CAPÍTULO VEINTINUEVE
Arin
C uando llegué de la alcaldía, quería recluirme en mi habitación, ahogarme en una cascada de llanto para maldecir las veredas bifurcadas, encrucijadas y laberintos de mi vida.
Sin embargo, Taresa me llamó al mostrador y no podía ignorarla.
¿Cómo desairar a mi primera amiga de Caobán, aparte de Laia e Irune?
Para mi consuelo, el doctor Gizon y la señorita habían desaparecido, mas tampoco deseaba averiguar a dónde. No quería que él me viera derrotada ni deseaba comprobar que cortejaba a otra.
—Señorita Arin, se me ha ocurrido una gran idea que deseo consultar con usted.
Volví sobre mis pasos, me detuve frente a ella en el mostrador y la exhorté:
—Prosiga.
Ella, al ver mi rostro anegado de emociones como de costumbre, leyó mi angustia y su alegre expresión se ensombreció. Comentó con suavidad:
—¿Qué le sucede, señorita Arin?
—Discúlpeme; preciso es que cambie de tema.
—Yo…
—No quiero errar de grosera, pero prefiero no hablar sobre ello; tal vez en otra ocasión.
Ella se llevó una mano al pecho y contestó en una oración tan cuidadosa como sincera:
—Lamento si la incomodé.
Me conmovió la delicadeza de su trato cuando estaba de buen humor, ya que cuando se encontraba molesta soltaba palabrotas muy coloridas que me ampliaban el vocabulario. La joven artista me caía muy bien, y añadí rápido:
—Despreocúpese; sé que solo intentaba ayudarme. —Apreté su mano libre—. Entonces, ¿cuál es esa idea que la tiene de un humor feliz?
Ella sonrió con brevedad y expresó:
—Sí, me gustaría saber su opinión sobre un asunto. Lo que sucede es que quiero exhibir mi trabajo de arte.
—¿De sus dibujos?
Ella negó con la cabeza, y su rostro volvió a iluminarse como un poema perfecto.
—Tengo varias pinturas que están cogiendo polvo en mi dormitorio. Nadie las ha visto, por lo tanto, creo que es hora de cambiar el destino de mi talento y sacar provecho a esas obras de arte.
Admiré su osadía puesto que adoraba a las mujeres emprendedoras. Ellas me inspiraban a luchar por mis propios sueños y superar cualquier barrera. Entusiasmada por la idea de Taresa, la alenté para que compartiera su historia:
—¿Desde cuándo pinta?
—Desde niña. ¿Ve esos cuadros? Son míos.
—Señaló el bodegón y los paisajes en la pared.
Ahora entendía por qué estaban sin firmar—.
Mi padre aprobó mi educación en la pintura porque era una materia que estudiaban todas las señoritas adineradas y las de clase media.
—Ella torció las comisuras de los labios—.
Supuestamente, eleva la calidad de una mujer en edad casamentera, a pesar de que yo dudo que consiga un marido...
Su inseguridad me sobrecogió como si reflejara mis propios temores, y detuve a tiempo mi pregunta entrometida de cómo había quedado inválida, si bien la animé, puesto que ella merecía amor igual que cualquier persona:
—Claro que lo hará. Además, tuvo suerte de la educación completa que recibió. La mía no fue tan divertida debido a que sólo aprendí lo básico, si bien fui asistente de la maestra para luego tratar de ejercerlo, la señora Errázuriz nunca me lo permitió.
Ella parecía ser tan conversadora como yo {particularidad que deleitó a mi espíritu}, y agregó:
—Mi padre no tenía el inar para pagar la instrucción artística, pero el maestro Karrantza reconoció mi talento y, a cambio, mi padre le permitía alojarse de gratis.
Me sorprendió la humildad de confiarme esos detalles de su pasado. Pocos admitían sus orígenes humildes o su actual situación económica. Admiré su honestidad, y la suma de sus cualidades me indicaron que podía confiar en ella, así que comenté:
—Entiendo. Fue un acuerdo muy inteligente, sin embargo… ¿Qué aspira con hacerlas públicas?
—Me gustaría intentar la carrera de una artista profesional como el ilustre de Karrantza.
Su arrojo me pareció tan loable como las hazañas de héroes intrépidos en la literatura, y aseguré:
—Esa es una magnífica idea.
—¿Sí? A mí me encanta. De todas las cosas que he aprendido, incluyendo en el campo de administrar una posada, pintar es lo que le da mayor alegría a mi vida.
Aunque no tenga nada que ver con el trabajo de posadero —declaró ella, empero su rostro animado se entristeció al fruncir la boca—.
Pero no he hablado con mi padre ni con mi maestro.
Según mis observaciones informales en periódicos y revistas que había leído de la señora Errázuriz, adentrarse en el mundo artístico era tan difícil como en el literario.
Mundos que los hombres controlaban con el inar, los contactos, la educación y la supuesta moralidad social.
A estas alturas, ninguna mujer había logrado que la admitieran en alguna de las academias artísticas de Montefuegos, debido a los estudios de anatomía, los cuales se practicaban con modelos desnudos.
Como si el desnudo artístico se transformara en sinónimo de pecado o lascivia criminal, en vez de nuestra naturaleza humana.
Muy pocas intentaban la carrera artística, y entre ellas, la mayoría acudía a maestros privados si tenía el inar.
Por consiguiente, era muy exigua la cantidad de mujeres que había alcanzado el éxito profesional que perseguía mi amiga.
No obstante, me guardé mis recelos para no desalentarla.
Además, la vida se caracterizaba por sus excepciones.
¿Y si resultaba que Taresa lograba romper con las imposiciones sociales?
Para motivarla, concluí tan alegre como sus propias pinturas:
—La han apoyado hasta ahora. De seguro, todo saldrá bien.
Taresa sonrió, y las esperanzas alumbraron sus ojos verde avellana; yo volví a apretar sus manos, soñando con ella.
Mi alegría se disipó mientras subía las escaleras con una lentitud poco usual absorta en la conversación que había tenido con Taresa y el alcalde.
Me tiré bocabajo en la cama. Nunca debí salir del orfanato.
La señora Errázuriz tenía razón en todo; yo no servía para nada puesto que el impulso me lanzaba a tomar malas decisiones.
Por consiguiente, más que una berzotas mi carácter adolecía de la ruindad.
Asimismo, como mi vileza había manchado la vida de Laia, si cumplía con lo prometido, arruinaría del mismo modo la del doctor Gizon.
Salté de la cama, abrí el baúl y metí mis escasas pertenencias. Me marcharía de Caobán y me escondería en una pocilga en Montefuegos hasta que muriera de vieja. Solo eso me merecía.
Abajo, para mi consternación, se encontraban el artista, Ruli, la tejedora, Vikrant, Taresa y el doctor Gizon.
El grupo rodeaba a Taresa a la vez que ella les exhibía su último dibujo sobre el mostrador. El pecho se me encogió al recordar a otro grupo en mi infancia…
Los ignoré y le di una moneda al joven que vigilaba la puerta y las caballerizas para que me bajara el baúl.
—Señorita Arin —el doctor Gizon me llamó y me siguió hasta la puerta.
—¿A dónde va con tanta prisa? — Ruli levantó la voz—. ¿Tiene una cita clandestina?
Si bien la interrogante impertinente exasperó mis nervios, el médico intervino a tiempo, antes de que yo desahogara mis frustraciones contra ella, e inquirió:
—¿La puedo ayudar en algo?
Pese a que su sinceridad me conmovió, no pude mirarlo a los ojos y regresé al vestíbulo de la posada.
Sin adornos, desbordé mi honestidad lo mejor que podía. Al menos, eso merecían como mis amigos casi tan cercanos como Irune y Laia. No debía escapar igual a un ladrón a hurtadillas, y les avisé:
—Me marcho de Caobán.
—¿Por qué? ¿A dónde? —demandó el doctor Gizon y sus ojos ambarinos buscaban leer la verdad escondida en mis atribuladas reflexiones. Jamás imaginé que se interesara tanto por mi paradero, y la arruga en su entrecejo desveló mi culpabilidad y cobardía.
—Lo siento, pero no sé todavía mi destino —me disculpé—. Tampoco puedo hablar de las razones por mucho que quiera explicarles por el hecho de que son problemas… privados.
El doctor cruzó los brazos, replegando aún el ceño y opinó:
—No es que desee entrometerme en su vida, aun así, le recuerdo que todo problema tiene una solución.
¿De verdad estaba resentido por mi partida o mi imaginación jugaba con mis sentimientos?
—No se vaya, señorita Arin —imploró Taresa—. Tenemos buenas noticias que darle. Por lo menos, quédese un ratito para que nos escuche.
Mi barbilla tembló y mis brazos colgaron a mi lado como maderos inservibles. Embistió mis recuerdos el grupo de mis “amigas” en el orfanato y su presión… Por lo menos, nadie había cuestionado por qué abandonaba a mi “prometido” y la razón de que él desconocía mi supuesto abandono.
—Me apena marcharme, se los aseguro, pero es la única alternativa que me queda.
La señorita Taresa negó suavemente con la cabeza y agregó:
—Si es por el inar, mi papá y yo entendemos. Podemos continuar con el mismo arreglo por un tiempo indefinido. De todas maneras, en tres meses comenzará la mejor temporada para la posada cuando vendrán los turistas lurragerraríes huyéndole al frío de la nieve. Habrá trabajo e inar de sobra.
Sonreí débilmente. ¿Es que todos se habían confabulado {exceptuando a Ruli}, para ablandar mis fuertes intenciones de marcharme? De todas formas, aun cuando me encadenaban las dudas, aclaré:
—Gracias, pero no se trata de eso.
—Déjenla tranquila —interrumpió Ruli—. De seguro, peleó con el novio, se dejaron y están tratando de disimularlo.
Yo me llevé las manos a las mejillas ruborizadas, y el doctor carraspeó cubriéndose la boca con la mano. A pesar de que Vikrant le lanzó una mirada furiosa a su protegida, ella se encogió de hombros.
El señor Karrantza, como apiadándose de mis titubeos y vergüenza, añadió:
—Tengo muchos planes y quería que ustedes me acompañaran en esta etapa nueva de mi vida.
En ese instante, noté que el artista se encontraba sobrio, sin los parches rojos que el alcohol le provocaba en el rostro. Oloroso a jabón, tanto él como su ropa se encontraban limpios. Desde que lo conocía, por primera vez representaba el porte que distinguía a los de su clase noble.
—Sí, estoy segura de que le encantará, señorita Arin —afirmó Taresa.
—¿De qué se trata? —inquirí con la emoción de saber la verdad anclándome los tobillos.
—Gracias a ustedes —compartió el señor Karrantza—, y sus consejos, señorita Arin y señorita Taresa, compré dos edificios aquí en el casco de Caobán, en donde abriré una academia de arte y una biblioteca pública que llevarán el nombre de mi esposa.
—¿Pública, de gratis? —verbalicé, y el asombro elevó mis cejas; a la vez que el éxtasis de rodearme de libros y leerlos volvió a tentar mis anhelos de quedarme.
—Sí, utilizaré en principio los libros, los periódicos y revistas de mi difunta señora —explicó él—.
A ella le gustaba leer, y, por suerte, yo había guardado todas sus pertenencias, así que, aunque viejas, están en buen estado.
Dentro de los próximos meses, ampliaré la colección, tanto comprando la mercancía como buscando donadores.
Sin embargo, en la academia, cobraré un estipendio; evidentemente, necesito ingresos.
Reímos empáticos a sus necesidades, si bien todos sabíamos que él era acaudalado.
Lo que yo no entendía era si el artista había nacido en una familia adinerada o si lo había logrado con la venta y fama de sus pinturas.
Pese a mi naturaleza impulsiva, no había osado hacerle una pregunta tan personal, mas como hombre de la clase noble debía haber heredado una fortuna familiar si no la había dilapidado en el vicio de la bebida.
En ese momento, atravesó la ventana un perrhegazti del cual le colgaba un atado de cartas que dejó sobre el mostrador. Taresa lo abrió, las revisó una a una y proclamó:
—Hay una carta para usted, señorita Arin.
La tomé con la alegría marchita sin saber qué pensar. Otra revista literaria me respondía; leí el contenido y, para mi sorpresa, aceptaba publicar mi poema.
Me llevé la mano a la boca para esconder un gritito.
—¿Qué sucede? —indagó el doctor Gizon.
—¡Me van a publicar en esta revista!
—Esas son noticias maravillosas —se deleitó el médico.
Añadí, mi voz temblorosa y risueña como la corriente rápida de un río:
—Y agregan que será con mi nombre completo. En adición, ¡me van a remunerar por publicarlo! Enviarán a un representante con el inar para pagarme personalmente.
Ruli movió sus orejas hacia al frente similares a las de un gato curioso, y Taresa le dio palmaditas a mi mano.
—Le trajimos buena suerte. Debe quedarse con nosotros —opinó Taresa.
El artista y el doctor Gizon asintieron.
Este colocó un pulgar en la cintura de su pantalón en un gesto varonil que junto al destello de su mirada penetrante revelaban su orgullo por mi pequeño triunfo literario.
Mi aliento se deslizó de mis labios igual a un bucle de perfume como si el apuesto médico me rociara con pétalos aromáticos.
No obstante, me recuperé inmediatamente de la euforia, acosada por la realidad y sus garras injustas, a punto de destrozar las vidas de Laia y Gizon; tal vez de otros, si continuaba viviendo en Caobán. Aunque mi alma gemía por la aflicción, de todas formas, debía marcharme.
—No puedo; les enviaré mi nueva dirección tan pronto la tenga. Que pasen buenas tardes.
Salí a prisa sin mirar a nadie, y el joven me aguardaba en la acera con mi baúl. Lo seguí hacia la estación de carruajes de alquiler y diligencia, levemente consolada porque la caminata era corta para irme cuanto antes y no sufrir titubeos adicionales ni nostalgias inoportunas.