueba con Katariñe sería peor ya que con las letras, por lo menos había la esperanza de despertarlas y escribir.

Pero con mi vecina y su familia mis bajas expectativas me remontaban a los calabozos de los que había leído en novelas de tramas oscuras, testigos mudos de innumerables torturas.

Suspiré e ignoré mis tonterías dramáticas. Debía cultivar la fortaleza y soportar mejor las humillaciones con mayor estoicismo. No podía escapar constantemente de los trabajos cada vez que alguien me lastimara.

Aun cuando me dolía aceptar la realidad, ni la señorita Katariñe, ni su familia era la primera ni la última persona que abusaba de las brujas y las detestaba.

Sin advertirle a mis padres, cabalgué a Luna hasta la entrada de la hacienda. Ellos no me habían exigido buscar un trabajo, pero por lo que había pasado con el manuscrito y el célebre de Otxoa, ¿cómo quedarme en mi cuarto escribiendo novelas que no traían un majisi a la familia?

No sé si para bien o para mal, la señorita Katariñe se encontraba sola, leyendo un libro en un nuevo sillón pintado de blanco en el pórtico. Me estremeció aquella viva imagen de la inocencia tan equívoca.

Los jardineros me ignoraron cuando me apeé de Luna, y subí delicadamente los escalones del pórtico, con la falda en mis manos.

De todos modos, Katariñe me escuchó y dejó de leer. Su sonrisa divertida me laceró como un latigazo.

—¿A qué vienes? ¿No fue suficiente con lo que sucedió en tu casa esta mañana? —se burló ella, la altanería suspendida de cada sílaba.

No obstante, pasé por alto sus palabras molestosas ya que, si perdía la paciencia, así mismo sucedería con el empleo.

—Sé que tengo pocas destrezas como sirvienta, pero necesito trabajar. ¿Se encuentra la célebre de Azkarraga?

—Si quiero, puedo o no contratarte. Mis padres me están delegando responsabilidades adicionales debido a que les he demostrado mis talentos de asertividad y decisional. —Ella alzó la barbilla, y su prepotencia me cayó como la sal en una herida.

De todas maneras, yo no había viajado hasta acá para enjuiciar su carácter. Yo no era una Erudita Sacra para juzgar a los demás. Así que abracé la tolerancia, por encima de mis instintos que me aconsejaban correr fuera de allí.

Me hice la sorda.

—En ese caso, estoy pidiendo el trabajo nuevamente. Por supuesto, le debo… una disculpa por mi comportamiento.

Ella sonrió disfrutando al máximo mi humillación. Yo no entendía qué ella ganaba con la ignominia ajena.

—No te puedo ofrecer el mismo puesto. Sabes que fue un desastre.

¿Por qué me lo recordaba? Para mi desdicha, acepté que ella tenía razón e intenté ignorar mi sensibilidad extrema.

—Lo comprendo.

—De todas formas, hacen falta perpetuamente lavanderas o criadas para limpiar la casa. Sin duda, el horario es muy extenuante ya que tendrías que estar aquí antes del amanecer. Las lavanderas trabajan desde las cuatro de la madrugada hasta la tarde. ¿Aceptas el reto?

Descansé en un pie y luego en el otro. Yo nunca me despertaba tan temprano, pues acostumbraba a escribir desde el atardecer hasta cerca de la medianoche, y a pesar de que mis padres madrugaban para trabajar en la granja, no me exigían el mismo horario.

¿Lograría adaptarme a ese régimen tan fuerte de levantarse con los gallos?

Necesitaría renunciar a mis metas y escribir menos tiempo…

¿Me quedaba otra elección?

—Puedo comenzar ahora si quiere.

—No, es muy tarde. Ayuda en la cocina.

Asentí. Por lo menos conocía a mis compañeras, aunque el trato no fuese muy amable.

Después del recibimiento frío de las empleadas, me tocó restregar, pelar y cortar papas, pero me distrajo una sensación rara. Como si mi mente flotara sobre una laguna verdosa apenas consciente del trabajo. Aun así, tuve cuidado de no cortarme.

Por los dioses, muchas ideas me rondaban la cabeza para escribir una secuela de mi obra y se me hacía difícil concentrarme en las dichosas papas. Por otro lado, temía olvidar todo lo que había inventado si no avanzaba a escribirlo en algún papel o servilleta.

Entretanto, la cocinera y las asistentes hablaban poco entre ellas, contestando con monosílabos las instrucciones de la jefa. Murmullos bajos, como trasfondo al revoloteo de mi imaginación.

Luego de una hora de laborar, me arrepentí de haber regresado.

¿Qué debía hacer? ¿Debía marcharme a la ciudad en virtud de que allí publicaban a las mujeres?

Pero no quería abandonar a mis padres cuando me necesitaban.

Debía ser una hija responsable con su situación y ayudarlos como ellos habían hecho conmigo, cumpliendo sus deberes con amor.

¿Eso implicaba sacrificarme de esta manera tan cruel?

No obstante, conservar la salud de mi padre y ayudarlo a que se recuperara sobrepasaba cualquiera de mis deseos personales.

Aleteos extraños llamaron mi atención. Un búho se posó en el alféizar de la ventana, y mis compañeras de trabajo se asustaron por la intromisión inusual.

¿Qué hacía ese animalito despierto por la mañana?

Era mi amiga, Gema, la misma que me visitaba en casa.

Y la delató que, pese a la falta de luz lunar, brilló la marca azul sobre su frente.

Sus redondos ojos amarillos se posaron en los míos como si su sabiduría me exhortara a que escudriñara la verdad que necesitaba nacer de mis entrañas, a obrar de forma correcta, diferente a como había considerado.

Se entreabrió una conexión con Gema, en los trazos ligeros de mis emociones, que se quebró con los gritos de las mujeres.

La criada junto a mí, Agara, dejó caer una fina taza de porcelana y se volvió en cientos de fragmentos, desparramando el líquido que había contenido.

En tanto que la cocinera sacó una escoba de la esquina y la agitó para ahuyentar a mi amiga.

Mi búho extendió sus poderosas alas y voló fuera de la cocina.

Para empeorar la situación, la señorita Katariñe apareció en la puerta.

—¿Cuál es el escándalo? ¿Qué sucede? —graznó ella como un ganso.

—Pierda cuidado, señorita —explicó la señora Monte—. Fue solo un búho, y ya lo espanté.

La señorita Katariñe se percató del reguero que limpiaba Agara en el suelo.

—¡Mi taza!

La sirvienta se levantó estrujando las manos.

—Perdóneme, señorita Katariñe—

La señorita interrumpió su disculpa con una sonora cachetada.

—Tonta inútil. Esa pieza es de una colección muy antigua. Irreparable.

La criada se llevó una mano a la mejilla adolorida, bajó la cabeza y un sollozo estremeció sus hombros.

Katariñe levantó el brazo para volver a golpearla, y un raudal de lava imaginaria me borboteó por la piel. La detuve a tiempo, apretando su muñeca, sin pensar en las consecuencias de mi atrevimiento, y ella se volvió a mí con la boca entreabierta como un animal salvaje a punto de morderme.

Nuestras miradas se enfrentaron, y la ira saltó de mi boca sin esperar a que mis sentimientos temerosos la detuviesen.

—¿Usted cree que su tacita vale más que la dignidad de una persona? —demandé—. Ella se disculpó. Fue un accidente. ¿Por qué tiene que continuar degradándola?

—Tú… ¿Cómo te atreves a tocarme y a conminarme? ¡Debería darte una paliza por insolente! —ella gritó, y le temblaron las aletas de su nariz recta.

La solté como si hubiese palpado un engendro asesino de literatura y dicha. Mis padres me habían respetado toda la vida y su disciplina jamás había incluido el maltrato físico. ¿Por qué se lo iba a permitir, quien no era parte de mi familia ni amistades íntimas?

—¿Sabe qué? Renuncio —indiqué con fuerza.

—Malagradecida. Ni aunque te mueras de hambre, volveré a emplearte.

La duda del fracaso intimidó los chispazos de mi rebelión, si bien me quise escudar con la verdad y manifestar que no quería de patrona a una abusadora, un silencio asustado cosió mis labios.

Ella se aprovechó de mi callada insurrección.

—¡Así que lárgate y no te atrevas a volver a mi casa! —exclamó la señorita.

Por supuesto que me marcharía. Regresar a este nido de cuervos había sido un error.

Pero antes me iba a oír.

—Sí, me iré, después que me pague la hora que perdí aquí o la acusaré con el alcalde —la amenacé y me di unas palmaditas imaginarias en el hombro por mi atrevimiento.

Ella apretó la quijada como a punto de negarse, en cambio, al ver la resolución en mi rostro, tomó otra decisión.

—Ya te traigo lo que te debo, no por tu amenaza. Yo no te tengo miedo. Es para evitarle un mal rato a mis padres —replicó ella entre dientes.

Con gusto, me cambié el uniforme en la habitación para sirvientes y esperé poco cuando me entregó una bolsita de inar.

La señorita se marchó con la barbilla en alto.

Abrí el bolso y solo había ocho majisis, nombre que le había puesto la gente por la mazorca de maíz grabada en el centro de la moneda.

Valía tan poco que cien de ellas hacían una caona.

Aun así, algo era mejor que nada.

Las empleadas ni me miraron, serias y pensativas, habían reanudado sus labores.

Si bien no esperaba que me lo agradeciera, creí que la afectada se rebelaría conmigo, mas volvió a sus tareas como un granjero atado a la mies para sobrevivir, y se me achicó el corazón al imaginar sus necesidades y compartir sus sentimientos.

De todos modos, salí.

Cabalgué de regreso para casa, en tanto que Luna percibía mi alegría y su velocidad energizó los latidos de mi corazón, aun cuando faltaba convencer una parte de mi cerebro que me importunaba con las dudas.

Me bajé de Luna para que pastara por los alrededores de la granja y cuando iba a subir a la casa, encontré a papá trabajando en las lechugas. Para mi desdicha, la preocupación apretó mis hombros como si cargara un cuévano lleno de papas. Se evaporaron mis pensamientos positivos.

Me dirigí a él.

—¿Qué haces aquí? —demandé, y el temor se enroscó en las sílabas de tono agudo—. Tú sabes que el chamán te ordenó reposo.

Papá subió la cabeza sentado en el suelo, protegido del sol con su sombrero kapelastoa. Mi seriedad borró su intento de sonrisa, y carraspeó.

—Lo sé, pero te prometo que estaré aquí como treinta minutos. Es para volver a recuperar las energías. Además, solo estoy sacando la mala hierba. No hago mucho esfuerzo.

—¡Solo han pasado dieciséis días desde que sufriste el ataque!

—La magia de la diosa Atabex es fuerte; estaré bien, ya verás.

—Espero que tengas razón —susurré como si mis ánimos para discutir se arrastraran una legua de camino. No dudaba del poder de la diosa {mediante los chamanes habíamos presenciado múltiples milagros}, de todas maneras, me preocupaba el poco tiempo que mi padre había esperado para trabajar de nuevo.

Anduve de regreso a la casa con cuidado de no pisotear las delicadas lechugas, me encerré en mi cuarto y saqué del cajón del escritorio un fajo nuevo de papeles.

Tomé la pluma entre los dedos, pero la gracia artística había desaparecido ante la presión de la culpa y el egoísmo.

Solo pude hacer una lista incompleta de los temas deshilvanados que habían saltado alrededor de mi mente en la hacienda Azkarraga.

Una tristeza entintada con matices de nostalgia y arrepentimiento encogió mi pecho, y pensé en Arin.